La masa de turistas recién arribados en los gigantescos cruceros ya dominaba las calles del pintoresco centro estilo “Far West” de Skagway. Junto con Florian y Sandra, dos ciclistas suizos que había conocido en el hostal local, encaramos para la terminal del ferry. Al lado de las moles flotantes de los transatlánticos el nuestro parecía una cáscara de nueces!
El sol pegaba duro y hacía un calor poco habitual. Con dos horas de atraso por fin pudimos embarcar e inmediatamente nos dirigimos al sector que sería nuestro refugio por los próximos días: el solárium. Las reposeras fueron velozmente capturadas y en pocos minutos estaban todas copadas. Si bien muchos optaban por gastar una pequeña fortuna en camarotes para la travesía, los viajeros de presupuesto más reducido como nosotros podíamos simplemente usar ese lugar como asentamiento permanente.
La parte techada estaba colmada de velas de cuarzo que mantenían el ambiente a una temperatura más que agradable. Los baños estaban impecablemente limpios y además tenían duchas!! Un lujo total! Y en caso de querer más privacidad se podían montar las carpas en la cubierta sin techo…pero ya era demasiado! En mi caso por una sola noche no se justificaba…
El ferry bullía con gente de habla alemana. Por momentos llegué a pensar que estaba en Europa en vez de Alaska! Hasta me había reencontrado con Jorg y Heike, una pareja de ese origen que había conocido en el curioso desierto de Carcross unos días antes.
La navegación discurrió por algunas horas entre montañas y fiordos de una belleza incomparable. El sol pintaba los paisajes con tonalidades verdes y azuladas que resaltaban el contraste de los relieves de las escarpadas costas y el mar. 
Pero como dicen algunos, lo bueno dura poco y camino a Juneau las nubes se cernieron sobre nosotros y un manto gris lo cubrió todo. La lluvia no se hizo esperar, de la mano del frío que nos obligó a replegarnos bajo el incandescente techo.
Para mí serían 36 horas de navegación hasta Petersburg, un pequeño poblado pesquero en el que había decidido hacer un alto para ver un poco más de cerca las comunidades menos afectadas por el turismo masivo. 36 horas que se hicieron largas, eternas, siempre en medio de la bruma y la llovizna perpetua, sin mucho que hacer.
El trío se transformó en cuarteto cuando se nos sumó Marie-Belle, una mujer de un espíritu y vitalidad únicos. Entre los cuatro fuimos piloteando las horas que transcurrían lentamente.
Las paradas en Juneau y Sitka no nos permitieron desahogarnos del ambiente del barco. Ambas localidades quedaban muy lejos de la terminal del ferry y no daban los tiempos como para hacer una visita. Poco a poco el tedio se apoderó de mí. Ya dudaba de que mi decisión de recorrer esta zona fuera la adecuada. Seguía con mis planes de parar un día en Petersburg o continuaba directo a Prince Rupert para retomar la pedaleada lo antes posible? La inactividad me había afectado mal y estaba fastidioso!
Por la tarde del 20 de Julio comenzamos a aproximarnos a Petersburg.
Almismo tiempo dejó de llover y las nubes empezaron a levantarse revelando las hasta ahora ocultas montañas. Decenas de lanchitas de pesca salpicaban las aguas. Era un buen presagio?

Maira había quedado atrapada en el extremo equivocado del ferry, en medio de un laberinto de apretados vehículos. La única opción para salir de allí fue portearla con Florian por encima de los autos y RVs y así poder bajar antes de que el ferry siguiera su ruta. Me despedí de mis
compañeros de navegación y encaré para el hostal local, la opción más económica que tenía para quedarme en los alrededores.
La dueña del lugar, Ryn, me recibió con una energía y vivacidad únicas! Lo primero que hizo fue reprocharme que estuviera “haciendo trampa” recorriendo esta parte del camino sólo con el ferry y sin pedalear.
Le dije que no me resultaba interesante ir y venir por las mismas rutas con la bici cargada…sus ojitos brillaron, sonrió y me dijo: “hay un nuevo sistema de ferrys internos con el cual podés recorrer y unir al menos dos islas!” Sin mediar pausa alguna me arrastró hasta la computadora y mapa en mano empezamos a estudiar los cronogramas para coordinar los tramos. La cosa era ajustada pero me cerraba. Por qué no intentarlo? Era el incentivo que me estaba haciendo falta!
El plan tomó forma y quedó esbozado de la siguiente manera: pasaría un día de descanso recorriendo el pueblito; el domingo temprano cruzaría la isla Mitkof desde Petersburg hasta su extremo sur, donde el flamante servicio de ferrys me llevaría hasta Wrangell. Media hora más tarde seguiría rumbo a la isla Prince of Wales, con destino en Coffman Cove. El lunes me tocaría pedalear 140 km de una punta a la otra de la isla hasta llegar a Hollis, desde donde engancharía el ferry bien temprano al día siguiente hasta Ketchikan. Dos horas después, la misma embarcación que me había dejado en Petersburg me transportaría hasta mi destino final en Prince Rupert. Impecable, no? Y todo surgido de la vertiginosa mente de Ryn…una ídola!
Para celebrar el nuevo itinerario fuimos a dar una vuelta por el puerto, que prácticamente constituía la mitad del pueblo! Un impresionante número de lanchitas de pesca dejaba bien claro cuál era el recurso económico principal en esta pequeña Noruega en el medio de Alaska, por los orígenes de su fundador y la gran colonia de habitantes oriundos de ese país.
Mientras caminábamos la niebla venía avanzando desde las aguas y como un fantasma ceñía su manto blanco en los intrincados muelles iluminados por farolas anaranjadas. El viento estaba calmo y sólo se escuchaba el suave balanceo de las embarcaciones al compás de la marea.
En un lugar donde el calzado oficial eran las botas de goma hubiera esperado lo peor con respecto al clima. En esta región suelen caer más de 250 cm de precipitaciones por año! No en vano lo llaman el “rain forest”! Por uno de esos grandes misterios de la vida, yo venía zafando de las tormentas…el día de paseo hasta tuve sol y la mañana del domingo 22, cuando emprendí mi camino, la lluvia aún no se hacía presente.
Los 40 km hasta la terminal del ferry transcurrieron por una ruta pavimentada que hacia el final se transformó en una vía de tierra y rocas sueltas, en pleno proceso de reconstrucción. Poco a poco el bosque fue cerrándose sobre las márgenes del camino. Lo más interesante de todo eran los senderos interpretativos que había para hacer en el recorrido cada tanto. Aproveché para internarme un poco con la bici por esos desvíos y así ver más de cerca la riqueza natural de esta región.
Llegué al ferry justo a tiempo ya que sin saberlo, ese día el horario se había adelantado media hora! Mientras compraba el pasaje y ante la mirada atónita de los empleados, me devoré con ansias la mitad de los chocolatitos que tenían a modo de cortesía para con los clientes…claro, un ciclista era una categoría diferente, no?
En total fueron unas 5 horas de viaje. Al llegar a Coffman Cove el rain forest estaba haciendo honor a su nombre y mal!! Una cascada de agua se descolgaba del oscuro cielo y no tenía pinta de parar. Esto, y no lo que había visto hasta ahora, era lo habitual!
Estaba en un pueblito de 200 habitantes, sin servicios acordes a mi bolsillo y en pleno temporal…qué hacer? Esperé a que amainara un poco y me dirigí a una zona de picnic donde al menos había un techo donde refugiarse. Quedaba un poco expuesto al paso de la gente, por no decir que estaba en el medio del camino. Ya estaba mirando con cariño las gradas de la aledaña cancha de beisbol cuando uno de los hombres que había conocido en el ferry, Ron, apareció en su camioneta. Sin mediar discusión
alguna me levantó y me llevó hasta la cercana casa de su hijo, también llamado Ron. Detrás del modesto trailer en el que vivía junto con su esposa Rebecca y sus hijos Felton y Devon se alzaba una impresionante estructura que en un futuro no muy lejano sería su nueva casa. Desde hacía unos años venía trabajando en la construcción de su futuro “hogar dulce hogar” y vaya que impresionaba con sus tres pisos de altura!! Me ofrecieron de pasar la noche en la obra, que para mi era todo un loft de lujo! Sí! Claro que quiero!!!
Luego de una ducha caliente y reconfortante me senté a ver cómo la gente iba y venía bajo el agua como si el sol brillara radiante en el cielo. Ni siquiera tenían ropas especiales para el
agua! Se ve que era su hábitat natural. Mientras tanto yo trataba de mentalizarme para lo que me esperaba al día siguiente…iba a estar húmeda la cosa!!
Pero se ve que mi dosis de buena suerte no se acababa. Al levantarme en la madrugada noté que había algo diferente en el ambiente: faltaba el repicar de las gotas en el techo…ya no llovía!!!! Vamos todavía!!!
Después de un energético desayuno con huevos, salchichas y el tradicional bacon con Ron y su familia retorné sobre los pedales. Como la ruta principal estaba en construcción tuve que tomar un camino secundario alternativo.

Al poco de andar me encontré totalmente solo, en horas tempranas de la mañana, circulando por un estrecho y zigzagueante camino de tierra que prácticamente era engullido por las paredes de bosques que lo flanqueaban. Era imposible mirar a través de la asfixiante vegetación. Se respiraba la humedad. Se sentía la oscuridad de su interior. El silencio reinaba…
Tardé poco en recordar a mis queridos amigos, los osos, que en esta isla abundaban según me habían contado los locales. Eso sí, sólo los negros…qué tranquilidad!!! Pse!!! Con la paranoia
habitual de la soledad en lugares remotos y con estas “mascotas” en los alrededores no tardé en poner el aerosol de pimienta a mano y colgué la campanita para osos en el manubrio (“comida picante y la cena está servida”). El esfuerzo fue en vano. El terreno era tan liso que la campanita apenas si emitía sonidos por la falta de vibraciones. La opción de gritar para hacer ruido me hacía sentir aún más ridículo. Cantar directamente estaba fuera de cuestión, so pena de ser atacado sólo para hacerme callar! Fue entonces que recordé un arma secreta: mi silbato de emergencia! Esos anaranjados que usualmente vienen con los salvavidas y que meten mucho ruido con poco esfuerzo pulmonar. Fue así que empecé a pedalear pitando cada vez que tenía una curva cerrada o el bosque muy cerca mío. Cada sombra o forma oscura era un potencial oso negro acechándome listo para saltar sobre mí! Debe haber funcionado de maravillas, porque no vi un solo oso!!!
En su lugar me crucé con ciervos, y en grandes cantidades. El primero me hizo detener en seco, saqué la cámara, tomé fotos y después seguí. El segundo encuentro fue similar…el tercero ya se volvió rutinario…luego de varios kilómetros eran una parte más del paisaje y simplemente continuaba con mi andar pensando: otro ciervo…uffff! Lo más gracioso era ver cómo salían disparados a los saltitos cuando consideraban que mi cercanía era muy peligrosa para su integridad física. Acostumbrados al paso de los autos, me miraban como si fuera un objeto salido de una película de ciencia ficción y no duraban mucho en su lugar antes de emprender retirada hacia la seguridad de los bosques.
Esos 40 kilómetros fueron los más interesantes e intensos dentro de Tongass National Forest. Me restaban otros 100 km por un camino perfectamente asfaltado y ya por zonas donde la actividad humana había despejado una buena parte del follaje nativo. De todos modos, la presencia de los bosques seguía omnipresente enmarcado por las imponentes formaciones montañosas que salpicaban el paisaje hacia donde uno mirara.
Cerca de las 18 llegué a Klawok, que junto con la vecina población de Craig, concentraban la actividad comercial de la isla. Eran los únicos sitios con supermercados! Aprovechando la pasada me compré un buen café y unos chocolates para celebrar el reciente cruce de los 3000 km…seguíamos sumando con Maira!
Aún me quedaban 35 km más hasta Hollis. El sol venía cayendo y al mismo tiempo una humedad infernal empezó a dominar el ambiente. Las nubes parecían surgir de las aguas en los fiordos paralelos al camino y ascendían lentamente por las laderas de las verdes montañas. Un rocío cargado de frío cubrió todo mi equipo y me hizo tiritar un buen rato mientras descendía hacia mi destino final de la jornada.
Hollis resultó estar conformado simplemente por una escuela, la biblioteca y tres casas perdidas en las cercanías. Sin muchos problemas me instalé bajo el tinglado de la cancha de básquet del colegio y terminé el día compartiendo unos momentos con unos estudiantes de biología que estaban haciendo una pasantía de investigación por el verano.
Al regresar a mi “dormitorio” la oscuridad era total y el cielo rebalsaba de estrellas. Me fui a dormir cerca de la medianoche…o casi! El único guitarrista “heavy metal” de la región (en una comunidad de 20 personas!) estaba ensayando su estruendosa música siguiendo las pistas de un aún más ruidoso videoclip…y no paró hasta las 2 am!!! Aghhhhh!!!!

Después del madrugón para tomar el ferry hasta Ketchikan a las 7 de la mañana no me quedó más opción que recuperar un poco de sueño en el trayecto de 5 horas que tenía por delante. La escala de dos horas me dio la oportunidad de recorrer brevemente ese lugar turístico y puerta de entrada para los grandes cruceros al Sudeste de Alaska.
El contraste con lo que venía observando hasta el momento fue brutal! Las moles de acero flotantes estaban ancladas en pleno centro del pueblo, integrándose con las estructuras locales. Decenas de avionetas despegaban de las aguas llevando turistas ávidos de contemplar los fiordos desde las alturas. Eran como una plaga de ruidosos mosquitos subiendo y bajando entre las embarcaciones en todo momento.
Abundaban las hordas de turistas empapados en caros perfumes. Era un continuo desfile de ropas de última moda, con la infaltable y no muy
fashion bolsa de nylon encima para protegerse de la lluvia. Las señoras recorrían las calles embadurnadas en excesivos maquillajes. Bolsas de souvenirs colmaban las manos de los ocasionales visitantes. Las calles bullían de actividad como un agitado hormiguero. La densidad de cámaras fotográficas era también asombrosa. La mayoría de las veces me miraban como si fuera de otro planeta. Creo que mi expresión reflejaba lo mismo! Luego de una pequeña vuelta por la zona huí despavorido…definitivamente ese no era mi ambiente!
Al subir al ferry me reencontré con los alemanes de Carcross una vez más! La tripulación no había cambiado desde mi paso anterior, así que fue como volver a ver viejos amigos. Mientras dejaba a Maira en el depósito vi que había otra bici que decía Motorola por todas partes. Instantes después, cuando estaba asentándome en el solárium un flaco se acercó hacia mi con una amplia sonrisa. Definitivamente era el dueño de la bici en cuestión ya que todas sus prendas llevaban el logo de esa marca. Qué grande fue mi sorpresa al oír que me hablaba en español!
Resultó ser Oscar Cañón, un colombiano que estaba recorriendo desde Alaska hasta Colombia en bici!! Dos latinos en una empresa similar encontrándose por estas latitudes? Mucha coincidencia, no? Más considerando que la gran mayoría de ciclistas que andan rodando por los caminos con proyectos de largo aliento son de origen europeo o norteamericano. Definitivamente nuestro encuentro era uno de esos que se dan entre un millón!!
Además, hacía tan sólo un año, Oscar se había recorrido Sudamérica a pedal de una manera increíble! Casi sin equipo y con un presupuesto ridículamente pequeño se rodó 36 mil kilómetros desde su ciudad natal en Colombia, Facatativá, regresando al pago luego de 24 meses de andar y con miles de anécdotas y vivencias a cuestas. Una clara demostración de que la voluntad puede superar cualquier barrera. Admirable, impresionante, más que respetable!
Desde ya que nos pasamos todo el día (mate mediante) charlando y comparando notas. Íbamos hacia el mismo lugar: los parques nacionales en las Rocallosas. Había nacido el “Sudaca Team”. Los próximos 1100 kilómetros los recorreríamos juntos…
Hasta la próxima!
Buena senda,
Damián
Agradecimientos
Florian Pliss, Sandra Becker y Marie-Belle Treat, por la buena compañía en esas largas horas en el ferry desde Skagway hasta Petersburg.
Ryn Schneider, por la buena onda y esa dosis de locura que me llevó a conocer más de cerca la belleza de las islas del Sudeste de Alaska.
Ron Rusher padre, Ron Rusher hijo, Rebecca, Felton y Devon, su hospitalidad fue mi salvación en medio del torrente en Coffman Cove! Gracias!!
Peter Levy y Janine Ruegg, por la buena conversación y el uso de la cocina en Hollis.
Oscar Cañón, hermano latino y ciclista de corazón, por tantas vivencias que compartiríamos juntos recorriendo los caminos…
Algunas estadísticas
Días en el camino: 51
Días de pedaleo: 33
Kilómetros recorridos: 3037 km (1120 en ripio)
Horas sobre la bici: 192h04m (8d00h04m)
Promedio de velocidad: 15,82 km/h
Máxima velocidad: 70 km/h, bajando a Skagway (18-07-2007)
Metros trepados: 26.717 m
Altura máxima: 1352 msnm, Top of the World Hwy (22-06-2007)
Precipitaciones mientras estaba sobre la bici: nones!!
Turistas avistados en la zona de cruceros: miles!!!!