40) Boyando por la mitad del mundo
La topografía, con sus interminables subidas y bajadas, no daba señales de que hubiéramos cruzado a un nuevo país, pero,
sin embargo, había unos cuantos detalles que efectivamente confirmaban lo contrario. Los ruidosos y caóticos mototaxis que pululaban como moscas en Perú habían sido reemplazados por modernos vehículos 4x4 que hacían las veces de taxis. El parque automotor que ahora rodaba frente a nosotros era de lo más reciente y lujoso, al punto de resultar ostentoso en comparación con la frugalidad a la que nos habíamos acostumbrado a ver pasar a nuestro lado en el país vecino.
La comida en Ecuador era más surtida y se conseguían algunas delicias otrora perdidas en los vagos recuerdos de la memoria, como el inefable y ansiado Nutella, que indefectiblemente desaparecía del frasco en escasos minutos. No obstante, a pesar de la mayor oferta gastronómica que se desplegaba ante nuestros ojos, el típico menú del día que se podía conseguir en los bodegones económicos mantenía los tradicionales estándares de ser abundante en arroz blanco e insignificante en la parte correspondiente a la carne o el pollo.
El cerdo parecía ser el nuevo dueño del mercado y la forma en que lo presentaban al costado de la carretera resultaba un poco escalofriante para el viajero deshabituado a las costumbres locales: empotrado en un hierro de un extremo al otro, era sopleteado a la llama para curtir el cuero y luego era cocido lentamente para ser servido de a tajadas. O también se preparaba en trozos que eran fritados en grandes discos calentados en improvisadas cocinas al aire libre. Como fuera, parecía que la supremacía de la vaca o las gallinas no tenía lugar en estas latitudes.
Otra extravagante aparición en la carta del menú era el cuy, un animalito que fácilmente podría ser confundido con una rata gigante, y que era servido entero, asado y bien crocante. Un espectáculo ciertamente truculento para muchos y a la vez, una exquisita delicia para otros. Si bien la carne sabía a liebre (o algo similar), la imagen del bichejo reposando de cuerpo completo en el plato, con sus dientecitos de roedor retorcidos en una diabólica mueca no lo convertían en lo más apetecible del mundo…al menos para mí!
De todos modos, lo más impactante al entrar al Ecuador había resultado ser el cambio de moneda de curso legal, de los ya aquerenciados soles peruanos a los dólares americanos, que dominaban la economía local desde la crisis económica de fines de los noventa. Volver a utilizar los “verdes” hizo que los gastos parecieran mucho más elevados que antes, y en efecto, lo eran! La dolarización del país había generado una inflación desproporcionada, ya que los antiguos sucres pasaron a ser redondeados en la nueva moneda, haciendo que los valores se dispararan en relación a lo que venían costando. Fue un período de grandes quiebras y reajustes, que aún después de casi 10 años eran palpables en la economía de los más empobrecidos. Mi aprehensión a gastar en dólares, marcada por un trauma de años de economías endebles danzando en torno de esta divisa, hacía que todo me pareciera aún más caro de lo que tal vez realmente era.
Internándonos por las estribaciones de los Andes Ecuatorianos una de las cosas que más me llamó la atención fue la marcada presencia de las comunidades indígenas. Teniendo a Perú y a Bolivia como los países con mayor población indígena en Sudamérica, fue una grata sorpresa ver que en Ecuador, al menos en la zona andina, esto también parecía ser una constante. Si bien las ciudades mantenían sus características netamente urbanas y “globalizadas”, las poblaciones aledañas contrastaban con un folclórico y cautivante despliegue de razas y etnias que mantenían sus costumbres a pesar del avance de la “modernidad”. Lo más evidente se traducía en las vestimentas típicas, que cambiaban notablemente según la región por la que uno circulara. De ver hombres con pelo largo, atado en una prolija coleta, empleando pantalones hasta las pantorrillas y haciendo un uso absoluto del color negro, a las mujeres que variaban la tonalidad de sus ruanas y chalinas, destacándose con colores vivos y fuertes, era un mosaico de culturas que se abría ante nuestro paso con las bicis. Y prácticamente todos respondían con una agradable y amistosa sonrisa ante nuestros saludos.
Las vísperas de Navidades se podían respirar en el ambiente por una ceremonia que pasó a formar parte del paisaje cotidiano: el Pase del Niño. Una tradición que nació como un acto de fe
en el corazón del pueblo ecuatoriano en la región andina allá por el año 1940. En este desfile tradicional la gente engalana sus caballos, viste sus mejores ropas y recorre las calles de los pueblos en solemne peregrinación. Los niños y niñas, tanto del campo como de la ciudad, se visten como Jesús, de María, de José, de Reyes Magos y de Pastorcitos y salen a las calles a desfilar. Pero también decoran los autos, burros y cuanta cosa andante haya. Se pueden ver ofrendas colgando con alimentos, que van desde galletas hasta cerdos completos adobados y listos para ser servidos. La gente va entonando canciones mientras avanza por
las calles de las ciudades. En algunos poblados netamente indígenas se puede apreciar el sincretismo que mezcla las tradiciones originales previas a la conquista con las impuestas por el catolicismo que se impuso posteriormente de la mano de los españoles.
Pero por lejos, el más famoso y que se llevaba todas las palmas era el Pase del Niño que se realizaba en la ciudad de Cuenca el día 24 de Diciembre. Era un espectáculo inédito en el que durante casi todo el día se podía apreciar un incesante desfile de personajes y representaciones que avanzaban en sus carruajes por las calles céntricas de la ciudad. El flujo de turistas que
presenciaba el evento era casi tan imponente como el de locales, que disfrutaban y vitoreaban los diseños y la esmerada elaboración en los trajes de los participantes.
Fueron unas navidades muy especiales y emotivas, pues a pesar de estar lejos de mi familia por segunda vez desde que había comenzado el viaje, la gente de las Aldeas SOS en Ricaurte me estaba haciendo sentir como en casa. Un sentimiento que se intensificó más aún cuando me reencontré con Juan Pablo Montero, un viejo amigo que había sido alumno mío en la cátedra de Química General en mis inicios como docente en la Facultad de Ingeniería de Mar del Plata. Junto con sus compañeros de cursada nos habíamos vuelto más que compinches, y con la bici como vínculo en común, habíamos compartido unas cuantas aventuras en los años que estuvieron estudiando allá. Habían pasado más de 9 años sin vernos y el reencuentro fue muy emotivo.
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Su familia se convirtió inmediatamente en la mía y recorrimos los años vividos desde la última vez que nos habíamos visto a finales del año 1999, época en la que ya estaba germinando en mi cabeza la idea de hacer este viaje en bicicleta por el continente Americano. Parecía mentira, pero allí estaba, después de tanto tiempo, abrazando a mi amigo y charlando como si no hubieran pasado más que unas semanas desde el último adiós…
Proseguí mi camino con rumbo norte un par de días antes de que el 2008 pasara a ser parte del pasado. La geografía se empecinaba en recordarme que estaba transitando por el espinazo de los Andes Ecuatorianos y las permanentes subidas y bajadas eran fieles testimonios de ello. Los pasos de más de 3000 m de altura, que en Norte y Centroamérica habían sido las grandes barreras a superar con la bici, ahora eran cosa de todos los días. Eso garantizaba unas panorámicas que ponían en peligro mi vida, ya que permanentemente me distraían de la que debería ser mi principal causa de atención durante el pedaleo: el estado del asfalto! Aunque no era de los peores que había visto hasta el momento e inclusive había muchas obras para mejorar la calidad de las carreteras, lo que resultaba suicida eran los tramos en que el asfalto desaparecía por completo siendo reemplazado por un pobre ripio rebosante de huecos traicioneros. Y por supuesto, todo esto sin previo aviso y casi siempre en las bajadas más adrenalíticas, cuando la bici venía volando a más de 50-60 kilómetros por hora. En esos casos los frenos sufrían al máximo y mis insultos superaban el infernal chirrido que salía de mis ruedas…qué les costaba poner un cartelito de cuando en cuando previniendo a un demencial ciclista del cambio de terreno? Pse!

Otra de las características de esta zona era la persistencia tenaz con las que las nubes parecían querer adueñarse del terreno en todo momento. Los valles laterales actuaban como aspiradoras de la abundante humedad de las tierras bajas y calientes de la costa, expulsando el fantasmagórico velo blancuzco sobre las montañas y la carretera. Parecía inevitable que cada día terminara envuelto en una fría y húmeda bruma que cegaba la vista y me convertía en un ser invisible para los ocasionales camiones que circulaban a mi lado, ignorando mi presencia por completo. El castañeo de mis dientes no parecía ser lo suficientemente ruidoso como para alertarlos de mi presencia, así que en esas circunstancias la cordura dictaba poner fin al día de pedaleo antes de que algún vehículo pusiera fin a mi vida.
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En estas fechas festivas eran frecuentes los bloqueos en los caminos para pedir “la colaboraciónpor Navidad”. En algunos casos la gente simplemente aguardaba
pacientemente con hordas de niños, que se abalanzaban ante el primer vehículo que pasara haciendo gestos con la esperanzade recibir algún presente. En el mejor de los casos recibían las clásicas galletitas de animales (de las que me había declarado adicto) con algunas golosinas. Pero también había otros, algo más radicales, que colocaban una soga impidiendo el paso y amparados bajo la protección que les daban unas demoníacas máscaras, exigían dinero a cambio del paso. Me traía reminiscencias de mi tránsito por Chiapas, donde a veces la agresividad de los demandantes era escalofriante. Pero no era el caso que enfrentaba ahora. La mayoría de las veces la gente se me quedaba mirando sorprendida ante mi paso y respondía con una sonrisa a mis saludos. O simplemente aclaraba que era argentino y que en todo caso ellos me deberían dar algo a mí, que venía haciendo el esfuerzo con la bicicleta. No conseguí regalos, pero al menos me dejaban pasar en medio de chistes y risas.
La última noche del año me encontró en el pequeño y pintoresco poblado de Alausí. Era famoso por ser el lugar desde el cual se podía abordar el antiguo tren que recorría el país entre Quito y
Guayaquil, para ser testigo presencial de una obra de ingeniería excepcional, como era la realizada para sortear la Nariz del Diablo. Obligados a superar una pendientedemasiado abrupta para el ferrocarril, los constructores idearon un sistema de zig-zag que le había dado gran fama yrenombre por lo revolucionario para su época. Lo interesante era que el viaje se realizaba en eltecho de los vagones, por lo que las panorámicas del valle y las montañas de los alrededores no tenían desperdicio. Perohabía llegado en mal momento y debía esperar allí por un par de días o continuar otros 100 kilómetros hasta Riobamba, desde donde podría hacer el recorrido completo ida y vuelta. Opté por la segunda alternativa…
La nochevieja me encontró deambulando por las calles del pueblito de Alausí, siendo testigo de una tradición muypopular, que era la quema del año viejo. Decenas de muñecos, engeneral representando gente conocida o políticos no muy queridos, fueron encendidos en llamas pocos minutos antes de que llegara el 2009. Era una escena dantesca que se asemejaba a una masiva quema de brujas. Por suerte en este caso las víctimas eran meros monigotes de trapo y no hubo que lamentar bajas humanas. La música empezó a resonar en cada esquina y en medio de cálidos abrazos, las familias y amigos se saludaban frente a los restos humeantes del año que ya había quedado en el recuerdo.
Por la mañana amanecí algo desvelado por la fiesta que aún sonaba en la plaza central y, esquivando los borrachines que habían quedado desparramados luego de los animados festejos, emprendí los primeros kilómetros de un nuevo año por los caminos.
La bienvenida fue dura, con una imponente subida que marcó el ritmo de manera mucho más lenta de lo que hubiera deseado. Un rato más tarde,el viento en contra se alió para retardar aún más mi lastimoso avance, por lo que decidí hacer un alto al costado del camino para recuperar un poco las energíasy los ánimos. Mientras rascaba con sesuda dedicación el fondo de un recipiente de dulce de leche, tratando de rescatar con mi navaja el preciado néctar delos más recónditos recovecos, una camioneta se detuvo a mi lado. La bicicleta que colgaba detrás mostraba de manera elocuente que eran de la misma“raza” que yo y así conocí a José Jaramillo y su novia Andrea. Estaban de vacaciones unos días por el receso de fin deaño, pero comobuenos fanáticos de la bici, no podían
quedarse quietos un segundoy estaban en camino a recorrer unos senderos por los páramos. Meinvitaron a sumarme a ellos, pero con mi cargamento no era lo más recomendable y, además, quería llegar a tiempo a Riobamba para poder enganchar el tren de la Nariz delDiablo. Justamente ellos iban a realizar el mismo tour, pero saliendo desde Alausí, así que al día siguiente estaba viajando de regreso en sucamioneta hacia el pequeño poblado donde había recibido al 2009, convertido en uno más de los tantos turistas tradicionales que ese día pululaban por el lugar.
La experienciafue espectacular, y, como en una vieja película del oeste, disfrutamos del paseo asomados desde las estribacionesdel techode los vagones. Nunca antes había visto tantagente apretujada en un sitio de esas características!
Hasta tuvimos un par de descarrilamientos que permitieron demostrar la experta pericia de los conductoresdel tren, que con una naturalidad pasmosa retornaron el mastodonte de metal a las vías cuando ya todo parecía perdido y prometía una larga peregrinación de regreso caminando sobre los rieles.
La nueva propuesta de José y Andrea no me llevó mucho tiempo de meditación. El “si, quiero” surgió naturalmente después de que escuche la invitación:
- Mañana vamos a subir con las bicis al refugio del Chimborazo, a 4850 m de altura. Querés venir?
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Al día siguiente estaba encaramado una vez más en su camioneta junto con el hermano de Andrea, Renato, y esta vez cuatro bicicletas asomaban sus ruedas desde la caja trasera del vehículo. Una de ellas era Maira. La idea era trepar por trochas alternativas, fuera del camino asfaltado, que de todos modos era el que pensaba seguir más tarde cuando prosiguiera viaje. Lo que no sabía era que las trochas estaban en un estado poco apropiado para una bici tan grande y de suspensión rígida como mi pobre Maira! Las máquinas de competición que tenían los chicos, con los últimos avances tecnológicos, hacían que se desplazaran como por un manto de rosas, mientras que a mí parecían quedarme sólo las espinas.
Seguí el camino más lógico, que era ir despacio, so pena de partir al medio la bici y con ella, la mitad de mi dentadura. A medida que avanzábamos, la falta de oxígeno se fue haciendo cada vez más notable y el altímetro daba fe de que estábamos ascendiendo de manera vertiginosa. Cuando el cielo se dignó a quitarse del medio, el espectáculo que brilló ante mis ojos me dejó aún más sin aliento: el coloso e imponente volcán Chimborazo marcaba su presencia abarcando la totalidad del horizonte que se extendía delante nuestro. Descubrir sus interminables facetas mientas nos íbamos acercando mitigaron los males derivados de la trepada, que, bastante más allá de los 4000 metros de altura, se había convertido en toda una proeza!
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La satisfacción de haber coronado semejante meta era indescriptible, aunque sabía que esto era un mero aperitivo comparado con lo que me esperaba por los caminos de la cordillera en el Perú, donde conquistas similares y aún más exigentes serían moneda corriente. Pero aún faltaba para andar preocupándose por eso…
Después de un descenso que me obligó a reajustar todos y cada uno de los tornillos de Maira, preparé el equipo y pocas horas después me encontraba remontando la carretera que pasaba por el acceso al refugio del Chimborazo. Esta vez la bici iba un tanto más pesada que el día anterior y el aire parecía hacerse más delgado con cada pedaleada. Cruzando el páramo hacia Guaranda el altímetro marcó 4415 metros, constituyendo un nuevo récord para el viaje. Tratando de retener cada molécula de oxígeno que atrapaba con mi boca, me detuve a sacar unas fotos a las simpáticas alpacas que merodeaban por allí cuando un ventarrón impresionante me barrió desde el costado izquierdo. Como devorando el asfalto, unas nubes grises ascendieron rápidamente por las desiertas laderas, arremolinándose diabólicamente en un torbellino lateral al que me dirigía inexorablemente y sin alternativas. Me puse una campera extra, me tapé lo más que pude y me adentré en la negrura de esa noche tempranera que había tomado por asalto la tranquilidad del paisaje. El Chimborazo desaparecía fantasmalmente detrás de mí, como sonriendo con maldad por el destino que me aguardaba.
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Tiritando y apretando los dientes avancé un poco más hasta que comenzó un gélido descenso que rápidamente me expulsó de esa trémula situación en la que me encontraba, retornándome a una carretera más despejada que se dilataba hasta el infinito en interminables subidas y bajadas. Iba a ser un día duro.
Ambato se hizo rogar y prácticamente llegué de noche. Podría haber seguido la ruta Panamericana directamente desde Riobamba y sólo hubieran sido poco más de 40 kilómetros de escasa dificultad. Sin embargo, el rodeo que había decido dar alrededor del Chimborazo me había tomado más de 9 horas sobre la bici, 120 kilómetros de recorrido y más de 2000 metros de trepada vertical. Pero qué impresionante había sido ver al coloso más alto del Ecuador desde todos los ángulos y perspectivas! Definitivamente había valido la pena!!
Poco más adelante, desde Latacunga, me esperaba otro desvío alternativo para escapar a la cada vez más concurrida y atestada vía principal: la vuelta hasta la laguna Quilotoa, enclavada en el fondo de un cráter volcánico a 3800 metros de altura. Las imágenes que había visto en varios folletos turísticos parecían ser prueba suficiente para realizar ese recorrido que no parecía ser muy sencillo a simple vista. Y hacia allí partí!
Por una ondulante carretera asfaltada fui trepando poco a poco hasta tocar una vez más los 4000 metros de altura. Estaba atravesando una de las regiones más pobres del país y era evidente en la precariedad de las viviendas de la gente que subsistía del campo. En un momento llegué a pensar que eran simples refugios temporales para los trabajadores mientras realizaban las tareas agrarias, hasta que una familia completa hacinada en uno de estos refugios me demostró lo contrario. Era un contraste descorazonador con la majestuosidad del paisaje que me rodeaba.
Llegué a Zumbahua acompañado de las primeras gotas de una persistente lluvia que convirtieron mis últimos kilómetros hasta el cráter en una odisea helada y desapacible. La nube se había adueñado del ambiente y no podía ver mucho más allá de mis narices. Casi a tientas llegué al Quilotoa, básicamente un agrupamiento de casas que hacían las veces de hosterías para los turistas que se aventuraban hasta estos remotos parajes. Aterricé con la bici en el primero que vi y casualmente coincidí con un montón de extranjeros de las más diversas nacionalidades, con quienes terminé compartiendo la velada mientras tomábamos un clásico té de coca que preparé con las hojas que aún cargaba desde el Perú.
Por la mañana el clima se apiadó por unas horas, lo suficiente para permitirme acercarme a ver la belleza de la laguna Quilotoa, que con su color verde esmeralda se destacaba sobre las ocres murallas rocosas que la contenían en su lugar. Sin dudarlo, hice el escabroso descenso hasta sus orillas y ceremoniosamente remojé mis pies en sus frías aguas.
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La salida con rumbo hacia Quito fue más complicada de lo que esperaba. Como no quería rehacer la ruta por la que había llegado ya que me resultaba tedioso desandar un camino que ya conocía, opté por realizar el rodeo completo vía Sigchos. El problema era que de este lado el asfalto era una utopía y casi diría que el camino también! Después de un tortuoso descenso inicial por un arenal, me encontré pedaleando por el mismísimo cauce del río, para continuar a los saltos por un verdadero catálogo de pozos y huecos de todas las clases y tamaños. Los dioses decidieron retirar sus bendiciones y el aguacero que se descargó sobre mis huesos me dejó en un estado deplorable en escasos minutos. No había dónde refugiarse y el estado del camino se tornaba cada vez peor, por lo que tuve que proseguir como pude hasta que finalmente llegué al pueblo. Ensopado, calado de frío hasta las entrañas y desfalleciendo del hambre, deposité lo que quedaba de mi humanidad en el primer hospedaje que encontré y me dispuse a tratar de revivir.
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Lo que me restaba de camino hasta la Panamericana tampoco me iba a dar respiro. Me aseguraron que iba a poder circular por asfalto apenas dejara Sigchos, pero en realidad lo que me esperaba era un empedrado que si bien sería muy bueno para los vehículos, para mi pobre bici era una sucesión de rebotes violentos entre las piedras cementadas que amenazaban con destripar cada pieza de mi equipaje. Por suerte, luego de un eterno y extremadamente lento descenso, regresé al terreno menos agresivo que me ofrecía la tierra y comenzó un largo y penoso ascenso hasta la carretera principal.
Cada vez que pasaba por algún caserío o poblado los chicos que salían de la escuela se me pegaban al lado de la bici corriendo a la par de mis pedales. En general la actitud era amistosa y las sonrisas de los niños se confundían con los jadeos generados por la agitación de la persecución. Pero lamentablemente, por estas partes del país, en muchas ocasiones el objetivo parecía ser pescar algún recuerdo de la bicicleta que tenía tantas cosas atractivas colgando de ella. La situación no dejaba de ponerme algo nervioso, en especial en las subidas, y cada vez que superaba algún grupo de infantes revisaba atento por el espejito retrovisor si debía realizar alguna maniobra evasiva o si podía continuar tranquilo con mi avance. En una ocasión, a mi paso por un caserío perdido entre los cerros, una nube se hizo cómplice de una jauría de pequeños enardecidos que me perseguían a los gritos ocultos en la bruma, cuando sentí un tirón fuera de lo habitual. Al darme vuelta vi que mi querido amigo y compañero de travesía, el tigre de peluche Oliver, que venía viajando conmigo desde Vancouver, Canadá, había desaparecido. Clavé los frenos de inmediato y giré 180 grados para dar caza al pequeño bribón que lo había arrebatado sin pedir permiso. Era inútil discutir con los más pequeños así que busqué al mayorcito de todos y le expliqué la situación. Le conté la historia de Oliver, que me había sido obsequiado por una amiga muy querida y que iba conmigo para entretener a los niños y niñas de las Aldeas Infantiles SOS que visitaba y que sin él no me iba de allí. Y acto seguido pregunté por algún adulto responsable, el “jefe” del pueblo. No hizo falta llegar a tales instancias, ya que a los pocos minutos Oliver había regresado a mis manos, entregado por un avergonzado joven que lo había recuperado de manos de uno de sus hermanitos. Les di las gracias y exhortándolos a que no se comportaran más así continué rodando.
Pasado por agua una vez más y después de una extensa jornada sobre Maira, llegué a Cumbayá, cerca de Quito, donde me esperaban el confort y la calidez del hogar de Rosy, con quien me había contactado a través de mi amigo Japhy. Una buena ducha caliente y un urgente lavado general de ropa era todo lo que precisaba para ser feliz…bueno, y una abundante comida! Nada de eso faltó y después de una extensa sobremesa charlando de todo un poco, caí desmayado en el sofá cama.
Los caminos parecían estar obstinados en llevarme de regreso por donde había transitado con la bici y al otro día me encontraba con Rosy y algunos de sus amigos, regresando sobre mis huellas hacia el Chimborazo. La excusa esta vez era ser partícipe del
que tal vez fuera el casamiento más alto llevado a cabo en la historia del país, en el segundo refugio del volcán, a 5000 metros de altura! Cómo perdérselo!!
Los futuros esposos, el Chapico y Manuela, eran ambos especimenes del mundo de la escalada y como correspondía, semejante unión no podría tener lugar en otro sitio que no fuera ese. La noche que pasamos en el refugio el día antes de la ceremonia fue un verdadero regalo de bodas por parte de la naturaleza. Mientras quedebajo nuestro se extendía un impenetrable manto de nubes, sobre nuestras cabezas el cielo estallaba en estrellas que fueron palideciendo poco a poco cuando la luna llena hizo su tímida aparición por detrás de la montaña. Todo se
tiñó de un brillante color plata, con un cegador reflejo en la nieve que recordaba la claridad del día.
La tropa de personajes que arribó al día siguiente para ser testigos del evento llenó de color y algarabía el lugar. Todos y cada uno de ellos estaban más locos que una cabra! Por lejos, con mi bicicleta, yo era el más cuerdo de todos los presentes. Un destello de sol que apareció a último minuto movilizó improvisadamente toda la ceremonia al aire libre, y allí, con el gigante de roca más grande del Ecuador como testigo, los chicos dieron el “si, creo…digo, quiero!”.
De regreso me mudé a un nuevo hogar en Tumbaco, la casa de Santiago Lara, uno de los precursores del ciclismo de montaña en el
Ecuador y una de esas personas con las que uno se encariña rápidamente. No sólo con él, sino con toda su familia. En esta especie de “casa de ciclistas” hice base por las siguientes semanas y casi me quedo a vivir para siempre! Durante esos días pasamos largas horas charlando con Santiago y su asistente Juan Manuel, mientras ellos trabajaban en el taller de bicicletas y yo les cebaba mates. Con Santiago recorrí los proveedores de repuestos en Quito para darle un poco más de aire a los desgastados componentes de Maira, salimos a rodar junto con sus amigos por los espectaculares alrededores de la ciudad y trabamos una entrañable amistad. Su esposa Ana Lucía prácticamente me había aceptado como un hijo más y yo disfrutaba haciéndole la vida imposible a mi nueva “hermanita” Micaela, todo un huracán en persona! Mi otra “hermana” mayor, Ana Carolina, era una santa que no molestaba para nada. No en vano me gané rápidamente el apodo de “el hinchapelotas”.
Mientras estaba allí, aproveché la cercanía de la gran capital para realizar los trámites burocráticos necesarios para prorrogar mi pasaporte. La extensión del viaje me había dejado corto de papeles! También visité las oficinas nacionales de Aldeas Infantiles SOS en Ecuador e hicimos un poco de prensa en los medios.
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Los famosos nevados y volcanes que eran el sello distintivo de la región se hacían rogar y no querían ser vistos. En todo el camino recorrido hasta llegar a Quito no había podido observar a casi ninguno de los picos más característicos por las densas nubes que siempre taponaban el paisaje. La lluvia era una rutina diaria y mis ansias de intentar subir a la cima del volcán Cotopaxi se iban esfumando a medida que pasaban los días. Llegué a elaborar la teoría de que en realidad éste no existía, y que todo era un truco publicitario para captar turistas incautos a los que se sedaba y luego se les armaba un fotomontaje haciéndoles creer que en realidad habían estado en la mítica montaña. Como burlándose de mí, el día que finalmente posé mis pies en los pedales para proseguir con mi camino, el Cotopaxi se dejó ver en todo su esplendor riéndose a carcajadas, creo yo, de este pobre infeliz. “Seguí nomás con tu bicicletita”, parecía decirme con sorna.
Los primeros 40 kilómetros hasta El Quinche los hice siguiendo las antiguas vías del tren, ahora convertidas en una espectacular ciclovía que, atravesando túneles y quebradas, me alejó del denso tráfico que habitualmente circula por las cercanías de las grandes ciudades. Poco después cruzaba por segunda vez la línea del Ecuador con mi bicicleta, pero esta vez, sin los calores tremendos que me habían llevado al borde del colapso en el Amazonas y disfrutando de un cuidado y espectacular reloj solar que la comunidad indígena de la zona había instalado a modo de monumento. Ahora sí podía dedicarme a pararme en ambos hemisferios del planeta al mismo tiempo sin temor de quedar disecado por una insolación!
Estaba tan sólo a dos días de la frontera con Colombia, mi próximo destino. En medio de constantes e intermitentes lluvias pasé por el tradicional poblado indígena de Otavalo y me interné en los calientes recovecos del valle del Chota, uno de esos lugares olvidados en el mapa donde la pobreza es compañera en cada kilómetro y la gente de raza negra cubre el mapa demográfico. Era la primera vez en este país que me tocaba ver la gente de color, que, como en otras partes del mundo, parecía estar siempre relegada a la carencia perpetua.
Una trepada interminable me devolvió al frescor de las alturas y cuando me quise dar cuenta, estaba entrando en Tulcán, la última ciudad en mi recorrido por el Ecuador. Sin embargo, esta población tenía un atractivo muy particular y que no podía dejar de ver: el cementerio. Por varias generaciones, los miembros de una familia local habían convertido este lugar, otrora simple remanso de reposo de los que han partido, en una completa atracción turística. La elaborada ornamentación de sus arbustos, podados con un arte increíble, eran la marca indistinguible de la ciudad…al punto de tener la oficina de informaciones turísticas en el cementerio mismo!
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Unos pocos kilómetros más adelante me esperaba el puente internacional que separa Ecuador de Colombia. Siendo el paso fronterizo principal entre ambas naciones, esperaba tener un poco de demora en el cruce, pero no pensé que sería para tanto. La cola de gente esperando para sellar su pasaporte del lado ecuatoriano superaba las 100 personas y un solo y parsimonioso oficial que no denotaba mucho interés en su trabajo era el único que atendía a los impacientes viajeros. A medida que pasaban las horas iba disminuyendo mis ambiciones de avance en ese día. Qué desperdicio de tiempo! Tres horas más tarde, cuando por fin me llegó el turno, un perplejo oficial miró mi sello de entrada y como diciendo “por qué me tenía que tocar a mí!” empezó a consultar a los demás cómo debía proceder. Aparentemente el cruce por Balzas, por donde había ingresado al país, no estaba conectado al sistema computarizado del gobierno por lo que a los fines prácticos, yo nunca había entrado al Ecuador! Menos mal que no había extraviado el comprobante de ingreso! Después de varias fotocopias, algunas idas y vueltas y con la paciencia ya por el piso, por fin me estamparon la salida del país.
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El trámite de entrada a Colombia duró escasos dos minutos. Estaba de vuelta en camino…
Hasta la próxima!
Buena senda,
Damián
Una propuesta para el debate
Un domingo que salimos a pedalear con Santiago Lara tuve la oportunidad de conocer a una pareja muy especial: Santiago García y Andrea Vallejo. Andrea había regresado hacía poco tiempo de recorrer Sudamérica en bicicleta desde Colombia hasta la Argentina y Santiago, también apasionado de la bici, se interesó en el aspecto social de mi viaje y me dijo si quería hacer una entrevista donde él trabajaba.
Así me enteré de la existencia de Radialistas y de la espectacular base de datos de audio de la Radioteca. Además de realizar una nota excelente, me ofreció si quería utilizar los equipos de computación que tenían disponibles para adelantar mi trabajo con la página web, lo cual acepté con gusto.
En las dos tardes que pasé en sus oficinas pude interiorizarme con el interesante trabajo que llevaban a cabo, realizando audios teatralizados con situaciones que incitaban al debate en diferentes campos sociales y humanos. Uno de esos días Santiago me preguntó si quería ir a la presentación del nuevo libro de su amigo y coordinador de Radialistas, José Ignacio López Vigil. Por qué no?, me dije. Aprovechando que así también conocería un poco el famoso centro histórico de Quito, me sumé al grupo sin tener mucha idea de qué era lo que iba a ver.
El libro en cuestión era una provocación al debate desde su propio título: “Otro Dios es posible”. Su contenido, aún más: representaba una serie de entrevistas que una periodista le realizaba a Jesús en su segunda venida a la tierra. 100 preguntas incisivas y controvertidas en formato de diálogo, acompañados de la versión en audio, junto con las evidencias científicas, históricas y antropológicas que respaldaban cada respuesta.
Una obra que, más allá de la opinión que uno pueda tener sobre su contenido, incita al debate, a la reflexión, al replanteo permanente y constituye un ejercicio muy recomendable y sano en la sociedad en la que vivimos hoy en día.
Es por ello que se los quería recomendar para que ustedes también formen su propia opinión al respecto, sacudiendo un poco la controversia, que es bueno mantener activa para no caer en la pereza mental.
Pueden acceder al sitio web de la obra clickeando sobre la portada del libro, donde hallarán la versión completa en texto y audio, y hasta un link para compartir sus comentarios con el autor. Que lo disfruten!
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Agradecimientos
Juan Pablo Montero y toda su familia, por esa amistad intacta de tantos años a pesar de las distancias y el escaso contacto, y por hacerme sentir como en casa durante las Navidades.
José Jaramillo y Andrea Cisneros, por esa camaradería característica entre ciclistas y por darme la oportunidad de hacer unas cuantas locuras con Maira! Y a Renato Cisneros, por compartir la misma chifladura en familia!
Santiago Vargas, por permitirme tener un acceso providencial a Internet en la Escuela de Zumbahua.
Jaime Peláez, Lisa Ziegler, María José Valenzuela, Pilar Cuesta, Consuelo Concha, Sofía Buchroithner, Helene Belliart, Vincent Delaisse y Birgitta Natale, por ese heterogéneo pero chévere grupo que conformamos en el Hostal en Quilotoa, compartiendo la cena y las experiencias de viaje.
Rosy Peñaherrera, por la hospitalidad y calidez de tu hogar en Cumbayá.
Genevieve Rajoy, Daniela Costa y Guambrín Vizuete, por las risas y disparates vividos en el viaje al Chimborazo.
A Chapico y Manuela, por una experiencia única como la de ser testigo presencial de su exótico y delirante casamiento en las alturas del Chimborazo. Buena senda en los caminos que van a recorrer juntos!
Santiago Lara, por tu amistad espontánea, sincera y transparente. Por haberme recibido y tratado como a un hijo más en el seno de tu familia, y a toda tu familia por su cariño y amor incondicional. Nunca los olvidaré! Gracias de corazón…
Juan Manuel, pichón de Santiago y futuro peligro sobre dos ruedas a pedal, gracias por tu amistad y que los sueños no se esfumen hasta convertirse en realidad.
Gloria Arcos y toda tu familia, por ese ejemplo de tesón y perseverancia con el que llevás adelante la vida y con el ejemplar cariño con el que educas a tus hijos.
Al personal del Consulado Argentino en Quito, por realizar una eficaz y rápida gestión para realizar la prórroga de mi pasaporte. Ojalá en todas partes la burocracia fuera tan llevadera!
Santiago, el “Manotas”, por esa gran serenata de piano que quedará grabada en la memoria de muchos por largo rato. Y por las botellas para el agua!!
Juanita García, por tu frescura y simpatía y por los contactos con los amigos de Manizales en Colombia.
Santiago García y Andrea Vallejo, por su amistad,
simpatía y hospitalidad. Se que juntos van a rodar muchos kilómetros por los caminos de la vida…buena senda!
Janet Cervantes, Carlos Romero, Tachi Arriola y José Ignacio López Vigil, por haber hecho que la sede de Radialistas en Quito se convirtiera en un segundo hogar para mí.
Carlos Flores, por permitirme conocer ALER, tu buena onda y promover el aspecto social de mi viaje.
Alberto Reyes, por la gauchada para conseguir los repuestos que precisaba para la bici.
Gabriel Cadenas, Tito Craig y Christian Intriago, por la pedaleada que compartimos junto con Santiago Lara en esos domingos de bicicleta.
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Algunas estadísticas
En este período de pedaleo
Días en el camino: 32
Días de pedaleo: 11
Kilómetros recorridos en bici: 987 km – 85 km en tierra/arena/ripio
Promedio de kilómetros recorridos por día: 98,7 km
Horas sobre la bici: 81h20m (3d09h20m)
Promedio de velocidad: 12,1 km/h
Metros trepados: 16.633 m
Altura máxima: 4415 msnm, Páramo Vn. Chimborazo, entre Riobamba y Guaranda, Ecuador (04-01-2009)
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En todo el recorrido
Días en el camino: 607
Días de pedaleo: 314
Kilómetros recorridos: 26.228 km - 2951 km en tierra/arena/ripio
Promedio de kilómetros recorridos por día: 83.5 km
Horas sobre la bici: 1.700h21m (70d20h21m)
Promedio de velocidad: 15,4 km/h
Máxima velocidad: 81,5 km/h, bajando el Sunwapta Pass, Canadá (15-08-2007)
Metros trepados: 268.612 m
Altura máxima: 4415 msnm, Páramo Vn. Chimborazo, entre Riobamba y Guaranda, Ecuador (04-01-2009)
Cantidad de “Pase del Niño” que me tocó presenciar a lo largo de mi derrotero por Ecuador: 237 (más o menos)
Intentos infructuosos de poder ver al volcán Cotopaxi con mis propios ojos: todos, menos uno, cuando me iba!