*** LAS CRÓNICAS ***

38) El Mister y la Gringa: una historia de amor

La llegada a Iquitos marcaba un momento especial, pues era la ciudad que no puede ser alcanzada por rutas terrestres de mayor cantidad de habitantes en todo el mundo. Pero había algo más que convertía este sitio en un lugar al que ansiaba llegar desde hacía rato: era el punto de encuentro con Franziska Krebs, una chica de suiza con quien íbamos a continuar rodando juntos hasta el Ecuador.

Llegada a IquitosHabía conocido a Franziska por esas “causalidades” del camino hacía más de un año,  cuando estaba pedaleando junto con Kathy y con Oscar por las Rocallosas canadienses. Si bien el encuentro duró escasos 5 minutos, tiempo después mantuvimos el contacto a través del correo electrónico. Cuando me contó que se había sentido inspirada con nuestro viaje y que tenía ganas de realizar uno por su cuenta no titubeé en apoyar su iniciativa. Pero al preguntarme si podía andar conmigo lo dudé un poco más. No la conocía, no tenía idea de si tenía alguna práctica viajando en bicicleta...podría ser una experiencia excelente como algo nefasto! Sus antecedentes como corredora elite de triatlones Ironman (3800 m de natación, 180 km de bici y 42 km corriendo)dejaban bien en claro que estado físico no le faltaría. Pero esto era muydiferente a una competición y se requerían otras habilidades que no sabía si tendría o no. Y una cosa era encontrarse a alguien que ya vinieraCargado! viajando y compartir la senda por un tiempo, a que por “culpa” de uno se largaran a semejante aventura...y a mi lado! Era una gran responsabilidad e inicialmente fui reticente a decirle que si.

Pero Franziska no se rindió y perseveró en sus intenciones. Y vaya si perseveró! Tanto fue así que no le importó mi cambio de planes en el viaje, que hizo que mi rumbo, originalmente hacia el sur, diera un giro de 180 grados para dirigirme al Ecuador, que no figuraba en mis planes. Los meses fueron pasando y el encuentro fue tomando forma hasta finalmente coincidir en un punto del mapa. E Iquitos había sido el lugar escogido. Justamente, un sitio al que sólo se podía llegar por vía fluvial o aérea. Definitivamente esta chica estaba convencida de lo que quería y ningún obstáculo la iba a detener.

Listos para comenzar!El 12 de noviembre de 2008 llegaba a Iquitos con más de un mes de atraso en mis planes originales. Franziska ya se conocía medio Perú de andar dando vueltas por ahí mientras yo llegaba al sitio acordado. La lancha rápida en la que venía desde Santa Rosa se quedó sin combustible poco antes de llegar al puerto, por lo que fuimos remolcados por una barcaza hasta la costa y me tocó descender en las afueras de la ciudad. Temiendo un desencuentro a estas alturas del partido y luego de postergar tanto el esperado día, mandé varios emisarios para que le avisaran que iba en camino...pero por la carretera.

Luego de montar las cosas sobre Maira frente a un atento público local que seguía cada uno de mis movimientos, me sumergí en un caos sin precedentes. Las calles estaban atestadas de moto-taxis como nunca había visto antes. Estos triciclos motorizados en los que se transportaba absolutamente de todo iban y venían frenéticamente sin respetar norma de tránsito alguna. El estruendo era ensordecedor y la competencia por ganar un pasajero, feroz. Inclusive viéndome con movilidad propia no cesaban los ofrecimientos de transporte. Inmediatamente me di cuenta que como argentino sería fácilmente reconocido gracias al fútbol, ya que por primera vez veía más camisetas y dibujos de la Selección Argentina y del Boca Juniors que en mis propios pagos!

Avanzaba embelesado por el paisaje urbano y humano que se extendía ante mis ojos cuando la vi venir. Como un hada salida de un cuento infantil, Franziska venía en su bicicleta vestida en un delicado vestido blanco que acaparaba las miradas de todo el mundo. La mía no fue la excepción, y después de varios meses de planear y coordinar mil y un detalles, estaba frente a mi. Nos fundimos en un abrazo, aunque con el sudor que traía no creo que haya sido la mejor de mis ideas. No importaba, ya era un hecho y por unas semanas rodaría acompañado...y no por cualquiera precisamente! Si mi portación de cara de “gringo” ya era algo que llamaba la atención en estas latitudes, el cabello rubio, los ojos celestes y el atlético cuerpo de Franziska me dejaban en un relegado segundo plano, o tercero diría yo.

Capturamos un par de monos aulladores al paso y nos instalamos en el hostal que ella había escogido. A pesar de ser la segunda vez que nos veíamos en persona, parecía que nos conocíamos de toda la vida.

Catedral IquitosEnclavada en río Amazonas, Iquitos es una de las más exóticas ciudades de América del Sur. Alrededor de la ciudad se ubican diferentes pueblos y caseríos indígenas, zoológicos, reservas nacionales y otros atractivos naturales. Además, la ciudad conserva edificaciones de la era republicana pertenecientes a la época del caucho.
Iquitos fue una lánguida y olvidada villa hasta que se creó una Factoría Naval que la convirtió en un puerto fluvial de importancia por su estratégica ubicación geográfica. Sin embargo, el esplendor y crecimiento definitivo de la ciudad vino acompañado, al igual que en Manaos, de la fiebre del caucho de principios de siglo XX. Durante esos tiempos de bonanza se construyeron la mayoría de los actuales patrimonios arquitectónicos y se dotó a la ciudad de los servicios básicos y públicos: alumbrado eléctrico, el ferrocarril urbano,  la Corte Superior y la Iglesia Matriz, entre otros.
Casa de FierroNo obstante, la verdadera riqueza del lugar reside en que debido a este aislamiento geográfico, Iquitos está rodeado por bosques que aún conservan características propias del ecosistema Amazónico. El plan era justamente poder visitar alguno de estos sitios, como la reserva Pacaya-Samiria o la reserva Allpahuayo-Mishana.

Lamentablemente mis planes se verían afectados por las circunstancias. Ni bien llegado, el mail me esperaba con la noticia de que en una Universidad me habían negado una extensión al permiso que tenía sobre mi cargo docente y por lo tanto debía renunciar. Era una de las consecuencias de la extensión de mi viaje y sabía que era algo que podía pasar. De nada valieron los argumentos presentados ni el aval que me habían facilitado los directores de las 12 Caos de monotaxisAldeas Infantiles SOS que había visitado hasta el momento. El problema radicaba en que al dejar mi cargo, caía sobre mi persona una sanción económica por una licencia anterior de cuando estuve trabajando en la Antártida y las actualizaciones salariales y la letra pequeña del compromiso firmado (que uno nunca lee o sabe leer) derivaron en una deuda que hacía tambalear la continuidad de mi travesía. Ya había tenido que ajustar el cinturón al duplicar el tiempo de viaje que me quedaba y ahora debía agregarle unos cuantos agujeros más para poder seguir. 

Como un efecto dominó, una implacable faringitis se apoderó de mi garganta y tuve que permanecer dos días agonizando en cama, delirando de fiebre y en un estado más que lamentable. Para completar el oscuro panorama, las relación con Franziska no eran un lecho de rosas y, sumado a las preocupaciones en las que estaba sumido, nuestras personalidades fuertes y similares generaban choques constantes que me estaban haciendo preguntar si había sido una buena idea concretar el encuentro.

Puerto de IquitosA pesar de todo, en los días que pasamos en Iquitos pudimos recorrer algunos de sus atractivos principales. El centro se destacaba por la Plaza de Armas (nombre dado a los parques centrales en Perú), custodiado por la catedral y la famosa “Casa de Fierro”. Esta estructura, diseñada por el arquitecto francés Eiffel, se transportó en barco pieza por pieza, tornillo por tornillo, y fue ensamblada en pleno apogeo de la época del caucho. Su estructura de dos pisos, con balcones en ambas fachadas y techo en forma piramidal de cuatro aguas es soportada con columnas de hierro forjado, y ha sucumbido a los tiempos modernos alojando un bar así como variados comercios.

Otro punto de interés era el Puerto de Belén, o la llamada “Venecia Peruana”. Constituye un conjunto de casas construidas sobre pilotes de madera o balsas, que en época de crecidas son habitadas en el segundo piso. Sus ocupantes se dedican especialmente a la pesca pero, cuando el río baja, utilizan ambos pisos de las casas y cultivan la tierra de los alrededores. Era uno de los asentamientos más empobrecidos de la zona, por lo que deambular por sus calles con nuestra pinta no era precisamente algo que me inspirara tranquilidad. Inclusive unos policías a los que consultamos nos recomendaron partir lo antes posible en el primer moto-taxi que encontráramos.

Poblados ribereñosLuego de una pasada por la reserva natural Allpahuayo-Mishana, a la que fuimos pedaleando por la recientemente estrenada carretera hacia Nauta, era hora de partir. Después de casi un mes sin poder apretar los pedales de Maira, el cuerpo reclamaba un poco de acción…al menos ciclística!

Pero no era cuestión de cargar las alforjas y partir. Aún había que navegar tres días más por el caudaloso río Napo y llegar hastaYurimaguas, desde donde una flamante ruta se adentrabalentamente en el corazón de los Andes Peruanos. El puerto era tal y como lo imaginaba, lo menosparecido a un puerto. Sobre las sucias orillas del río se apretujaban una contra otra las embarcaciones que ofrecían sus serviciosindicando los destinos en grandes carteles.CamaroteNo había reservas ni nada por el estilo. Era llegar y ver cuál era la mejor opción (o la disponible) y partir. Me habían recomendado las embarcaciones “Eduardo” y en una de ellas conseguimos lugar. Las comodidades eran mucho más rústicas que en Brasil y esta vez existían diferentes clases para escoger: las hamacas en el piso inferior, donde el grado de hacinamiento era alarmante; las hamacas del piso superior, que con un costo casi del doble daban un espacio más relajado y seguro; y los camarotes, que por una suma adicional eran la opción ideal para poder guardar nuestros numerosos bultos sinmuchos traumas. Los costos eran notablemente inferiores que en tierras cariocas y por eso no dudamos en asegurarnos un cuarto para la navegación.

Las dimensiones eran frugales al punto que no quedaba mucho lugar para acomodar las alforjas ni mucho menos para estirar las piernas. La ajustada litera tenía un magro colchón que parecía desnutrido de relleno y era mejor pasar el tiempo fuera delDisfrutanto del atardecer camarote si no se quería correr el riesgo de pescarse unaclaustrofobia galopante.

La rutina era similar a la que había tenido viajando desdeManaos, con el aditivo de las relaciones interpersonales, a las que parecía estar bastante deshabituado. Si bien había tenido otros encuentros cercanos del “tercer tipo” durante mi travesía, esta era la primera vez que mi ocasional compañera viajaba tanto tiempo conmigo! Definitivamente debía tener mis capacidades para relacionarme de esa manera algo oxidadas porque nos llevábamos como perro y gato! Parecíamos una pareja de años, casi hasta un matrimonio diría, y la gente no comprendía nada cuando les contábamos que en realidad nos conocíamos en persona desde hacía unos pocos días. Funcionaría la relación o sería un dolor de cabeza inolvidable? El tiempo lo diría…

Paradas a lo largo del rioRemontando el rio Napo

Unas cuantas pulseritas después y con ansias de abandonar mi vida de marinero para regresar a mi profesión de ciclista, por fin arribamos al poblado de Yurimaguas.Era un nuevo comienzo, por un nuevo camino y con una nueva compañera. Una agitada discusión mañanera hizo que este memorable retorno a los pedales estuviera cargado de mal humor y enojo.Cambio de pulseritas por sonrisas!El primer golpe de pedal era con el pie izquierdo. Pero sólo había una carretera y el mismo destino, así que nos lanzamos a recorrer los 130 kilómetros que nos separaban de Tarapoto.

El recientemente inaugurado asfalto hacía que circular por esos planos y reverdecidos parajes fuera muy placentero. Atravesábamos una región predominantemente rural y empobrecida, donde el común denominador lo conformaban los pequeños asentamientos indígenas de precarias estructuras.Con amigas ibéricas en Yurimaguas Un fuerte aguacero se descargó sobre nosotros cuando empezábamos a trepar las serranías que nos separaban de nuestro destino, pero a pesar de su intensidad, no molestaba ya que el calor era sofocante. Apenas ingresamos en terreno quebrado, Franziska dio muestras irrefutables de la fuerza física que poseía. Como si su bicicleta fuera de ruta y no pesara nada, se fue alejando progresivamente hasta desaparecer de mi vista. Y no la vería más hasta superar la cuesta! Por mi parte, el peso extra de Maira, los días sin pedalear y mi salud en vías de recuperación, me habían dejado rezagado y agonizando con la lengua afuera.

ArrozalesMe la encontré tiempo después, charlando animosamente con unos policías y con una gran sonrisa, en contraste con mi estado de agitación que no me permitía articular palabra. Estaba frente a una persona capaz de superar cualquier obstáculo y el transcurso de los días me daría la razón.

Las jornadas siguientes transitamos por caminos ondulados, atravesando zonas de arrozales y cultivos, arrastrando con nosotros el clima caliente y húmedo del territorio amazónico. Poco a poco nos íbamos acercando a nuestro objetivo de internarnos en las estribaciones septentrionales de los Andes, regresando a los climas más frescos y soportables.

Las únicas bebidas frías que parecía se podían conseguir en la ruta eran la clásica Coca Cola, que nunca me pareció muy buena a los fines de hidratarse, y la tradicional y muy peruana Inca Kola. Hacia TarapotoHabía oído hablar de esta gaseosa de color amarillo tan popular en estas tierras y una de las primeras cosas que había hecho al ingresar al país había sido probarla. Fue también de las últimas! Tal cual me habían advertido, poseía un sabor “particular y único”, que a mi me recordaba un horrible jarabe para la tos que me daban de chico. Franziska coincidía conmigo en ese aspecto y de ese modo, la Coca Cola pasó a ser tristemente la bebida oficial de nuestros días por el Perú. 

Tabalosos, Moyobamba, Nueva Cajamarca, Aguas Claras, las localidades por las que íbamos pernoctando variaban encuanto a su tamaño y las comodidades que ofrecían,Cargando Combustiblepero todas tenían un factor en común: por donde fuéramos parecía que el plato típico regional era el arroz blanco con pollo…y con mucho arroz blanco!Del campo de cultivo a su mesa, parecía serel dicho…y del patio al plato también, porque nunca vi tantas gallinas dando vueltas por los caminos! En un par de ocasiones casi me enredo con el cogote de estos despistados animalitos, que tenían la mala costumbre de salirse del medio dirigiéndose hacia la bici con actitud suicida!

Los moto-taxis parecían ser los reyes del camino, ya que además de algún ocasional bus o camión, eran los únicos que se veían transitar por allí. Los autos privados eran un objeto de lujo exótico y sólo se veían modelos Toyota Corolla blancos estilo rural, empleados como taxis. El tráfico era relativamente escaso y sólo al acercarse a los centros urbanos había que prestar especial atención a su demencial manejo.

Del amazonas a los andes.Rodando

La presencia de Franziska no pasaba desapercibida y los colores rojos que exhibía su indumentaria de ciclista, haciendo juego con sus alforjas, la convertían en un certero blanco para el acoso.No había sitio por el que los hombres que nos veían pasar dejaran de gritarle, silbarle e Parkinginclusive hacer un repulsivo sonido de besitos que  ponía la piel de gallina. Sería una constanteen el recorrido por el territorio peruano, por lo que decidimos tomar la iniciativa.Ante el primer signo de hostigamiento, era ella la que largaba un rosario de gestos y sonidos que en algunos casos amedrentaban a los desprevenidos interlocutores. Yo hacía mi parte con los comentarios del caso y seguíamos camino riéndonos solos de las reacciones que generábamos.

La gente por esas regiones calientes era bastante parca y en general no daban muchos signos de amistad. Nuestros saludos eran habitualmente ignorados a veces las miradas que recibíamos nos hacían apretar el paso temerosos de que nos lanzaran un machetazo. Por otro lado, estas actitudes estaban intercaladas con las de otras personas que nos regalaban unas sonrisas a puro diente y ponían mucho empeño en saludarnos y hacernos sentir cómodos. Una dicotomía desconcertante.

TabalososLo que nunca fallaba era el prejuicio inicial de la apariencia. Era muy raro que no me llamaran “Mister” y justamente ese era el inicio de cualquier conversación: “hello, mister!”, a veces con buenas intenciones y otras no tanto. “Que no soy mister, soy argentino y hablo casteshhhano”. Franziska sufría del mismo karma, pero en cambio ella era la “gringa”. Que gringuita esto, gringuita lo otro, enseguida se le subía la sangre a la cabeza y largaba su descargo con su particular acento en español: “No soy gringa! No toda rubia es gringa, soy suiza, soy europea!”. Por supuesto que todo era en vano y simplemente gastábamos saliva para nada. En general se nos quedaban mirando como con la vista perdida en el horizonte y no decían nada. O sostenían una sonrisita que enervaba aún más nuestros nervios. Había que aprender a tener paciencia y resignarse, ya que en estas tierras indefectiblemente siempre seríamos “el Mister y la Gringa”.

Sol ardienteSu bandera suiza generaba aún más confusión ya que en todas partes se creían que era la de la Cruz Roja Internacional. No importaba que fuera blanca con fondo rojo, todo el que se acercaba a charlar parecía estar fascinado con la “doctora” que andaba en alguna excéntrica labor sanitaria en bicicleta. Inclusive en Tabalosos, donde nos invitaron a realizar una entrevista en la radio local, inicialmente estaban convencidos de que éramos parte de una misión internacional de la Cruz Roja por los chicos sin familia!

Por esos días nuestros estados de ánimo oscilaban acompasados con las irregularidades del terreno.Cuando estábamos los dos de buen humor, éramos un dúo imbatible y la pasábamos de maravillas. Si alguno estaba algo cruzado, sonaba la señal de alerta y había que tener precaución…ahora si los dos estábamos de mal genio, mejor alejarse! Aparentemente teníamos la capacidad de sacar a relucir lo peor de cada uno con una facilidadalarmante. La barrera idiomática complicaba aún más las cosas.Si bien Franziska sabía castellano y quería practicarloconmigo, había aprendido en España y mis modismos típicamenteargentinos le resultaban ininteligibles.Qué equipo! Entonces cambiábamos al inglés, que manejaba con mayor destreza, pero con algo de aspereza en su manera de hablar, lo cual yo adjudicaba a su lengua materna, el alemán (claro que ella no opinaba lo mismo). Este último idioma se convirtió rápidamente en el lenguaje en el que recibía los insultos cuando estaba visiblemente enojada. No entendía nada, pero captaba la esencia del mensaje de inmediato! Así y todo, conformábamos un buen equipo y juntos hacíamos frente a las vicisitudes de la travesía sin mayores inconvenientes.

Estábamos en los albores de las primeras subidas pero no sabíamos muy bien qué nos aguardaba más adelante. En cualquier parte ante semejante escenario lo lógico sería preguntarle a la gente del lugar, que en teoría es la que más conoce la región, pero rápidamente descubrimos que era una tarea inútil. Casi siempre se daban diálogosCampesinas de esta índole:

- Buenos días! Sabe si sigue mucha subida?
- Iá…
- Iá??!!
- Iá…
- Pero…iá si o iá no???
- Iá…

Este tipo de interacción se presentaba también en otros ámbitos, como al preguntar por la comida, lo que tornaba exasperante cualquier intento de recabar información de la clase que fuera.

A pesar de estar rodando por un asfalto en muy buen estado y de que las trepadas no eran extremadamente duras, una vez más la condición atlética Animos!de mi compañera prevaleció y me quedé pedaleando solo. Cada tanto me esperaba para saludarme e inclusive me aventajaba lo suficiente como para darse el lujo de hacerme carteles dealiento grabados con rocas en el asfalto.No sabía cómo reaccionar ante su noble gesto: si alegrarme o largarme a llorar!

Después de trepar más de 2000 metros de altura y llegar a la ansiada “pura bajada” que nos habían pronosticado en varias ocasiones entre “iá y iá”, llegamos a Pedro Ruiz, un caserío ubicado en la encrucijada de caminos que nos alejaría de la carretera principal hacia la costa para adentrarnos en los más recónditos valles hacia Chachapoyas y Cajamarca.

Fisura totalEstábamos en la antesala de la cascada del Gocta, apenas difundida desde hace unos pocos años y que con sus 771 m de altura esgrimía el título de ser la tercera más alta del mundo. Pero las condiciones climáticas de esos días no hacían muy recomendable intentar el difícil acceso y optamos por seguir internándonos en el valle del río Utcubamba. Justamente después del desvío que llevaba hasta el imponente salto se acabó la suavidad del asfalto por el que veníamos circulando desde Yurimaguas y comenzaba la verdadera aventura. El ripio hacía su aparición y el desgaste físico a partir de ahora sería mucho mayor.

Nos tocó atravesar un tramo de la carretera que estaba en vías de ser pavimentado. Casi 30 kilómetros hasta el cruce que ascendía la meseta hasta la ciudad de Chachapoyas. Un cartel indicaba que el tránsito estaba clausurado entre las 8 de la mañana y las 4 de la tarde, lo cual complicaba de sobremanera nuestros planes de avance. Además, la moneda corriente en casi todas las demás jornadas había sido una lluvia vespertina que ya acercándonos a los 2000 metros de altitud no era tan bienvenida como en las planicies amazónicas. Había que pasar y luego de insistir por un buen rato conseguimos que el policía de turno se apiadara y nos diera permiso.

Hacia el valle de UctubambaCamino impresionante

Si bien en varias ocasiones tuvimos que aguardar el paso de maquinaria pesada o esquivar a los obreros, el camino se habría totalmente libre para el desplazamiento de nuestras ruedas que giraban sin pausa. El valle era encajonado, con altísimas formaciones verticales que parecían estrangular el estrecho espacio que quedaba para el caudaloso río y la angosta carretera. Era un privilegio único y lo disfrutamos al tope deleitando nuestros sentidos al máximo!

Después de un par de inoportunos chaparrones llegamos a El Tingo, un pequeño poblado desde El Tingoel cual era posible acceder a visitar la imponente fortaleza preincaica de Kuélap. Fue buscando unmedio de transporte que nos permitiera llegar sin perder el día sobre las bicis que conocimos aJuan Hemerson Rodríguez Coronado, un  multifacético profesor de psicología, taxista y criador de gallos de riña.De sus tres ocupaciones sólo hicimos uso de la de conductor y junto con él y su familia trepamos por el intrincado camino que ascendía hasta las ruinas. Su hijo mayor, que portaba orgullosamente el mismo nombre que su padre, ofició de guía oficial en nuestro solitario recorrido por las instalaciones. Si bien Juan a sus escasos 9 años no tenía mucha información sobre el sitio, nuestra imaginación e inventiva se encargó de recrear lo que tiempo después conoceríamos a través de los folletos del caso.

Kuélap se caracteriza por su condición monumental,emplazada en una zona  boscosa y lluviosa poco accesible. Se encuentra en una gran plataforma, que está asentada sobre la cresta de roca La familia de Juancalcárea en la cima de la montaña. La plataforma se extiende a lo largo de casi 600 metros y se sostiene por una muralla de 19 metros de altura. El impacto visual que genera a la distancia es inmediato!

Dentro de la fortificación, a la que se accede por un angosto portal que se asemeja a una grieta en la muralla, hay más de 400 recintos, en su mayoría de planta circular, de los en la mayor parte de ellos tan solo quedan las bases. Los frisos que parecen  evocar ojos y aves que toman la forma de una "V" en cadena han sido reproducidos en todas las localidades cercanas, adoptando cada una un diseño particular y distintivo que carga aún más de misticismo los poblados de la región. Aparentemente dichos recintos no eran viviendas, sino depósitos de comestibles para que la población no sufriera por la falta de alimentos en años adversos, cuando las condiciones climáticas impedían buenas cosechas.

Entrada a KuelapCon Franziska en KuelapVista desde Kuelap

También se podían observar otras edificaciones intercaladas con los bosques, como la denominada el Castillo, que probablemente fue morada del jerarca y de los altos dignatarios del lugar.

El tiempo se pasó volando y durante el regreso, Juan nos invitó a cenar a su casa mientras aguardábamos que amainara el temporal que volvía peligrosa la circulación por el estrecho y sinuoso camino hacia El Tingo.

Juan y Kuelap Con Juan Henderson Jr. Kuelap



Partimos al día siguiente con los espíritus llenos y algunas pertenencias menos en nuestros equipajes. Alguien se había escurrido en nuestra habitación y de mi bolso frontal habían desaparecido mis binoculares y los audífonos para comunicarme por Internet. Curiosamente no faltaban otras cosas de mayor valor o importancia, como la cámara de fotos o dinero en efectivo. Barro fondueFranziska por su parte tuvo que resignar una de sus bombachas...

La lluvia de la noche anterior había dejado el camino en condiciones paupérrimas. A los pocos kilómetros nos tocó atravesar una sección en la que las ruedas se hundían en el terreno como si estuviéramos rodando por una “fondue” de chocolate. Al menos en ese caso hubiéramos quitado con gusto la pastosa mezcla para darnos un buen atracón! En cambio, la masa blanduzca que se colaba por cuanto resquicio había no tardó en bloquear los frenos, trabar los cambios y hacer que saltara la cadena. El avance se tornó lento y complicado, amenazando con quedar truncado allí mismo. Pero como a tercos no nos ganaba nadie, a base de empujones, insultos y miles de paradas a despejar las ruedas, por fin salimos de ese pantano digno de una pesadilla. Un hombre que providencialmente limpiaba su coche con una manguera a presión nos evitó dolores de cabeza mayores y pudimos sacar toda la mugre antes de que se secara y petrificara en nuestras bicis.

Alla esta la subida!Llegamos a Leymebamba justo antes de la tormenta diaria. Nos esperaba la trepada al Abra Barro Negro y yo sólo rogaba que semejantes aguaceros no provocaran que el paso hiciera honor a su nombre. Buscamos un lugar donde pasar la noche y pusimos fin a una jornada de pedaleo corta pero intensa.

Si había algo en lo que no coincidíamos con Franziska era en los hábitos para dormir. Yo era más bien noctámbulo y a pesar de tener una jornada dura, podía estar levantado hasta altas horas de la noche sin mayores inconvenientes. Ella, por el contrario, saltaba automáticamente de la cama a muy tempranas horas de la mañana y con ganas de comenzar la jornada de pedaleo al instante. No había nada peor para mi humor que sacarme a empujones de las sábanas y perturbar mi lento despertar. Esas presiones por arrancar los días rápido y sin anestesia eran letales en mi estado de ánimo.

Subidas arduasPero esa mañana estaba justificado ya que nos esperaba un tirón de los largos. Habíamos llegado al punto en el que la topografía colocaba ante nosotros una de las más duras pruebas físicas hasta el momento: superar el valle del río Marañón. El mapa ya nos daba una idea de lo que nos esperaba, con un apretujamiento inusual de las líneas de altura y un degradé de colores que pasaba del marrón oscuro, propio de los 3500 m de altitud, a un verdecito pálido que rozaba apenas los 1000 m de elevación. Pero el problema era que inmediatamente después del alcanzar el cauce del río, el esquema se repetía del otro lado de las aguas. En lugar de ir siguiendo el cambio paulatino de alturas a lo largo del valle, nos tocaba cruzarlo como una gigantesca “V” que descendía desde los 3600 m hasta los 800 m para luego volver a los 3200 m del otro lado. Demencial!!!

Comenzamos a rodar pasadas las 5 de la mañana, adivinando las irregularidades del camino en las penumbras de un día que se resistía a comenzar. Hacía frío y las nubes generaban un ambiente destemplado. Los primeros 30 kilómetros eran, como no podía ser de otra manera, en subida: 1300 metros de desnivel nos separaban del Abra que deseábamos coronar cuanto antes, ya que no deseábamos congelarnos con el temporal de cada día a esas alturas. Perdiendose en la brumaFuimos trepando lentamente...bueno, al menos yo, porque la “cabrita suiza” puso el turbo apenas comenzamos y no volví a verla hasta que llegué a la parte más elevada del camino. Comería algo especial que yo me estaba perdiendo? Mientras subía rezagado pensaba en exigirle un test antidoping apenas llegáramos al próximo pueblo...

Cuando coronamos el Abra la vista que se abrió ante nuestros ojos fue impactante y al mismo tiempo escalofriante: el terreno caía abruptamente hacia el río Marañon, en un apretado valle, donde a lo lejos, como un poblado liliputiense, se veía el caserío de Balsas, nuestro objetivo del día. Pero lo malo es que inmediatamente se apreciaba la pared montañosa que seguía del otro lado, donde un delgado hilo blanquecino nos marcaba el camino que nos aguardaba al día siguiente. Por donde se lo viera, era una locura total! De solo pensarlo uno se quedaba sin aliento!

Descenso interminableNos esperaban 60 kilómetros de bajada que no resultaron nada relajados. A poco de comenzar el descenso una densa neblina salió de la nada y cubrió el camino con su manto blancuzco. Las nubes avanzaban sobre nosotros, desdibujando las formas del camino y ocultando los escarpados precipicios, que adquirían proporciones vertiginosas y teñían el ambiente de misterio. Pero ese encanto poético y místico se hacía trizas al internarse de lleno en la bruma, que calaba los huesos del frío y no permitía ver más allá de las narices.

Cuando salimos de ese entuerto la situación no mejoró mucho, porque a medida que avanzábamos el camino se volvía cada vez más intransitable. Las piedras del ripio parecían crecer de manera inversamente proporcional con la altura, con lo que los tumbos que dábamos eran cada vez mayores y bruscos. Los brazos estaban agotados por el traqueteo constante, los dedos de las manos venían agarrotados de tanto apretar las manillas de los frenos y las piernas eran un amasijo de calambres de estar tantas horas parados sobre los pedales. Apoyar los traseros en los asientos en esas condiciones topográficas era algo impensable. Y sin embargo, pasó lo que me temía: finalmente una roca puntiaguda que no pude esquivar a tiempo se ensañó con mi rueda trasera y provocó el inoportuno e indeseable pinchazo.

Burrito lecheroEl clima no estaba muy auspicioso y la lluvia era inminente. Poco antes de llegar a Balsas nos remojó los ánimos, pero al menos ahora hacía un poco más de calor. El agotamiento extremo había sensibilizado los ánimos y el ambiente pendía de un hilo. Fraziska había tocado fondo en una actividad que demostraría ser uno de sus talones de Aquiles: las interminables bajadas en caminos de ripio en estado deplorable. Poco antes de llegar había discutido con una señora que, como la mayoría de los locales, había arrojado la basura al piso sin mayores contemplaciones. Haciendo un esforzado intento por generar algo de conciencia ecológica en la doña, le lanzó un discurso digno de Al Gore que como en muchas otras ocasiones, parecía caer en vacío. La única respuesta que obtuvo fue la típica mirada perdida con visos de lobotomía y el desdén de su oyente. Lo más recomendable era comer algo y descansar...al día siguiente la cosa sería aún peor, pero para mí, ya que era casi todo en subida!

Camino recorrido.Por suerte el clima se apiadó de nosotros y la mañana renació completamente despejada. Había que aprovechar al máximo ya que esas oportunidades no se daban seguido. Nos despedimos apenas cruzamos el puente sobre el río, puesto que era inútil tratar de seguirle el ritmo a Franziska. Eran 40 kilómetros en los que había que superar 2300 m de desnivel en continuado y casi sin respiro. Resultaba una utopía poder hacerlo a su lado (a menos que desinflara uno de sus neumáticos, cosa que ya había pensado hacer) y quedamos en vernos en la cima o bien en Celendín si el clima se tornaba amenazante.

A pesar de la dureza del terreno y del esfuerzo físico que suponía la trepada, las vueltas del camino sobre la ladera de la montaña eran unos extensos balcones que permitían admirar la grandiosidad del paisaje y el empequeñecimiento paulatino de los lugares que iba dejando atrás.

Un segundo de distracción fue suficiente para que una vengativa roca se cargara mi rueda delantera. Joder!, pensé, entre que ya venía atrás, ahora si que no la alcanzaba más! No quería que Franziska me tuviera que esperar más de lo debido en la cumbre así que recurrí al único método de comunicación del que disponíamos: los escasos vehículos que pasaban por allí! El primero en ir en su dirección llevaba el mensaje de que había pinchado y que ese era mi última cámara de repuesto. Si no llegaba a la noche, es que había tenido un segundo pinchazo! Poco después un camión que descendía me trajo la respuesta: dice su “novia” (porque para todo el mundo no cabía otra descripción, aunque de acuerdo a las circunstancias también nos presentábamos como “esposos”, “amantes” o simples “desconocidos”) que lo espera en Celendín, en la Plaza de Armas. Y le manda esto! Acto seguido me pasó una bolsa que contenía una cámara de repuesto, dos paquetes de galletitas, una botella de agua y otra de Coca Cola. Un ángel me venía cuidando las espaldas, aunque era más rápido que yo e iba adelante en mi camino.

CelendinCuando estaba por llegar al final de la subida quise tomarme una foto y con desazón descubrí que mi pequeño trípode portátil se había quedado en aquella polvorienta curva donde tuve que reparar la bici. No estaba tan lejos en distancia, pero los mil metros de altura que me separaban de él me hicieron desistir de regresar a buscarlo. Espero que quien lo haya encontrado supiera para que servía!

Quedaba un día más para llegar hasta Cajamarca. Era la primera gran ciudad que nos tocaba en el recorrido y el cuerpo pedía a gritos un poco de reposo. Yo deliraba con los famosos baños del Inca, las aguas termales donde el famoso Atahualpa remojaba sus huesos en los tiempos del imperio. Era mi cumplemes número 18 y creía que sería una jornada tranquila y relajada. Nos habían asegurado que hasta la ciudad era “pura bajada” y que además, a poco de andar regresaríamos al asfalto. Pues bien, antes de llegar a la “pura bajada” tuvimos que superar tres pasos de más de 3000 metros de altura, y el bendito asfalto no apareció sino hasta llegar a Encañada, a unos 30 kilómetros de Cajamarca. Para ese entonces ya llevábamos 80 de ripio! Como corolario, un viento en contra demencial hizo que nuestro avance fuera casi más lento que el que llevábamos en los caminos destapados, haciendo prácticamente imposible poder aprovechar la tersura del pavimento por el que intentábamos rodar. Con 10 horas de pedaleo a cuestas finalmente arribamos a la ciudad, considerada patrimonio histórico y cultural de las Américas.

Cajamarca es conocida por su arquitectura colonial y barroca. Las calles del centro histórico invitan al paseo y la admiración de las estructuras que se conservan con gran celo y respeto. Sus iglesias tienen una característica especial, que sus campanarios nunca se concluyeron, debido a que en el Virreinato se proporcionaba una suma de dinero periódica a las iglesias inconclusas. La catedral fue edificada en el siglo XVII y posee una fachada de piedra de origen volcánico, al igual que la impresionante Iglesia de San Francisco.

CajamarcaLa Plaza de Armas es una de las más grandes del país y guarda un recuerdo amargo y triste: allí comenzó la caída del Imperio Inca. Luego de vencer a su hermano  Huáscar en 1532 en Quipaypan, cerca de Cuzco, el inca Atahualpa se proclamó  emperador. Después de haber ganado la guerra se dirigió de inmediato a Cajamarca para conocer a los españoles, pero un inesperado ataque por parte del  “conquistador” Francisco Pizarro lo convirtió en prisionero. A los pocos meses fue acusado de traición, de ocultar un tesoro, de conspirar contra la corona española y de matar a Huáscar. Para su rescate fue obligado a pagar con dos habitaciones llenas de plata y una de oro, además de mujeres, entre ellas, su propia esposa. Aunque cumplió con su oferta, fue ejecutado de todas formas. Fue ahorcado en el mismo lugar por el que ahora caminaba tranquilamente como muchos otros turistas. Tristemente hoy en día, el “cuarto del rescate”, en el centro de la ciudad, es la única huella notable que subsiste del Imperio Inca.

La ciudad bullía en una mezcla de urbanización moderna, con el toque histórico que brindaba el pasado colonial, intercalando visitantes visiblemente extranjeros con locales indígenas que se destacaban con sus coloridas vestimentas y unos sombreros blancos que veníamos observando desde que ingresamos a la región andina. Parecían ser cada vez más y más grandes y llegué a creer que no sólo servían para proteger del sol, sino también de una ocasional lluvia y hasta llevar cosas debajo de él como si se tratara de la guantera del auto. Era un mosaico multicultural y a veces hasta bizarro, que se podía contemplar por horas sin que se perdiera el interés en ello.

Los tiempos de viaje parecían ser diferentes para Franziska y para mí y se percibía necesaria una separación de caminos. Sin embargo, el afecto entre nosotros había ido en aumento a lo largo del tiempo y luego de una reconciliación en los Baños del Inca decidimos proseguir juntos hasta San Ignacio, en la frontera con Ecuador.

Nos esperaban unos días duros ya que íbamos a tomar la ruta más difícil para llegar hasta la ciudad de Jaén. Eran caminos secundarios de ripio por los que nos habían asegurado que el avance con nuestras bicis iba a ser trabado. La opción era bajar hasta la costa y volver a trepar por la carretera principal asfaltada, lo cual estaba fuera de cualquier consideración. YanacochaNo sabíamos en la que nos metíamos!!

La primera jornada el objetivo era llegar a la localidad de Bambamarca. Arrancamos cuando el día apenas se insinuaba con las primeras luces y realizamos la trepada inicial por un nuevo camino pavimentado, cortesía de la conflictiva y polémica minera Yanacocha. Cuando llegamos al punto más alto nos encontramos con un espectáculo dantesco: la pila de tierra contaminada más alta del mundo! Las montañas de lixiviación tenían el equivalente a once pisos de altura, donde millones de metros cúbicos acumulados de roca eran tratados con cianuro para extraer el oro. Las tonalidades amarillentas y anaranjadas hubieran resultado más artísticas si hubiera sido en otro contexto. A mi me resultaba un grotesco monumento a la contaminación ambiental...y bien grande por cierto!

Se nos había sumado Lenin, un joven que estaba entrenando un poco y era el primer peruano con una bici de montaña de alta gama que veía hasta el momento. Por las zonas en que habíamos pedaleado la bicicleta era un medio de transporte económico y nada más. Ningún modelo pasaba de las clásicas bicicletas chinas, verdaderos caballitos de batalla todoterreno.

24000 km con Franziska y LeninCon Lenin festejamos los 24000 kilómetros que sumaba en mi viaje, que había coronado al ingresar al valle del Utcubamba. Estábamos pedaleando por un amplio páramo a mas de 3500 metros de altura y esquivando las tormentas que venían castigando nuestros alrededores, pero que por algún extraño motivo no llegaban a descargarse sobre nosotros. Nos despedimos de nuestro ocasional acompañante y encaramos la paulatina trepada hasta los casi 4000 m de la mina acertadamente bautizada “la Cima”. El día se nos había filtrado entre los rayos de las bicicletas y aún nos faltaban poco más de 50 kilómetros para llegar a nuestro destino. No quedarían más de dos horas de luz, por lo que había que apresurarse. Presumimos que teniendo que bajar desde esas alturas el asunto sería rápido y llegaríamos a tiempo. Craso error! Apenas nos internamos en el camino nos percatamos de que las lluvias que azotaban desde la lejanía justamente habían caído por ahí, con lo que la trocha era un barrial resbaloso en el que era muy difícil maniobrar. Para peor, por ser domingo la gente estaba regresando del “paseo al pueblo” y enormes camiones abarrotados de gente encaraban la subida dejándonos poco y nada de espacio por el ínfimo sendero. Las nubes empezaron a descender, impregnando el ambiente de misticismo y una ceguera atroz! La noche caía inexorablemente sobre nuestras espaldas y el tramo final del recorrido se había convertido en una expedición suicida.

Se viene la nocheAl sector inicial que era el más empinado le siguió un largo e interminable rodar en medio de la negrura total, esquivando los huecos como se podía (cuando se podía) e inmersos en una nube que se empeñaba en reflejar la escasa luz de nuestras linternas, de manera que lo único que se veía era un rosario infinito de gotitas frente a nuestras narices. El cansancio acumulado empeoraba la situación. Ya llevábamos más de 110 kilómetros en las ruedas, 2000 metros de trepada y una cantidad de tiempo ridícula sobre nuestros asientos: terminamos con un récord absoluto de 11 horas con 11 minutos!!!! Le comenté bromeando a Franziska que por los tiempos me sentía como si hubiera corrido un Ironman, pero el ambiente no estaba para chistes. El agotamiento y la tensión de las últimas horas la habían dejado fuera de combate y apenas conseguimos donde dormir se desmayó sobre la cama. Había encontrado su segundo talón de Aquiles: pedalear de noche...y en esas condiciones! Así cualquiera!

Si bien antes de quedarse profundamente dormida me había confesado que se sentía fatal y que por ahí habría que quedarse un día más allí para recuperarse, como por arte de magia al día siguiente ya estaba dando vueltas desde las 6 de la mañana y con su típica ansiedad tempranera. En cambio a mi la resaca del día anterior me había agarrado con un poco más de retraso que a ella y la sola idea de despegarme de las sábanas me hacía doler el cuerpo.

El bus de la tarde.Pero no hubo manera de negociar por un día de descanso y a duras penas si conseguí unas horitas extra de reposo. Con un letargo notable y refunfuñando por lo bajo me sumé a su hiperactividad matinal y luego de limpiar las bicis en un lavadero cercano y de hacer unas reparaciones de emergencia en mi parrilla delantera proseguimos viaje.

No era un día tan exigente como el anterior, pero el deplorable estado del camino hizo que los kilómetros pasaran lentamente. Coincidimos en el pueblo de Chota para una celebración local, por lo que parecía que todos los pobladores estaban en sus calles. Debíamos pasar por un caos, pero en vez de vehicular esta vez era humano. Huimos de esa conglomeración asfixiante y nos detuvimos más adelante para echar algo de combustible en el tanque. Aparentemente no era común ver ciclistas de nuestra calaña por esa zona y enseguida fuimos rodeados por los pobladores de Lajas, que insistían en que nos quedáramos allí. Pero nosotros queríamos avanzar un poco más y así culminamos la jornada en el pueblito de Cochabamba. Llevábamos 8 horas de andar en nuestras piernas y se hacían notar!

Camino asesinoOtro de los inconvenientes que teníamos con Franziska eran las diferencias en nuestras apreciaciones sobre los objetivos de cada día. Su historial deportivo como corredora de largas distancias influenciaba bastante en las metas que proponía, planificando tramos que para mí resultaban utópicos. Esa ocasión discutimos varias veces sobre lo que nos aguardaba la siguiente jornada. Ella insistía que podíamos llegar de un tirón a Jaén, que estaba a unos 140-150 kilómetros de allí. Pero no eran unos kilometritos así nomás: los primeros 40 eran de subida, luego 60 de bajada, todos por un camino de ripio que nos venían adelantando sería una pesadilla en comparación con los que ya habíamos rodado, y después, como remate, un “tranquilo” andar por asfalto hasta la ciudad. A mi me parecía imposible. Los ánimos desgastados por el esfuerzo de los días anteriores y una combinación letal de humores cruzados desembocó en un “divorcio prematuro”. Esa madrugada Franziska se marchó y me dijo: “nos vemos en Jaén”, a sabiendas de que eso era el equivalente a un adiós. Sin mediar más palabras, en la negrura de la noche que aún se negaba a partir, desapareció en la oscuridad de las primeras curvas de la subida. 

La situación me había descolocado un poco, pero no tenía muchas opciones por delante. Si quería verla de nuevo, debía pedalear y a eso me aboqué con todas mis energías. La subida hasta Cutervo fue pausada y poco a poco fui ganando altura y terreno. La bruma matinal se iba disipando y un tibio sol me secó el sudor de la trepada. Hice un alto a comer algo y preguntando por “otro ciclista” me dijeron que mi “novia” iría una media hora delante de mí. Bueno, tan mal no venía! Por ahí sí llegaba a Jaén y la podía ver una vez más! Basura!

Mirando el mapa, el camino pasaba a ser de una raya marrón, sinónimo de camino de tierra, a una delgada línea gris que en las referencias figuraba como senda o trocha. Eso sólo podía significar una cosa: el estado del camino iba a ser fatal! Y el mapa no mentía...

Los primeros kilómetros se hicieron rogar, con una escalada casi vertical por un pedrero que era el camino hacia el basural del pueblo. Con una impavidez escalofriante, los camiones arrojaban toneladas de desechos por las laderas de los cerros, dejando un triste velo de contaminación por el que infinidad de moscas y aves carroñeras pugnaban junto con algunos humanos por los residuos de alimentos que allí se podrían encontrar. Un panorama triste y desolador que encima, atestiguaba en cámara lenta.

Por fin llegaba el momento de la ansiada bajada! Si le metía pata por ahí me daban los tiempos para llegar al asfalto y seguir hasta Jaén! “Qué iluso!”, pensaría luego de los primeros tramos saltando a los tumbos y temiendo que se me saltaran los dientes del traqueteo infernal con el que me desplazaba. Por primera vez habían acertado en el diagnóstico del estado del camino y era verdaderamente un infierno! La cantidad de rocas sueltas asustaba e impedía desprender los dedos de los frenos por un segundo. Ni hablar de ir sentado! Eso estaba fuera de cualquier consideración. Llegué a temer por la integridad estructural de Maira. Aunque era atemorizante, lo estaba disfrutando por la atención que tenía que poner permanentemente para no partirme la cabeza. Era adrenalina pura!

Un repecho inesperado borró la sonrisa de mi cara. Cuando vi por dónde iban trepando los escasos vehículos que pasaban me desanimé por completo y descarté de plano el llegar a tiempo, inclusive al cruce con el ansiado asfalto. Farol lunarCurvas y contracurvas con una pendiente desproporcionada se abrían frente a mis ruedas hasta internarse en una cima tapada por frías nubes.Consulté con unos paisanos locales si habían visto a mi compañera y me respondieron que había pasado hacía media hora. Sería así? Animado nuevamente encaré la ingente cuesta que uno de mis ocasionales interlocutores llegó a hacer más rápido que yo...caminando! La bruma helada calaba los huesos pero cuando dejaba un huequito para pispear el paisaje daba la sensación de estar asomando la cabeza por la ventanilla de un avión. Y así olvidaba por unos instantes el sufrimiento al que estaba sometiendo a mi vapuleado cuerpo.

Seguí con esa tortura interminable que no me dejaba ir más allá de los 10 km/h cuando a mitad del descenso llegué al poblado de Capillas. Volví a preguntar por Franziska y la gente de la despensa donde estaba me contó que había pasado por allí hacía media hora. Ya estaba comenzando a dudar de la precisión de los relojes peruanos cuando un hombre se me acercó y me dijo:

- su novia dejó dicho que lo veía en el cruce de caminos.
- si? Y hace cuánto fue eso??
- media hora más o menos. Se fue en una camioneta.
- cómo? Pasó algo? Cómo estaba????
- me dijo que se había caído unas veces y que no aguantaba más el estado del camino. Es que está muy malo, vio?

No hacía falta que me lo aclarara. Eran las cuatro de la tarde, me restaban otros 30 kilómetros de masoquismo, pero sabía que Franziska estaba allí abajo por lo que tenía que hacer el esfuerzo de llegar. Desistí de mi idea de culminar la jornada en ese mismo lugar y proseguí mi derrotero a los saltos. Tan mal era el estado del camino que por tramos el arroyo que acompañaba el camino se convertía en la misma carretera!

La luna se había convertido en mi farola cuando por fin avisté el caserío de Chiple, en el cruce de caminos. Había corrido un nuevo Ironman con un nuevo récord de 11 horas 19 minutos posado sobre el asiento de Maira. De repente, de la penumbra del umbral de una casucha reconocí una figura que se acercaba hacia mí. Era Franziska, con una más que apreciada botella de gatorade en la mano. Fue como tocar el cielo con las manos! Estaba fusilado, pero había llegado!

Hyatt ChipleNo hablamos mucho del tema. Simplemente me dijo que el roquerío nefasto le había hecho perder el equilibrio en varias ocasiones y que ante el panorama de exponerse a una fractura y con el agotamiento de los brazos que traía por los golpes que venía dando, optó por seguir su instinto racional y se subió a la primera camioneta que encontró. Podría haber seguido por el asfalto hasta Jaén, pero me había esperado allí. Estaba feliz por su decisión...

Durante todo el día había soñado con tener un lugar cómodo donde reposar los huesos, una buena ducha para sacarme la pegatina de sudor y tierra que me cubría de pies a cabeza, pero no pudo ser así. En Chiple esa opción no existía y lo único que encontramos fue un “hospedaje” que era un chaperío más parecido a un rancho de un barrio de invasión que un sitio donde pagar por pasar la noche. La dueña era muy amable, pero eso no Ducha en el Hyatt Chiplemejoraba los servicios del lugar. Enjaulados entre esos trozos de lata, en un colchón más duro que el mismo piso, luego de haberme “duchado” en la canilla de la terraza y correteando alguna que otra cucaracha del lugar, me dormí placidamente como si hubiera estado en la habitación presidencial del Hyatt...bueno, en todo caso, era el Hyatt de Chiple.

El cuerpo reclamaba urgente un poco de descanso y el trayecto a Jaén fue un remanso de pavimento que no se hizo sentir tanto como los días anteriores. Cuando nos acercábamos a la ciudad vimos un cartel que anunciaba un hotel con piscina y por curiosear nomás fuimos a ver cuánto costaba una habitación allí. Pensé que iba a ser un precio ridículamente alto y fuera de nuestro presupuesto pero para mi sorpresa, era de lo más accesible! No lo dudamos un instante y a poco de llegar estábamos instalados en un cuarto alfombrado, con aire acondicionado, TV con cable, baño privado y acceso a la piscina! Y por unos pocos solesmás que el laterío de la Un mismo caminonoche anterior. Perú era un país económico (siempre y cuando se estuviera fuera de loscircuitos turísticos masivos) y a veces estas relaciones de costos eran de otro planeta! Hasta nos pudimos deleitar con unas buenas lasañas, plato preferido de Franziska y difícil de encontrar en estos recónditos parajes.

Nos quedaba una jornada más de pedaleo hasta San Ignacio, última parada antes de ingresar al Ecuador. El asfalto nos acompañó hasta la mitad del camino y volvimos a retomar el ripio, pero esta vez era una seda comparado lo que habíamos experimentado anteriormente. En una de las tantas paradas a tomar sucedió algo que me hizo molestar más de lo habitual. Se acercó un moto-taxi con una familia en la que el niño, de unos escasos 4 añitos, no cesaba en gritarme “gringo, gringo”, pero de una manera agresiva y molesta. Los padres hacían gala de una indiferencia total. Me dirigí al chico y enérgicamente le expliqué que no era gringo y ahí concentré mi atención en el padre. La moto rebosaba de imágenes del Che, muy populares por cierto en casi todas partes por las que habíamos pasado, y con indignación le solté:

- Usted sabe quién es ese de las calcomanías?
- Silencio...Mirada lobotómica perdida en el horizonte...
- Es el “Che” Guevara, continué, un guerrillero que casualmente, era argentino, como yo. Y que luchaba contra el imperialismo Americano, o sea los gringos. Así que por favor eduque a su hijo para que deje de andar gritando de esa manera a cuanto blanco se cruce porque no todos somos gringos. Y como argentino, es una ofensa que me llame así. Sino saque todas esas pegatinas de ahí ya que no tiene idea de lo que representan!
- Más silencio...más mirada lobotómica perdida en el horizonte...

Era inútil, pero al menos me había descargado la rabia y podía seguir con la sangre a punto de ebullición para encarar la última subida. Que por supuesto, fue mucho más larga de lo esperado y terminé llegando de noche. Franziska ya había arribado y cuando consulté en la policía si había dejado dicho dónde nos alojaríamos me respondieron:

- En el Gran Hotel San Ignacio.

Tránsito vacunoTemblé por mi presupuesto. Ese nombre era equivalente a muchos soles por noche. Cuando lo vi por fuera aumentaron mis temores. Entré dubitativo pensando que me había equivocado cuando la vi venir a Franziska radiante y sonriente. Susurrando le pregunté qué hacíamos ahí, que necesitaba la bici para viajar y que si la vendía para pagar la habitación tendría que seguir a pie. Pues resultó que el lugar era una bicoca total! Con desayuno y servicio a la habitación incluidos! Arrastré a Maira escaleras arriba y me desplomé en la confortable cama...por dos días seguidos! Tan cómodo me sentía que ni se me pasó por la cabeza dejar las instalaciones del hotel.

Supuestamente era el momento de la despedida, pero una vez más los sentimientos habían conseguido una prórroga y el viaje de a dos continuaría hasta la ciudad de Cuenca, en Ecuador.

Después de unas merecidas mini vacaciones y con las bicis decoradas acorde a las festividades navideñas que se acercaban, dejamos el confort del hotel para regresar a la polvorienta carretera que nos conduciría a un nuevo país. El paso fronterizo de Balzas no era de los más frecuentados, e incluso cuando preguntamos en migraciones del lado ecuatoriano para hacer los trámites de rigor, un policía me contestó que su colega, el encargado de hacer los papeles de entrada, estaba pegándose un baño...del lado peruano!!Directo a Zumba!

No podíamos quedarnos a esperar allí “un ratito nomás” a sabiendas de lo relativo que era el tiempo en estas latitudes. Aún restaban unos 20 kilómetros de camino en mal estado, y sabíamos que no eran sencillos. Insistí e imploré piedad y finalmente terminamos llenando los formularios casi de manera independiente y con la ayuda del oficial que no tenía nada que ver en el asunto. Listo! Bienvenidos al Ecuador!!

Franziska venía mal del estómago y prácticamente no podía pedalear. Así que aprovechando el único vehículo que parecía estar ingresando le conseguí un lugar en la caja trasera para que se pudiera acomodar y llegara antes a Zumba.

De bueno la bienvenida a este nuevo país no tuvo nada!Como un anticipo de lo que nos esperaría más adelante en los Andes ecuatorianos, esosescasos 20 kilómetros se hicieronBienvenido al Ecuador!eternos! Las tres subidas empinadísimas que me tocósuperar, en las que las ruedas no conseguían tener la tracción mínima para aferrarse a las piedras sueltas que tapizaban el camino, casi me llevan a la tumba! Ya no sabía con que parte de mi cuerpo hacer fuerzas. La noche me había envuelto con su velo y los pocos vehículos que circulaban me cegaban con sus luces. Estaba por maldecir al que había decidido detenerse a mi lado justo en medio de la última trepada cuando reconocí a Franziska adentro del vehículo sonriendo y alcanzándome un gatorade helado. No lo podía creer! El “ángel adelantado” una vez más en acción!!!

El asunto siguió igual de peliagudo y las trepadas no nos dieron pausa ni respiro. El día que llegamos al poblado de Vilcabamba habíamos acumulado más de 2500 metros de trepada en una etapa de interminables y eternas subidas. Al menos en el último tramo había regresado el asfalto, ya para quedarse, y pudimos hacer una llegada digna de un remate final en una carrera de ciclismo. El abatimiento era general y decidimos quedarnos un día en ese apacible pueblito, considerado la meca del descanso ecuatoriano, simplemente haciendo eso: descansando. 

El paso por Loja y Saraguro, con su atractiva población indígena distinguible por sus particulares vestimentas tradicionales significó otra buena dosis de ascensos y descensos interminables. Cuando veníamos haciendo la bajada final hacia Cuenca mi neumático trasero decidió jubilarse sin pedir permiso y dejando que la cámara saliera a conocer el mundo por un extenso tajo, se produjo un estallido que no sólo alteró mi capacidad cardiaca sino que casi me cuesta los dientes: faltó una nada para que perdiera el control y me fuera de bruces contra el piso. Como si se quisiera negar a cerrar un ciclo, Maira se encaprichó de nuevo y pocos kilómetros antes de llegar a la ciudad me regaló un tedioso pinchazo, esta vez en la rueda delantera. Como para emparejar, no?

Cuenca!Ahora sí, en la bella y colonial Cuenca habíamos llegado al final de nuestro camino juntos con Franziska. A mi me esperaban las Aldeas Infantiles SOS donde iba a pasar las navidades en familia y por su parte, Franziska tenía pendiente un vuelo en Quito que la llevaría hasta Ushuaia, para comenzar su propia aventura remontando el sur del continente sudamericano a pedal hasta llegar a Bolivia.

Con el tiempo habíamos superado nuestras diferencias, aprendiendo a convivir en las difíciles condiciones que supone viajar de esta manera, queriéndonos y respetándonos cada día más. Los sentimientos habían crecido poco a poco, como los kilómetros que habíamos recorrido juntos.

Un sinfín de recuerdos de Franziska quedaron atados al cuerpo de Maira. Un casco nuevo, un chaleco, una pulserita, todos me recordarían cada día su sonrisa y esa mirada transparente...pero sobre todo, sus ruedas habían dejado una gran huella marcada en mi corazón.

Nos veríamos de nuevo? Tengo el presentimiento de que así será...hasta entonces cariño, y buena senda! 

UnidosVergissmeinnicht!Unidas

Hasta la próxima!

Damián

Cajamarca: el flagelo contemporáneo  

La ciudad de Cajamarca figuraba en mis apuntes mentales desde hacía mucho tiempo antes de que llegara a ella. Y no era precisamente por la triste historia de la captura y asesinato del Inca Atahualpa, sino más bien por un asunto más reciente y cercano en el tiempo. Se trataba de la problemática socio-ambiental generada por la explotación de la mina de oro Yanacocha. 

El yacimiento de Yanacocha es la mayor mina aurífera de Sudamérica y está ubicada a sólo 48 km al norte de la ciudad de Cajamarca. Se sitúa a gran altura en la cordillera de los Andes, entre 3400 y 4100 metros sobre el nivel del mar. Comprende seis minas a cielo abierto, cuatro canchas de lixiviación y tres plantas de procesamiento. La propiedad de la mina abarca una superficie total de más de 30.000 hectáreas (1572 kilómetros cuadrados) y se sitúa en la zona de cuatro importantes cuencas hidrográficas en la divisoria continental.

Yanacocha fue ideada como una mina con una vida útil relativamente corta, que funcionaría durante 10 años. Sin embargo, ante el enorme éxito de las actividades de exploración, la empresa ha continuado sus operaciones. Desde 1993 la mina está siendo explotada por un consorcio integrado por la empresa norteamericana Newmont Mining Corporation (51,35%), la empresa peruana Compañía de Minas Buenaventura (43,65%) y la Corporación Financiera Internacional, organismo dependiente del Banco Mundial.

El inicio de las operaciones de la multinacional de EEUU Newmont en Cajamarca, vía su filial Yanacocha, ha desencadenado problemas sociales y ambientales graves. Los habitantes de las comunidades aledañas y de la ciudad de Cajamarca expresaron diversas inquietudes, tales como repercusiones sociales y ambientales adversas, ausencia de consultas adecuadas con las personas afectadas y fallo en distribuir de una manera equitativa los beneficios derivados de las actividades mineras. Los conflictos entre la comunidad y la compañía minera se intensificaron después de un polémico derrame de mercurio en el año 2000. El cuidado del medioambiente por la empresa minera es desde entonces cuestionado por varias ONGs.

Mi acercamiento a este tema vino de la mano de mi gran amigo Jonas Lambrigger, inspirador e instigador de este viaje que estoy realizando en bicicleta por el continente Americano. Una vez que Jonas finalizó la odisea que hoy me toca vivir a mi, regresó a su patria natal en suiza y se abocó a estudiar historia y geografía. Pero la huella dejada por el aspecto social durante su travesía hizo que adquiriera un grado de compromiso muy grande. Su pasión por el montañismo lo había acercado al Perú, y la dura realidad que pudo vivenciar en estas latitudes lo llevaron a realizar un excelente trabajo como tesis final de su carrera, justamente enfocado en la problemática derivada de las acciones de la minera Yanacocha.

Tuve el privilegio de revisar la versión en español del manuscrito mientras realizaba los preparativos para largarme a pedalear por América y me quedé impresionado y conmovido por el material que se presentaba allí, además de las historias, a veces dignas de una película de suspenso o de terror, que me contó de los difíciles meses que pasó en la región recabando la información para elaborar su trabajo.

Por eso los invito a sumarse a este llamado a la conciencia y a interesarse en una temática que parecerá lejana para algunos, pero que afecta a muchos. Y este no es el único caso. Que sirva como lección para las generaciones futuras...

Pueden ver un resumen del trabajo de Jonas clickeando aquí, o darle una mirada al sitio web de la ONG Grufides, con quien mi amigo estuvo en estrecha colaboración mientras realizaba sus investigaciones.

Gracias por su interés y compromiso.

Agradecimientos

Mairena, Susana y Patricia, ibéricas divertidas y simpáticas, por la compañía durante la navegación desde Iquitos hasta Yurimaguas y los momentos compartidos en esta última localidad.

Juan Hemerson Rodríguez Coronado, por permitirnos compartir un momento hogareño con tu familia. Gracias también a Juan Hemerson, Jesús Leonardo, Hemerson Leonardo y Susana!

Carlos Lenin Jara Fernández, por la compañía pedaleando junto a nosotros camino a Bambamarca.

Susanne & Andreas, una pareja de alemanes recorriendo el mundo en camioneta, por su simpatía y por tomarse un tiempito para charlar con nosotros camino a Loja.

Lucy Kwan, una ciclista de Vancouver recorriendo Ecuador, por los breves momentos que rodamos juntos. 

Judith Ochoa Rios, por brindarnos alojamiento en salón parroquial en La Paz, Ecuador.

AlegriaComplicidadCamaradería

Franziska, por haberte arriesgado a sumarte a este modo de vida, compartiendo los buenos y malos momentos del camino, por tu cariño incondicional y ese sentimiento que fue creciendo poco a poco como los kilómetros que recorrimos juntos. Gracias por tantas cosas! Buena senda y que los vientos nos vuelvan a juntar...

Algunas estadísticas

En este período de pedaleo
Días en el camino: 31
Días de pedaleo: 23
Kilómetros recorridos en bici: 1766 km – 906 km en tierra/arena/ripio
Promedio de kilómetros recorridos por día: 76,8 km
Horas sobre la bici: 148h04m (6d04h04m)
Promedio de velocidad: 11,9 km/h
Metros trepados: 30.105 m
Altura máxima: 3963 msnm, Mina La Cima, Hualgayoc, Perú (07-12-2008)

En todo el recorrido
Días en el camino: 567
Días de pedaleo: 302
Kilómetros recorridos: 25.351 km - 2866 km en tierra/arena/ripio
Promedio de kilómetros recorridos por día: 83.9 km
Horas sobre la bici: 1.619h01m (67d11h01m)
Promedio de velocidad: 15,7 km/h
Máxima velocidad: 81,5 km/h, bajando el Sunwapta Pass, Canadá (15-08-2007)
Metros trepados: 251.979 m
Altura máxima: 4059 msnm, Pico del Águila, Venezuela (04-08-2008)

Veces que superé el tiempo de una carrera de Ironman sentado en la bici: 2...más que suficientes!

Peleas y reconciliaciones que tuve con Franziska durante el tiempo que compartimos por los caminos: mmmm, perdí la cuenta!!!


MelancolíaContemplaciónElegante Timidez



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