*** LAS CRÓNICAS ***

41) En el país de la libertad

Clásico de ClásicosLa entrada desde el Ecuador había sido mucho más lenta de lo que esperaba, por lo que decidí avanzar lo máximo posible antes de que me agarrara la noche. Pasé de largo por la fronteriza ciudad de Ipiales, sabiendo que luego regresaría por allí a visitar su Aldea SOS como mi última parada en territorio colombiano. Pero antes de eso me quedaba un largo derrotero por el sur de este querido país. Era la primera vez que retornaba a pedalear por una nación por la que ya había pasado antes y me encontraba en estos pagos gracias al plan B con el que había extendido mi viaje por un año más. La idea era visitar otras tres Aldeas Infantiles SOS y reencontrarme con mi compadre Oscar Cañón, quien recientemente había arribado a su casa después de culminar su odisea a pedal desde Alaska hasta Colombia.

Haciendo un alto por los caminosApenas me interné en la carretera hacia Pasto fue como zambullirse en un tobogán sin fin que me llevaba hacia las entrañas de un estrecho y escarpado valle, rodeado de montañas con un verde eléctrico que lo cubría absolutamente todo. Las parcelas que delimitaban las zonas de cultivos en cada rincón de los cerros daban la sensación de estar pedaleando por un gigantesco acolchado fabricado con retazos de tela cosidos unos a otros, conformando un mosaico impactante para los sentidos.

El interminable descenso se prolongó por 40 kilómetros, hasta llegar al puente que atravesaba la estrecha garganta por donde discurrían furiosamente las aguas, marcando el inicio de una subida igual de extensa y empinada. El paisaje se puso en cámara lenta y después de unas cuantas horas machacando los pedales llegué a la ciudad de Pasto.

La bienvenida estuvo de la mano del característico calor humano de los colombianos apenas pasados unos minutos de haber llegado a la plaza central, donde Jhon Jairo salió a mi encuentro invitándome a tomar un tinto, el exquisito café negro tan característico aquí como el mate en Argentina.

Retazos de verdeOscar se había encargado de tender una vasta y completa red contactos a lo largo de casi todo mi recorrido por Colombia, y Beto era el primero de ellos. Después de un breve tour por la ciudad, que aparentemente tenía más iglesias que casas, fuimos hasta su hogar para que me pudiera instalar a gusto. Por las calles conocimos a Daniel Schellewald, un ciclista alemán que venía subiendo desde Ushuaia y que no dudó en sumarse a la propuesta de ir a pedalear al día siguiente hasta el volcán Azufral, una de las maravillas naturales del estado de Nariño.

Hace tan solo unos años hubiera sido impensable internarse en estas tierras otrora dominadas por la guerrilla, pero ahora la situación estaba un poco más aplacada y parecía viable incursionar hasta esos rincones del camino. El color verde intenso de las aguas sulfurosas que reposaban en el interior del cráter del volcán fue la mejor recompensa para el día de pedaleo que invertimos en llegar hasta allí.

Volcán AzufralMe separaban unos 250 kilómetros de la ciudad de Popayán, mi próxima parada. El terreno era quebrado y poco a poco fui internándome en el valle del Patía. La disminución en la altitud vino acompañada de un incremento notable en las temperaturas, que hicieron que el pedaleo fuera más pegajoso y lánguido. Por suerte abundaban los puestos de venta de jugos naturales, donde podía recargar el tanque de combustible con gigantescos batidos de frutas regionales. La guanábana era mi favorito y no perdía oportunidad de atiborrarme con ellos cada vez que podía.

Una vez más escogí la estrategia de quedarme en paradores de camiones mientras circulaba por el territorio colombiano, evitando así meterme en los núcleos urbanos. Allí siempre conseguía un sitio económico para pernoctar y un buen plato de comida para cenar.

Hospedaje EconómicoEl escaso espacio en las angostas carreteras requería de un extra de concentración ya que aparentemente los conductores tenían una aversión especial por adelantarse en doble línea y especialmente en las subidas en curva. En una de las tantas bajadas en las que venía aprovechando la inercia del descenso para ganar velocidad, un bus que avanzaba sobre mi carril adelantando un extenso camión con trailer casi me lleva de recuerdo estampado en la parrilla de su radiador. A duras penas alcancé a maniobrar para alejarme del vehículo, que sin hacer ningún esfuerzo por desviar su rumbo, prácticamente me rozó el alma. Aún perduran en mi memoria el rosario de puteadas que le dediqué al conductor y a toda su familia!

Cuidado!La pauta del grave problema con el tránsito era la abundancia de “estrellas negras” pintadas en el asfalto. Cada una de estas señales indicaba el sitio de algún desafortunado accidente vial que había llevado a la muerte a los ocasionales viajeros o transeúntes afectados. La campaña del gobierno clamando “No más estrellas negras en la vía” parecía ser ajena al interés de la mayoría de los conductores, que seguían apretando los aceleradores como si fuera a acabar el mundo en unos minutos…bueno, tal vez precisamente era eso lo que les esperaba a la vuelta de la siguiente curva!

Los apacibles poblados por los que iba pasando guardaban un pasado reciente muy oscuro. Poco tiempo atrás este sector de la Panamericana era imposible de atravesar sin arriesgarse a ser secuestrado por las fuerzas guerrilleras que dominaban la zona. La intensa presencia militar corroboraba estos hechos y si bien era tranquilizador ver los retenes cada pocos kilómetros, su mera existencia denotaba que aún era una zona delicada en cuanto a cuestiones de seguridad. Los puentes eran los más custodiados y, en una ocasión, una inocente parada para tomar una foto del río que pasaba por debajo casi me cuesta la vida cuando el soldado de turno se inquietó al máximo al ver que me detenía en medio del cruce. A los gritos y señalándome con el fusil que prosiguiera, no hubo lugar a ninguna clase de explicación y tuve que alejarme de allí lo más rápido posible. Che, que era una foto nomás!!!

CaliComo si mis llegadas a Colombia estuvieran signadas por los procesos de pacificación del país, ni bien entrado a Colombia me tocó ser testigo presencial de una nueva liberación de rehenes por parte de las FARCs. La primera vez había sido con la resonada operación Jaque, en la que el rehén más famoso de la guerrilla, Ingrid Betancourt, había recuperado la libertad tras años de cautiverio en la selva. Esta vez era el turno de cuatro oficiales de la policía y el ejército y dos políticos que hacía más de 7 años que no veían a sus familias: Alan Jara y Sigifrido López.

Seguía el avance de las liberaciones día a día, observando las noticias en cuanto televisor me cruzaba. Fue muy conmovedor compartir esos primeros abrazos de los liberados con sus seres queridos rodeado de la gente local, que no ocultaba su emoción en ojos visiblemente húmedos por la alegría. Sin embargo, un manto de polémica cubría a estos últimos procesos ya que se habían realizado independientemente de la acción del gobierno y motorizados por la labor de la senadora liberal Piedad Córdoba. Las declaraciones de tinte opositor al oficialismo de Jara generaron una inmediata reacción de rechazo en la población, que guarda un fervor casi religioso Las chivas!para con su presidente, Álvaro Uribe. El haber logrado un mayor grado de libertad demovimientos en la vida cotidiana de la población parecía opacar cualquier indicador negativo en lo económico y social o en otras áreas del gobierno, que en circunstancias normales, serían las que demandarían mayor atención por parte de los votantes. Inclusive una señora me comentó con la certeza de un experto analista en política internacional:

- Es toda culpa de los vecinos que tenemos, ese Chávez y el Correa, que defienden a los guerrilleros. Si no fuera por ellos nuestro presidente ya habría acabado con la guerrilla!

Sería tan simple como eso? Lo que me quedaba claro era que si Uribe quisiera (y las leyes lo dejaran), el desproporcionado apoyo popular con el que contaba este particular político entre el pueblo colombiano lo podría eternizar en el poder.

Con Pedro y los amigos saliendo de PopayanAl son de los vallenatos, ritmo omnipresente en todo el país, llegué a Popayán. Pedro Nel, otro amigo de Oscar, se había acercado a la entrada de la ciudad junto con su colega Federico para darme la bienvenida. Y de la mejor manera imaginable: un gigantesco sándwich de carnes, jugo y chocolates. Pedro me alojó en su casa y fue un excelente anfitrión para el tiempo que pasé allí, enseñándome el centro histórico, los avatares de hacer las compras en el mercado callejero y presentándome a todos sus amigos del mundo ciclista. Con ellos me enteré de la existencia de “Colombia nuestra Meta”, un grupo de amantes de la bici de Cali y Popayán, que enarbolando la bandera de la Paz, habían recorrido el país de lado a lado a puro pedal en dos ocasiones. Y seguían con nuevos proyectos. Un ejemplo inspirador, como una brisa de aire fresco en una sociedad golpeada por la violencia sin sentido.

Mercado de PopayanEra hora de internarse en el valle del Cauca con rumbo a la gigantesca ciudad de Cali. La fama de su peligrosidad antecedía mis pasos y tenía un poco de incertidumbre acerca de dirigirme hacia allí. Pero era el sitio para realizar una nueva visita a las Aldeas SOS y había que seguir para adelante. Así como me aseguraban que las actividades del narcotráfico habían incrementado los niveles de inseguridad en la zona, también sonaban campanas más atractivas sobre la región. Los habitantes del lugar afirmaban con orgullo y sin timidez que en Cali se encontraban las mujeres más bonitas del país. Sería verdad?

El camino por el que iba avanzando parecía darles la razón. Con una población predominantemente de color, las mulatas que iba cruzando a mi paso se mostraban cada vez más hermosas y sensuales. Sin ninguna vergüenza aparente, era saludado con sonrisas cautivantes y propuestas de todo tipo.

- Lléveme con usted, amorcito!, era lo menos que decían.

“Mi vida, corazón, cariño, dulzura, papacito”, todos eran sinónimos que escuchaba al pasar y que en más de una ocasión me hicieron considerar seriamente el dejar un par de alforjas para cargar una de estas muchachas en la bici. El verdadero peligro en Colombia no eran los narcos o la guerrilla: era la belleza y el encanto de sus mujeres!

Mundo caféUna de las cosas más características del pueblo colombiano, además de su natural cordialidad y calidez humana, era la pasión por el ciclismo. Todos los días sin excepción uno podía ver gente entrenando en sus bicicletas, pero los domingos era el día de los pedales por excelencia. Llegando a Cali, mientras recorría una recta eterna por la autopista, fui alcanzado por un pelotón de ciclistas que fácilmente superaba los 100 integrantes. Por unos instantes me sumé a ellos, hasta que me di cuenta que su tranquila velocidad de crucero superaba los 40 km/h! Y a decir verdad, aún era temprano para llegar a la ciudad y encontrarme con la gente de Aldeas Infantiles SOS. Los dejé seguir con su frenético ritmo y proseguí con el mío, algo más lento y relajado.

Lo de diego GaravitoDespués de compartir un par de días con los niños y niñas de la Aldea SOS de Cali continué con rumbo hacia el eje cafetero. Luego de mucho tiempo y en un país cuyos centros urbanos principales se recuestan sobre las estribaciones de los Andes, rodar por un terreno totalmente plano era un tanto desconcertante. Pero el descanso no duró mucho. Las subidas regresaron con toda su dureza e internándome en un paisaje dominado por interminables extensiones de cafetales llegué a Calarcá, en las proximidades de Armenia. Allí conocí a mi nuevo contacto, Diego Garavito, varias veces campeón panamericano de ciclismo de montaña y de ruta. Su generosidad superó todas mis expectativas y además de alojarme en su pequeño departamento donde todo respiraba ciclismo, me acompañó junto con su novia Juliana hasta el poblado de Salento, un sitio que según ellos, no debía dejar de conocer. Me convidó con el alojamiento y además se aseguró de dejarme suficiente dinero como para que pudiera atiborrarme con unas buenas cenas en los siguientes días.

Los 27000 kilometros con Diego y JulianaMientras íbamos rodando hacia Salento sucedió algo fuera de lo habitual. Venía bajando una cuesta a toda velocidad cuando alcancé una camioneta 4x4 que se desplazaba lentamente por la carretera. Pitando la bocina saludé a los integrantes y pasé rápidamente a su lado. Poco más adelante, mientras remontaba lentamente la contraparte en subida, vi que el vehículo se había detenido a un costado del camino y los ocupantes de la camioneta esperaban a su lado. No sabía que esperar y hasta temí que se hubieran ofendido por haberlos pasado en la bajada un rato antes!. Volví a repetir el saludo con mi bocina y, mientras pasaba junto a ellos, uno se acercó y aprovechando mi lento avance depositó algo sobre mi bolso frontal: era un porro, un cigarro de marihuana recientemente preparado! Mientras miraba con asombro el original presente que me habían obsequiado, el hombre esbozó una enorme sonrisa y agitando los brazos gritó: “de Colombia con amor!”.

SalentoEl encantador y tranquilo pueblo de Salento me vino como anillo al dedo para descansar una tarde completa. Y el intenso aguacero que comenzó por la noche se extendió hasta bien entrada la mañana, asegurándome unas horas más de reposo obligado. El clima parecía estar un tanto descalibrado y en estos meses en los que supuestamente debería brillar el sol en cielos límpidos y despejados, las lluvias no me dejaban en paz. Ese día no fue la excepción y mientras me dirigía hacia Pereira, un temporal desproporcionado hizo que tuviera que buscar refugio en el primer techo que encontrara. Éste se materializó en la estación de peaje que se anunciaba a tan sólo un kilómetro de allí, distancia suficiente para que llegara chorreando agua y castañeando del frío. Sin dudarlo ni un segundo me detuve bajo el providencial abrigo cuando un oficial se me acercó y me invitó amablemente a que me retirara del lugar. Por cuestiones de seguridad, ninguna persona ajena al establecimiento tenía permitido permanecer en el lugar y por lo tanto, tenía que marcharme. Para mí suponía un claro suicidio considerando la escasa visibilidad y que mis frenos a esa altura prácticamente estaban de adorno. Explicándole las circunstancias atenuantes al guardia conseguí que me dejara arrinconarme en el extremo del techado y bajo su estricta vigilancia me mantuve acurrucado esperando a que escampara. La paranoia por la seguridad a veces superaba el sentido común, pero al menos esta vez había logrado imponer un mínimo de cordura en este gentil señor.

En Santa Rosa de Osos me quedé en la casa de Rubén Mejía, otro ciclista de competición amigo de Diego Garavito. Junto con él y sus amigos pude presenciar una carrera de ruta y ser parte del equipo de apoyo, al mejor estilo “Tour de France”, siguiéndolos con el vehículo de soporte mecánico. Me daban ganas de ser parte de la competencia, pero con mi pesada bici no hubiera durado ni cinco minutos en el pelotón. Por la noche celebramos con un merecido chapuzón en las famosas aguas termales de la región y una picada surtida bien sabrosa. Pero los excesos con las frituras y el tradicional “chorizo” de la zona me costaron más caro de lo pensado. Durante la noche mi cuerpo generó un rechazo furibundo a todo lo que había comido y entre retorcijones y espasmos estomacales terminé vomitando todo como nunca antes en la vida. Por la mañana estaba hecho una lágrima y no pude hacer más que quedarme un día reposando en la cama.

Nevado del RuizLos escasos kilómetros que me restaban hasta llegar a Manizales fueron reptando por la empinada carretera que se empecinaba en drenar las escasas fuerzas que había podido recuperar. Allí me encontré con Germán Gimenes, que cordialmente me convidó a quedarme en su Hostal Kaffa Experience, que regenteaba con su novia. La madrugada siguiente partimos con dos de sus bicis para alcanzar la chiva lechera, el camioncito que cada día trepaba hasta las laderas del cercano volcán Nevado del Ruiz. Después de un prolongado ascenso por la carretera que me tocaría superar con todo mi equipaje al día siguiente, nos internamos en la pista de tierra que nos acercó aún más al imponente macizo. Un abundante desayuno completó el comienzo del día, que nos saludaba con los primeros rayos de un cálido y bienvenido sol. Pedaleando a 4000 metros de altura recorrimos durante un buen rato las inmediaciones de la región, disfrutando de las panorámicas que nos ofrecía la montaña. Nos acercamos hasta la entrada oficial del Parque Nacional Nevado del Ruiz, pero los precios de acceso eran prohibitivos en mi calidad de extranjero: más de 20 dólares por el Rutassólo hecho de poder trepar unos kilómetros más no estaban dentro de mis planes ni de mi presupuesto.

De todos modos las nubes ya estaban ocultando las caras de la montaña y nos esperaba el ansiado descenso hasta Manizales. Nos metimos por el camino llamado de las termales o las grutas, que rápidamente degeneró en una trocha plagada de piedras del tamaño de un puño. La pendiente de la bajada no daba lugar a titubeos y a medida que nos internábamos en un espeso bosque nuboso, íbamos avanzando exigiendo al máximo las suspensiones de las bicis. El traqueteo fue tan intenso que incluso después de haber llegado de regreso al Hostal nos seguían temblando los brazos y dolían los dedos de tanto apretar los frenos.

El resto de mi estadía en la ciudad me lo pasé llenándoles la cabeza a Ángela, Sebastián y Eduar, un grupo de entusiastas que estaba planeando recorrer Sudamérica en bicicleta y tenían un millón de preguntas para hacerme. Entre tintos y abundantes comidas, agoté la capacidad de articular más palabras con mis desgastadas cuerdas vocales.

Paisaje escurridizoDespués de semejante “día de descanso” era preciso tomarse con calma la subida hasta el páramo de Letras. Y fue justamente lo que hice. Los 29 kilómetros de perpetua trepada me fueron acercando al Nevado del Ruiz, superando un buen número de zonas de derrumbes que tenían la carretera en jaque permanente. Cuando por fin coroné la cima a 3700 metros de altura, la bruma empezaba a asentarse y la combinación letal del sudor de la ascensión, sumada a la inactividad del descenso, me recordaron lo frágil que era mantener un equilibrio térmico en esas condiciones. En otras palabras, me estaba congelando!!

Asomándome entre los ocasionales claros que aparecían de tanto en tanto en el cerrado manto blanco que me cubría, pude apreciar la majestuosidad del paisaje que se extendía ante mis pedales. Una vez más, el acolchado de retazos con infinitas gamas de verdes dominaba la escena en vertiginosos cortes de valles y quebradas. Cada vez que el sol aparecía en escena, el brillo que le daba a la vegetación realzaba aún más el contraste de formas y contornos que delineaban ese particular panorama.

ArmeroDe los escasos 5 grados de temperatura que tenía en el páramo pasé a escandalosos 45°C en la localidad de Mariquitas, en el valle del río Magdalena. Semejante amplitud térmica no se podía ignorar y enseguida noté como mis sentidos se embotaban por el calor extremo que me rodeaba. Poco después pasé frente a Armero, una población que había sido sepultada por un alud de barro y piedras, sorprendiendo a sus habitantes en pleno sueño y que costó la vida a más de 25000 personas. Eran finales del año 1985 y el Nevado del Ruiz dejaba en claro su actividad después de una estruendosa erupción. Ver las ruinas del pueblo sepultadas por la catástrofe natural era de por sí inquietante, apreciar el sinnúmero de tumbas que salpicaban los alrededores como un inmenso cementerio sin límites era aún más perturbador.

Aplastado por el bochorno de una tarde que se rehusaba a refrescar, comencé la subida hacia el altiplano de la meseta bogotana. La noche me alcanzó con escasos 20 kilómetros de trepada a cuestas y aún me restaban otros tantos para llegar al primer poblado donde poder pasar la noche. Con las fuerzas en franco declive y sin poder encontrar un claro en el escarpado camino para plantar la carpa, el providencial encuentro con la familia Sierra Sánchez, de la tienda El Piñal, me proveyó de la solución: amablemente me ofrecieron el espacio de la escuelita rural que quedaba cerca de allí para que pudiera reposar durante la noche. Un hermoso hotel de lujo en medio de la nada.

Familia Sierra SanchezLa mayor ventaja de la ruta que había escogido era que por allí no estaba permitida la circulación de camiones pesados. La desventaja era que la subida no daba tregua y parecía no tener fin. La distancia que me restaba recorrer era incierta y ya me empezaba a preguntar si ese día podría llegar a la casa de mi compadre Oscar Cañón. Mientras hacía un alto a recargar un poco de energías, su aparición en la ruta con su bicicleta “Monarca” fue un destello de luz. Después de casi 16 meses de habernos separado en el Parque Nacional Yosemite, en Estados Unidos, se cumplía la promesa de que nos volveríamos a ver y el abrazo en el que nos fundimos comprobaba que era real. Los kilómetros que restaban se hicieron imperceptibles mientras nos poníamos al día de las experiencias vividas en el último año.

Marius Dragulescu con MairaLa llegada a su casa en Facatativá estuvo marcada por otro encuentro memorable. Desde hacía un tiempo que un fiel seguidor del viaje, Marius Dragulescu, venía intercambiando correos electrónicos conmigo mientras me acercaba a Colombia. La intensidad de sus palabras eran apabullantes y cuando supo de mi proximidad a Bogotá, se subió a un bus, recorrió los 200 km desde su natal Puente Nacional y luego pedaleó 40 kilómetros en la avanzada oscuridad de la noche para poder rodar un rato conmigo y conocerme en persona. Tanto despliegue me resultaba algo desmedido, pero me sentí halagado por su gesto. Realmente fue un placer y un honor poder verlo cara a cara y charlar con él el tiempo que estuvimos juntos. Uno de esos “locos lindos” que hay dando vueltas por el mundo y que reconfortan con su presencia.

La agenda durante los días que pasé en Facatativá junto con Oscar y su familia fue de lo más concurrida. Lo primero fue ser el “colado de honor” en el casamiento de su hermana Sandra, que había llegado desde Canadá el mismo día que yo, para hacer la celebración de laCon Matt y Sandrita unión que había tenido lugar hacía unos meses en Toronto junto con los familiares locales. Después de una breve “luna de miel familiar” en el calor asfixiante de Girardot, regresamos a las más frescas alturas de la meseta para recorrer un poco Bogotá y sus alrededores. Con Oscar nos caminamos el centro histórico de la ciudad,trepamos hasta el monasterio de Monserrate, una de las mejores panorámicas de la extensa urbe, y nos mojamos hasta las entrañas bajo un diluvio mientras buscábamos la conexión con el eficiente transporte masivo de buses llamado Transmilenio.

Como en los tiempos del “Fuser” y Alberto Granado, recorrimos los pueblos aledaños montados en la nueva adquisición de Oscar, una flamante moto que, según le profetizaba, lo iba a aburguesar incrementado su masa abdominal por la falta de ejercicio. También nos movilizamos en los abundantes minibuses o busetas, cada una con su voceador que a los gritos pelados iba anunciando el destino y sin reparo alguno, literalmente empujaban a los pasajeros abordo como presas de una cacería descarnada entre Con Oscarlos diferentes servicios. Inclusive aunque uno no quisiera ir a donde ellos iban, lo arrastraban a uno hasta los asientos. La clave era la negociación del precio, que estaba sujeta al regateo másferoz y en la que toda la gente parecía ser experta. Era un espectáculo digno de verse y que a veces demoraba el servicio un buen rato hasta que lograban llenar la capacidad del vehículo y entonces ahí si, ponían el turbo y manejaban como dementes corredores de fórmula uno hasta llegar al destino para volver a comenzar nuevamente con el ritual de caza.

En esos días Oscar recibió la noticia de que aún le quedaban un tiempo libre antes de partir hacia el Cauca a trabajar en un proyecto relacionado con la conservación de tortugas marinas. De un minuto para otro se armó el plan y pocas horas después partíamos hacia el estado de Boyacá para internarnos por varios días en las montañas del Parque Nacional Nevados del Cocuy.

Luego de 5 días de caminatas ininterrumpidas a más de 4000 metros de altura, donde nuestro nivel de divague a la hora de pensar en nuevos proyectos parecía estar fuertemente influenciado por la escasez de oxígeno, regresamos a Facatativa con dos kilos menos de peso en nuestros Dora y Hernando Cañoncuerpos. Entonces puse un alto al “descanso activo” que venía llevando y una vez que Oscar partió hacia las costas del Pacífico, me encerré en la habitación con la computadora para dedicarme a trabajar con las crónicas y actualizaciones de la página web. Durante los siguientes seis días no asomé las narices fuera de la casa, lo que llevó a Dora y Hernando, los padres de Oscar, a preocuparse un poco por mi estabilidad mental. Dora se tomó muy en serio la responsabilidad de hacerme recuperar el peso perdido en las montañas y haciéndome sentir un ganso al que engordaban para hacer “foie gras”, me sometió a una dieta estricta abundante en absolutamente todo lo que se pudieran imaginar. Que por cierto surtió efecto!!

Centro histórico BogotáEn esos días había tenido la oportunidad de conocer a otro delirante de la bicicleta, Juan Dávila, que quería trocar su vida como conductor de busetas en la caótica Bogotá por una vida más simple desde los pedales. Fue un verdadero gusto poder conocerlo a él como a su familia y alimentar ese deseo de recorrer Sudamérica en bicicleta. Su propuesta basada en la ecología y la educación de los niños me pareció sumamente interesante y un buen motor para el viaje. Su determinación y entusiasmo me dejaron en claro que en algún tiempo lo estaría viendo de nuevo, seguramente en Argentina.

Ya era hora de retomar la senda, pero aún me quedaban un par de compromisos pendientes que atender en la gran ciudad. Oscar me había puesto en contacto con una amiga de él, Consuelo Onofre, que me invitó a dar un par de charlas en la Universidad el Externado. Sin saber demasiado qué iba a decirles a dos numerosos grupos de estudiantes de Administración de Empresas y Turismo que venían trabajando con el tema de la globalización, fui con mi habitual caradurismo y terminé hablando 4 horas seguidas en los respectivos cursos. Una experiencia interesante con un público atípico que se mostró bastante interesado en mi particular forma de Bogotáver el mundo desde el asiento de una bicicleta.

También pasé por las instalaciones de las Oficinas de Recaudación de Fondos de Aldeas Infantiles SOS, con quienes había ido coordinando las diferentes visitas a las Aldeas por ese país. Fue una grata experiencia poder conocer en persona a la gente que hacía posible mi labor social en Colombia.

Mi paso por Bogotá aún me deparaba un nuevo encuentro trascendental. Eran las 10 de la mañana del 18 de Marzo de 2009 y me encontraba sentado en una recepción rodeado de gente trajeada hablando de complejos asuntos políticos. Mi apariencia de “pseudo hippie” contrastaba notablemente con los presentes, pero mantenía un perfil bajo pasando desapercibido. Entonces escuché una voz femenina que decía:

- Señor López, ya puede pasar. Por la escalera en el segundo piso y al frente.

Seguí las instrucciones que me habían dado y pocos minutos después me fundía en un abrazo mientras exclamaba: Con Carlos Gaviria

- Carlos! Por fin te conozco en persona!

El Carlos en cuestión era ni más ni menos que Carlos Gaviria, presidente del partido opositor Polo Democrático, un respetado intelectual y académico que había formado parte de la Corte Suprema y había sido Senador de la Nación…y era el padre de mi amiga Ximena, de Medellín. En mi pasada anterior por Colombia no había tenido la oportunidad de conocerlo en persona, pero ahora las circunstancias se habían dado para tener un hueco en su complicada agenda y por fin poder estrechar su mano.

- Nunca pensé que iba a conocer a Papá Noel en el trópico, fueron mis siguientes palabras, aludiendo al apodo con el que era conocido habitualmente en el medio político.

Después de unos sesudos diálogos mientras compartíamos un tinto decidí abordar el tema principal de la visita.

- Carlos, tengo que hablar seriamente con vos. No he pedaleado tantos kilómetros sin una razón de peso. He venido hasta aquí a pedirte la mano de tu hija, esbocé, lo más seriamente que pude.

Inmediatamente Carlos tomó su celular y puso en línea a Ximena.

- Xime, por fin pude encontrarme con tu papá y le estoy contando de lo nuestro.

- Ah, que bueno, me respondió. Y ya hablaron del tema de la dote?

Fue inútil. Por más que ofrecí 2 cámaras de bicicleta, un neumático casi nuevo y un práctico inflador, no pude llegar a un acuerdo. Me tuve que ir con las manos vacías, pero con el grato placer de haber podido conocer a uno de los grandes personajes de la vida política de Colombia.

Estaba esperando por el bus en una esquina de la capital cuando una señora con su joven hija se acercó para preguntarme por una dirección.

Contraste de la capital- Disculpe, pero soy argentino y no tengo idea de dónde estoy parado. Mejor pregunte en ese negocio, respondí señalando una fotocopiadora cercana.

- Ay, es argentino? Que bonito! Me dijeron que Argentina era un país muy chévere.

- Si, claro, errr, por supuesto.

- Y le puedo hacer una pregunta? Cómo está la situación en Argentina para ir a cuidar niños?

- Perdón?

- Si, si, para ir a trabajar de cuidadora. Me dijeron que allá se ganaba muy bien.

- Errr, la verdad que no le sabría decir. Yo hace dos años que no ando por allá, pero por lo que me comentan mis amigos de la situación por estos días, no creo que mi país sea el lugar ideal para convertirse en millonario.

- Ah, qué pena. Y escuchó eso de que en Australia estaban recibiendo parejas de jóvenes para incrementar la población?

- Errr, me está haciendo una propuesta? Quiere que vayamos a hacer hijitos a Oceanía??

La mujer sonrió y me respondió:

- No, yo ya estoy muy grande, pero no se quiere llevar a mi hija?, dijo señalando a una sonrojada chica que miraba sin saber dónde esconderse.

- Tal vez cuando termine con mi viaje…

En Colombia ya me había pasado antes y esta vez no era la excepción. De las preguntas más habituales que me hacía la gente, sin importar el estrato social del que vinieran, la más frecuente y que siempre me tocaba responder era:

Murales- Y cómo hace para cruzar las fronteras? No precisa ningún papel especial?

- Es que yo soy argentino, solía responder. Los que están jodidos son ustedes los colombianos, que los vuelven locos para ir a cualquier lado.

En un país donde la crisis económica también se hacía sentir y la gente miraba con ansias cualquier otro lugar que estuviera más allá de las fronteras, el fenómeno en Colombia tenía un giro muy particular. La mayoría de las veces los mismos que ansiaban con irse a probar suerte en otras partes me terminaban reconociendo que amaban a su país y que Colombia era el paraíso. Una identidad nacional muy fuerte y que aprendí a respetar y querer a lo largo de mi estadía en estas tierras.

Por las rutas colombianasCuando por fin retomé el pedaleo, el conflicto gremial con las estaciones del tiempo seguía vigente y no tardé mucho en sumergirme en un nuevo aguacero mientras descendía hacia las estribaciones del río Magdalena. Por tres horas estuve avanzando inmerso en una cortina de agua impresionante que reducía la visibilidad a prácticamente la nada. Una extensa fila de vehículos parados anticipaba algún inconveniente en la carretera. Sería un derrumbe en la vía? Eran bastante habituales en esos tormentones. Después de vadear los autos y camiones detenidos descubrí la causa del taponamiento: una ambulancia que hacía escasos minutos había pasado a mi lado había chocado frontalmente con un trailer y yacía volcada de lado en medio de la carretera. Se notaba lo reciente del accidente y pensaba qué cerca había estado de ser testigo presencial del incidente. Cuando me dispuse a pasar a su lado, un manchón de aceite que no alcancé a ver a tiempo se robó la adherencia de mis neumáticos y en un aparatoso patinazo salí despedido de costado. Los reflejos apenas si llegaron a reaccionar para sacar el pie izquierdo del pedal y apoyar la rodilla sobre el asfalto para no terminar desparramado sobre el concreto. Me quedó un hermoso raspón de recuerdo y una distensión en un ligamento de la rodilla que convertiría mis siguientes días de pedaleo en un suplicio sin antecedentes.

Unos pocos kilómetros más adelante, un par de camiones se cruzaron en una curva cerrada evitando chocar uno contra otro por escasos centímetros. Me encontraba en esa misma curva cuando sentí el resoplido de los frenos de aire y por unos angustiosos instantes, pensé que una masa retorcida de hierros se lanzaría sobre mi frágil presencia aplastándome y sellándome de una vez en una tumba metálica. No era un día bueno para andar por las carreteras…

El tirón que me quedó de recuerdo del “casi” accidente del día anterior convirtió el ascenso a la ciudad de Ibagué en una tortura dolorosa y lenta. Con el humor bastante afectado y un clima poco estimulante fui remontando la cuesta en una jornada en la que parecía tener un imán especial para atraer curiosos. Uno de ellos se me pegó con su bici y decidió seguirme de cerca dándome charla.

- En Argentina hay alguna vuelta ciclística importante?, comenzó.

- Y, la vuelta a la Argentina, respondí sin muchas ganas.

- Y cuál es el premio? Me imagino que muchos millones, no?

- La verdad que no sé, pero ningún ciclista se hace rico gracias al deporte. Los únicos que ganan plata son los jugadores de fútbol.

- Ah, y cuánto pagan por un torneo?

- Hombre, que mejor váyase a correr un tour de Francia que en Argentina se va a cagar de hambre igual que acá!

Rodando hacia el sur de ColombiaUno de esos encuentros fortuitos me llevó a conocer al primer argentino viajero que me cruzaba por los caminos. Se trataba de Roberto Camacho, un motoquero que venía recorriendo Sudamérica desde Ushuaia y que inclusive había vivido muchos años en Miramar, a escasos 45 kilómetros de mi querida Mar del Plata. Que pañuelo este mundo! Me convidó con una gaseosa, me dejó unos pesos para una comida y prometiendo vernos de nuevo cuando llegara a Ushuaia continué rodando con una gran sonrisa en el rostro.

Después de un par de días visitando la Aldea Infantil SOS en Ibagué retrocedí sobre mis huellas y retorné a la carretera principal para encarar el último tramo por territorio colombiano. Iba con rumbo hacia los estados de Huila y Putumayo, dos zonas calientes no sólo por el clima, sino también por la situación social con la guerrilla. Me internaba poco a poco en la “zona roja”, la parte que en todas las guías de viajes figuraban con alarmantes avisos para que uno evitara meterse por allí. Sería tan así? Había que verlo con los propios ojos…

Por los llanos hacia PutumayoRodando por el valle del río Magdalena pude comprobar que todo lo que había escuchado decir de la belleza de sus paisajes era cierto. Inmerso en un perpetuo túnel formado por árboles que custodiaban las márgenes de la carretera, me iba zambullendo lentamente en la vegetación cada vez más exuberante y selvática. Las cadenas montañosas que flanqueaban el valle se iban estrechando poco a poco a medida que devoraba kilómetros bajo mis ruedas.

Estando por esta zona no podía dejar de ir a conocer el desierto de la Tatacoa, un sitio en el que la naturaleza parecía haberse olvidado de hacer crecer plantas como en el resto de los alrededores. Decidí meterme por un camino alternativo, cruzando el remozado puente del ferrocarril Golondrinas, que me llevó a internarme en una polvorienta pista de tierra y rocas. El enajenado sube y baja de pendientes fuertes y cortas que se sucedieron a continuación terminó de destrozar lo poco que me quedaba de ligamento sano en la rodilla izquierda. Fui atravesando pequeños poblados olvidados en el tiempo, reminiscencias de la época en la que el ferrocarril dictaba la vida en la zona. Llegando por la puerta trasera, desemboqué en el mentado desierto que efectivamente parecía totalmente fuera de lugar. Las caprichosas formaciones rojizas que adornaban el paisaje parecían una miniatura del cañón del Colorado en Estados Unidos y otras partes, como el sector de los hoyos, Los caminos secundariosse asemejaba más a un escenario propio de la luna que de este planeta. Y aún más fuera de lugar parecía la piscina que habían construido allí, en el medio de esa nada, donde pude pegarme un merecido baño para despegarme la tierra que se había adherido con el sudor durante todo el trajín de la jornada.

Como el oscuro cielo no era muy promisorio que digamos, opté por regresar hasta donde comenzaba el asfalto y hacer campamento debajo de una estructura techada que había en el mirador llamado “el Cusco”. De sólo Desierto Tatacoaimaginar lo que sería ese camino después de un aguacero se me ensuciaba hasta alma! Dos viejitos que cuidaban el observatorio astronómico que había a unos metros del lugar me convidaron con un tinto y, como los legendarios personajes de los “muppets”, comentaban parsimoniosamente cuanta cosa pasaba a su alrededor desde la comodidad de sus sillas de plástico. La vida tenía otro ritmo en esas latitudes.

El día me despertó con algo de fastidio. El techo no había sido suficiente reparo para las huracanadas lluvias que se habían descargado por la noche y tenía todo el equipo empapado y sin muchas perspectivas de secado a corto plazo. Un pinchazo en la rueda delantera retrasó aún más mi partida y los 100 metros que tuve que empujar la bici hasta el asfalto me dejaron cubierto de barro hasta las narices! Toda la jornada sería así? Casi! A pocos kilómetros de Villavieja un río desbordado por la crecida de las lluvias impedía el paso de cualquier vehículo y no había mucho que se pudiera hacer más que esperar. Así pasaron las próximas tres horas en las que los mosquitos se hicieron un festín con mis piernas, hasta que finalmente pude subir a Maira en una camioneta y cruzar del otro lado para proseguir con la marcha. El sol había ganado el cielo y derretía el asfalto con sus inclementes rayos. Cuando ya parecía inevitable que me atrapara la noche pedaleando, una nueva pinchadura, esta vez en la rueda de atrás como para emparejar, se aseguró de que la negrura me acompañara los kilómetros que me restaban hasta Campoalegre.

Aguas turbulentasA pesar de todo, fue un día signado por historias mínimas, de esas que dejan huella. Como la del vendedor ambulante de cuadernos escolares, con quien compartí un vaso de guarapo (jugo de caña) y una arepa con queso mientras hacía una pausa en un puesto callejero en las afueras de Neiva. El hombre me hablada con un fervor único, a pesar de que me costaba mucho comprender lo que decía. Lo que me quedaba claro era que su situación económica era muy endeble y sobrevivía como podía. Me fui bañado en bendiciones y loas de agradecimiento cuando le dije que ya había pagado su guarapo y el bocadillo. No era mucho dinero, pero para él representaba una pequeña fortuna.

O la del muchacho al que me acerqué con la bici mientras me rodaba en plena oscuridad hacia Campoalegre y me contó que el siempre andaba en bici de noche porque entraba a trabajar a las 4:30 de la mañana y recién regresaba a esas horas, que rozaban las 7 de la tarde. Se pasaba más de 14 horas fileteando pescados en una fábrica cercana, y sin embargo, estaba sonriente y contento de poder ayudar a su familia con el escaso salario que ganaba. Me sentí miserable a su lado con mi “riqueza” ambulante. El Huila

Esa noche, mientras comía una pizza al paso en Campoalegre para variar un poco mi dieta del omnipresente arroz blanco, se me acercó una mujer que enseguida se apoltronó a mi lado al darse cuenta de que evidentemente, no era uno de los habituales locales que rondaban la zona. Después de contarme la historia de su vida en un ininteligible lunfardo de la calle me pidió que me la llevara con ella. Le expliqué que viajando en bicicleta se me complicaba un poco el asunto, y, después de ganarse media porción de mi pizza, regresó al bingo donde esperaba que la diosa fortuna le diera un pleno de suerte que la pudiera sacar de allí.

Pequeñas historias, grandes dramas de la vida real…

CuriososEse día la presencia militar en los caminos era mucho más abundante que lo que venía acostumbrado a ver habitualmente. Los retenes florecían como hongos en primavera, pero además, había muchos efectivos apostados entre la vegetación en todas partes. Cuando hice un alto en el mirador de la represa Betania sobre el río Magdalena, un oficial del ejército que se acercó a conversar me comentó que en esos días los guerrilleros andaban un poco “alborotados” y estaban quemando autos y camiones por las carreteras. Lo único que me faltaba, pensé! Espero que mis alforjas sean resistentes a las llamas!!

La rodilla seguía quejándose y eso incrementaba exponencialmente la dificultad para avanzar por el terreno, que cada vez se volvía más quebrado y más cerrado por la vegetación circundante. Cuando llegué a Timaná no podía más y le di una tregua a mis agotadas piernas, descansando un rato en una panadería mientras tomaba un jugo frente a la plaza principal. Al poco de estar allí la presencia de Maira había congregado alrededor mío a un grupo de curiosos niños que no dudaron en sentarse junto a mi mesa para interrogarme sin pausa. Una de las niñas, Camila, me preguntó con una naturalidad pasmosa:

- Usted tiene familiares secuestrados por la guerrilla?

- Cómo? No, no, por qué me preguntás eso?

- Es que ahí en la bici dice “Liberen Tibet”, quién es ese?

Después de una breve explicación sobre la ocupación China en los territorios del Tibet me quedé meditando sobre lo dura que era esa realidad en la que una niña de 9 años consideraba algo natural el tener un familiar privado de su libertad.

Parada en el retenEsa noche mientras cenaba algo en un comedor al paso cerca de Garzón descubrí la razón de que hubiera tantos militares desparramados por los caminos. Era el aniversario de la muerte del líder guerrillero conocido como “Tirofijo” y se había desarticulado un atentado contra el Ministro de Defensa Santos. Y justamente los implicados venían de la zona por la que andaba rodando en esos momentos. Mejor regresar al cuarto y mirar una película pasatista, no?

La realidad parecía no querer darme tregua y en Pitalito tuve una nueva demostración del contexto social por el que me estaba moviendo. Gracias a un contacto que me había pasado mi amigo Japhy estaba quedándome en la casa de Alcides Puentes, un taxista que se ganaba la vida duramente para mantener a su familia. Su hijo, César Augusto, había sido víctima de la violencia sin sentido que había azotado la región Alcides con su esposahace algunos años y lo habían matado a sangre fría en un bar mientras tomaba una gaseosa como cualquier otro hijo de vecina. Con un gesto de resignación Alcides me contó que prácticamente en cada familia de la región había historias similares o aún peores. Pero había que seguir luchando, la vida continuaba.

Su hija Angella, que ahora estaba viviendo en Barcelona, enviaba todos los meses una remesa de dinero que Alcides de encargaba de convertir en compras de mercado y que luego iba a distribuir entre las familias más empobrecidas de los barrios aledaños. Fui testigo de ello cuando una señora se acercó a pedirnos limosna y nos contó que debía cuidar a 7 hijos y a su padre inválido, y que trabajando aseando casas no le alcanzaba para subsistir. Alcides, después de corroborar que la historia fuera cierta, le entregó una de las cajas con alimentos a la visiblemente emocionada señora, aclarando que él sólo era un mensajero de los deseos de su hija y que era a ella a quien debía agradecerle en sus oraciones. Una familia noble, de corazón grande, de la que muchos deberían aprender.

DalaDespués de una agonizante subida hasta el poblado de San Agustín, había llegado el momento de darle un respiro a los ligamentos de mi rodilla. Lo primero fue recurrir al sistema médico universal y gratuito de Latinoamérica: ir a la farmacia y, después de explicar los síntomas, requerir un diagnóstico y un tratamiento al empleado de turno. La respuesta no se hizo esperar y con una inyección ardiendo en mi traste y varios mililitros de analgésico y desinflamatorio circulando por mi cuerpo, me lancé a la búsqueda de la “casa de ciclistas” de San Agustín. No fue difícil hallarla, ya que al verme con la bici, todo el que me cruzaba se ofrecía a orientarme. Así arribé a la Finca Los Erizos, de Igel y Paola, una pareja de alemanes que aún están recorriendo el mundo en bicicleta y han dejado este trocito de paraíso como legado para que otros viajeros puedan disfrutarlo en su ausencia.

Pensaba quedarme un par de días, pero el magnetismo del entorno natural y la tranquilidad que se respiraba en el ambiente lo convirtieron en mi hogar por casi una semana. Unos días de retiro y alejamiento de todo, para leer, escribir, meditar y recargar las energías antes de seguir viaje. También para recorrer el famoso Parque Arqueológico de la ciudad y aprender del legado de civilizaciones anteriores. Fueron jornadas con su propio espacio temporal en los que compartí memorables charlas entre tintos y mates junto con el amigo rastafari Dala, el encargado de cuidar la finca, y los mimos sin tapujos de Costeña, la perra del lugar.

Pero no era cuestión de quedarme a vivir allí (aunque era tentador!) y estrenando el mes de Abril volví a mi querida Maira para seguir viajando. Retomé la carretera principal acompañado de un sol reconfortante pero que duró poco. Cuando trepaba hacia el paso que me tocaba sortear hasta el puesto de control de La Mesa, unas nubes negras acompañadas de estruendosos truenos tomaron el control del cielo y amenazaban con descargar un aguacero terrible. El retén militar apareció como una imagen milagrosa justo cuando caían las primeras gotas y el improvisado techo de plástico me brindó la protección que necesitaba en ese instante. Misteriosamente no había nadie en el lugar, así que me acomodé como si fuera mi casa y descansé un rato esperando a que escampara.

Poco después llegaron los militares, que venían de disfrutar del almuerzo, y la conversación se extendió por un buen rato hasta que decidí emprender la marcha so pena de quedarme allí a pasar la noche!

Por primera vez en todo mi derrotero por Colombia veía que los caminos estaban custodiados con tanquetas de guerra. Unos vehículos blindados que se asemejaban a los que transportan el dinero de los bancos pululaban ida y vuelta por la carretera, con sus intimidantes torretas armadas en las que un soldado empuñaba firmemente una poderosa ametralladora. En una de las tantas subidas que me tocó superar encontré un reguero de cartuchos de bala, silenciosos testigos de algún enfrentamiento armado reciente.

Con los policias Caminos fuertemente custodiados

Cuando llegué al poblado de San Juan de Villalobos me quedé impresionado por la fuerte presencia policial que había en el pequeño caserío: unos 100 efectivos estaban estacionados en ese lugar donde el número de habitantes apenas si llegaba a la mitad de uniformados. Por lo que me contaron, era una zona donde la guerrilla solía hacer frecuentes incursiones y de ahí el increíble despliegue de fuerzas armadas. Poco antes de llegar había visto a un hombre vestido demilitar saltando un alambrado. Me llamó la atención ver que llevaba botas de goma enlugar de los tradicionales borceguíes de cuero.“Seguro que era un guerrillero”, me explicaron después.Muy lejos de intentar detenerme y llevarme consigo a las entrañas de la selva, me saludó con unasonrisa y prosiguió concentrado en el cruce Puntumayo!que estaba realizando, más concentrado en no dejar parte de su masculinidad en el alambrado de púas que en mi presencia por los caminos.

Al día siguiente llegué a Mocoa, la capital de Putumayo, una pequeña ciudad inmersa en un marco natural determinado por la abundante vegetación. Haciendo un alto a tomar un jugo de caña un hombre se puso a charlar conmigo y entre tantas cosas me preguntó si pensaba acampar por la zona. Le dije que no me parecía un lugar muy seguro para hacerlo y comenzó a tomarme el pelo asegurándome que no había problemas.

- Ah, si? Y entonces por qué está plagado de tanquetas de guerra, carros blindados y parece haber militares debajo de cada roca? Por algo debe ser, no? O esta zona no es famosa por la actividad guerrillera y de los paramiltares?

Su rostro perdió la sonrisa inmediatamente y me espetó:

- Usted debe tener cuidado con lo que dice. Mucha gente ha venido aquí haciéndose pasar como turistas y en realidad eran espías del gobierno...y esos al día siguiente aparecen tirados en una zanja.

- Y vos te pensás que un argentino que viene viajando con una bici de 80 kilos por el continente puede ser un espía? Vamos hombre! No diga pavadas!

Y entre sonrisas nerviosas me fui a la búsqueda de un lugar seguro donde poder pasar la noche sin que me confundieran con un infiltrado...glup!

MocoaMe esperaba una de las trepadas más duras de todo mi recorrido por Colombia. El camino entreMocoa y Pasto atravesaba las estribaciones de los Andes con una trocha extremadamente angosta y en estado de conservación precario. Los derrumbes y los vados estaban a la orden del día y algunos tramos del camino llevaban nombres truculentos como "trampolín de la muerte". Nada auspicioso, por cierto!

La pendiente no daba tregua y las rocas complicaban aun más el lento avance. Pero el paisaje que se iba extendiendo ante mis ojos justificaba ampliamente el esfuerzo sobre humano de coronar esa cumbre. El bosque nuboso tapizaba las paredes de la montaña con un intenso verde que parecía abalanzarse sobre la pista de tierra. A duras penas cabía un vehículo, y cuando oía el rugir de los motores, en muchas ocasiones no tuve más opción que Caminos angostosaplastarme sobre las rocas mientras los camiones me rozaban con su carrocería haciendoequilibrio para no dejar sus ruedas colgando sobre el precipicio que se abría del otro lado delcamino.

Los policías que patrullaban la ruta en sus motos enduro se convirtieron en mis compañeros de travesía, ya que me los crucé en muchas ocasiones, usando los encuentros como excusas para tomarme un respiro de las inclementes pendientes con las que me trataba la vía.

Poco después de despedirme de ellos por última vez y cuando el camino se estrechaba en las trepadas más intensas, escuché un par de sonidos secos y fuertes que parecían ser disparos de armas. Frené de inmediato y aguardé a ver que sucedía. Lo único que me faltaba era quedar en medio de un tiroteo en plena montaña! Pasaron eternos minutos y nada. Cansado de esperar y más aún de saber todo lo que todavía tenía por delante, opté por pensar que se había tratado del caño de escape de algún vehículo avejentado y proseguí la marcha ignorando el suceso.

Hacia PastoCuando por fin llegué al retén policial en el mirador, me encontré con una pequeña fortaleza amurallada detrás de bolsas de arena pintadas de verde. Si bien la actitud de los uniformados era tranquila y relajada y charlamos un buen rato mientras recuperaba el aliento, era evidente que seguía rodando por zonas calientes...

Lejos de descender todo lo que había trepado, proseguí mi pedaleo por un camino que bordeaba las laderas de las reverdecidas montañas. El sol se hizo presente tiñéndolo todo con tonalidades intensas, transformando el paisaje en uno de los más bellos que me había tocado presenciar desde la bici en estos pagos.

Compartiendo los caminos con la gentePero el cansancio era palpable y los constantes repechos del camino que se perdían en el horizonte se hacían cada vez más arduos de superar. Sabía que en las cercanías había un restaurante llamado Buenos Aires, que era el único lugar adecuado para pernoctar. Pero parecía no querer llegar nunca. La noche se acercaba indefectiblemente y el frío se hacía cada vez más intenso. Estaba buscando un trocito de espacio donde poder colocar mi carpa en la quebrada topografía del lugar, cuando los ocasionales ocupantes de una camioneta me juraron que a tan solo un kilómetro estaba el mentado restaurante. Un tanto desconfiado ya que la experiencia me había demostrado que la gente que viaja en vehículos motorizados no tiene idea de las distancias, decidí darle una oportunidad más y continué pedaleando. Afortunadamente esta vez estaban en lo correcto, y como un oasis en medio del desierto, avisté la construcción que sería mi cobijo durante la noche y que me brindaría la necesaria dosis de comida que mi cuerpo ya reclamaba a gritos.

Rutas del PutumayoTodavía me quedaban 100 kilómetros más antes de llegar a Pasto, y no prometían ser sencillos. Las subidas eran permanentes y el valle del Sibundoy se resistía a cruzarse en mi camino. La proximidad de la Semana Santa había intensificado el tránsito de vehículos particulares, que invariablemente me saludaban con bocinazos y gritos de ánimo. Pero a veces también se detenían para sacarse fotos conmigo, pedirme autógrafos o regalarme algo de comer o beber. Así daba gusto viajar por esos "peligrosos" caminos!

Luego de un retorcido y sacudido descenso por fin pude tocar asfalto nuevamente con mis neumáticos y llegar al poblado de Sibundoy, en un hermoso valle que se extendía hasta las estribaciones de la próxima cadena montañosa que me tocaría superar. La gentileza colombiana no se hizo rogar y la gente de la juguería "La Gata Golosa" me convidó todo lo que consumí y hasta me regaló una artesanía de las tribus indígenas de la región.

A pesar de que la primera mitad de la subida era asfaltada, la trepada hasta el páramo fue una tortura suprema. La pendiente de la carretera era imposible y el cansancio acumulado, sumado a la rodilla que me venía doliendo como nunca, convirtieron este tramo de la travesía en un suplicio interminable. Tanto que estuve a punto de arrojar la toalla y parar el primer camión que tuviera espacio para llevarme y así poner fin al sufrimiento. Pero no pasaba ninguno. Y no tuve opción más que seguir ganando terreno poco a poco. Cuando llegué a la cima pude avistar la laguna La Cocha, uno de los espejos de agua más grandes de Colombia...y también el nuevo cordón de montañas que me separaba de Pasto. Era increíble! Esto no parecía tener fin!!!

Los 28000 km con Beto y CamiloDespués de un vertiginoso descenso en penumbras en el que perdí toda la altura que tanto esfuerzo y sacrificio me había costado ganar, llegué a un poblado donde repuse mis energías a base de aguapanela y arepas. Lo llamé a Beto y le dije que por favor me esperara unas horitas más, que sólo me quedaba una cordillera más por cruzar y estaba en Pasto. La idea de poder descansar confortablemente en una buena cama y darme una ducha caliente me dieron la dosis de fuerza que necesitaba para finalizar el recorrido. Con un nuevo "ironman" de más de 11 horas de pedaleo, llegué a lo de Beto en altas horas de la noche. Lo había logrado! Había superado el desafío! Pero aún quedaba lo más difícil: pasar una nueva sesión de odontología en el sillón de torturas del consultorio de Beto, ya que venía con un par de arreglos fallados.

Acompañando a una gran cantidad de peregrinos que iban a pie hasta Ipiales para rendirle culto a la Virgen de las Lajas por las celebraciones de Semana Santa, volví sobre mis huellas rehaciendo el camino que me había dado la bienvenida a Colombia. La lluvia fue una inseparable compañera y poniendo fin a mi periplo por este querido país, arribé a la Aldea SOS de Ipiales para pasar unos días con los niños y niñas del lugar.

...

Huellas de otros viajerosColombia, un país fascinante, cautivante, con una realidad muy compleja y difícil de comprender a menos que se vea con los propios ojos. Un país habitado por un pueblo muy golpeado por la violencia, de gente trabajadora y tenaz que abre su corazón sin reparos a los visitantes, colmándolos de calidez y alegría. Un país donde el color verde está omnipresente en todas las expresiones de la naturaleza, con una riqueza ecológica maravillosa que es un privilegio llegar a conocer. Un país que también es verde esperanza, por un futuro mejor, libre de los flagelos del narcotráfico, la guerrilla y demás organizaciones armadas que coquetean con el poder. Un día no muy lejano espero poder llamar a Colombia “el país de la libertad” en todo el amplio sentido de la palabra, y ese día, mis queridos amigos, seguramente estaré celebrándolo junto con ustedes. Gracias por su cariño, gracias por su amor.

Hasta la próxima!

Buena senda,

Damián

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Mochileando cerca del cielo: Parque Nacional Nevados del Cocuy

Llegar hasta los nevados del Cocuy no parecía ser una tarea sencilla. Fue preciso viajar una hora hasta el Terminal de Bogotá, subirse a una buseta de lo más incómoda y pequeña por las siguientes 12 horas y una vez en el pueblo, subirnos a un camión lechero que nos dejaría en el cruce de caminos donde comenzaríamos el circuito a pie.

Para aminorar los efectos generados por los altos costos de ser extranjero a la hora de pagar los accesos al Parque Nacional (sin importar que fuera extranjero sudaca), mi mamá cambió su nacionalidad a colombiana y después de un poco de insistencia por parte de Oscar, logré pasar con la tarifa de local, tres veces menor a la que me hubiera tocado abonar regularmente. Graciosamente, el empleado que había extendido el recibo se llamaba Omar López, igual que mi hermano! Todo quedaba en familia…

El Cocuy Jugando a las cabras

Viajando en el camión lechero comprendí de dónde venía la fama de este tipo de transporte. Efectivamente, paraba en absolutamente cuanta finca pasábamos por delante y frente a cada recipiente que estuviera depositado por allí para transvasar los litros de tibia leche recién ordeñada que iban con destino al poblado de Güicán a convertirse en queso. Parecía que el sentido del tiempo y las distancias habían perdido todo significado en esos remotos parajes donde la gente aprovechaba el tránsito del camión como medio de transporte. Una monjita que pidió amablemente si la acercaban “un par de calles” nos hizo compañía por varios kilómetros, haciéndome temer de lo que nos esperaba caminando si todas las “calles” se medían con ese parámetro de distancia.

Después de cuatro horas de viaje marcadas al ritmo de la producción de las ubres vacunas por fin llegamos a nuestro destino. Eran cerca de las 12 del mediodía y estábamos con Oscar en el desvío que conducía hasta las cabañas Kanwara, verdadero punto de inicio de la travesía. Teníamos por delante 5 jornadas completas de caminata a una altura promedio de 4000 metros sobre el nivel del mar y con 7 pasos de montaña hasta los 4700 m de altura. Iba a ser toda una odisea!

Campamento de lujo Nefasto CAFAM!

Una camioneta que providencialmente pasó por allí nos ahorró un par de tediosas horas de caminata hasta el final del camino circulable con vehículo. En la caja del vehículo conocimos una familia de indígenas que regresaba de hacer compras en Güicán e iban de vuelta a su comunidad…a tres días de caminata! Definitivamente estábamos en una zona remota.

El primer día fue relativamente breve, con tres horas y media de caminata. Suficiente para que nuestras espaldas, desacostumbradas a cargar el peso de las mochilas, sufrieran en exceso preguntándose qué diablos estábamos haciendo!

A poco de dejar el camino nos internamos en un sendero de mulas que nos fue dirigiendo a un paisaje rocoso dominado por los frailejones, presencia vegetal característica de los páramos, que engalanaba el entorno con su coloración verde seco. Las nubes bajaron lentamente hasta rozarnos las cabezas y el cruce del paso Cardenalillo, a 4300 metros de altura, lo hicimos casi a tientas. Después de un largo descenso llegamos a la laguna Grande de los Verdes, donde una pequeña playita de arenas blancas nos proveyó del lugar ideal para armar campamento.

Hacia las cumbresLuego de cambiarnos y darle un respiro a los pies, atontados de tanto saltar de roca en roca y andar sin pausas, llegó la hora más esperada: la de la cena! Llevábamos provisiones para los cinco días que estaríamos aislados del resto del mundo y ansiábamos reducir un poco el peso de nuestras mochilas trasladándolo a nuestros estómagos. El menú surgió de manera natural: te parece si hacemos unas pastas? Dale!

Creyendo erróneamente que podía cocinar 500 gramos de espaguetis en una ollita de dos litros, lo que obtuve fue un masacote de pasta semicruda que se negaba a ser digerida.

- Esperate que le agregamos la lata de sardinas con salsa!, acoté.

Horror!!! La mezcla se volvió aún más intragable y ni los grandes tragos de jugo nos permitían pasar semejante espanto culinario. Si hubiera habido perros en los alrededores, seguro que ellos tampoco se lo hubieran querido comer! Aghhh!!!

La noche extendió su oscuro manto sobre nosotros y el frío tenaz de los 3900 metros de altura en los que estábamos nos mandó derechito a las bolsas de dormir. Era el momento para descansar.

La mañana amagó con unos tentadores rayos de sol que fueron rápidamente devorados por la bruma que avanzaba desde las tierras bajas y por sobre la laguna. Las siluetas iban y venían en una danza interminable en la que jugueteaban los haces de luz que se filtraban de tanto en tanto con las nubes blancas y espesas que abarcaban todo con su helado aliento.

Laguna de la isla Mesetas infinitas

El desayuno compensó las penurias pasadas en la noche. En una olla preparamos avena, a la que le agregamos (en orden indiscriminado y aleatorio) leche en polvo, cacao, azúcar (mucha!), mermelada, granola, pasas de uva y hasta casi unas hojas de frailejón! Era el famoso “menjunje” o “bomba atómica”, infalible a la hora de recargar energías y de estimular las entrañas para arrancar la mañana bien llenos y a la vez, livianitos de vientre.

Apenas iniciamos la caminata trepamos hasta el paso El Fraile, a 4200 msnm, entrada al valle interior que supuestamente se desplegaba ante nosotros, pero del que yo no veía nada por la maldita bruma que se había empecinado en seguirnos. Nos adentramos resignados por el sendero hasta que lentamente el velo blanco fue cediendo y ante nuestros ojos se presentó un paisaje que quitaba el aliento aún más que la propia escasez de oxígeno. A nuestras espaldas, unos interminables paredones color ocre y anaranjado se elevaban hasta el infinito, mientras que hacia delante, la cordillera de los picos sin nombre se mostraba cada vez más a medida que los picos perdían su timidez y se desnudaban de las nubes que los cubrían. Oscar me señaló hacia uno de los glaciares y me dijo:

- Ves ahí al lado? Ese es el paso hacia el que vamos. Es el más alto de la travesía, con casi 4700 metros de altura.

Eureka! Laguna de la isla

Sin aire de sólo ver lo que nos esperaba, decidí no pensar en el esfuerzo que requería caminar por esos lares y me concentré en disfrutar del paisaje. Unas horas después coronábamos el límite entre los dos valles y el que se extendía frente a nuestros pies era una de las panorámicas más bellas que he visto en mi vida. Descendiendo hacia la laguna de la Avellaneda, la senda seguía por un mar de cojines de vegetación que se perdía a lo largo del valle, mientras una sucesión de terrazas cargadas de frailejones se asomaban como balcones naturales por la margen derecha. Los picos de la izquierda se asemejaban a una tarta de hojaldre en la que sucesivas capas de inmensas lajas grises se apilaban una contra otra de manera vertical. Del otro lado, los majestuosos picos del Ritacúa Blanco, con sus crestas nevadas cegándonos con los reflejos del sol, marcaban la presencia más imponente del lugar. Oscar conocía muy bien esas montañas. Su pasado de escalador y montañista lo habían traído en varias ocasiones a estos rincones del país y había hecho cumbre en casi todos ellos. A mi me parecía simplemente imposible siquiera considerarlo!

Después de un almuerzo a la pasada a orillas de la laguna de la Avellaneda y habiendo disfrutado un rato de los providenciales rayos que nos regaló el sol, continuamos un poco más a la búsqueda de un sitio para acampar. Habíamos dejado atrás el sendero de mulas y ahora era tiempo para la improvisación. El plan era seguir las terrazas superiores, plagadas de pequeñas lagunas y frailejones.

Contemplando Frailejones fantasmagoricos

El primer inconveniente surgió cuando Oscar intentó cruzar uno de los tantos riachos que atravesaban nuestro paso y se hundió en el barro casi hasta las rodillas. Me imaginé lo que me esperaba a mí con el peso extra de mi humanidad y opté por una vía alternativa y más seca. Sin darme cuenta me fui acercando a la pared de la montaña, plagada de rocas grandes como un auto, que hacían que mi desplazamiento con la mochila fuera de lo más complicado y trabado. Ya me había metido en el juego y no tenía vuelta atrás. Mientras Oscar me miraba desde el otro lado del barrial, sentado cómodamente en una roca y disfrutando del sol, yo sudaba la gota gorda arriesgándome a tener una fractura expuesta en cada salto que daba. Algunas piedras se balanceaban peligrosamente ante mis embates, lo que añadía una dosis excesiva de adrenalina a la situación. Cuando por fin pude salir de ese laberinto interminable, le dije a Oscar:

- Viste? Encontré una manera de pasar sin mojarme! La ruta del “che boludo!”.

A partir de allí seguiría siempre los pasos del más experimentado Oscar sin dudarlo ni un segundo, aunque eso significara ahogarme en el barro!!

El atardecer nos regaló unas vistas impresionantes de los cerros reflejados en los ojos de agua, y una vez que pudimos cenar, nos refugiamos dentro del calor de nuestras bolsas de dormir. El cielo oscilaba intermitentemente entre un arreglo de infinitas estrellas y el impenetrable manto blanco de la bruma que subía por el valle del río ratoncito y devoraba todo a su paso…hasta que cedía su lugar una vez más al firmamento despejado.

Espejo perfecto

Las esperanzas de ver al Ritacúa Blanco incendiado de colorado con las primeras luces del día se esfumaron apenas fuimos invadidos por las nubes que nos empaparon con su débil pero persistente llovizna. La caminata por las terrazas se convirtió en una odisea 4x4 que parecía no tener fin. El terreno era mucho más quebrado de lo que parecía desde las alturas del paso y escondía incontables recovecos entre rocas sueltas y torres de frailejones. Las marcaciones con mojones de rocas eran más escasas y la navegación estaba librada a nuestro azar. El problema Hacia la penunbraera que la neblina cubría cualquier punto de referencia y a veces debíamos aguardar para ver hacia dónde nos dirigíamos. El barranco que teníamos a nuestra izquierda no era para nada desdeñable y había que estar atentos.

Por fin llegamos a la laguna del Rincón, y en medio de un pedrero que a simple vista parecía imposible de escalar, fuimos progresando lentamente hasta alcanzar el paso El Castillo, a 4500 metros de altura. Un nuevo valle se abría ante nosotros y debajo, entre farallones imponentes, descansaba la verde laguna del Pañuelo, nuestro objetivo del día. Hasta hacía unos pocos años, el paso en el que nos encontrábamos era acariciado por los extremos de un glaciar que hoy en día se hallaba tan lejos de nosotros que parecía mentira que alguna vez hubiera sido tan grande.

A las 3 de la tarde y con 7 horas de caminata a cuestas pusimos fin a la jornada y nos dispusimos a descansar y comer algo. Era nuevamente el turno de las pastas, pero esta vez, inteligentemente, propuse cocinarla en dos tandas de 250 gramos cada una. Entusiasmados por poder cenar decentemente, nuestra alegría duró menos que un suspiro ya que indefectiblemente el contenido de la olla era una vez más un pegote de masa semicruda intragable.

- Será la altitud? Como el agua acá hierve a menos temperatura, por ahí eso hace que no se cocine bien, profetizamos.

- Bueno, pongámosle un poco de salsa de tomates así la hacemos más digerible.

Mundo frailejonNuevamente horror! La salsa era dulce! Definitivamente el problema no era ni la altura ni la cantidad de agua para cocinar, era la maldita marca “Cafam”, que por ahorrarnos unos pesos en el presupuesto, había sido la elegida para nuestros alimentos. Juramos odio eterno a los productos de esa empresa y no volver a comprarlos nunca jamás!...al menos mientras tuviéramos el dinero suficiente.

El cuarto día nos esperaban un par de pasos que a la distancia parecían simplemente imposibles. Arañando rocas y avanzando por una delgada cornisa coronamos el Balcón y nos despedimos del paisaje que nos había acompañado los días anteriores para encarar un nuevo terreno. Hicimos cosquillas a la ladera de un despeñadero poco amigable y nos internamos en una paulatina subida que nos acercaba paso a paso hacia la laguna de La Plaza, donde esperábamos poder acampar. Lo que se suponía debía ser una caminata suave se convirtió en un desafío mayor al quedar cegados por las nubes que se adueñaron del terreno. Prácticamente no veíamos nada y el entorno se presentaba exactamente igual hacia todas partes: siluetas fantasmagóricas de frailejones y rocas. Nos convertimos en cazadores de mojones y si no hubiera sido por las providenciales pilas de rocas que aparecían cada tanto, aún andaríamos perdidos por esos montes.

Cuando por fin alcanzamos el paso siguiente la inmensidad de la laguna de la Plaza se hizo presente como un abismo. La tormenta que avanzaba inexorablemente hacia nosotros no tardó en atraparnos y la llovizna se convirtió en un torrente de agua que caía helado sobre nuestras caras. A 4300 metros de altura no era muy recomendable andar ensopados y calados de frío! Oscar propuso continuar hasta el otro lado de la laguna para poder encontrar los sitios de acampe allí dispuestos, pero eso implicaba atravesar una zona de lajas que no se veía nada bien. En condiciones secas hubiera sido un mero trámite que nos hubiera llevado no más de media hora, pero las cortinas de agua que bajaban por su superficie la convertían en un terreno resbaloso e inestable, para nada recomendable en nuestro vapuleado estado.

Oscar en acciónSin embargo, ya estábamos empapados y no servía de mucho quedarnos allí, por lo que le metimos para adelante en lo que considero fue la parte más arriesgada de todo el trayecto. Inclusive aún más peligroso que andar saltando como cabra de roca en roca. Moviéndonos con pasos infinitesimales y testeando la adherencia de cada zapatilla antes de afianzar nuestro peso, fuimos avanzando con un progreso larval que era lastimoso. Las manos parecían pasas de uva de lo arrugada que estaba nuestra piel y los labios empezaban a ponerse morados del frío. Fuimos siguiendo los mojones que señalaban la dirección correcta, aunque en algunos momentos eso significó meterse de lleno en cascadas que incrementaban aún más la hipotermia que teníamos. Lo único en que podía pensar era en terminar con ese martirio, armar la carpa y zambullirme en la bolsa de dormir…que rogaba porque estuviera seca!

Cuando finalmente salimos de ese trance empezamos a buscar con desesperación el lugar de acampe pero no aparecía por ningún lado. La cosa no daba para más y en el primer rinconcito de arena que encontramos montamos la carpa y como pudimos nos zambullimos en nuestras confortables “camas de campaña”. Recién eran las dos de la tarde pero nos parecía como si el día hubiera tenido 48 horas de duración!

Por fin pude entrar en calor y controlar el temblor que me venía sacudiendo desde hacía horas cuando escuché que Oscar me decía:

- Uh, recién las 2 de la tarde. Tenemos para 16 horas adentro de la carpa…qué hacemos?

- Ni lo pienses, contesté, tendré pelo largo pero no estamos tan fregados!

Entre carcajadas me quedé dormido mientras Oscar se abocada a resolver Sudokus con grados de dificultad imposibles. Cuando me desperté un par de horas más tarde, Oscar aún seguía entreverado en una lucha a muerte con su Sudoku al tiempo que me decía:

- Ah, no te muevas mucho que se juntó un poco de agua.

Carpa dulce carpaEl manchón de arena sobre el que habíamos acampado estaba sobre una roca que rápidamente se saturó de agua convirtiendo nuestro refugio en un lago en miniatura, cuya altura llegaba peligrosamente a un escaso centímetro del borde de la tela impermeable de la carpa. Era como estar acostados en un colchón de agua! Los planes de salir a achicar el agua con la olla e inclusive de mudarnos de ubicación fueron rápidamente descartados y rogando que la próxima vez que abriéramos los ojos no tuviéramos el agua en nuestras narices, nos dejamos llevar en los brazos de Morfeo.

Afortunadamente la mañana siguiente nos dio la tregua que precisábamos para secar el equipo que había quedado flotando alrededor nuestro como restos de un naufragio. A esa altura de la travesía nuestras zapatillas despedían un hedor irrespirable, mezcla de sudor con el apestoso aroma de los barriales en los que nos habíamos metido. Y las medias directamente estaban listas para ser incineradas.

Como un bloque de cemento que me hubiera golpeado la nuca, ese día estaba más lento y aturdido que cualquiera de los otros. Lentamente preparamos el equipo y cerca de las 10 de la mañana emprendimos la última jornada de marcha. Como no podía ser de otra manera, a escasos minutos de nuestro emplazamiento acuático encontramos el sector de acampe con amplios y secos espacios para acomodar la carpa. Maldito Murphy!!

Nos quedaban un par de pasos más por superar, el patio de Bolas, a 4300 metros de altura, y finalmente, el paso Cusirí, a 4400 msnm. Las nubes estaban acechando una vez más y la neblina parecía perseguirnos desde la laguna La Plaza. La naturaleza nos quería fuera de allí y después de cinco días sin ver absolutamente a nadie, llegamos a creer que éramos unos verdaderos intrusos en ese lugar.

CascaditaDescendimos por el sector de las lagunillas, desde donde pudimos tener una hermosa vista panorámica del nevado Pan de Azúcar y, antes de que nos alcanzara la tormenta que se venía escurriendo por el valle, llegamos a la casa Herrera después de una agotadora y frenética caminata. Teníamos la esperanza de encontrar algún vehículo que nos pudiera acercar a Güicán o Cocuy para tomar la buseta hacia Bogotá, pero don Herrera confirmó nuestros peores augurios diciéndonos que hasta el lechero de la mañana siguiente por allí no pasaba nadie. Caminando por las nubesIgualmente aventuró que si nosapresurábamos, podíamos conectar con el camión de Nacho, que alrededor de las 4 de la tarde descendía a los pueblos desde laCapilla, un pequeño caserío por el que habíamos pasado a la ida.

El reloj indicaba las 14:35 y la distancia que nos separaba del lugar lo convertía en una tarea imposible. Pero don Herrera nos dijo que había un sendero de vacas por el cual podíamos cortar camino y llegar a tiempo si nos apurábamos. Sin dudarlo un segundo, nos pusimos en marcha en coincidencia con el chaparrón que finalmente nos había dado Laguna de la Plazaalcance. A paso vivo y hundiéndonos en elbarro más de una vez, atravesamos bosques y bordeamos el río en un interminable subi-baja que estaba drenando las escasas energías que nos quedaban. Luego de una hora que se hizo eterna salimos a la carretera para descubrir que estábamos a un par de kilómetros camino arriba de laCapilla. Enfrente de ella se veía estacionado el bendito camión, nuestro pasaporte de salida a la civilización. Oscar evaluó la situación pragmáticamente y dijo:

- A correr o nos quedamos varados acá!

Increíblemente, a pesar del agotamiento extremo que traíamos, sacamos a relucir nuestras escasas reservas de fuerzas para trotar la distancia que nos separaba de nuestro medio de transporte y nos aventuramos cuesta abajo. Simplemente no podía creer que después de andar por cinco días sin pausas, ahora estábamos corriendo con nuestras mochilas en la espalda a más de 3800 metros de altura!

Cuando por fin di el último giro hacia la Capilla me quedé pasmado al ver que el camión ya no estaba allí.

- Se fue hace dos minutos, me dijo un paisano local.

Dos minutos??? Nooooooo! Y ahora que hacíamos? Lo miré a Oscar y le dije:

- Vamos a correrlo!

Con mirada incrédula Oscar se quedó viendo como emprendía el trote nuevamente y sin dudarlo se sumó a la cacería. El camino descendía hasta un arroyuelo y luego trepaba del otro lado del mismo. Por allí iba nuestro pasaje de salida cuando lo avistamos. A los gritos pelados, empezamos a agitar nuestros brazos intentando que nos vieran o escucharan y nos esperaran. Parecíamos dos enajenados totales y la cara de espanto de los niños que habitaban las casas que pasábamos por delante lo confirmaba. Providencialmente vimos que el vehículo se detenía al llegar a la curva donde desaparecería de nuestra vista y con la leve esperanza de que tuvieran algo que hacer en esa casa, proseguimos el avance que ahora era en subida y se tornaba prácticamente imposible.

Casi sin aire llegué al final de la cuesta y al distinguir el techo del camión no pude contener la emoción. Lo habíamos logrado! La gente de la casa nos había visto correr como alienados y habían convidado con un tinto a los ocupantes del camión mientras esos dos “locos” que venían a los gritos llegaban de una buena vez.

LagunillasAgradecidos y sin un ápice de fuerzas en nuestros cuerpos nos desmayamos en la caja trasera, sin siquiera voluntad suficiente para amortiguar los saltos que íbamos dando por el camino. Cuando preguntamos a qué hora salía el bus hacia Bogotá nos dimos cuenta de que otra vez estábamos con los minutos contados. Una parada fuera de programa en la que el camión nos dejó por “un ratito” al costado de la ruta mientras llevaba todo un batallón del ejército hasta el mismo punto donde habíamos comenzado nuestra caminata hizo que la oportunidad de regresar esa misma noche se alejara cada vez más. Después de casi dos horas de paciente espera retomamos el camino y al llegar a Güicán, Nacho nos confirmó que ya era tarde para interceptar al bus que bajaba de Cocuy. Teníamos que aguardar hasta las 4 de la mañana para pescar el primer servicio. Cuando Oscar le consultó en cuál de los dos pueblos era más fácil pedir permiso en la policía para hacer tiempo hasta la salida del bus, la mujer que iba con Nacho giró la cabeza de lado a lado como diciendo “no saben de lo que hablan” y con una mirada demandante hizo que nos largáramos precipitadamente en busca del cruce de caminos para ver si alcanzábamos la última buseta del día. Recorrimos esos kilómetros tan rápido que creí que íbamos en un Ferrari de competición en lugar del viejo camión Ford desvencijado de tanto traquetear por estos difíciles caminos. Cuando nos bajamos, un hombre nos aseguró que recién acababa de pasar un bus hacia Bogotá. Hacía tan solo dos minutos! Noooo, otra vez esos dos minutos!!!

Resignados a pernoctar en ese lugar por las próximas horas, una repentina luz apareció en el camino en la forma de la buseta que tanto esperábamos. Después de regatear un poco el precio del pasaje, como indicaban las normas tradicionales de etiqueta local, nos subimos al minibus y nos dispusimos a pasar las próximas 12 horas apretujados en sus asientos.

Habían pasado dos minutos después de que nos habíamos bajado del camión. Estábamos agotados y felices, íbamos de regreso a casa.

Un mismo espíritu solidario

Mientras estaba en Cali visitando las Aldeas SOS tuve la oportunidad de acercarme a conocer la labor que realiza la gente de la Asociación Cristiana de Jóvenes (ACJ), más conocida por sus siglas en inglés YMCA. El contacto surgió a través de mi amigo Luis Zambrano, de Mérida, Venezuela, quien me relacionó con su amiga Rubiela Prado, que trabaja en la ACJ Cali. Cuando Rubiela se enteró de mi pasada por la ciudad, me invitó a dar una charla para los chicos y jóvenes asistidos por la organización y no dudé en aceptar de inmediato.

La ACJ Cali desarrolla programas sociales a favor de niños, niñas, jóvenes, familias y comunidades de los sectores vulnerables, para que participen activamente en la vida social, educativa, cultural, económica y política, con un sentido de trascendencia espiritual y de responsabilidad social.

Dentro de los programas sociales que se llevan adelante, se encuentra el Centro de Educación y Orientación Vocacional, que desarrolla un modelo pedagógico cuyo fin es incluir en el sistema educativo a niños, niñas y jóvenes que trabajan, o que se encuentran en condiciones de vulnerabilidad y riesgo, además de contribuir con la erradicación del trabajo infantil. El programa beneficia a 140 niños y niñas y tiene como eje fundamental el brindar un espacio formativo en la restauración de las condiciones para el aprendizaje, la transición hacia la nivelación escolar y el desarrollo en una formación vocacional desde el entorno socio-afectivo y espiritual.

Por otro lado, el programa de protección integral en el medio socio familiar tiene como objetivo contribuir a la disminución, erradicación y prevención del trabajo infantil a más de 120 niños, niñas y jóvenes, además de prevenir la vinculación a pandillas juveniles. Para ello se emplea la integración a procesos educativos formales y no formales, ofreciendo una atención integral con el fin de mejorar las condiciones para su desarrollo y hacerlos partícipes en las áreas de vida y supervivencia, promoviendo la educación, protección, desarrollo y participación a través del ejercicio de sus derechos.

El lugar donde me tocó contarles sobre mi viaje estaba atestado de chicos y jóvenes que provenían de los asentamientos más empobrecidos de la ciudad. Contarles de mi viaje era una cosa, pero despertar el sentimiento de superación y darles una esperanza de futuro eran los verdaderos desafíos a los que me enfrentaba. La charla que mantuve luego con dos de los jóvenes más avanzados en sus estudios, Claudia Solangie Montaño y Diego Castillo, me confirmó que iba por bien camino. Después de vencer la timidez inicial, se largaron a conversar sin inhibiciones, confesándome sus sueños y proyectos de vida. Algo que hace algunos años hubiera parecido una utopía y que sin embargo hoy sonaban como lo más lógico y acertado. La educación es la clave para sacar a estos chicos de la violencia de la calle, y en la ACJ están dando los pasos acertados para lograrlo! Sigan así!

Si quieren conocer más acerca de la ACJ Cali y desean acercarse para colaborar en alguno de sus programas de voluntariado, pueden comunicarse con ellos a través de los siguientes contactos:

ACJ YMCA CALI
www.ymcacali.org
Carrera 56 Nro. 2-51
TE: +57 2 513 0709
Fax: +57 2 551 8204
Cel: 316 482 2467
e-mail: comunicate@ymcacali.org
ymcacali@gmail.com


Bibliografía inspiradora

Es común que cuando uno es chico le pregunten: “y vos, que querés ser cuando seas grande?”. Muchas veces habremos dicho “astronauta”, “piloto de avión” y otras cosas por el estilo. Pero después de conocer el libro “Three cups of tea” inmediatamente supe mi respuesta:

“Cuando sea grande quiero ser como Greg Mortenson”

Hacía rato que cargaba con este libro en mis mochilas, pero no encontraba el lugar adecuado ni el tiempo para leerlo. La casa de ciclistas de San Agustín se mostró como el sitio ideal y en escasos dos días me devoré la obra literaria. Un texto que con su contenido conmueve, moviliza, despierta el sentimiento de solidaridad y da sentido a la pregunta de “por qué venimos a este mundo”.

Greg Mortenson es un personaje digno de mi mayor admiración. Por su obra, por su perseverancia, por haber superado todas las barreras y los “es imposible” para que el día de hoy muchos chicos y chicas de Pakistán y Afganistán puedan tener una educación digna.

Por eso los invito a conocer esta historia cautivante y ejemplar, imperdible y necesaria. Para ver una vez más que, como digo siempre, en la vida no hay imposibles si uno realmente se propone hacer las cosas de corazón.

Léanlo, difúndanlo, y sobre todo, tomen su ejemplo. Espero algún día poder hacer lo mismo…


Dedicatoria

A César Augusto Puentes, cuya vida fue sesgada en un sinsentido de violencia que esperamos pronto sea sólo parte de un amargo recuerdo. Para vos y tu valiente familia van dedicados estos sentidos kilómetros colombianos.

Agradecimientos

Jhon Jairo Egas, de la Casa Pastelera en Pasto, por la bienvenida con ese rico tinto!

Luis Alberto Jiménez Lesmes, el Beto, por tu hospitalidad (en dos ocasiones!), la amistad y el paseo al volcán Azufral. Y por los arreglos en los dientes!! Y a toda tu querida familia, Ana Cristina, Camilo, Felipe y Paula.

Daniel Schellewald, por los momentos compartidos rodando por el Azufral y tu buena onda de ciclista de largo aliento. Buena senda!

Parada por un juguitoAntonio Ordóñez, por la charla y ese exquisito yogur casero para el desayuno!

A Valeria, que con tus escasos dos añitos te conmoviste al ver la cantidad de regalitos y recuerdos que pendían de Maira y no dudaste en ir a tu habitación y regalarme a “Valerio”, el hipocampo rosado que desde ese momento me acompaña desde el frente de mi bici. Gracias por tu ternura tan pura y transparente!

Pedro Nel Quintero y Nancy, por abrir las puertas de su casa en mi paso por Popayán. Gracias por la camaradería y su infinita hospitalidad.

Mauricio Velasco, Federico Valdivieso, Robinson Cosme Vivas, Omar y Héctor Delgado, de la barra de ciclistas de Popayán, por su compañía y cordialidad.

Martha Gaviria, por convidarme a compartir el almuerzo con tus amigos en mi paso por Palmira y esa deliciosa torta de arequipe con la que me agasajaste al llegar a la Aldea SOS de Cali.

A Rubiela Prado, Osvaldo Bermúdez y toda la gente de la ACJ-YMCA Cali, por brindarme el espacio para compartir experiencias de vida con los chicos que tan dedicadamente ayudan día a día.

Claudia Solangie Montaño y Diego Castillo, por ser un claro ejemplo de que no hay imposibles en la vida. Sigan luchando por concretar sus sueños!

Iliana Rengito Jean, por ofrecer tu hogar para que pudiera descansar a mi paso por Tulúa. Y a Juan Manuel Millán y Diana Andrea Valencia por la provisión de arequipe!!

Diego Garavito, por tu camaradería y amistad, la sincera hospitalidad con la que me recibiste y la contribución económica para aumentar unos kilos de peso! Y a Juliana Cruz por la buena onda y compañía.

Vistas cautivantesAndrew, por ese oportuno par de medias que venía precisando hacía tiempo para jubilar a las que tenía conmigo desde tiempos inmemorables.

Carmelo Reyes, del Almacén y Taller Mundo Ciclístico, de Calarcá, por esos pesitos para el desayuno.

Rubén Mejía, por brindarme un lugar donde reposar en Santa Rosa de Cabal. Por tu amistad y hospitalidad sin límites.

Henry Díaz, Jorge Vargas y Juan Soto, de la barra de ciclistas de Santa Rosa de Osos, por la camaradería y compañía en los días que pasé con ustedes.

Germán Darío Gimenes y su novia, por la buena onda y abrir las puertas de su Hostal para que me sintiera como en casa. Gracias por permitirme conocer de cerca el Nevado del Ruiz y por ese delirante descenso cargado de adrenalina pura!

Ángela, Sebastián y el “Ecua”, por su cálida recepción y el interés por conocer todos los detalles del mi viaje para organizar el suyo propio. A no bajar los brazos y a concretar ese anhelo en una realidad palpable!

Jesús Jiménez, por salvarme de la hipotermia y facilitarme una ducha caliente en la noche que pasé en Padua.

A la familia Sierra Sánchez, por permitirme pernoctar en la escuelita rural en el paraje El Piñal.

Marius Dragulescu, por tu entusiasmo contagioso, la buena onda y esa complicidad de viejos amigos. Gracias por haberte cruzado en mi camino.

Juan Fernando Dávila, por tu amistad y el kilo de yerba mate que tanto andaba precisando! Que el viaje en bicicleta por Sudamérica se vuelva una realidad y que los caminos nos crucen más al sur. Y a la Chata, por el exquisito y abundante almuerzo!

Con la familia de OscarDora y Hernando Cañón, por darme un hogar en mi estancia en Facatativá, cuidándome como a uno más de la familia con todo su cariño y amor. Gracias por tantas cosas!

Sandra y Matt, por su amistad y complicidad en los días que compartimos juntos. Ser el “colado” de la boda fue un gran honor!

Andrés y toda la barra de amigos de Facatativá, por su cálida recepción como uno más del grupo.

Leo, por los mimos que le brindaste a Maira en tu taller de bicicletas.

Consuelo Onofre, gracias por la oportunidad de interactuar con tus estudiantes de la Universidad, por tu buena onda y los pesitos extras para la comida!

A Carlos Gaviria, Ximena y toda su familia, por esa camaradería y amistad de años que estoy seguro perdurará en el tiempo.

Olmedo Campos Soto, por esas providenciales garrapiñadas que me obsequiaste cuando iba llegando a Ibagué.

Roberto Camacho, el primer paisano viajando que me cruzo por los caminos! Gracias por tu buena onda, los pesitos para el “combustible” y el espíritu de aventura. Nos vemos en Ushuaia!!!

Alcides Puentes y toda tu familia, por ser ejemplo de supervivencia en situaciones de extrema dureza y por su cálida hospitalidad.

Igel y Paola, viajeros ciclistas errantes con un corazón de oro al permitir que otros nómadas podamos disfrutar de la paz y el encanto de su finca Los Erizos, en San Agustín. Ojalá nos crucemos por los caminos!

Dala, rastafari que has pasado a ser parte infaltable de la calidez y el ambiente acogedor en la Finca Los Erizos. Gracias por tu amistad, la buena onda y las interminables sesiones de mates y tintos tratando de salvar al mundo! Fue un gustazo conocerte!

A la Costeña, la perra de la Finca Los Erizos, por ese ímpetu y el cariño sin barreras con que me trataste los días que pasé por allí.

Mauricio Andres Erajo y familia, por convidarme con ese exquisito pastel en la dura subida desde Mocoa.

Henry Jacamendoy y familia, por darme un lugar donde reposar los huesos después de la tremenda jornada de pedaleo desde Mocoa. Su Restaurante Buenos Aires fue como llegar al paraíso en medio de la nada. Gracias por su hospitalidad!

A la Familia Solarte, de Mocoa, por el entusiasmo demostrado y esa providencial ración de carne con yuca a la vera del camino. Y a la familia camionera que me trató como si fuera una celebridad con todas las letras!

Ana Lucia Vallejo y Ema, de la heladería La Gata Golosa, de Sibundoy, por su atenta cordialidad y generosidad. Gracias por ese jugo, las brevas y la máscara artesanal de regalo!

David Delgado, por ese providencial Powerade y la animada conversación que mantuvimos en la carretera rumbo a Ipiales.

OmnipresentesA todos los miembros del Ejército y de la Policía que tuve oportunidad de conocer a lo largo de mi periplo por Colombia, por garantizar la seguridad en las carreteras y permitirme realizar un recorrido que hace unos pocos años hubiera sido impensable. Gracias por su servicio!

A aquellas personas que anónimamente me colaboraron en los meses que pasé por Colombia, obsequiándome algo de comer, convidándome un tinto o simplemente animando la jornada con una charla interesante. Ustedes hacen que Colombia sea tan cálida a nivel humano y que seguir adelante parezca cuesta arriba!

A mi compadre Oscar Cañón, por haberme permitido conocer tu realidad cotidiana de cerca, por abrir las puertas de todos tus amigos para que también fueran míos, por entregarte por completo a que pudiera recorrer las maravillas naturales de Colombia y por ese espíritu indomable de aventura que nos une. Sos un hermano más, y sé que nos vamos a volver a encontrar por los caminos de la vida. Gracias por tantas cosas! Hasta entonces y buena senda!

Algunas estadísticas

En este período de pedaleo

Días en el camino: 73

Días de pedaleo: 28

Kilómetros recorridos en bici: 2224 km – 145 km en tierra/arena/ripio

Promedio de kilómetros recorridos por día: 79,4 km

Horas sobre la bici: 182h22m (7d14h22m)

Promedio de velocidad: 12,2 km/h

Metros trepados: 33.419 m

Altura máxima: 3703 msnm, Páramo de Letras (19-02-2009)

En todo el recorrido

Días en el camino: 676

Días de pedaleo: 342

Kilómetros recorridos: 28.563 km - 3096 km en tierra/arena/ripio

Promedio de kilómetros recorridos por día: 83.5 km

Horas sobre la bici: 1.793h35m (73d21h35m)

Promedio de velocidad: 15,9 km/h

Máxima velocidad: 81,5 km/h, bajando el Sunwapta Pass, Canadá (15-08-2007)

Metros trepados: 301.981 m

Altura máxima: 4415 msnm, Páramo Vn. Chimborazo, entre Riobamba y Guaranda, Ecuador (04-01-2009)

Guerrilleros que me crucé por los caminos: 3 (potenciales, no confirmados)

Militares y Policías que vi patrullando por las carreteras: 3.247 (más o menos)


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