El ferry nos dejó en las puertas de Canadá con una hora menos por el cambio de zona horaria y enfrentando una cola de vehículos interminable para cruzar la aduana. Aún nos quedaban pedalear unos kilómetros y ver dónde íbamos a pasar la noche, que ciertamente ya se venía cerniendo sobre nosotros.
Mientras que para mí fue un trámite de dos minutos en el que bastó con decir que iba rumbo a casa en Argentina, a Oscar lo retuvieron casi media hora acribillándolo a preguntas…el karma de ser colombiano en estas naciones del norte.
Si bien mi presupuesto diario era escaso para estas latitudes, el de Oscar lo era aún más. Ya no teníamos la libertad de quedarnos gratuitamente en los campings provinciales como en el Yukon, donde el aislamiento y la baja densidad poblacional nos permitían pasar desapercibidos. En British Columbia había encargados de facturar a cada acampante, y los 14 dólares por el mero hecho de plantar la carpa nos resultaban muy caros. Mejor invertir esa plata en comida! Por otra parte, los campings privados estaban totalmente fuera de consideración: de 20 a 25 dólares por incluir ducha “gratuita”! No, gracias…
La respuesta a nuestros problemas de alojamiento vino de la mano de la “biblia” que me habían dado los Kullberg en Anchorage antes del comienzo de mi odisea: el Milepost! Ahí teníamos una detallada descripción de la ubicación de las áreas de descanso a lo largo de la ruta. A partir de ese momento “surfearíamos” por todas y cada una de ellas, ya sea para descansar un poco, comer algo o para hacer noche. Los siempre presentes tachos de basura a prueba de osos nos garantizaban que nuestra comida estaría a buen resguardo de estos animalitos…y nos evitaríamos visitas indeseables!
Nuestro primer asentamiento fue en las márgenes de un pequeño lago a 15 km de Prince Rupert. La noche nos alcanzó en el camino por lo que llegamos en plena oscuridad. Por primera vez en el viaje montaba campamento teniendo que recurrir a la linterna!
Sin quererlo también inauguramos una costumbre que sería habitual en nuestro andar: llegar tardísimo cada jornada al sitio de acampe! Y no por estrategia (ya que en teoría no estaba permitido pernoctar en estos lugares), sino porque con nuestro estilo latino bien relajado nos pasábamos horas charlando, parando a sacar fotos, haciendo una breve siesta después del almuerzo o simplemente aprovechando para meternos en un lago o un río si el clima lo permitía…total, qué apuro había?
De las habituales casi dos horas desde que me levantaba hasta que arrancaba a pedalear, pasamos a tardar tres horas o más en la previa de cada mañana! El desayuno era un ceremonial que merecía su dedicación. Oscar era un especialista de la avena, preparando cada vez una abundante cantidad a la que le agregábamos lo que tuviéramos a mano (mucha azúcar, chocolate, pasas…). Y por supuesto, nos colgábamos charlando de viajes anteriores, el presente, sueños a futuro y tantas cosas más. La experiencia y el conocimiento adquiridos en su anterior viaje por Sudamérica eran una fuente de información invaluable para mis futuros derroteros.
Nuestro primer día de pedaleo juntos fue de esos impecables. Sol a pleno, en un terreno por única vez totalmente plano y con viento a favor…qué más se podía pedir?
A poco de arrancar no pudimos resistir la tentación de visitar el cercano Diane Lake y pegarnos una buena zambullida. Unos kilómetros más adelante nos encontramos nuevamente con Jorg y Heike, la pareja de alemanes que ya veía por quinta vez en los caminos! Fue imposible rechazar su amable oferta para tomar un café con ellos…cuando retomamos la ruta eran pasadas las 14 y tan sólo habíamos recorrido 10 km!!

El camino en este primer tramo fue sencillamente espectacular. Encajonado entre el río Skeena e impresionantes paredes de roca en caída vertical, la ruta buscaba su paso en una lucha mano a mano con las vías del transitado ferrocarril. El color verde de las aguas pugnaba por captar nuestra atención rivalizando con la belleza de los picos que dominaban los alrededores.
Definitivamente los carteles que promocionaban la “Beautiful British Columbia” no exageraban ni pecaban de vanidad: era un lugar hermoso!
Nuestra capacidad de asombro se vio superada al ver las áreas de descanso por las que íbamos pasando: césped perfectamente cortado, mesitas con panorámicas de lujo, baños con abundante papel higiénico…y hasta gel para desinfectarse las manos! Ya era demasiado!! Algunas eran mejores que muchos campings por los que había pasado, que usualmente eran más estacionamientos para RVs que lugares verdes de acampe. Acá el pastito era una tentación constante para plantar las carpas y no avanzar más!
Esa noche la buena fortuna, seguramente en colaboración con nuestro deplorable aspecto de hambruna, nos proveyó las provisiones que tanto necesitábamos. Los dos estábamos escasos de alimentos y el menú se reducía a los siempre bienvenidos noodles instantáneos reservados para casos de emergencia. Pero eso era un simple cosquilleo para nuestros estómagos! Una parada ocasional en un lodge de lujo nos dejó un par de sándwiches impresionantes a un costo ridículo. Se ve que dábamos lástima! Un rato más tarde, con la excusa de pedir un poco de agua a la gente de un inmenso RV, logré obtener un donativo de 12 salchichas ahumadas con pan y todos los condimentos necesarios para hacer unos buenos panchos…ahora sí estábamos hechos!
Al final día siguiente nos separamos momentáneamente. Yo tenía compromisos previos con una familia en Terrace y Oscar lo mismo un poco más adelante, en Smithers, por lo que quedamos en reencontrarnos allí un par de días más tarde. Ni bien nos despedimos, la racha de buen tiempo llegó a su fin y el cielo descargó toda su furia con dos jornadas de copiosas lluvias. Pobre Oscar!! Me sentí un poco mal mientras yo descansaba bajo techo y a él le tocaba enfrentar el temporal sobre los pedales…
Fueron dos días a puro descanso recibiendo los cuidados y atenciones de Lovina Tyler y Dennis Gibney. Los había conocido en la frontera entre Alaska y el Yukon y me habían invitado a visitarlos de paso por Terrace. Casualmente coincidí justo para el cumpleaños de Lovina, hecho que contribuyó al proceso de recuperación de mi peso habitual: hacía mucho que no disfrutaba tanto y de tanta comida casera! Y como yapa, también me hicieron los contactos para tener una entrevista con el periódico local.
Tanto buen trato me estaba malcriando y casi que no quería irme más de allí! Las historias de Dennis sobre su viaje de mochilero por Sudamérica en los años 80 eran una fuente de conversación inagotable…
Pero había que seguir rodando: Oscar me aguardaba 200 km más adelante. En dos días llegué al pintoresco pueblo de Smithers, con su calle principal de arquitectura estilo suizo y un despliegue de servicios asombroso para los pocos miles de habitantes de la zona. Era algo a lo
que ya me había habituado con el pasar de los kilómetros. Aún en asentamientos con menos de 20 mil habitantes, la oferta de negocios e infraestructura comercial superaba la de muchas grandes urbes en el cono sur de América. Las pequeñas grandes diferencias de estas latitudes.
En esos días en solitario una nueva compañera de viaje se había sumado a mi travesía: Margarita, una serpiente de goma que había atropellado en la banquina dándome un susto de novela! Lo único que me faltaba además de los osos eran serpientes!! Ahora venía orgullosa en su nuevo medio de transporte, observándolo todo desde la parte trasera de mi bicicleta.
Durante su estadía en Smithers Oscar me había conseguido un contacto donde poder quedarme a pasar la noche: la casa de un argentino (!!), Facundo, y su pareja, Nikki. Llegué casi de noche, luego de unos largos 125 km de pedaleo coronados por una ardua y transpirada trepada de 4 km hasta su casa. El calor de su hogar, la buena onda que se respiraba en el ambiente y las canciones de Kevin Johansen que sonaban en el equipo de música me hicieron sentir más cerca del pago argento. Nunca esperé escuchar a uno de mis artistas favoritos en estas latitudes!! El sentimiento fue todavía mayor cuando al día siguiente desayunamos con mate y tostadas con dulce de leche! Espectacular!!
La “hungry hill” nos esperaba al salir del pueblo y con Oscar hicimos honor a su nombre d
evorándonos todo en la primera área de descanso que se nos cruzó por el camino. Esa noche recalamos en Houston, en la casa de Paul Comparelli, un personaje que había conocido en la Top of the World Hwy. y que me había ofrecido su hospitalidad. Pero justamente en esos días se encontraba haciendo un viaje en bici con su familia por la costa este de Canadá, por lo que con su consentimiento previo (gracias al e-mail!) nos instalamos en su jardín. Más precisamente en su garaje, ya que la vagancia por armar las carpas siempre ganaba! Nunca vimos tantas bicicletas juntas en un lugar (fuera de una bicicletería): de carrera, de montaña, para viajes, tándems, reclinadas…sumaban más de una quincena! Se ve que realmente les apasionaba el ciclismo!
Saliendo de Houston fuimos testigos de una huelga a mi criterio bastante atípica. Sentados en sendas sillas y portando carteles
que profesaban el estado de protesta, cuatro trabajadores del camino expresaban su disconformidad con el sistema. Reclamaban contratos más cortos, de manera de poder renegociar los salarios con mayor frecuencia. Viniendo de un país donde se lucha constantemente por lograr contratos a largo plazo para tener un poco de estabilidad laboral, no niego que me resultó poco más que asombroso…diferentes realidades…
La “six mile hill” resultó ser más corta de lo que presagiaba su nombre. Igualmente nos hizo sudar de lo lindo bajo el sol que nos venía acompañando fiel desde nuestro reencuentro con Oscar. El ya estaba convencido de que yo tenía algún pacto diabólico que me permitía rodar evitando la lluvia…sería así??
Poco a poco el paisaje montañoso fue cediendo terreno a grandes extensiones rurales donde por primera vez en el viaje observé la presencia de vacas y caballos pastando. Me resultaba extraño ver vacas con montañas de fondo estando acostumbrado a ver estos animalitos en las llanuras de la pampa argentina.
Los bosques mantenían su presencia a pesar de la enorme actividad maderera de la región y la profusión de aserraderos. Los camiones portando grandes troncos conformaban el grueso del tránsito pesado por esta zona de la carretera.
Nos llamó la atención ver que gran parte de la población de pinos presentaba un color rojizo muy particular. Según tenía entendido los pinos no cambiaban de coloración en otoño…y después de todo, aún era verano! Nos enteramos de que la causa de esa peculiar tonalidad que realzaba las fotos era producto de un insecto que se había convertido en plaga en los últimos años: el “pine beetle” o escarabajo de pino. Parte de un ciclo natural en el control poblacional de los bosques, su excesiva reproducción ha venido arrasando los bosques en British Columbia. La escasez de inviernos crudos debido a los efectos del cambio climático global ha permitido la subsistencia de las larvas de este insecto en cantidades desproporcionadas, con el consecuente efecto destructivo a escala masiva en los bosques de pinos. Portador de un hongo de color azulado, su propagación tapa las vías de acceso de nutrientes del árbol, conduciendo a la muerte del mismo. La madera adquiere dicha tonalidad y pierde su valor comercial si no es recuperada en las primeras etapas de la infección.
Pudimos observar que se estaban realizando esfuerzos por controlar esta peste en diversos puntos de la región, especialmente en los parques y zonas protegidas. Un problema más de los tantos derivados del uso irresponsable de los recursos naturales por parte del ser humano…
A medida que nos aproximábamos a Prince George, la ciudad más grande de la región con más de 80 mil habitantes, el panorama se fue volviendo cada vez menos atractivo. La actividad humana era visible con mayor frecuencia en forma de grandes extensiones de cultivos de pastoreo y granjas.
Cada vez que creíamos estar fuera de la zona de influencia de los osos, veíamos uno de ellos cruzar la carretera como si fuera un perro desorientado. Claro que un oso negro no es lo mismo que un canino, por más malo que pueda ser! Tres veces fuimos testigos de esos cruces a escasos 50 metros de nuestro paso, como para no olvidarnos de ser cautos al respecto…
El tránsito también iba en aumento, por lo que en las zonas donde la banquina se volvía
estrecha, el pasar de los vehículos peligrosamente cerca de nosotros era una constante. Ahí se nos complicaba mantener nuestra habitual formación uno al lado del otro mientras conversábamos…ni qué hablar de las frecuentes tomas de fotos en movimiento, inclusive en bajadas y a 50 km/h! Es que así podíamos captar las banderas flameando a full!!
La jornada previa a nuestra llegada a Prince George salió un poco de la rutina habitual. Estábamos en Fraser Lake en medio de nuestro típico almuerzo tardío cuando al mirar hacia el oeste nos dimos cuenta de que el cielo se había puesto negro y en poco más se descargaría sobre nosotros una lluvia de esas infernales. La mera impresión de lo que nos esperaba si nos quedábamos allí nos dio energías suficientes para arrancar disparados huyendo de la tempestad. Realmente metía miedo! Se oían los truenos y cada tanto un rayo se asomaba en medio de la masa de oscuras nubes.
Le metimos pata como nunca! Empezamos a rodar a un ritmo infernal ignorando el peso de las bicis. Cada vez que nos volteábamos a ver el avance del tenebroso frente de lluvia nuestro ritmo se aceleraba aún más, sin importar las frecuentes subidas que teníamos que sortear. Al menos el viento estaba de nuestra parte y nos ayudaba a desplazarnos…
Igualmente no podíamos con nuestro genio y a pesar de estar urgidos por salir de allí so pena de quedar empapados y helados, a cada rato se oía un diálogo similar a este:
- Oscar, Oscar! Pará!!
- Qué pasa?
- Mirá, es alucinante!!! Foto!!!!
- Uh, si! Tomá, sacame una con mi cámara también!
- Ok, ahora yo!
… hasta que las primeras gotas nos anunciaban que habíamos perdido la escasa ventaja ganada y teníamos que rajar nuevamente! Era como una contra reloj del Tour de France, pero con 50 kg de equipaje a cuestas y parando a sacar fotos!!
Veinte kilómetros más adelante pudimos refugiarnos en una estación de servicio mientras pasaba lo peor de la borrasca. Llovió furiosamente y el viento soplaba con rabia. Media hora después salió el sol y decidimos continuar con los 40 km restantes de la jornada. Paradójicamente tuvimos que frenar nuestro avance para no alcanzar a la tormenta, que ahora estaba enfrente nuestro! No nos costó mucho: los arcoíris poblaban el paisaje y nos dedicamos a sacarles fotos mientras se alejaba el tormentón. Esa noche terminamos acantonando en los refugios para los jugadores en una cancha de beisbol en el poblado de Vanderhoof, justo antes de que siguiera lloviendo…
Con Oscar nos llevábamos bárbaro para pedalear. Parecíamos
estar sincronizados en el ritmo de avance, los dos éramos unos enfermos de la fotografía y hasta coincidíamos en los momentos de cansancio y hambruna. La mañana siguiente al carrerón pagamos el precio de semejante esfuerzo. Ambos estábamos agotados del exceso cometido y nuestras piernas rogaban por un buen descanso. Pero una vez más y de la nada surgió otra tormenta eléctrica tan negra y amenazante como la anterior. Fue la inyección de adrenalina que precisábamos. En tiempo récord cubrimos los 40 km que nos quedaban hasta Prince George. Pero esta vez el viento estaba en contra y las subidas eran más de las que hubiéramos deseado en ese punto del camino. Para no perder el ritmo nos fuimos alternando en la punta al mejor estilo competición, con estas bicicletas que desafiaban todo concepto aerodinámico…
Con las energías drenadas y famélicos, recalamos directamente en el primer gran supermercado que encontramos y nos sentamos frente a la puerta a atiborrarnos de comida. Le habíamos ganado a los elementos de la naturaleza y había que celebrar! Nuestro cansancio se notaba en nuestras expresiones, que sumados a los varios días en el camino sin duchas a mano, nos daban un aspecto de vagabundos increíble! Por suerte la cercanía de las bicicletas despejaba las dudas del origen de nuestras apariencias…
Richard Thompson y Magee Spice fueron nuestros anfitriones en la metrópolis de Prince George. Surgidos de los contactos del sitio de warmshowers, probaron saber sobradamente lo que era hospedar ciclistas. Nos alimentaron con tanta dedicación que en esos días aumentamos un par de kilos cada uno! Inclusive si ellos no estaban disponibles, nos mandaban a cenar con sus amigos! Magee nos instruyó en el arte del yoga y Richard nos obsequió un juego de bolas para hacer malabares a cada uno…y bueh, qué le hacía una mancha más al tigre? Marche medo kilito más de equipaje!!
En uno de esos días de “descanso” lo que comenzó con una limpieza rutinaria de Maira terminó en plena noche con una sesión en terapia intensiva, linterna en la cabeza, jugando a los cirujanos con las delicadas y diminutas piezas de los cambios…quién nos mandaba a meternos en lo que no sabíamos!!?? Por suerte los pudimos reconstruir, aunque desde ese momento el marcador de velocidades quedó varado en el mismo lugar y para siempre…
Nos quedaban 400 km para llegar a Jasper. Cuatro largos días en los que las trepadas serían una constante inevitable. Igualmente nuestra idiosincrasia nos hizo arrancar de Prince George cerca del mediodía y a sólo 36 km de andar ya estábamos en una zona de descanso donde el río nos invitaba a un buen chapuzón que no se hizo esperar. Siguió la siesta de rigor y terminamos saltando al agua desde unas rocas a 4 metros de altura como los adolescentes que andaban por el lugar. Indefectiblemente llegamos a la próxima área de descanso 30 km más adelante con el tiempo justo para cocinar algo con las últimas luces del día…
Cuando estábamos culminado la segunda jornada de marcha pasé la marca de los 4000 km, superando la mayor distancia realizada en un viaje en bici hasta el momento! Me embargó una gran alegría por el sentimiento de superación personal…
El viento siguió portándose bien con nosotros y nos ayudaba en el avance diario en extensas jornadas de pedaleo que teníamos por delante. Poco a poco nos íbamos internando en el corazón de las Rocallosas, hasta llegar al nacimiento del río Fraser.

El último día pasamos junto al imponente y majestuoso Mount Robson. Fue otro día plagado de paradas para hacer senderitos alternativos que descubrían cascadas ocultas y admirar la belleza de los paisajes linderos. Abundaban las paredes escarpadas y los picos nevados, los ríos color turquesa y lagos de tonalidades esmeralda impactaban con su vivacidad cromática expuestos los rayos del sol, un bosque nuevamente frondoso reinaba en las márgenes del camino.
Una de las áreas de descanso por la que pasamos era la antesala al Mount Terry Fox, bautizado en honor al joven canadiense que se convirtió en un ícono de esperanza y tenacidad cuando intentó unir corriendo las costas de Canadá en su lucha contra el cáncer. Una enfermedad que truncó su avance a mitad de camino y segó su vida. Su espíritu ha perdurado en el ejemplo que dio y se mantiene vigente con los eventos que ese organizan cada año en todo el mundo manteniendo activa su causa.
Con la tarde avanzada cruzamos el Yellowhead Pass y entramos en la provincia de Alberta. Nuestros relojes redujeron el día a 23 horas por el cambio de zona horaria y por fin llegamos a la entrada del Parque Nacional Jasper. Estábamos oficialmente en las Rocallosas!!
Nuestra condición de ciclistas de largo aliento nos permitió pasar sin tener que abonar los 9 dólares que habitualmente había que pagar diariamente por estar dentro de los límites del Parque Nacional. Una pequeña fortuna que sería mejor invertida en alimentos!!
Esa noche del 9 de Agosto nos encontramos en el camping con Kathy Sauvageau, una amiga de mi querida provincia de Quebec, que coincidentemente estaba viajando en bici desde Edmonton hasta Calgary, aprovechando para hacer mountain bike en los abundantes senderitos de la región.
Pasamos de ser un dúo a conformar un trío: el “Sudaca Team” se convirtió en los “Sudacois”. Apenas nos instalamos con Oscar se largó a llover…qué nos tocaría al momento de recorrer el corazón de las Rocallosas?
Hasta la próxima!!
Buena senda,
Damián
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Agradecimientos
Jorg y Heike, por tantos encuentros en el camino compartiendo paisajes, conversando y disfrutando de un buen café!
Lovina Tyler y Dennis Gibney, por su cariño, hospitalidad y tantas atenciones! Gracias de corazón por incluirme en su familia!
Dustin Quezada, del periódico de Terrace, por la buena onda y el genial artículo publicado.
Ken y Liza Zorn, por brindarme el soporte tecnológico necesario para pasar mis fotos a DVD.
Bret Wiebe, por el agua y las frutas secas que me vinieron de maravillas en mi primer pernocte después de dejar Terrace.
Facundo Gastiazoro y Nikki Skuce, por ese cachito de Argentina que compartieron conmigo en Smithers.
Patricia Dekens, esa sopa y el café que nos obsequiaste en nuestro paso por Telkna no sólo calentaron nuestros estómagos sino que también elevaron nuestros espíritus.
Paul Comparelli, que a pesar de la ausencia, su generosidad nos brindó la oportunidad de tener un lugar donde descansar y reponer energías de paso por Houston.
Richard Thompson y Magee Spicer, gracias a ustedes Prince George se encuentra en ese rinconcito destinado a los buenos recuerdos y grandes amigos.
Theresa y Sarah Sapergia, por compartir sus clases de yoga con Oscar y conmigo. Y por la interacción increíble con los hijos de Sarah, Thompson y Madeleine. Cuando luego de conocer a Thompson, de 5 años de edad, me comentó que le habían regalado un nuevo camión le pregunté qué tamaño tenía. Su original respuesta fue: “más grande que un ratón y más chico que una jirafa”. Un maestro el pibe!!!
Pam y Richard de Montigny, que junto con Arthur Barr nos agasajaron con una soberbia cena la noche que Richard y Magee tenían otros compromisos.
Kate Lamothe, por la complicidad y picardía en la entrada al Parque Nacional Jasper.
Y especiales gracias a Lovina Tylor, Pam de Montigny y David & Crystal Desharnais por sus generosas y desinteresadas colaboraciones económicas que rápidamente fueron invertidas en combustible para nuestras piernas!
Algunas estadísticas
Días en el camino: 67
Días de pedaleo: 46
Kilómetros recorridos: 4228 km (1120 en ripio)
Promedio de kilómetros recorridos por día: 91,9 km
Horas sobre la bici: 256h08m (10d16h08m)
Promedio de velocidad: 16,52 km/h
Máxima velocidad: 70 km/h, bajando a Skagway (18-07-2007)
Metros trepados: 35.269 m
Altura máxima: 1352 msnm, Top of the World Hwy (22-06-2007
Cantidad de adrenalina bombeada en nuestro cuerpo al huir de las tormentas eléctricas: litros!!!
Veces que paramos a sacar fotos con Oscar: incontables!