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Mientras
me debatía en qué debía hacer, una niña de la Aldea, Nubia, se acercó y me
regaló una carta. En ella me decía cosas hermosas sobre mi visita a la Aldea
y lo feliz que estaba de haber podido conocerme, pero que al mismo tiempo
estaba muy triste de que ya me tuviera que ir, que no me quedara un día más
con ellos. Era el empujoncito que necesitaba. Sin darse cuenta, logró darme
la razón de peso por la cual era necesario dar este paso: por los niños y
niñas de las Aldeas SOS.
Emocionado y conmovido por el gesto de Nubia, supe internamente que ya
estaba todo
decidido: esta travesía se extendería por un año más, para llegar a todos
los países sudamericanos en los que hubiese Aldeas e incrementaría
notablemente el número de visitas, dedicándole más tiempo a cada una de
ellas. Por ello el recorrido dejó de ser lineal y directo hacia Ushuaia y se
volvió más errático, sin un norte fijo, más bien |