36) Sudando el Amazonas
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Me encontraba recién llegado a Brasil. Después de muchos meses de hablar español, o al menos las variantes que fui encontrando en cada país, ingresaba a una nación que manejaba otra lengua, el portugués. Si bien otros viajes que había realizado en tierras cariocas ya me habían dado algunas herramientas básicas para defenderme con mi “portuñol”, inmediatamente me percaté de que el asunto idiomático no iba a ser tan trivial. El acento en esta región norte del Brasil me resultaba casi ininteligible y mi manera de hablar brasilero estaba muy oxidada después de varios años sin practicarlo. Conocía las bases: siempre utilizar una tonadita como si estuviera cantando y si no sabía una palabra, la generaba a partir del castellano agregando alguna terminación que sonara al lenguaje local. Pero por supuesto, no todo podía terminar en “oao” o “iño”. La explicación de mi derrotero a los oficiales de migración pareció ser bastante acertada, sino graciosa para ellos, y crucé a este nuevo país sin inconvenientes.
Lo primero que hice en el fronterizo poblado de Pacaraima fue conseguir algunos reales en el cajero automático e inmediatamente me dirigí a uno de los tantos puestos de venta de productos regionales a comprar los famosos bombones “Garoto”. Constituían un sello característico de esta nación y estaba más que ansioso por hincarle el diente a estas deliciosas golosinas.
Satisfecho con mi adquisición y habiendo devorado una buena parte del contenido de la caja retomé los pedales para iniciar una jornada que se presentaba extensa. Eran pasadas las doce del mediodía y sólo había hecho el tramo desde Santa Elena de Uairén hasta la frontera, no más de 20 kilómetros. La primera ciudad, Boa Vista, distaba a 220 kilómetros de allí y el primer lugar donde poder recargar energías a más de 120. Era momento de partir!
El primer tramo que me tocó recorrer fue la bajada de la meseta de la Gran Sabana hasta los llanos amazónicos, por una carretera bastante deteriorada por el desgaste. Esos casi mil metros de diferencia en la altitud parecían haber incrementado en una proporción igual los grados del termómetro! El calor se tornó sofocante y el alto contenido de humedad hacia que el andar resultara asfixiante. Como si hubieran perforado varios orificios en mi frente, el sudor comenzó a caer a chorros por los lados de mi cara, brotando también de los lugares más insospechados de mi anatomía. Me sentía una regadera vertiendo líquido en continuo... y encima pinchada!
El objetivo a corto plazo era llegar a la ciudad de Manaos, a unos 1000 kilómetros de distancia, visitar a la Aldea SOS de dicha ciudad y luego emprender la navegación del río Amazonas, para así regresar al costado occidental de continente por donde continuaría mi derrotero hacia la Argentina. La idea de transitar esta región del mundo era poder ver con mis propios ojos la magnitud y el esplendor de la famosa selva Amazónica, el pulmón verde del planeta. Pero se ve que en el estado de Roraima la naturaleza tenía un poco de asma y carraspera, porque lo único que veía a los lados del camino eran pastizales y tierras destinadas a la ganadería. Bueno, pensé, tal vez sea la zona de transición con la Sabana y más adelante llegue la selva con toda su exhuberancia y esplendor! Paciencia nomás...
A pesar de ir devorando distancias con ferocidad, el sitio donde supuestamente podría conseguir comida y un techo para pasar la noche no aparecía. Un par de campesinos que caminaban junto a la carretera confirmaron mis sospechas: aún me quedaban unos 30 kilómetros que no tenía muchas ganas de hacer de noche. Siguiendo una trocha lateral me alejé de la ruta unas centenas de metros y bajo el arrullador sonido de los electrones circulando por los cables de alta tensión me desplomé en la carpa. A pesar de que el sol ya se había ocultado, la total ausencia de viento hacía que la sensación de sofoco no aplacara y sentía que mi cuerpo se derretía en un charco de transpiración. Esa noche cené el pegote resultante de los garotos que me quedaban, que ya no encontré tan apetecibles como antes...
Al día siguiente arranqué temprano para aprovechar el “frescor” de la mañana. Una efímera sensación que duró apenas hasta que el sol se elevó sobre el horizonte y comenzó a escaldar el ambiente. Sólo eran las 8 de la mañana cuando encontré el esquivo parador que buscaba el día anterior, donde me detuve unos instantes a degustar mis primeros “bolos” y un jugo de una exótica fruta amazónica llamada murici. Me arrepentí inmediatamente cuando sentí el intenso sabor ácido de la bebida recorriendo mi garganta. Al principio pensé que estaba fermentado o pasado, pero nuevos intentos posteriores me demostraron que era el sabor original del fruto, que a partir de allí traté de evitar sistemáticamente. En cambio, el cupuaçu pasó a formar parte de mis frutas tropicales favoritas, así como el açaí, que era considerado un energizante natural, más que adecuado para los fatigados músculos de un ciclista. Me regalaron una pequeña botellita que contenía una mezcla de productos naturales de la región y que supuestamente me daría energías “para cualquier actividad que quisiera realizar”. Sería tan así??? Mi imaginación volaba!
Si bien mi presencia despertaba cierta curiosidad, la gente brasilera rápidamente me demostró que no resultarían “acosadores” como en otras latitudes y podría disfrutar de mis momentos de descanso sin tener que responder como loro siempre las mismas preguntas. Aunque acá resultaba más divertido ya que era todo un desafío comprender a mis ocasionales interlocutores y también el hacerme entender. Inmediatamente reconocí el saludo universal en Brasil y que recibiría incontables veces a lo largo de mi recorrido por esta región: el pulgar en alto como diciendo, “bien, che, dale palante nomás!” (en argentino, claro está!).
Los 140 kilómetros que me tocaron rodar esa jornada hasta Boa Vista no fueron tan sencillos como esperaba. Apenas dejé el refugio que me brindaba el parador ingresé a un infierno como no recordaba. Laradiación solar despellejaba mi piel sin piedad totalmente indiferente al protector con el que me había untado hacía un par de horas y las reservas de agua fresca que había recogido pasaron a ser más apropiadas para prepararme una infusión. Empezó la cacería de las sombras.
Dado lo escaso de la vegetación circundante, el hallar un recoveco donde reposar del abrasador calor implicaba un desafío de proporciones mayúsculas. Las eternas rectas parecían disolverse en el horizonte, donde los espejismos que se asemejaban a charcos de agua se esfumaban como el sudor de mis poros ni bien me acercaba a ellos. Nunca agradecí tanto la aparición de las nubes! Pero su inicial protección se convirtió en unos vientos huracanados y una lluvia que amenazaba con arrastrarme con bici y todo. Las gotas que caían se evaporaban al instante generando un efecto “sauna” que hacía aún más sofocante el andar, si es que eso era posible.
No me quedó otra opción más que meterle pata para llegar lo antes posible a mi destino, pero por supuesto, como cuanto más apuro se tiene, más complicaciones surgen, esta vez vinieron de la mano de un pinchazo...al que le siguió otro...y luego otro!!! Si, tres al hilo y en la misma rueda! Como venía confiado en conseguir repuestos para la bici en Boa Vista, mis reservas de cámaras venían en baja, al igual que los preciados parches para hacer nuevas reparaciones. Ya pensaba que tendría que hacer dedo para recorrer los 20 kilómetros restantes, pero por suerte el último arreglo resistió los embates del camino hasta finalizar el día.
Ya era de noche cuando entre en la ciudad y en la oscuridad salpicada por las luminarias de las farolas, todo me parecía exactamente igual. Era una urbe muy grande para lo que venía acostumbrado últimamente y como preguntando se llega a Roma, pude encontrar mi camino hacia el centro sin mayores inconvenientes. Allí me encontré con Pablo Martín, el español con quien habíamos hecho la caminata al Roraima. Habíamos entablado una buena amistad y como se encontraba estudiando en el lugar, me convidó a compartir habitación en el hotel en el que se estaba quedando. Precisaba un día para reacomodar mi equipo y atender un poco los caprichos de Maira, así que el diminuto cuarto se convirtió en una verdadera tienda de gitanos cuando hice mi lavado de ropa-ducha habitual y extendí el equipo de campamento para que se secara. Qué paciencia la del pobre Pablo!!
Me aguardaba otra jornada extensa y de largo aliento, por lo que aproveché para comer lo más posible mientras estaba en medio de la “civilización”. Con el tanque lleno emprendí el camino con rumbo hacia Caracaraí, un pueblito que quedaba a unos 140 kilómetros de distancia. El paisaje siguió manteniendo su monotonía empedernida, el sol no dio brazo a torcer y mis piernas quedaron reducidas a polvo de andar en esas condiciones tan poco confortables. Pero al menos no tuve que lidiar con nuevos pinchazos!
Al igual que en Venezuela, los costos de alojamiento superaban los valores que podía manejar con mi presupuesto y eso obligaba a recurrir al rebusque. Pero ahora tenia que chamullar en otro idioma! Eso no fue impedimento para que tratara de contar mi odisea en cuanto cuartel de policía y bomberos me encontré a mi paso. Esa noche fueron los Bomberos de Caracaraí los que me brindaron un rinconcito donde montar mi carpa y con el amparo de la noche me fui a comer algo por ahí. Observando pasar a la gente del pequeño pueblo pude apreciar que la bicicleta era uno de los medios de transporte más populares del lugar. Pero con una particularidad única: casi todas tenían una robusta parrilla trasera en la que iba sentado un acompañante...que también pedaleaba! Ese estilo cuadrúpedo, en el que los pies de ambos ciclistas se apoyaban en los pedales presentaba una imagen que resultaba muy exótica y bizarra al mismo tiempo.
Mi atención también se vio atraída por las garotas que deambulaban por las calles, cuyos movimientos parecían estar permanentemente asociados con la samba. Qué ritmo llevaban sacudiendo sus caderas al caminar...qué belleza, qué peligro!!!
Si bien la llanura del terreno me permitía recorrer mayores distancias por día de pedaleo, las condiciones climáticas reinantes requerían un cambio de estrategia so pena de quedar calcinado bajo el sol. Así, como ya me había tocado hacer en los llanos venezolanos, lo ideal era comenzar la jornada antes de que empezara a clarear, avanzar lo máximo posible antes de achicharrase con el calor y cuando el desvarío mental empezaba a ser notable, buscar un poco de sombra para evitar estar dando vueltas en las peores horas del mediodía. Claro que la teoría no siempre se ajustaba a la práctica y a veces pasaban horas y decenas de kilómetros antes de encontrar un lugar adecuado donde poder tirarse a descansar. Si bien los pastizales inspiraban respeto por la posibilidad de encontrar alguna culebra agresiva, las que terminaban molestando siempre eran las hormigas, que seguían siendo las dueñas absolutas del territorio por el que pasaba. La selva amazónica seguía brillando por su ausencia...
Siguieron dos días en los que pude ganarle muchos kilómetros al camino, mientras que los carteles publicitando hoteles en Manaos me daban la cuenta regresiva hacia mi objetivo. La carretera estaba en un estado aceptable y el tránsito de camiones era tolerable y no generaba gran tensión en el sistema nervioso. Es más, por ser la única ruta en la región, todos iban y venían por el mismo lugar, con lo que al parar por algún refrigerio, siempre resultaba que me habían visto en una u otra dirección unos días antes y se acercaban a ver qué diablos andaba haciendo con una bicicleta en esas tierras tan poco amigables sin un aire acondicionado a cuestas. Casi siempre ligaba un plato de comida o algo fresco para tomar, así que mis clases de portugués comenzaron a tener ese extra más que bienvenido!
Había llegado al caserío de Novo Paraíso y me dirigí directo a la policía local para preguntar si podía pasar la noche allí. Inicialmente tuve la impresión de que no me estaba expresando bien, ya que parecía que me llevaban hacia el calabozo, pero en realidad me estaban ofreciendo una habitación con una cómoda cama para descansar...y encima en un ambiente climatizado!
Pensé que era producto de mi ya casi permanente “delirium tremens” derivado del calor, pero no, era real y palpable! De esa manera, festejaba mis 23000 kilómetros en el camino con un buen colchón y aire acondicionado!
En Vila do Equador no tuve tanta suerte pero al menos pude colgar mi hamaca en la antesala del ausente cuerpo policial, que estaba atendiendo algunos asuntos personales por ahí. Era la primera vez que me tocaba recurrir a este tipo de comodidades para pernoctar y rápidamente me di cuenta que de cómodo no tenía nada. La imagen idílica que guardaba de estar recostado en una hamaca (preferentemente bajo unas palmeras frente al mar y rodeado de hermosasmujeres) chocó con una realidad más cruda, en la que el pegote derivado de la humedad y la contracturamayúscula que adquirieron los músculos de mispiernas después de 130 km de rodar, hicieron
que no fuera una noche muy placentera. A lo lejos, donde acababan las tierras de pasturas y comenzaban a dar señales de vida los bosques amazónicos, pude escuchar después de mucho tiempo a los queridos monos aulladores. Pero esta vez lamentablemente eran reales...
El 21 de octubre de 2008 era un día muy especial. Me encontraba a escasos 25 kilómetros de la línea del Ecuador y por primera vez en mi vida iba a cruzarla con mi bicicleta. Era un momento esperado por mucho tiempo, el primer cambio de hemisferio, el ver todos ceros en el GPS, el tener una pata y una rueda de cada lado del mundo.
Marché esa mañana, que ya desde temprano se presentaba especialmente cálida. Recorrí la distancia que me separaba del algo deteriorado monumento emplazado justo en la mitad del mundo y me aboqué a sacar fotos inmortalizando el épico momento. Por alguna extraña razón el sol estaba más intenso de lo habitual. A las 8 de la mañana quemaba como lava ardiente y mi revoloteo de chico entusiasmado no ayudaba mucho. Cuando vi que la el velocímetro de Maira marcaba 55 C en el sol me preocupé un poco. Era demasiado! El agua era intomable y si había algo que escaseaba por los alrededores era un poquito de sombra.
Retomé los pedales hacia Jundiá, el caserío que oficiaba de antesala a la famosa reserva indígena de los Waimiri Atroari. Esta tribu había aceptado la construcción de la carretera por la que circulaba a cambio de formar un área de protección natural en su hábitat, de manera de frenar el avance de la ganadería y preservar la región. Sin embargo, existían fuertes restricciones a la circulación en ese tramo y estaba terminantemente prohibido pasar entre las 18 hs y 6 de la mañana, detenerse era impensable y se pedía que se respetara a los nativos absteniéndose de sacar fotos. Los Waimiri se habían forjado una fama de seres agresivos hacia los blancos que se decidían a cruzar por sus territorios, por lo que me habían dicho que probablemente no me permitieran pedalear los 120 kilómetros de extensión que tenía la reserva.
Por ser una zona en relativo estado autóctono, por primera vez en todo el recorrido tendría la vegetación característica de la selva amazónica pegada al camino, existían posibilidades de avistar algo más de fauna que no fueran hormigas y hasta quién sabe, tener un encuentro cercano con los indígenas. Sin embargo me comentaban que esta última opción que no era muy aconsejable. Me lanzarían dardos venenosos? Sería atravesado por una flecha? Terminaría en un caldero de agua hirviente? Todas estas y muchas otras fantasías bullían en mi cabeza sin darme cuenta de que otra cosa estaba bullendo también: mi propio cuerpo!
Estaba rodando por unos repechitos que con 25 grados menos de temperatura hubieran sido insignificantes, pero con el calor que hacía requerían un esfuerzo titánico. Y entonces sucedió algo extraño. De repente el sudor que afloraba por mis poros como el soplido de una ballena se detuvo de golpe. Se me había agotado el líquido en el carburador? Parecía que si, porque sentí como mi cuerpo se recalentaba y dejaba de responder a mis impulsos neuronales, al menos los pocos que me quedaban. Por más que quería hacer girar los pedales, mis piernas se resistían a efectuar un solo movimiento más. Estaban en huelga y parecía que todos los componentes de mi organismo se sumaban uno atrás del otro en solidaridad con los castigados miembros inferiores.
Aún no se cómo me las arreglé para llegar hasta Jundiá. Luego de tratar de ingerir un poco de agua fresca conseguí un pequeño cuarto en la única posada que había por allí y me desmayé. Por las siguientes 36 horas permanecí en estado catatónico, con un ventilador encima de la cara y en agonía permanente. El cuerpo me dolía como si una tropilla de elefantes me hubiera pasado por encima (pero ahí no había elefantes, no?), volaba con 40 grados de fiebre, y para completar el esquema, los pastelitos fritos de carne con los que había desayunado pugnaban por dejar mi anatomía por donde pudieran!
Ducha tibia (ya que el agua fría sólo se conseguía en una heladera), descarga de sólidos mas bien líquidos, revisión de la temperatura corporal, ingesta a sorbos de un poco de agua y vuelta a la cama...esa fue mi rutina que se repetía cada unas dos horas en lo que duró el suplicio. Estaba un poco asustado ya que en una región donde un simple mosquito podía contagiarme con dengue, malaria, fiebre amarilla y cuanta enfermedad exótica se puedan imaginar, empecé a temer por mi integridad física. Ya veía la inscripción en mi lápida:
“Damián López, también conocido como Jamerboi, quiso unir Alaska con Ushuaia en bicicleta pero un mosquito se encargó de que no pasara de la mitad del mundo”
Por suerte cargaba conmigo un pequeño libro de primeros auxilios y al repasar mis síntomas concluí que lo que tenía era un terrible golpe de calor, agravado por una molesta e inoportuna diarrea (como toda diarrea que se precie de tal). Haciendo uso de mi título de doctor (que nada tiene que ver con la medicina pero era lo que había), me receté un tratamiento de recuperación y eché mano a cuanta pastilla había en mi abultado botiquín. Debo haber acertado ya que sino nunca hubieran podido leer estas líneas, aunque aún no estoy muy seguro de los efectos secundarios de mi propia terapia.
Cuando resurgí de las entrañas de la habitación era el fantasma de lo que había sido tan solo unos días atrás. Estaba demacrado, me sentía más débil que nunca y estaba sacudiendo con rabia mis alforjas delanteras que habían resultado de lo más atractivas para miles de pequeñas hormiguitas que habían hallado su camino trepando por una de las cintas de sujeción que tocaba el piso. Para colmo eran de las que con un simple contacto con la piel generaban una irritación con picor insoportables. Lo sabía por experiencia propia cuando quise agarrar unas galletas saladas y en su lugar tuve que correr bajo la ducha mientras profería insultos de toda calaña en un perfecto español... no creo que hiciera falta traducirles a estos insoportables insectos.
Después de un día de “reposo” me decidí a continuar. Estaba a tres jornadas de pedaleo de Manaos, donde visitaría la Aldea SOS local y tendría chances de recuperarme un poco de mi alicaído estado de salud... y mental!
Me esperaba la temible reserva Waimiri Atroari...me dejarían pasar o debería esperar a que algún camionero me llevara? Pregunté en el puesto de control de cargas que había cerca de la cadena que cerraba el paso y a nadie pareció preocuparle mi inquietud. Luego de esperar infructuosamente por una respuesta decidí encarar la carretera y en todo caso que me detuvieran al pasar. Pues nada! Como si mi medio de transporte no fuera diferente a una moto o un auto, pasé frente a la vacía caseta de vigilancia y me adentré, por fin, en el verdadero amazonas.
Los carteles recordando las prohibiciones a las que estaba sujeta la reserva abundaban y eran más que insistentes, pero no era cuestión de pedalear semejante distancia sin siquiera parar un minuto! Fui haciendo breves pausas buscando la siempre preciada sombra y rogando porque un milagro mantuviera las nubes en el cielo todo el transcurso del día. Creo que ese era el motivo por el que avanzaba lo más rápido que me permitía mi alicaído estado de salud, ya que no quería tener que pasar una vez más por el calvario del otro día.
Hasta el límite entre los estados de Roraima y Amazonas la ruta era un compendio de huecos que dejaban la impresión de un ataque militar reciente. Algunos tenían el tamaño de un auto y otra vez los camiones pasaban con un conducir propio de un ebrio pasado de copas. No podía evitar sacar alguna que otra foto del lugar ya que era una oportunidad única de retratar la naturaleza vista desde cerca. Me imagino que la restricción sería para con los habitantes del lugar, que en todo el recorrido no se hicieron presentes. Así como las grandes fieras amazónicas, que aprovecharían más bien la oscuridad de la noche para salir a rondar el lugar en vez del calor infernal del día.
Finalmente terminé de atravesar la reserva bajo un sol aplastante y rogaba por encontrar un lugar donde poder pernoctar. Los 30 kilómetros que tuve que recorrer hasta encontrar un parador de camiones drenaron cualquier vestigio de energías que pudiera restar en mi abatida anatomía.
Casi sin poder articular palabra alguna conseguí que me dejaran colgar mi hamaca en el restaurante “Siga bem camionheiro” y planté bandera. Después de una refrescante ducha y un plato de comida, me senté a observar el pasar de la gente mientras en el televisor sonaban una tras otras las típicas y famosas novelas brasileras.
Había una escena que se repetía constantemente y que marcaba un poco el ritmo del lugar. Cada vez que llegaba un nuevo camión, de él descendía su chofer (generalmente de generosas proporciones abdominales), cuya vestimenta eran un par de bermudas, las clásicas sandalias Havaianas y una toalla al hombro. Lo primero luego de saludar era dirigirse a pegarse un remojón y después se sentaban a comer y charlar ruidosamente. Varios se acercaron al ver a Maira y me preguntaron de dónde venía. Para simplificar mi respuesta se limitaba a Boa Vista y acto seguido me cuestionaban sobre la reserva:
- Você atravessou com onmibus?
- Não, eu fiz com a minha bicicleta.
- Sozinho? Você está maluco! É muito perigoso.
Aparentemente los peligros de los que me habían hablado sobre los waimiri eran reales o por lo menos tenían muy buen marketing, pero la verdad que a mi no me constaba. Sería cuestión de suerte nomás?
La chatura del terreno había cedido lugar a una topografía más quebrada, que si bien no era comparable a las exigencias propias del Perú o Bolivia, el intenso calor convertía cada trepada en un paso de montaña difícil de superar. Mis energías estaban en estado de alerta rojo y los kilómetros se estiraron derretidos por el intenso sol.
Ya había regresado a la región de cultivos y ganadería en la que el verdor amazónico parecía ser simplemente una ilusión. En compensación por el paisaje perdido, la profusión de caseríos y sitios donde poder descansar un rato eran mayores y también se hacía más sencillo renovar mis botellas de agua, que al quedarse vacías, generalmente canjeaba por otras que me daban completamente congeladas recién sacadas del freezer.
Presidente Figuereido se presentó ante mí como un oasis a un beduino en medio del desierto. Conseguí el primer cuarto que encontré y luego de ingerir increíbles cantidades de líquido me desmayé sobre la desvencijada cama.
Me quedaba sólo una jornada más de martirio para llegar a Manaos. Arranqué bien temprano esquivando los borrachines que deambulaban por las calles luego de una prolongada noche de viernes y encaré los 130 kilómetros que me restaban. Por supuesto que no fueron sencillos ya que a medida que me acercaba a la gran urbe, las trepadas parecían querer ensañarse aún más conmigo, en un complot en el que el sol iba como cómplice asediándome sin piedad. Llegué a recurrir a mi toalla para obtener un poco de sombra ya que el mareo que traía era preocupante.
Pasado el mediodía pude avistar el cartel de “Bem-vindo a Manaos” que a esa altura era tan ansiado como la meta final de una etapa del tour de France: la última precisamente. Me sumergí en el caos de tránsito propio de esta mole urbana de casi dos millones de habitantes y dejé que Maira me llevara hasta las Aldeas Infantiles SOS de la ciudad. Había llegado el momento de hacer una pausa en el pedaleo y recuperar fuerzas...
Me encontraba en una ciudad muy particular. Emplazada en el medio de la selva amazónica, Manaos comenzó como un pequeño fuerte hecho en piedra y barro llamado “Forte de São José da Barra do Rio Negro”, construido para proteger la parte norte de la colonia del Brasil a favor de los portugueses. Sin embargo, el desarrollo y crecimiento de la ciudad sobrevino con la llamada Fiebre del Caucho. A finales del siglo XIX, Manaos era la única ciudad del país en tener luz eléctrica y sistema de agua por caños y alcantarillas, y era considerada la ciudad brasileña más desarrollada y la más próspera de la ciudades del mundo. Este apogeo del caucho se dio entre los años 1890 y 1920, época en que la ciudad gozaba de tecnologías que otras ciudades del sur de Brasil aún no tenían, como ser tranvías eléctricos, avenidas construidas sobre pantanos, edificios imponentes y lujosos, como el Teatro Amazonas, el Palacio de Gobierno, el Mercado Municipal y el predio de la Aduana. Fue conocida como el Paris de los trópicos por su derroche de lujo.
Estos tiempos de “vacas gordas” habían quedado en el pasado y ahora Manaos se presentaba como una moderna ciudad que conforma el eje urbano de la región. Me resultaba difícil abarcar la inmensidad del lugar en un contexto natural que se presentaba tan cercano y contrastante con las edificaciones que me rodeaban. Si no fuera porque había llegado en bicicleta, podría decir que era una ciudad como cualquier otra. La magnitud de la selva se extendía cerca de allí, justamente por donde me tocaba internarme en unos pocos días, hacia las entrañas del río Amazonas.
Luego de unos gratificantes días en la Aldea SOS con los niños llegó el momento de partir para organizar la logística del tramo que seguía. Viajar en barco por el amazonas representaba toda una aventura en sí misma, pero hacerlo con la cantidad de cosas que llevaba encima y salir airoso era todo un desafío.
Me mudé a lo de mi amiga Fabiola Valdez, a quien había conocido hacía unos años en Canadá y que por esas vueltas del camino ahora estaba viviendo aquí. Junto con su hija Bianca y su novio Esner tuve la oportunidad de recorrer a fondo los distintos atractivos de Manaos, incluyendo sus playas litorales, los paseos comerciales (donde repuse mi alicaído vestuario), los edificios históricos y por supuesto, la gastronomía local. Desde que había entrado en Brasil que deliraba con un buen “espeto corrido”, un tenedor libre de carnes en el que se encargaban de darle a uno una dosis de proteínas para todo un mes.
Curiosamente, fue en el parque ecológico que había en su lugar de trabajo, el INPA (Instituto Nacional de Pesquisas da Amazônia), donde pude apreciar algunos de los animales típicos de la región que se habían mostrado reacios a dar la cara mientras recorrí los caminos hacia la ciudad. En algunos casos, estaba agradecido por ello!
Navegando por el Amazonas
La odisea de mi viaje fluvial por el Amazonas comenzó cuando mis amigos me llevaron al puerto. Intentar recabar información vía telefónica sobre las embarcaciones que realizaban el trayecto a Tabatinga, frontera con Colombia y Perú, había resultado infructuoso. Ahora en persona, seguía resultando confuso. Decenas de puestos en las afueras del terminal ofrecían viajes al destino que uno buscara, con las correspondientes fotos de las embarcaciones del caso. Era más económico que comprar el pasaje adentro, pero dicho descuento era porque se accedía a los barcos en una pequeña lanchita de manera de evitar pagar los impuestos derivados del paso por las modernas instalaciones portuarias. Evaluando mi equipaje, tuve que desistir y optar por la versión oficial, ya que después de ver por dónde debía bajar al río y las maniobras involucradas en el trasbordo, seguramente terminaría siendo alimento para las pirañas!
Las empleadas que atendían en las ventanillas de venta parecían estar afectadas por el intenso calor y la humedad reinantes en la zona. Con un letargo indescriptible y luego de varios intentos, pude averiguar que tenía tres opciones en las que podía realizar mi viaje. Los tiempos de viaje eran inciertos, las condiciones del mismo también, pero lo que era seguro y bien claro era el precio, que distaba de ser económico. Pero no había alternativas. Sin tener mucha idea de cuál embarcación sería la mejor, lo eché a la suerte y el Voyager III resultó ser el favorecido. Era el más sencillo de todos y me pareció que sería más simple poder negociar el transporte de mis petates.
Para evitar sorpresas desagradables, conseguí permiso para ingresar al muelle y me acerqué al que sería mi hogar por los 6 días de navegación que duraría el viaje. Por suerte conseguí hablar con el dueño, Andy, quien me aseguró que no habría inconvenientes para colocar mis abultados paquetes en la sección de carga.
Viajar en los típicos barcos amazónicos de tres pisos tenía sus particularidades. En estas latitudes el concepto del camarote era un lujo reservado para pocos y todo el mundo se acomodaba en hamacas. No en vano el centro de Manaos era un hervidero de negocios en los que se las podía hallar en todo estilo, tipo y colores.
A falta de carreteras, el río constituía el medio de trasporte masivo por excelencia y las hamacas eran una pieza fundamental en todo equipaje por estas latitudes tropicales.
El 6 de noviembre, bajo una lluvia torrencial, regresé al puerto de Manaos y gracias a la invalorable ayuda de Esner pude transportar todo mi equipo hasta el Voyager III, que ya hervía de gente. Había colocado mis alforjas distribuidas en tres sacos de papas, de manera de reducir en número de bultos y para que además, no llamaran tanto la atención.
Tal como esperaba, intentaron cobrarme un sobreprecio por mi equipaje, a lo que me negué rotundamente citando el nombre del dueño del barco. Quedamos en verlo más tarde cuando éste llegara y silbando bajito me perdí en la multitud que ya empezaba a colmar el espacio para las hamacas.
El caos reinante en el puerto era bastante controlado pero igual tenía esa atmósfera tan común en los terminales latinos de cualquier tipo. El espacio en el barco estaba distribuido de manera simple y sin grandes complicaciones: la parte inferior era la bodega, donde cada centímetro cuadrado estaba aprovechado para el transporte de toda clase de bienes. Lacubierta principal constituía el espaciopara los pasajeros. Era un lugar abierto en el que unos barrales especialmente adosados permitían colgar las hamacas sin mayores complicaciones. La capacidad oficial era para 200 personas, lo que parecía difícil de creer. En la proa había unos pocos camarotes cuyo valor era astronómico y por el final se encontraba el sitio más preciado: el comedor y los baños. La parte superior era como una gran terraza donde se podía apreciar el paisaje litoral mientras se degustaba alguna cervecita en el bar que había en su cabecera. Tiempo después comprobé que justamente esa era la afición principal de los locales: tomar cerveza!
Llegué con bastante anticipación como para asegurarme un buen sitio. La mitad del espacio ya parecía ocupado y en una rápida mirada pude ver los distintos subgrupos que había: el sector familiar, con mamás y niños revoloteando, la zona de borrachines que desde temprano exhibían botellas de cachaça por el suelo, los bulliciosos que hablaban a los gritos, las parejitas que compartían hamaca doble y así. Me acomodé en el espacio familiar, puesto que el cuidado de los chicos requería de presencia adulta todo el tiempo y eso me daba más tranquilidad para las pocas pero cruciales pertenencias que llevaba conmigo. La densidad demográfica fue en aumento hasta que comenzó a ser preocupante. Al momento de zarpar no quedaba un solo resquicio libre y para no perder un centímetro de espacio había que quedarse haciendo guardia. Bastaba distraerse un segundo para que aparecieran alguien más de la nada, colocando sus hamacas encima de uno sin mayores contemplaciones.
Finalmente y con apenas un par de horas de retraso, comenzó la odisea. Durante los días de navegación la rutina sería básicamente la misma: dormir, leer, comer, mirar un rato el paisaje, charlar con la gente, dormir, leer, comer…
No cabían dudas de que los momentos más ansiados del día eran el desayuno, el almuerzo y la cena. Un timbre anunciaba la apertura de las puertas del comedor, donde luego de esperar pacientemente en fila te proporcionaban un plato donde uno se podía servir el menú del caso. Lo bueno del sistema es que era tipo autoservicio, por lo que uno podía llenarse de cuanta comida quisiera, las veces que se deseara. Un punto más que crucial para un hambriento ciclista como yo! 
La variedad del menú seguía los estándares brasileros y constaba de los infaltables arroz blanco, feijoao (porotos negros) y ensalada, acompañados de carne, pollo o pescado. Nada mal por cierto.
Había una abundante reserva de agua potable (al menos a mí no me trajo mayores inconvenientes) y hasta pan para acompañar los platos. El café era liviano y poco sustancioso, como era el denominador común en Brasil y ya me había acostumbrado a beberlo sin quejas. Los más avezados llevaban sus propios platos, lo que garantizaba un servicio rápido, ya que a medida que pasaban los días iban disminuyendo misteriosamente su número y por eso las rondas de servicio se hacían cada vez mas lentas.
Las duchas estaban en el mismo sitio que los baños, por lo que en caso de ser necesario se podían matar dos pájaros de un solo tiro. El agua provenía del mismísimo río por el que
navegábamos y a pesar de su tonalidad marrón era un remanso de frescura en el calor del día. Sin embargo y ante mi sorpresa, las noches eran suficientemente frías como para precisar una manta encima del cuerpo. Por algo muchos empleaban las hamacas de dos plazas como cama y frazada al mismo tiempo.
Había tenido la precaución de pedirle a mis padres y algunos amigos que me enviaran librospara mitigar el paso de las horas, así que inmerso en sus páginas y mechando con la resolución de sudokus, el tiempo fue pasando lenta pero inexorablemente.
La cubierta superior tenía una audiencia fija, permanentemente enclavada allí. Las latas de cerveza circulaban sin cesar y entre juegos de cartas y conversaciones animadas, los personajes de siempre pasaban sus días de navegación. Un televisor resonaba con música brasilera, que se repetía una y otra vez. Presumo que a medida que transcurría la jornada y el nivel de alcohol en la sangre aumentaba, las capacidades auditivas de los espectadores se veían disminuidas ya que el volumen era subido a niveles intolerables. A veces era como tener el parlante en la cabeza... mientras estaba en la cubierta de abajo!
Siguiendo una arraigada costumbre brasilera, sólo se escuchaba música nacional: samba, chorinho, forró, el boi característico de la mata amazónica... y los infaltables Víctor y Leo “ao vivo”. Estos cantantes estaban arrasando con el éxito de sus canciones, que se repetían una y otra vez, siendo festejadas sin cansancio. De tanto oírla, esa música quedó grabada en mis recuerdos como la banda sonora oficial de la travesía. La tonada "Vida_boa" se convirtió en una especie de himno que terminé entonando a viva voz y que aún resuena en mi cabeza...
Observando a la gente podía ver algo especial en los habitantes de Brasil. A pesar de las vicisitudes y de lo duro que pudiera ser la realidad en que vivían, siempre había una sonrisa a flor de piel. El sentimiento de alegría era contagioso. El pulgar en alto, los movimientos espontáneos, naturales y hasta envidiables para danzar una canción, el “tudo bem”, todos eran sellos característicos de un pueblo en el que me sentía muy a gusto.
El paisaje era consistente consigo mismo y nunca defraudaba: caudalosas aguas marrones, vegetación de un verde exuberante en las costas y cielos brillantemente azules, que trocaban cada tanto con las grises nubes para dar algún matiz diferente a los ojos. Por estar navegando contra corriente nos manteníamos pegados a la línea costera, lo que permitía palpar más de cerca la magnificencia de la selva que ahora se preciaba en todo su esplendor. Los atardeceres emocionaban hasta las lágrimas con unos cielos incendiados que parecían de mentira. Por las noches me dedicaba a contar las incontables estrellas que inundaban el firmamento, mientras compartía un rato con Maira sentado en la proa del barco. Estábamos en un mundo aparte y disfrutaba cada momento de él al máximo.
Una de las actividades que más disfrutaba era la de charlar con la gente local. Es decir, con la mayoría del pasaje. De los más de 200 ocupantes sólo 5 éramos “gringos”. Sebastián, de Alemania, James, de Inglaterra, Richie, de Irlanda y Eva, de Holanda completaban junto conmigo ese grupete de personajes que sobresalíamos fácilmente del montón. Compartí buenos momentos con los muchachos, en especial las geniales imitaciones de Victor & Leo por parte de James y Richie, que contaban con un agudo y ácido sentido del humor que me encantaba! También me tocó lidiar con las inseguridades e incertidumbres de Eva, que venía arrastrando una pesada carga en su mochila de vida y andaba a la búsqueda de su destino viajando por el mundo.
Por mi parte ya me había hecho amigo del grupo de madres de mi vecindad y pasaba parte de mi tiempo conversando con ellas y jugando con los niños. Aprovechando el tiempo que ahora era sobrado, me puse a pulir mi técnica de elaboración de pulseritas, lo que atrajo la atención general del público. Como tenía unas cuantas en mis muñecas y me veían haciendo nuevas, se creían que era una especie de artesano o hippie que viajaba por la región vendiendo mis manualidades. Varias veces me preguntaron a cuánto las vendía y no entendían cuando les decía que sólo estaba practicando y que en todo caso, se las podía regalar. Así quedaron desperdigadas por el amazonas mis tres siguientes creaciones artísticas.
Conversando con unos muchachos que trabajaban de pescadores me interioricé un poco más en las durezas de la vida que llevaban en esas latitudes para poder ganarse el pan.Era una vida sacrificada en la que noté un alto nivel de superstición, ya que me contaban que algunas cosas no se hacían, como matar delfines, ya que eso acarreaba una maldición para quien lo hiciera, poniendo en peligro su vida.
Un aliciente para la conservación de la especie! Me contaron truculentas historias de pirañas, aprendíde peces cuyos nombres jamás había oído mencionar y hasta me relataron el escalofriante encuentro con una boa negra, de proporciones fantásticas semejantes a las de la película anaconda! Y eso sin hablar del trepada temido carandirú, un pequeño pez que tiene como afición ingresar al cuerpo por la uretra, resultando muy difícil de extraer por las espinas en forma de anzuelo que tiene su cuerpo. De sólo imaginarlo ya me daban escalofríos! Si de algo estaba seguro, era que en esas aguas no me metería ni aunque me pagaran por ello!
A partir del tercer día comenzaron las paradas. Era sorprendente ver las urbanizaciones que florecían a la margen del río, únicamente comunicadas por vía fluvial. Algunas eran conmovedoramente precarias y otras presentaban un mayor grado de urbanización. Al acercarnos a los asentamientos humanos empezaban a proliferar las curiaras, que como mosquitos al acecho, pululaban con sus ruidosos motores adosados a largos bastones de mando. Cada alto suponía un revuelo de mercancías y pasajeros, inmersos en el caos reinante del muelle. Era el momento de estar atento por la pertenencias de uno, ya que era el momento ideal para que alguien se alzara con el equipaje. Como prueba de esa realidad, en una de las paradas desembarcaron a una chica que pescaron con las manos en la masa y que se había pasado los días anteriores desvalijando el equipaje de varios incautos, incluyendo el de Eva.
En cada poblado seguía subiendo gente y las hamacas seguían proliferando por doquier, como hongos en primavera! Al final de la travesía estimaba que la capacidad del pasaje estaba ampliamente superada puesto que era prácticamente imposible acomodar a alguien más. Las hamacas colgaban por todas partes, inclusive por los pasillos que servían de corredores. El mínimo movimiento generaba un choque con el vecino,
que podía estar rozándonos con su cabeza, los pies o cualquier parte de su humanidad. El concierto de ronquidos era desgarrador y hasta se podían apreciar los arrumacos de alguna parejita ocasional a la que la palabra intimidad le resultaba indiferente. Era un carnaval humano que pese a un cierto grado de incomodidad, valía la pena experimentar en carne propia.
Una de las pocas cosas que me dio pena presenciar fue el descuido general de la gente para con el medio ambiente. Ignorando absolutamente cualquier norma ecológica, toda la basura generada por los pasajeros acababa indefectiblemente en el río. Desde latas de cervezahasta pañales de bebé, una vez utilizado, era arrojado con indiferencia a las marrones aguas comosi la naturaleza dispusiera de algún modo de absorber semejante impacto. Total, la corriente se lo llevaba lejos de
allí... un horror. Más aún cuando comprobé que la señora que limpiaba los baños y la cocina hacía lo mismo con los cestos de residuos que se acumulaban en ambos lugares...pobres peces! Me daba vergüenza como ser humano...
Puntualmente cumpliendo seis días después de haber zarpado de Manaos llegamos a Tabatinga. La tranquilidad se había terminado y ahora tenía que ver cómo hacía para proseguir viaje hasta Iquitos, en Perú. La logística con mi abundante y pesado equipaje era complicada, pero el “gringo team” compuesto por Eva y los muchachos extranjeros me sacó las papas del fuego. Como si fueran porteadores contratados, se hicieron cargo de mis bolsas mientras yo sacaba a Maira y me acompañaron hasta Santa Rosa, al otro lado del río, desde donde debería embarcarme hacia mi próxima destinación.
río.
Las diferencias entre las tres localidades eran notables: Santa Rosa era un caserío precario y que simplemente era el punto de partida de las lanchas que iban hacia Iquitos; Tabatinga era el clásico poblado fronterizo, algo caótico y sin mayores atractivos; y Leticia en cambio parecía una pequeña ciudad moderna, donde se notaban los esfuerzos del gobierno por mejorar la calidad de vida de la gente para que se quedara a vivir en el sitio más aislado y extremo del país. Abundaban las moto-taxis y se respiraba esa calidez que tan bien recordaba del pueblo colombiano.
Al día siguiente conseguí sitio en el servicio expreso y en escasas 12 horas de navegación recorrí lo que me hubiera llevado tres días en las embarcaciones tradicionales. Estaba llegando a Iquitos, en el corazón amazónico peruano y punto de inicio de una nueva etapa.
Hasta la próxima!
Buena senda,
Damián
500 años... o engaños
Uno de los libros que pude volver a leer mientras navegaba por las aguas del río amazonas fue “Las venas abiertas de América Latina”, del célebre escritor uruguayo Eduardo Galeano. Había tenido la oportunidad de hacerlo antes de comenzar la travesía y luego de transitar por más de medio continente Americano, tenía grandes deseos de volver a mirar esa joya literaria con la nueva perspectiva que me había dado el andar por tantos caminos.
Mi amiga Natalia López me hizo el favor de hacérmelo llegar a Manaos y en las largas jornadas de deriva por estas “venas” amazónicas me sumergí en su contenido. Revivir las injusticias sufridas por nuestros pueblos en los últimos 500 años y revisar nuestro pasado con el legado de desigualdad y miseria que nos ha quedado me llenó de bronca. Al punto que a medida que avanzaba con su lectura me indignaba, insultaba por lo bajo y me salían lágrimas de ira.
La historia era triste para muchos en beneficio de pocos. Una constante que había podido comprobar en muchos sitios al pasar con mi bicicleta y que parecía ser moneda corriente sin que preocupara demasiado al resto del mundo.
Si bien a veces parecería que no hay indicios de un futuro mejor, esta obra de arte es un bálsamo para la memoria, para aprender de los errores cometidos y encarar el presente con ansias de un mañana más justo para todos. El cambio está en nuestras manos y de a muchos pocos se puede hacer mucho.
Por esas vueltas del camino llegó a mis manos un material imperdible y recomendable para cualquiera que tenga alguna inquietud acerca de Latinoamérica. Una serie radiofónica que combina un conjunto de audios basados en este emblemático libro y que les invito a escuchar.
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Y como “yapa”, la presentación de la memorable serie “Memoria del Fuego” por su autor Eduardo Galeano. Que lo disfruten!!
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MITOS |
MUJERES |
ARTE |
NEGROS |
Agradecimientos:
Pablo Martin, por la buena onda y la amistad que forjamos en los días de caminata por el Roraima y por tu hospitalidad “de la ostia” en Boa Vista.
Gilson de Lima e Silva, por compartir tu almuerzo conmigo camino a Caracaraí.
Comandante Romildo Santana, por permitirme pernoctar en las instalaciones de Bomberos en Caracaraí.
2do. Sgto. Policía Militar de Roraima, José Renaide Guimarães da Silva, por alojarme en las instalaciones del cuartel policial a mi paso por Novo Paraíso.
Raimundo Nonato, por ese almuerzo que me convidaste en Nova Colina.
Gleide Gonçales, por la amena conversación y regalarme el CD evangélico de tu hija en Vila do Equador.
Fabiola Valdez y Bianca, por su amistad, hospitalidad y el apoyo logístico en Manaos sin elcual las cosas no hubieran sido tan llevaderas. Gracias de corazón! 
Esner Magalhaes, por la ayuda en el trasporte de mi equipaje y tu desinteresada generosidad en los días que pasé en Manaos.
Sebastian Boehm, James Boorman, Richie Barter y Eva, por los momentos compartidos durante la navegación por el amazonas y la invalorable mano que me dieron para poder movilizar todos mis trastos por la triple frontera Brasil-Perú-Colombia.
A Natu, por ese sentimiento que aún supera las distancias...
Algunas estadísticas
En este período de pedaleo
Días en el camino: 39
Días de pedaleo: 9
Días de navegación por el Amazonas: 11
Kilómetros recorridos en bici: 1017 km
Promedio de kilómetros recorridos por día: 113 km
Horas sobre la bici: 67h14m (2d19h14m)
Promedio de velocidad: 15,1 km/h
Metros trepados: 5.098 m
Altura máxima: 953 msnm, Frontera Brasil-Venezuela (15-10-2008)
En todo el recorrido
Días en el camino: 538
Días de pedaleo: 279
Kilómetros recorridos: 23.574 km - 1.960 en ripio
Promedio de kilómetros recorridos por día: 84.5 km
Horas sobre la bici: 1.470h57m (61d06h57m)
Promedio de velocidad: 16,0 km/h
Máxima velocidad: 81,5 km/h, bajando el Sunwapta Pass, Canadá (15-08-2007)
Metros trepados: 221.874 m
Altura máxima: 4059 msnm, Pico del Águila, Venezuela (04-08-2008)
Susto que me pegué con el golpe de calor que casi me hace ir de paseo con la parca: mayúsculo!
Cantidad de veces que escuché el recital en vivo de Víctor & Leo: tantas que me aprendí las letras de memoria...y en portugués!!! Que vida boa, oh, oh, oh...