Final del camino

El clima parecía no querer mejorar. Había llegado a Alaska hacía 4 días y luego de organizar un poco las cosas y ajustar los últimos detalles, sólo quedaba esperar a que las lluvias me dieran un respiro para poder lanzarme con Maira por los caminos.

Comenzando el caminoLos Kullberg habían sido mis anfitriones durante la última semana, los primeros de tantos que con su generosidad y hospitalidad desinteresada me permitirían ir avanzando poco a poco a través del continente americano. El hormigueo interno se hacía sentir en todo el cuerpo, en el espíritu, en el corazón, que palpitaba cada vez más acelerado a pesar de aún no haberme subido a los pedales. La ansiedad iba ganando terreno y se combinaba con un temor inherente frente al desafío que estaba por encarar.

Desde el confort del hogar que me albergaba observaba el cielo gris y amenazante. Las gotas salpicaban los vidrios, repiqueteando, recordándome el frío del exterior. Daban ganas de seguir al reparo del techo que me cobijaba, pero sabía que era hora de partir.

Rick, viajero de toda la vida, al leer en mi expresión la mezcla de sentimientos que me embargaban se acercó y me dijo con una gran sonrisa: “Mis mejores viajes siempre empezaron con lluvia. No dudo que será igual para vos.”

Y así comenzó esta gran travesía…me despedí de mis amigos, trepé a Maira y puse rumbo hacia los caminos que me aguardaban más allá del umbral de su casa. Lloviznaba. Las gotas que caían del cielo se fundían con las lágrimas de emoción y alegría que rodaban por mis mejillas. Sentía un escalofrío en el cuerpo que nada tenía que ver con el clima reinante. Percibía la piel de gallina debajo de las múltiples capas de ropa que me cubrían. Era el gran día, comenzaba la gran aventura!

Al poco tiempo de andar me detuve, prendí el reproductor de mp3 y cumplí con una ceremonia que había imaginado por años. Desde hacía mucho tiempo la canción de Jorge Drexler, Sea, había alimentado el espíritu del sueño que comenzaba a convertirse en realidad en ese momento. Ésta dice así: “Ya estoy en la mitad de esta carretera tantas encrucijadas quedan detrás… Ya está en el aire girando mi moneda… y que sea, lo que, sea…”. Como un himno personal que simbolizaba de alguna manera lo que estaba sucediendo en ese momento, escuchar la canción exacerbó aún más el sentimiento de profunda emoción. Con un nudo en la garganta, tomé una moneda, la lancé al aire y allí comenzaron a girar mis ruedas…

13 de Julio de 2017 – Floridablanca, Colombia

El viaje volvía a iniciarse. Era un nuevo comienzo. Los tiempos, que hasta ese momento venían imponiendo presiones y exigencias para el avance, pasaban a un segundo plano. Hacía pocos días había llegado a la Aldea Infantil SOS de Floridablanca, en Colombia, pero algo no estaba del todo bien. Estaba abrumado por la vorágine en la que se había convertido la travesía: quería hacerlo todo y no era posible en los plazos que me había planteado originalmente. Me daba cuenta de que se me hacía imposible poder visitar todos los lugares que quería conocer y al mismo tiempo cumplir con el compromiso asumido con las visitas a las Aldeas Infantiles SOS. El cuerpo también me daba señales de fatiga y una faringitis aguda me obligó a tomarme un respiro, lo que me permitió meditar un poco sobre esta situación.

NubiaLa idea de extender el viaje cayó por su propio peso. De esa manera podría incluir otros países que originalmente estaban fuera del itinerario, recorrer más a fondo Sudamérica y realizar un mayor número de visitas a las Aldeas SOS de una forma más intensiva. No era algo trivial, ya que implicaba, entre otras cosas, estar más tiempo alejado de los seres queridos, del hogar que había dejado atrás al comenzar el periplo y, además, el presupuesto inicial se vería reducido a la mitad y habría que ajustarse todavía más el cinturón.

Mientras me debatía sobre qué hacer, una niña de la Aldea SOS, Nubia, se acercó y me regaló una carta. En ella me decía cosas hermosas sobre mi visita a la Aldea y lo feliz que estaba de haber podido conocerme, pero que al mismo tiempo estaba muy triste de que ya me tuviera que ir, que no me quedara un día más con ellos. Era el empujoncito que necesitaba. Sin darse cuenta, logró darme la razón de fondo por la cual era necesario dar este paso: por los niños y niñas de las Aldeas SOS.

Emocionado y conmovido por el gesto de Nubia, supe internamente que ya estaba todo decidido: la travesía se extendería inicialmente por un año más, para llegar a todos los países sudamericanos en los que hubiese Aldeas SOS e incrementaría notablemente el número de visitas, dedicándole más tiempo a cada una de ellas. El aspecto social del viaje tomaba definitivamente el timón de mis pedales para gobernar mi rumbo por completo.

El 13 de Julio de 2017 retomaba los pedales con Maira. Subíamos la larga cuesta hacia el paso de montaña del Picacho, hacia Cúcuta. La neblina había ganado el camino y la visibilidad era casi nula. La vegetación se confundía misteriosamente con el entorno, las curvas aparecían sin aviso y los vehículos me sorprendían con su presencia cuando ya estaban encima de mí. El viento y la humedad calaban los huesos y era necesario mantener el ritmo de pedaleo sin pausas para no perder el calor corporal. La música sonaba en mis oídos suavizando las condiciones del ascenso. Escuchaba por primera vez el nuevo álbum en vivo de Jorge Drexler, cuando de repente, sonó aquella canción que tanto significaba para mí: Sea. Esta vez, en versión acústica. La piel se puso de gallina, se me hizo un nudo en la garganta y cargado de emoción, me detuve, tomé una moneda y la lancé al aire…mis ruedas comenzaba a girar nuevamente, y que sea, lo que sea.

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