*** LAS CRÓNICAS ***

35) Gandola a pedales

 

Los llanos Venezolanos

 

Habían pasado cuatro semanas desde que había llegado a la Aldea Infantil SOS de Ciudad Ojeda y era hora de continuar mi camino. El tratamiento de conducto por fin había llegado a su fin y con él el sufrimiento del que parecía disfrutar con algo de sadismo Daisy, la querida odontóloga que me tuvo en vilo durante todo ese tiempo.

Me sentí como recomenzando mi viaje desde el principio. No sólo porque ya casi no recordaba lo que era estar arriba de la bici, sino porque se notaba la falta de estado después de tantos días pasados entre la computadora y el sillón de la odontóloga.

Era una mañana de sábado del 6 de Septiembre de 2008 cuando me subí a Maira y con las primeras luces del día di los primeros golpes de pedal. Las calles estaban desiertas y recién empezaba a verse movimiento. Sólo había algún que otro borrachín que regresaba a su casa luego de la trasnochada del viernes.

Iba buscando la carretera que me sacaría hacia los llanos Venezolanos cuando un auto se me puso a la par. Eran tres muchachos y una chica, visiblemente de clase alta, que venían de rumbear con bastante alcohol en las venas. Empezaron a balbucear cosas ininteligibles entre las que entendía que se habían dado cuenta que era argentino, cuando el conductor acercó el auto más de lo aconsejable y casi me tiró al piso. Clavé los frenos esperando que siguieran de largo y ahí noté que algo andaba mal. Sentí un fuerte tirón que me hizo tambalear y al dar vuelta la cabeza pude ver que el energúmeno que iba atrás estaba tratando de arrancarme la bandera argentina. Inmediatamente la sujeté y comencé una retahíla de insultos que continuó por varios minutos aún después de que el vehículo ya se había alejado por la calle. Tenía ganas de acogotarlos a todos juntos. Por suerte no perdí mi preciada bandera, pero quedó un desgarrón de recuerdo que tuve que zurcir para evitar que se deshiciera en hilachas. Estaba de regreso en el mundo exterior; ahora tenía que agudizar nuevamente mis sentidos luego de que se adormecieran por tantos días de tranquilidad en la Aldea SOS...

La primera jornada de pedaleo fue mortal. El calor no daba tregua, los llanos aún no llegaban y las pequeñas trepadas que había tenido que sortear me tenían en jaque permanente. Aún no tenía muy en claro cómo iba a realizar mi estrategia para cruzar Venezuela hasta llegar a la Gran Sabana. Esa espectacular región natural al sudeste del país era mi próximo objetivo y quería llegar allí lo antes posible y sin demoras. Después de tanto tiempo parado y sin rodar, mis piernas reclamaban acción en continuado y eso era precisamente lo que iban a recibir.


Me separaban más de 1500 kilómetros en los que debía rebuscármelas para poder pernoctar sin tener que gastar mucho dinero, ya que los costos de alojamiento eran desproporcionados y hasta la comida se hacía onerosa para mi presupuesto de ciclista sudamericano.

Cómo haría para subsistir en este tramo? La respuesta vino por sí sola al pasar por el primer peaje. Ahí recordé que desde la reciente estatización de los caminos, los puestos de pago se habían convertido en alcabalas de la Guardia Nacional Bolivariana, donde se controlaba el tránsito por el territorio nacional...y allí siempre había personal permanente, que tenía que tener un sitio donde dormir! De ese modo, mi derrotero hacia el oriente venezolano se convirtió en un verdadero peregrinaje en el que no quedó peaje, alcabala o puesto de policía sin visitar!

Sin embargo, mi primera tentativa en el Peaje Jacinto Lara no fue de los más confortables que digamos. Me dejaron quedarme, pero al costado de una edificación secundaria que tenía un techito mínimo como refugio. Estaba tan agotado por la jornada que había tenido que ni pensé en armar la carpa y me tiré así nomás, sobre el aislante, acurrucado contra la pared. Me imagino que mi aspecto de desahuciado era evidente, ya que al rato me habían convidado con un plato de pasta con arepas que devoré con ansias y sin mediar mucha conversación me desmayé en la bolsa de dormir. Pasadas unas horas y en medio de la noche noté que algo húmedo salpicaba mi rostro. Me desperté sobresaltado (no fuera cosa que uno de los perros del lugar estuviera “marcando territorio” encima mío) y vi que un aguacero se descargaba entre truenos y relámpagos. Mi estado era tan lamentable que sólo atiné a envolverme en la lona que usaba como piso y así, enrollado como un tamal, pasé el resto de la turbulenta noche.

Al día siguiente los nubarrones negros aún prevalecían en el horizonte, pero era optimista y esperaba tener un día algo más seco que la noche anterior. Horas después me abrasaba bajo los implacables y ardientes rayos de sol y rogaba otra vez que regresaran las nubes, con chaparrón incluido si era necesario!

Mi idea era evitar las grandes ciudades y circular por caminos menos atestados de vehículos. Por eso había dispuesto rodar por la región de los llanos, evitando adentrarme hacia la zona costera, donde la densidad poblacional era mucho mayor. Como venía de peaje en peaje y con el objetivo fijo de llegar lo antes posible a la Gran Sabana, fui evitando las grandes ciudades, pasando por sus afueras y sólo haciendo alguna que otra parada más que nada a comer o a tomar algo de paso. Aunque en algunos casos, por consejo de la policía me tuve que internar en los congestionados centros urbanos ya que me decían que los caminos de circunvalación eran poco aconsejables por cuestiones de seguridad. Pensaba que era algo exagerado hasta que nos llegó la noticia por boca de un conductor de camiones que hacía unas horas habían asaltado a cara descubierta y sin reparo alguno a los pobres incautos que se hallaban cargando combustible en una gasolinera en las afueras de Barquisimeto. Justamente uno de los posibles lugares donde pensaba pasar la noche! Menos mal que el cansancio había prevalecido y un ocasional puesto de policía de carreteras me sirvió de refugio por esa noche.

El estado de las carreteras era desconcertante. Por momentos circulaba en amplias y recientemente pavimentadas autopistas, con un espacioso carril de emergencias en el que podía rodar a mis anchas. Sin embargo, el repentino cambio de un Estado a otro generaba una alteración drástica de las condiciones de viaje que requería ajustarse a un camino angosto, poceado y sin contemplación alguna de los conductores.

Justamente venía de lo más campante por las rutas del Estado de Portuguesa cuando el ingreso a Cojedes me hizo apretar los dientes al pasar a una ruta en la que el intenso tráfico de gandolas (nombre popular local para los camiones con trailers) no me dejaba espacio para pasar con mi voluminosa Maira. Varias veces tuve que salirme de la carretera ante el inminente cruce de vehículos que derivaría en consecuencias fatales...para mí, claro está!

De tanto que apreté los dientes se me saltó un arreglo y por más que venía haciendo un buen avance con la bici, era preciso buscar una solución inmediata al problema. Así llegué a la localidad de San Carlos, donde luego de preguntar un poco terminé en el CAIME, el Centro de Atención Integral para la Mujer Embarazada. Pensé que no me habían comprendido acerca del malestar que me aquejaba y tímidamente pregunté si allí era donde podían repararme el diente en cuestión. Temía que en lugar de ello me quisieran hacer un “papa nicolau”! Afortunadamente me comentaron que allí había una unidad sanitaria móvil parte de los programas de acción social implementados por Chávez para los barrios más humildes y que si aguardaba un rato podría ser atendido.

Tuve que esperar unas horas, pero al caer la tarde mis problemas dentales estaban solucionados por un tiempito más y era horade encontrar dónde pasar la noche. Merecomendaron preguntar en la Policía Municipal de San Carlos, pero después de aguardar un buen rato y sin siquiera dar la cara, el Inspector Rafael Pintos me negó alojamiento aduciendo que las instalaciones no eran adecuadas. El moderno edificio en el que me encontraba indicaba lo contrario según mi parecer, pero no había mucho que hacer. Dada la falta de hospitalidad de la que hizo gala su jefe, uno de los oficiales presentes se ofreció a mitigar la vergüenza ajena que tenía acompañándome al cuartel de Bomberos, donde la generosidad y buena voluntad no se hicieron esperar, dándome una cama donde pude encontrar un confortable cobijo para culminar esa larga jornada.

Tenía intenciones de incursionar por las cercanía del río Orinoco llegando hasta San Fernando de Apure, pero la gente con la que hablé me dijo que en esos tiempos los caminos no eran muy transitables por las lluvias y que ademásera más riesgoso por el aislamiento de la región. La opción era seguir por la carretera en la que venía, pasando porEl Sombrero y con rumbo a El Tigre. Eso implicaba atravesar delado a lado el estado de Guárico, que demostró tener las peores carreteras de toda Venezuela! Ni bien crucé el límite estatal ingresé a una zona de huecos que daba la sensación de que había sido recientemente bombardeada! Para peor, era el corredor vehicular por el que circulaban todas las gandolas que sacaban los productos del inmenso Parque Industrial de Puerto Ordaz.

Era muy curioso y a la vez escalofriante ver a estas moles ir de lado a lado del camino como si el conductor tuviera unas cuantas cervezas demás encima, por el solo hecho de esquivar los cráteres que se abrían ante nuestras ruedas. Había que estar más que atento y considerando la carga que llevaba a cuestas, me convertí yo mismo en una “gandola a pedales”.

Me habían adelantado que esos tramos eran muy tediosos y aburridos por las largas rectas que había que sortear y pensaba que iban a ser unos días de letargo y fastidio. La realidad pronto me demostraría que no sería así: evitando caer en un bache, jugando al “chicken” con mis colegas gandoleros a ver quién se hacia a un lado primero, apretando con fuerza el manubrio para no ser arrojado fuera de la carretera con el paso demasiado cercano de los camiones, corriendo carreras contra las ocasionales e intensas tormentas que se daban casi todos los días, huyéndole a la noche donde era aún más vulnerable a quedar aplastado bajo un neumático o tratando de encontrar un sitio donde pasar la noche y algo de comer, no hubo jornada que no tuviera su dosis de adrenalina. Inclusive en algunos casos, demasiado para mi gusto!

Cinco días después de haber dejado Ciudad Ojeda cruzaba la marca de 21000 kilómetros en el viaje. Y también en esa jornada alcanzaría la máxima distancia de pedaleo en un día, con 163 kilómetros y 9 horas sentado sobre el asiento de Maira. El Peaje de Dos Caminos se hacía inalcanzable, un aguacero infernal con rayos espeluznantes me habían hecho aguardar un par de horas bajo un providencial tejado y la noche había dado un impulso extra a mi andar para asegurarme un sitio donde descansar. La amabilidad de Aida y Gerardo me proveyó del ansiado combustible para mis piernas, con unas exquisitas arepas rellenas, el menú más habitual por esos días. La gente de Protección Civil completó el panorama con un extra de arroz con pollo y una refrescante ducha y los Policías encargados del peaje me dieron un colchón donde reposar. Inclusive tuve el lujo de contar con un ventilador para no morir asfixiado por el calor reinante...y los vapores tóxicos que despedían mis zapatos de ciclismo.

La generosidad del pueblo venezolano era palpable en cada día de pedaleo. Siempre que me detenía en algún puesto o panadería a tomar algo, la gente se interesaba en mi odisea y al enterarse de la causa social que llevaba, que era autofinanciado y que no era “gringo”, inmediatamente me invitaban con algo y hasta a veces, me daban unos bolívares para que me alimentara mejor en mi próxima parada. La mayoría de las veces también me pasaban su número de teléfono para que los llamara por si tenía algún problema o emergencia. Mi libreta de anotaciones ya parecía un tomo aparte de las páginas amarillas de Venezuela!

El tramo por el que venía circulando era una verdadera trampa mortal. Como estaba en reparación, los bordes de la angosta carretera tenían una nefasta curvatura hacia arriba en forma de U que me impedían salirme del camino si las circunstancias así lo pedían. Y el intenso y demencial tránsito de gandolas parecía requerirlo constantemente. Me sentía atrapado sin salida y mi vida pendía de un delgado hilo cada vez que era superado por una nueva mole con ruedas.

Fue en esos momentos de tensión que tuve una revelación divina! Como si el tiempo se hubiera detenido y un coro de ángeles bajara del cielo, por el rabillo de mi ojo izquierdo sentí que algo se aproximaba. Y ahí apareció Jesús! Su rostro me miraba con su característica compasión. Era como si me llamara. Tan nítido, tan cercano, que me desconcertó! Había llegado mi hora? El propio hijo de Dios me venía a reclamar en persona??? No merecía semejante honor! Esa fracción de segundos se me hizo eterna, y de repente, lo comprendí todo. Mi lado racional se iluminó y la crudeza de los hechos se hizo presente: un inmenso camión que prácticamente me depiló los brazos y las piernas tenía pintado en su costado un enorme dibujo en su lateral con el rostro del Mesías. Tan cerca me pasó que creí que podía sentir el aliento de Cristo. Los neumáticos que siguieron a continuación me sacaron de ese ensueño y me devolvieron a la realidad.Mantuve el equilibrio como pude y mientras profería un interminable rosario de insultos a su conductor leía una frase que llevaba en la parte posterior del trailer:“Dios conduce mi destino”...si, pensaba yo, pero vos conducís el camión pedazo de animal!!!!

Una vez más la noche me había alcanzado mientras rodaba. La experiencia anterior ya había dejado mis nervios bastante alterados cuando un chirrido de ruedas sonó a mis espaldas y, como salido de la nada, otra inmensa gandola pasó a mi lado derrapando y quemando caucho mientras me esquivaba milimétricamente. Dos vidas gastadas en una sola jornada...era el momento de buscar dónde pasar la noche y recuperar mi deteriorado sistema nervioso.

Los muchachos de Protección Civil de Chaguaramas me dejaron pernoctar en sus instalaciones, donde pude descansar sobre la camilla de primeros auxilios. Muy acertado por cierto! Mientras miraba un poco la televisión para despejar la mente pude ser testigo de un hecho trascendental en la vida política del país: el presidente Chávez se dirigía a su pueblo denunciando un intento de asesinato y de paso, expulsaba al embajador estadounidense de Venezuela. La multitud respondía enfervorizada al carisma con que su gobernante se dirigía hacia ellos. Tan así que resultaba contagioso y al final del enérgico discurso todos, hasta yo mismo, coreábamos el célebre “Uh, ah, Chávez no se va!”. Le dirán “el loco”, pero definitivamente parece ser una locura contagiosa...

Como había experimentado en esos días, los gandoleros parecían ser mis más temerosos enemigos. Pero eso era únicamente mientras estaban sentados al volante de sus moles de metal. Cuando me los encontraba en un parador o al costado del camino eran mis mejores amigos ya que conocían como nadie los detalles de la carretera, incluyendo el estado de las mismas, distancias, lugares donde comer por poco dinero o dónde poder pernoctar. Al igual que el viento, en contra podía transformar la jornada de pedaleo en una pesadilla, mientras que a favor se convertía en el mejor regalo del mundo. Era simplemente cuestión de la perspectiva desde que se viera...

El calendario marcaba domingo cuando dejé atrás la ciudad de El Tigre después de mi clásico refrigerio consistente en yogur, leche chocolatada, papelón (aguapanela helada con limón) y unos cachitos (panes de hojaldre rellenos de jamón y queso). Ese día de la semana era mi favorito porque existía restricción de circulación y las gandolas no podían andar por las rutas. Así lograba relajarme un poco más y disfrutar del cotidiano andar. O al menos eso era lo que creía!Me dirigía hacia el Peaje de La Viuda en una recientemente estrenada autopista, por lo que había recuperado un poco más de espacio para circular.Esperaba tener un andar calmo y sereno, pero no contaba con que el desenfreno de los automovilistas que regresaban a la ciudad luego de un día de recreación fuera tan enajenante. Tal vez por la falta de demarcación en el nuevo asfalto o la posibilidad de no tener que pensar en los huecos, parecía que estaba inmerso en una competición de fórmula uno. Los autos iban y venían desafiando los límites de sus velocímetros y llegué a contar 5 vehículos a la par intentando rebasarse a casi 200 km por hora! Demencial y letalmente peligroso para mi frágil presencia. Un pinchazo me expuso aún más al delirio de estos bólidos y por suerte alcancé el peaje antes de que me llevaran puesto como mariposa en el radiador.

A partir de ese punto tenía dos opciones para continuar con mi avance: dirigirme hacia Ciudad Bolívar y luego a Puerto Ordaz, o internarme en la nueva autopista Orinokia que cortaba diagonalmente por los nuevos campos petroleros venezolanos hacia las afueras de esta última ciudad. La idea de evitar una gran urbe y además reducir la cantidad de kilómetros por recorrer en esas desoladoras regiones prevaleció y opté por dejar mi huella en la recientemente habilitada carretera.

Eran unos 120 kilómetros en los cuales no encontraría parador alguno ni más paisaje que los bosques de pinos plantados a sus lados para la explotación papelera. Pensé que su sombra podría mitigar un poco los efectos del sol implacable que me venía destrozando la piel en los últimos días, pero la distancia de los árboles al camino hacía que sus sombras sólo se burlaran de mí. Cuando el calor del mediodía ya no me permitía avanzar por esas interminables rectas y el casco parecía estar fundido en una sola pieza con mi cráneo, decidí hacer una pausa y me instalé bajo el frescor de los pinos con mi hamaca. Mientras descansaba recordaba las historias que me habían contado la noche anterior sobre este aislado camino, en el que se encontraban anécdotas de asaltantes de camiones (comúnmente conocidos como piratas del asfalto), hasta el truculento relato de un gandolero que había sido atacado por un tigre mientras dormitaba a la sombra de su trailer y de quien habían encontrado sus restos diseminados por los bosques tiempo más tarde. Por mi parte nunca llegué a vivenciar ninguno de estos peligros. Es más, la única presencia destacable a nivel de fauna la constituían las incansables hormigas, que eran omnipresentes en cualquier lugar en que me detuviera a descansar. Muchas veces me pasé buenos ratos observando cómo realizaban sus tareas cotidianas y era habitual que compartiera mi pan conellas. Me resultaba fascinante ver el espíritu de equipo que demostraban tener. Cada vez que el trozo de alimento superaba sus capacidades de transporte (lo cual sucedía a menudo porque lo hacía adrede), enseguida una hormiguita partía velozmente hacia el hormiguero y regresaba con otras más grandes que se pudieran hacer cargo del transporte. O volvían en pelotón y entre todas lo cargaran.O simplemente se dedicaban a fraccionarlo hasta que era posible llevarlo en pequeños trozos...las hormigas y yo...ese era mi mundo en esos instantes de abstracción.Al día siguiente vería horrorizado en el periódico que mientras yo recuperaba fuerzas bajo los árboles y me dejaba llevar por las tareas de estos bichitos,a pocos kilómetros de donde estaba dos autos se habían pegado un trompazo frontal a velocidades inauditas llevando a la muerte instantánea a todos sus ocupantes. Esa vez no me había tocado en suerte estar justo pasando por ahí...pero faltó poco!

El día se prolongó más de lo esperado, o mejor dicho, duró menos de lo que hubieraprecisado, porque llegué al flamante puente Orinokia con la negrura de la noche. Esa imponente obra de ingeniería era la joya arquitectónica más reciente de la región y cruzaba el caudaloso río Orinoco en las cercanías de Puerto Ordaz. Internarme en esa mole de concretoy acero a esas horas no era muy recomendable para mi integridad física ya que el carril de emergencia por el que venía circulando ahora era el obligado para los camiones, queseguramente por lo cerca que me pasaban, se percataban de mi presencia en el último segundo. Por ello, más que detenerme a observar el curso de las aguas de uno de los ríos más caudalosos del mundo, atravesé el puente lo más rápido que pude para salvaguardar mi pellejo.

El atestado Peaje Guayana era un hervidero del tránsito que venía de Ciudad Bolívar y por los camiones que apostados allí aguardaban la hora de poder retomar los caminos. Conseguí un lugar para pasar la noche en el puesto de Emergencias 171, pero un corte de electricidad, muy habituales y casi hasta diría que un sello distintivo de Venezuela, había dejado inutilizado el aire acondicionado que podría haber hecho de esa noche un momento digno para el descanso. En lugar de ello, el calor sofocante y la densa humedad me dejaron chorreando sudor continuamente como un colador roto.

Por la mañana siguiente pasé por el parque industrial de Puerto Ordaz y pude contemplar con mis propios ojos el sitio del que salían las incontables gandolas que había visto pasar en los últimos días. Cansado de una noche poco confortable y siguiendo el esquema que me habían dibujado en una servilleta de papel pude llegar al parque La Llovizna, en las afueras de la ciudad, un remanso verde de 165 hectáreas con una de las caídas de agua más vistosas de la cuenca del río Caroní, frente a la represa Macagua II. Desayuné los restos de comida que me quedaban en las alforjas y me desmayé unos minutos arrullado por el murmullo de las aguas y cobijado por las sombras de los árboles...

Me alejaba de los grandes centros urbanos y cada vez estaba más cerca de mi destino. Luego de pasar la noche con la Policía Municipal del pintoresco pueblito de Upata, pasé la siguiente jornada con la gente del Ejército de Guasipati, quienes me regalaron un buen número de parches de Venezuela y la institución militar para que me llevara de recuerdo.

La suerte se puso de mi lado y uno de esos días tuve una seguidilla de agasajos gastronómicos que casi reviento! Apenas saliendo de desayunar en El Callao, los policías de tránsito de Tumeremo me convidaron a un nuevo desayuno al que no pude negarme. Pocos kilómetros después, los soldados del puesto de Control Casablanca me convidaron con unas arepas rellenas y catalinas (unas galletas a base de panela cuya densidad y peso las hacían parecer verdaderas hermanas de los mágicos biscochos que consumían los personajes de las historias del Señor de los Anillos!). A poco de colmar mi capacidad de ingestión, unas mujeres se acercaron y me ofrecieron más alimentos. Como buen ciclista no fui capaz de negarme ante tan gentil ofrecimiento y unos minutos más tarde dejaba el lugar a punto de desmayarme de la indigestión! El calor y el sol reinantes hicieron el resto y a los pocos kilómetros de ahí dormitaba sonoramente sobre la banca de una ocasional capilla al aire libre que encontré al lado de la carretera. Berp!

Si bien el ir mendigando un sitio donde dormir no generaba mayores inconvenientes (siempre y cuando se contara con el grado de caradurismo necesario), en muchas ocasiones requería niveles de paciencia inimaginables. Esa noche llegué al puesto de control de El Dorado, cercano a una famosa cárcel de alta seguridad, y no era recomendable seguir rodando. Como era habitual, conté mi historia al oficial de turno y solicité algún rinconcito donde poder tirarme a pasar la noche. En teoría no había inconvenientes, pero debía aguardar a que regresara el teniente a cargo y me autorizara. Ya estaba acostumbrado a lidiar con ese tipo de jerarquías y me senté a esperar. Pasó una hora. Luego dos, tres...a la cuarta hora y viendo que si seguía así no iba a dormir nada insistí y por pura casualidad me crucé al esperado teniente que ya se iba sin siquiera enterarse de mi situación. Por suerte no tuvo inconvenientes...o mejor dicho, seguramente mi presencia era la menor de sus preocupaciones en esos momentos y por fin pude desplomarme sobre un colchón a reposar un rato.

Ingresaba en una zona minera por excelencia, y por ende, cara. Además de las distancias hacia los centros urbanos que incrementaban el valor de todo, ahora también influenciaba el aspecto de la relativa riqueza del lugar. Pero en realidad, parecía que en Venezuela siempre había una excusa para que el costo de vida fuera alto: si no era una región petrolera, había minería o era un sitio turístico. Por donde se viera, el bolsillo siempre sufría. Un providencial alto enbusca de unas galletas cerca de Santa Teresita hizo que me cruzara con Alexander Mora, de la tienda Los Tritón. El hombre me convidó con cuanta cosa había en su local, recargó mis mochilas de provisiones y hasta me dio unos bolívares para más adelante.Mientras conversábamos, éramos seguidos atentamente por un grupo de muchachos que trabajaban en condiciones inhumanas en las explotaciones mineras de la región. Desplegados a nuestro alrededor con las típicas bicis de cross, las más populares en el país, aguardaban su paga quincenal para gastarla en cerveza en lo de Alexander. Se notaba que era el líquido más abundante de la región ya que por lejos era el producto que predominaba en el negocio. Realidades difíciles con escapes fáciles.

Me acercaba al mítico poblado conocido como “Km 88”, desde donde comenzaba la trepada a la Sierra Lema para ingresar en la Gran Sabana. Los asentamientos indígenas eran cada vez más frecuentes y se presentía el cambio en el ambiente. Estaba en otra Venezuela, las más remota y tal vez relegada por la gente de las grandes urbes. Pero también la más bonita. Luego de 14 días de pedaleo continuo y con 1550 kilómetros más a cuestas, ya estaba donde quería estar.

La Gran Sabana

La trepada a la Sierra Lema no era precisamente de las más duras que me han tocado superar, pero sin embargo, se hizo difícil por la falta de costumbre que tenía encarando cuestas. Tantos días devorando kilómetros en el llano me habían oxidado un poco y por eso el avance se hizo lento. La vegetación se abalanzaba sobre el camino de manera literal, no figurada, ya que un reciente temporal había dejado decenas de árboles y ramas desparramadas por la carretera.

Estaba ingresando en un territorio predominantemente natural, donde sin embargo la huella del hombre era lastimosamente evidente. Como podría apreciar desde aquí hasta dejar Venezuela, los caminos estaban abarrotados de latas de cerveza vacías. A pesar de ser reciclables, el desdén de los habitantes y ocasionales viajeros dejaba un patético reguero de envases que permanecerían allí por siglos...o hasta que alguien se diera cuenta de su potencial económico y las levantara. El sector rebosaba de cursos de agua, pero evidentemente la gente consumía más cerveza que otra cosa, y curiosamente, sólo de una marca: Polar Light. Sus tonos celeste y plateado salpicaban los lados del camino incesantemente. Aprovechando mi pausado avance decidí contar cuántas latas había en un kilómetro de recorrido y me quedé espantado al llegar a las 50...y de un solo lado del camino! Un espectáculo lamentable.

Crucé los 22000 kilómetros de recorrido en el viaje alllegar al cartel de bienvenida al Parque Nacional Canaima, hogar de la Gran Sabana. Una enorme tarántula adosada al anuncio oficiaba de anfitriona por parte de la fauna local. Pocos metros después casi atropellé a una serpiente coral, esas pequeñitas y de vivos colores que son letalmente venenosas. Los mosquitos también se hicieron presentes para recibirme y casi pierdo un litro de sangre por tomarme una foto en el lugar...había que extremar precauciones si quería salir vivo de allí!!

Avancé unos pocos kilómetros más y conseguí permiso para pasar la noche en las instalaciones de Inparques, donde conocí a Leny Rincón, jefa de Guardaparques, que cordialmente me asesoró en cuanto a los lugares que podía visitar, me pasó contactos y hasta me obsequió una camiseta del parque. La generosidad venezolana parecía seguir resistiéndose a encontrar límites!

Al día siguiente continué internándome en este fantástico territorio. La región está constituida por formaciones rocosas antiguas, formadas por bloques de granito. La superficie se encuentra cortada por los numerosos afluentes del río Caroní, con colinas redondeadas y mesas escarpadas, rodeadas por superficies tabulares que reciben el nombre de ‘tepuyes’, íconos distintivos e inconfundibles de su topografía. Las cascadas y saltos conformaban también un sello característico de la región y una de las presas codiciadas en el viaje. En 1994 fue proclamada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

El origen del nombre de "La Gran Sabana" es polémico. Aparentemente se debe al explorador y minero Juan María Mundó Freixas, nativo de Cataluña, España, quien en 1929 publicó en la revista caraqueña Cultura Venezolana un artículo donde mencionaba a la Gran Sabana por este nombre. Según afirmaba, era una simple versión al castellano del que le daban los indígenas locales, los pemón, el cual decía Mundó, era "Teipun" (Gran Sabana). Sin embargo, de acuerdo con Monseñor Mariano Gutiérrez Salazar, Vicario Apostólico del Caroní, por decir de las misiones, los pemón llaman a sus tierras "Wek-Tá" (Lugar de Cerros). El nombre empleado hoy en día se terminó de imponer en 1938, cuando el Presidente Eleazar López Contreras decretó que se hiciera un estudio preliminar de ese territorio llamándolo de esa manera.



Durante siglos la región permaneció alejada de las grandes corrientes de la historia occidental y aún hoy todavía conserva el primitivo encanto de la naturaleza virgen y el misterio de lo intocado. El asfaltado de la carretera troncal 10 a finales de los 80 facilitó el acceso a la región lo que ha traído aparejado un gran flujo de turistas, que si bien impulsan la economía de la zona, generan un impacto negativo considerable.

Era hora de poner un freno al rápido avance con el que venía y disfrutar de las oportunidades que brindaba esta región. Por ello, lo primero que hice fue salirme del camino principal y recorrer los 80 kilómetros de tierra hasta el poblado de Kavanayen. Apenas meinterné en este desvío entré a otra dimensión. El único sonido era el de mis ruedas haciendo crujir los terrones de tierra y desplazando piedras. Un paisaje cautivante se extendía ante mis ojos, con la inmensidad de la planicie de laGran Sabana y los tepuyes de fondo jugando con el horizonte. Los pocos vehículos que pasaban erancamionetas empleadas para el transporte regionalde los habitantes locales,los pemón. Estos indígenas demostraron ser amigables, simpáticos y respetuosos, aún inmunes a la contaminación cultural por el flujo cada vez mayor de turistas y curiosos que han invadido paulatinamente su hábitat natural. Si bien se han tenido que ir adaptando a esta nueva realidad, se podría decir que son los verdaderos cuidadores del parque nacional.

El término "Pemón" se ha utilizado para agrupar a todas las etnias que comparten una cultura común y ellos mismos usan esta palabra como gentilicio de los pobladores de esta región. Podría traducirse en algo similar a "Persona" o "Gente". Sin embargo entre los pemones hay diferencias somáticas y lingüísticas según la ubicación geográfica, agrupándose en tres grupos bien definidos: Kamarakotos, Taurepanes y Arekunas.

Mientras rodaba por una de las tantas subidas y bajadas del camino me pasó una de estas camionetas con gente de la zona. Al llegar al final de una cuesta vi que se detenían, se bajaban algunos y poco después retomaban su derrotero. Inicialmente pensé que paraban a saludarme, luego que había sido una simple parada “técnica” para alguno de los ocupantes del vehículo...pero al llegar a ese sitio me di cuenta que el motivo había sido otro: una enorme víbora de cascabel yacía en medio de mi paso, con la cabeza recientemente macheteada, lo que no impedía que aún se moviera un poco. El susto que me pegué fue mayúsculo y no pude más que agradecer anónimamente a quienes se habían ocupado de ese potencial peligro que seguramente hubiera embestido con Maira en medio del descenso...

Esa tarde llegué al pintoresco pueblo de Kavanayen, una comunidad fundada por misioneros capuchinos que promovieron la construcción de casas con piedra sacada de la zona. Se destacaban dos imponentes construcciones en este estilo, ubicadas a los lados de la iglesia de la comunidad, también construida en piedra. En estos dos edificios operan la misión de Kavanayen de los misioneros capuchinos y la confraternidad de las hermanas Franciscanas del Sagrado Corazón de Jesús. Hoy en día, la iglesia o capilla constituye uno de los principales atractivos turísticos culturales de la comunidad. El resto de las edificaciones de la comunidad eran las casas de los pobladores de la comunidad y las mismas, por norma común, están construidas con los mismos materiales que los edificios principales, con piedras de la región unidas con cemento.

Mientras estaba allí me llegó la noticia de que mi abuelita Aia finalmente había fallecido luego de una prolongada enfermedad. La tristeza invadió mi alma y esa noche, mientras contemplaba el cielo estrellado, las nubes ocuparon la negrura del firmamento y los ángeles se pusieron a llorar conmigo.

Luego de una merecida jornada de descanso y algunos mimos merecidos a Maira, que ya venía quejándose de tanto pedaleo en continuo, proseguí con rumbo a Iboribo. El caserío era el punto de partida para explorar el salto Aponwao, uno de los más impresionantes de la región con sus 108 metros de caída. Los últimos 15 kilómetros fueron un verdadero arenal casi infranqueable, pero que con una buena dosis de testarudez y perseverancia pude superar. En Iboribo me enteré de que había que tomar una curiara (las lanchas indígenas) por 20 minutos para llegar al salto, pero como ya no había más turistas con quienes hacer el trayecto, el costo era ridículamente inaccesible. Opté por cruzar el río y hacer el tramo a pie por un sendero que me habían indicado. La caminata valió la pena y tuve la suerte de ser el único presente en ese impactante marco natural que tenía la imponente caída de agua.

Como me habían dicho que por ahí se podían visitar unos pozones de aguas cristalinas, me seguí internando en la vegetación hasta llegar a ellos, donde me di un buen baño reparador teniendo como únicos testigos los árboles y plantas que me rodeaba. Para regresar quise tomar una vía alternativa, pero como no estaba muy bien señalada, resultó ser difícil de encontrar. Se acercaba la noche, las nubes negras teñían el cielo y era mejor salir de ahí lo antes posible. Sin pensar demasiado en las culebras que habría en medio de los pastizales por los que avanzaba, aceleré el paso y finalmente pude encontrar el camino original para salir de allí ileso. Charlando más tarde con Adán, un curioso y joven pemón con quien compartí la cena, me dijo que era casi imposible andar por los senderos que yo había andado sin guía y que efectivamente, las cascabeles eran moneda común por esos terrenos. Una vez más, había tenido mucha suerte!

La salida por el arenal no fue menos difícil que el día anterior. El condimento que faltaba era la lluvia y no se hizo esperar demasiado. Apenas retomé el camino de tierra se descargó un aguacero de tal magnitud que se formó un barrial impasable. El terreno se convirtió en una manteca y se me empezaron a bloquear los frenos. Poco después los cambios comenzaron a saltar y a los 10 minutos de luchar para seguir avanzando tuve que desistir. Por suerte estaba a las puertas de la Estación Científica Parupa, donde solicité refugio y planté bandera. Los kilómetros recorridos habían sido pocos, pero en esas condiciones era inútil tratar de continuar. La hospitalidad de Edgar Yegres me permitió contar con un lugar seco donde dormir y disfrutar de unos buenos platos de comida. Una vez que escampó el temporal tuve que dedicarle más de dos horas a la limpieza de Maira, que se negaba a desprenderse del barro que había juntado.

La mañana presentaba una nueva cara, con cielos despejados y sol. Pronto me daría cuenta de que existía un patrón más o menos constante, con amaneceres claros y cálidos, que indefectiblemente dejaban paso a tormentas fuertes e impetuosas que daban escalofríos por la potencia de sus rayos y relámpagos.

A mi paso por los saltos del Kamoirán pude reponer mis existencias de catalinas y luego de charlar con unos muchachos que viajaban en 4x4, completaron mis provisiones con unas latas de atún...y mi primera Polar Light! Demás está decir que en lugar de arrojar la lata vacía al suelo como haría la mayoría, busqué un cesto de basura y la dejé allí.

Mi idea era llegar a la Quebrada Pacheco, pero el frente de tormenta que se avecinaba me hizo cambiar de idea. Transitaba directo hacia el ojo del huracán. A mis espaldas el sol le daba un toque aún más tenebroso al panorama, realzando la negrura de la borrasca que se avecinaba. No tardó en darme alcance y con unos vientos que casi me sacan del camino quedé empapado en cuestión de minutos. Busqué refugio en las inmediaciones del Salto Kawí y decidí poner fin a la jornada de pedaleo ni bien me pude acomodar bajo la protección de una palapa. Un grupo de jóvenes de Caracas que andaban recorriendo la zona en sus camionetas todo terreno se acercó a ver de cerca ese fenómeno exótico que había arribado insultando por lo bajito y terminaron obsequiándome más comida. Ese afortunado día junté 7 latas de atún, dos de palmitos, galletitas, una gaseosa de 3 litros, un litro de jugo, dos sopas instantáneas y alguna que otra cosilla más. Nada mal, no?

Cuando por fin se aplacó la lluvia pude conocer a Pablo Fiume, que junto con un par de amigas alemanas estaba quedándose allí también. Me convidaron una exquisita pasta y por iniciativa de Pablo terminamos saltando desde unos cuantos metros de altura (suficientes para pensarlo dos veces antes de lanzarse) al pozón del Kawí. Las aguas de la cascada fueron el mejor hidromasaje que hubiera podido pedir para mis espaldas después de los últimos días de pedaleo.

La parte negativa de semejante trocito de paraíso eran las nefastas mosquitas negras localmente llamadas “puri-puri”. Pequeñitas al punto de no distinguirlas, parecían tener una predilección por la piernas, especialmente la zona de los tobillos. Eran inmunes a cualquier repelente y mi sistema de matarlas con la indiferencia tampoco daba resultados. A la mañana siguiente mis pies parecían tener el doble de tamaño y los puntitos rojos de las picaduras se multiplicaban por doquier.

El lugar era cuidado por la familia de origen pemón de apellido Castro. Eran un grupo numeroso y abundaban los niños. Veía que iban y venían corriendo, gritando, sonriendo a carcajadas mientras tiraban algo detrás de ellos. Pensé que serían autos de juguete o algo por el estilo cuando me percaté de que eran simples botellasplásticas atadas a un cordón. Con semejante simpleza yescasez de recursos esos chicos eran capaz de amenizar sus tardes y jugar entre ellos. Qué contraste con aquellos otros tan malacostumbrados a los lujos de la urbanidad...

Cuando descubrieron mi presencia y mi particular medio de transporte no lo dudaron ni un segundo y al rato estaba revisando y ajustando dos bicicletas destartaladas que ya no podían usar de tan baqueteadas que estaban. Mientras intentábamos parchar los gastados neumáticos entonábamos una canción que había improvisado en esos días:


“Puri-puri, no me piques,

puri-puri, por favor,

puri-puri, picalo a otro,

que seguro tiene, mejor sabor”

Los chicos continuaron entonando esa melodía por horas y hasta respondían con la frase que continuaba cuando yo iniciaba diciendo “puri-puri”...

Me prometí que algún día, cuando tuviera los recursos necesarios, volvería para darles bicis nuevas a estos niños que tocaron mi corazón con su frescura y espontaneidad.

Gracias a los inagotables conocimientos de Pablo de toda la región pude disfrutar de una perspectiva especial del salto Kamá antes de que nos despidiéramos.Proseguí mi relajado andar acercándome a la zona de mayor concentración de tepuyes y desde donde se destacaba la presencia delmás famoso de ellos, el Roraima.Hice un alto a comer algo junto a un cartel y mientras descansaba empachándome con la vista, una camioneta 4x4 se detuvo a mi lado. Eran Cesar, Valter, Alejandra y Milagros, que me habían visto antes por la carretera. No sólo me obsequiaron un mapa de la región, dos latas de sopa, repelente para mosquitos y un gatorade, sino que además me convencieron de cambiar el rumbo. Me contaron de un salto del que desconocía su existencia, el Kawchik, que por las fotos que me mostraron bien valía la pena el desvío de 15 kilómetros.

Agradecido porel dato regresé un poco sobre mis huellasy me adentré en una huella que me conduciría al mentado salto. Apenas me salí del asfalto las nubes descargaron un terrible aguacero sobre mi pobre humanidad, a punto tal que el camino se convirtió en un río en el que fácilmente mepodría haber ido nadando! Ya había tomado una decisión y no iba a rendirme ahora...total ya estaba ensopado de pies a cabeza. Cuando amainó me di cuenta que la huella que seguía se ramificaba en una infinidad de caminos, sin poder discernir claramente cuál era el adecuado. Parecía ser una cuestión habitual, ya que cuando las trochas se hacían intransitables simplemente abrían una nueva al lado sin mayores consideraciones por el impacto al frágil ecosistema lindante. Ya habíavisto pruebas de ello en mi anterior recorrido hacia Kavanayen e Iboribo.

El temporal me seguía de cerca y podía oír y ver losrayos que caían con estrépito a escasos metros mío. Era una competenciacontra los elementos.Tenía que llegar antes de que me cruzara de nuevo con la tormenta. Igualmente le daba ciertas ventajas porque en un momento perdí noción de mi rumbo y llegué a un punto sin salida. A lo lejos vi una casa y me dirigí a consultar por mi destinación. La mujer pemón que desgranaba mazorcas se quedó asombrada por mi presencia. Mi apariencia no debería ser nada habitual por esos pagos! La comunicación fue compleja ya que no hablaba español, por lo que a señas y repitiendo “Kawchik, Kawchik!” me indicó que era “por allá”...mientras señalaba la inmensidad de la Gran Sabana.

Digamos que luego de varios infructuosos intentos y cuando la tarde llegaba a su fin, pude hallar mi camino y bajo un nuevo aguacero llegué al bendito salto. Al menos el esfuerzo había valido la pena ya que era un sitio bellísimo y todo para mí solito. Bueno, casi, porque la invasión de “puri-puri” superaba cualquier cosa vista antes! Llegué a rebautizar el salto con el nombre de estas insoportables mosquitas que no daban tregua ni por un segundo...

Esa noche llegué a temer por mi vida. No eran los bichejos estos los que me atormentaban, sino el tormentón que arreciaba afuera de mi frágil carpa. De repente todo se iluminaba con un resplandor cegador y enseguida se escuchaba el terrible estruendo de un rayo que parecía caer ahicito nomás. Empecé a contar el tiempo transcurrido entre uno y otro fenómeno y vi que la cosa no mejoraba, al contrario! Ya me veía carbonizado en el medio de la Gran Sabana, partido por un rayo! Lo único que me faltaba! Por suerte luego de unos agonizantes instantes que me resultaron eternos pareció empezar a alejarse y pude cerrar mis ojos y descansar.

Me quedaban pocos kilómetros en este fantástico lugar, por lo que hice mi avance lo más lento posible. El poblado de San Francisco de Yuruaní me permitió encontrar la primera despensa más o menos bien aprovisionada y aproveché la oportunidad para atiborrarme de comida y restituir mis reservas de catalinas, en este punto del camino, una adicción imposible de evitar! Poco después me tocó pasar por el control militar homónimo y a poco de conversar con los muchachos estaba almorzando un suculento plato de comida que casi no puedo terminar de meterme al buche. Pero cómo iba a rechazar semejante oferta??? Eso nunca!!

Después de pasar la noche en un abandonado parador turístico llegué a la Quebrada de Jaspe y pude regocijarme en solitario en uno de los sitios más populares de la región. El lugar está formado por una quebrada que se extiende 300 metros por una piedra de jaspe (un material semiprecioso mezcla de cuarzo cristalino y sílice de color rojizo-amarillo), totalmente lisa, con un nivel de agua que no sobrepasa los 5 centímetros. Imbuida en un marco natural impactante por la abundancia de árboles que sobrepasan los 20 metros de altura, era una invitación a colmar los sentidos. Las cascadas se convertían en preciados masajeadores que hacían aún más agradable la estancia en el lugar. Una despedida de categoría antes de recorrer los últimos kilómetros que me restaban hasta Santa Elena de Uairén, etapa final del recorrido venezolano.

En Santa Elena conocí a Marcos Márquez, amigo de mis primeros anfitriones venezolanos en San Juan de Colón, en el Táchira. Cerraba un círculo de amistades y contactos y Marcos lució la tradicional hospitalidad y generosidad local alojándome en un hotel y brindándome muchas de las delicias que se vendían en su espectacular panadería “Gran Sabana Deli”.

Hacía 25 días que había dejado las comodidades de la Aldea Infantil SOS de Ciudad Ojeda y tal como me había prometido, no me había afeitado en todo ese tiempo hasta que tuviera la chance de darme una ducha caliente. Por fin había llegado el momento y pasé a lucir un poco menos “vagabundo” que antes...al menos mientras no tuviera la bici al lado!

El Roraima

Estaba en el último tramo de mi recorrido por estos pagos bolivarianos pero aún me quedaba algo pendiente. Entre las bellezas naturales más impactantes del Parque Nacional Canaima se contaba el famoso Salto Ángel, la cascada más alta del mundo con sus interminables 979 m de caída, pero que lamentablemente resultaba imposible de visitar con el presupuesto de ciclista que yo tenía. La otra gran maravilla que reclamaba toda la atención era el mismísimo Tepuy Roraima, al que se podía acceder en una excursión a pie de 6 días de duración. Pero sabía que los costos eran tan astronómicos como los del Salto Ángel. Sin embargo, el contacto que me había pasado mi amigo Jaime Sierra hizo posible que la gente deBackpacker Toursme hiciera un lugarcito en una de

sus expediciones y sin siquiera imaginarlo, al día siguiente de arribar a Santa Elena, ya estaba con mi mochila al hombro y presto a unirme al resto del grupo.

Éramos 9 integrantes: Virginia, de Italia; Pablo, de España; Boris, Thomas y Fritz, de Alemania; Nina, de Inglaterra; Julia y Tobías del Tirol y yo, el sudaca del grupo. Por suerte la integración fue buena desde el principio y a pesar de lo dispar del conjunto, generamos una dinámica que no produjo inconvenientes para el andar.


El Roraima es el más famoso de los tepuyes orientales del Parque Nacional Canaima y una belleza arquitectónica de la naturaleza. Con 2800 msnm, se estima que estas formaciones tienen una antigüedad de cerca de 2000 millones de años. Sobre su cumbre se encuentra el hito fronterizo denominado punto triple por ser el lugar donde convergen las fronteras de Venezuela, Brasil y Guyana.

Geológicamente está compuesto de cuarcitas y areniscas conalgunos lechos delgados de pizarra, donde se destacan su original relieve tabular en forma de meseta, con una cumbretotalmente plana y paredes vertiginosamente verticales de las que se descuelgan hermosos saltos de agua.

Desde que dejamos el poblado indígena de Paraitepuy y comenzamos a caminar, la imponente mole del Roraima dominó el paisaje junto con su vecino, el igualmente colosoTepuy Kukenán. Nos desplazamos por unas tres horas en el ondulado terreno de la Gran Sabana hasta que llegamos al sitio de acampada en las orillas del río Tek. Los porteadores y guías que nos acompañaban seencargaron de preparar una suculenta comida, de la que siempre me encargué de solicitar ración doble. Tenía que recuperar terreno después de tantos días a base de arroz con atún y

catalinas!!!


La ausencia de electricidad e interferencias propias de la civilización permitían disfrutar del cielo estrellado con elmayor de los deleites. A poco de caer el sol, con el estómago lleno y la circulaciónreactivada con un baño en las aguas del río, nos fuimos a dormir.

El segundo día atravesamos el río Kukenán, donde pude nadar un rato contra la corriente sin avanzar un centímetro y llegamos al pie del Roraima, donde emplazamos el campamento Base para descansar antes de la subida final por la llamada “rampa”. Comenzamos a ver parte de la vegetación característica de la zona, como unas bromelias tubulares presuntamente carnívoras y algunas clases de orquídeas.

La tercera jornada era la más esperada ya que era el día en el que coronaríamos la cumbre y podríamos apreciar con nuestros propios ojos ese paisaje de otro mundo del que tanto nos habían hablado. Debíamos encarar una escarpada subida atravesando un frondoso bosque húmedo hasta alcanzar la zona rocosa junto a las interminables paredes verticales del tepuy. Apenas comenzamos a caminar, cuando un grito sobresaltado de Tobías, que venía detrás de mí, me hizo sobresaltar:

- Guía! Guía!!!! Serpiente!!!!!, exclamó ruidosamente.

Al darme vuelta vi una culebra enrollada y con la cabeza en alto, lista para lanzar su ataque si perturbábamos su tranquilo lagarteo al sol. Le pregunté a nuestro guía Elio si era venenosa y me dijo que era una terciopelo, definitivamente mortal. Había puesto mi pie derecho a escasos 5 centímetros de ella sin darme cuenta. Un movimiento en falso y el viaje se terminaba allí mismo. Un sudor frío recorrió mi espalda y tragué saliva. De ahí en más no dejé de observar ni por un segundo dónde ponía mis pies!

Tres horas más tarde llegábamos a la cima del Roraima. Inmediatamente se abrió ante nosotrosun despliegue de formaciones rocosasimpresionantes, que por miles de años han sido laboriosamente trabajadas por la erosión. Era un paisaje de otro planeta. Por algo Sir ArthurConan Doyle se había inspirado en los informes de los botánicos de su época para basar aquí su famosa novela “El mundo perdido”. Sólo faltaban los dinosaurios!

Además de las rocas, las plantas también presentaban particularidades únicas. Muchas especies se han adaptado y han logrado sobrellevar la situación de extrema dificultad en que se hallan, con pisos rocosos y falta de nutrientes y nitrógeno. Es así como ciertos tipos de plantas viven especialmente en estos sitios y algunas de ellas no las hay en ningún otro lado del mundo. Pudimos ver varios ejemplos de ello a lo largo de nuestra estadía allí.

La celebración no se hizo esperar y la recompensa al esfuerzo fueron unos exquisitos bombones “Garoto”, marca registrada del cercano Brasil. Una vez recuperadas las energías nos dirigimos al que sería nuestro “hotel”. Ese era el nombre que recibían las cuevas que se encontraban en la superficie del Roraima y que proveían de refugio para el viento y la lluvia. En nuestro caso podíamos elegir el que quisiéramos ya que en ese momento éramos los únicos allí arriba. Elio y Marco nos condujeron al Hotel Principal, amplio y espacioso, que además contaba con una pequeña cueva a un costado que adopté como habitación suite para mi carpa. La vista que tenía hacia el tortuoso paisaje rocoso, reflejándose en los múltiples ojos de agua formados por la lluvia, no tenía precio! Me sentía en el mejor lugar del mundo.



Poco después de llegar y con la euforia a flor de piel fuimos siguiendo el cansino y parsimonioso paso de Marco hasta los llamados Jacuzzi, unos piletones naturales enclavados en las rocas donde se acumulan miles de cristales de cuarzo. Un lugar ideal para un frío chapuzón regenerador.

La lluvia se hizo presente sobre nosotros y tuvimos que huir a refugiarnos en el hotel. La cena completó el día y después me retiré a mi “habitación privada” a contemplar la belleza de la lluvia desde la cálida sequedad de mi bolsa de dormir.

El amanecer no tuvo desperdicios y ya desde las primeras luces incipientes la belleza y particularidad del paisaje que tenía frente a mí no dejaba de cautivarme. Era la mejor manera de festejar los 16 meses en el camino. Luego del desayuno comenzamos a explorar el lugar y nos condujeron a un pequeño valle de cristales de cuarzo para luego proseguir por la intrincada topografía del terreno, saltando de piedra en piedra, evitando caer en los ojos de agua y gastando las tarjetas de memoria de las cámaras de fotos. Fritz no dejó planta sin registrar.

El único animal que pudimos avistar fue una diminuta rana de color negro y panza anaranjada, característica de los tepuyes y aparentemente emparentada con otras de origen africano, lo que algunos científicos habrían usado para sustentar la teoría de la pangea, el supercontinente formado por la unión de todos los continentes actuales que se cree que existió durante las eras Paleozoica y Mesozoica, antes de que los continentes que lo componían fuesen separados por el movimiento de las placas tectónicas y conformaran su configuración actual.

Luego de andar un par de horas llegamos al lugar denominado el Abismo, una plataforma de roca desde la cual uno podía asomar la cabeza y ver una caída vertical de varios centenares de metros que producía vértigo a pesar de tener todo el cuerpo apoyado en el piso. Desde allí se podía observar el despliegue de vegetación que hacía la selva internándose en Guyana.



Era la famosa fábrica de nubes donde se generaban las tormentas que había tenido que soportar cada jornada durante mi paso por la Gran Sabana! El alto contenido de humedad de la vegetación era empujada por los vientos, y los cambios térmicos del día hacían que indefectiblemente luego del mediodía comenzaran a formarse estos nubarrones que con precisión suiza descargaban sus torrentes de agua.

Ese día no sería la excepción y por ello aprovechamos para visitar el “Auto”, el punto más alto del tepuy, que conformaba un balcón natural hacia la Gran Sabana con una vista panorámica que inspiraba respeto y admiración. El tepuy Kukenán brillaba con las luces del atardecer y parecía incendiarse con el reflejo del sol.

Luego de una breve incursión fuera de libreto con algunos de los muchachos por las formaciones más cercanas al hotel, nos tuvimos que replegar por el aguacero infaltable de cada tarde. Por suerte la noche se despejó y pude disfrutar de un rosario infinito de estrellas y constelaciones desde mi privilegiada ubicación VIP. Fue un momento mágico e inolvidable que espero algún día poder volver a repetir.



El regreso fue en tan solo dos días de caminata que sirvieron para procesar y meditar sobre esa maravilla que habíamos tenido oportunidad de visitar. Un lugar que ha pasado a formar parte de los mejores que visto en toda mi larga travesía por el continente Americano y que recomiendo con los ojos cerrados a cualquiera que tenga un mínimo espíritu de aventura y curiosidad por los grandes prodigios de la naturaleza.



Despidiéndome de Venezuela

Me encontraba a escasos kilómetros de la frontera con Brasil, mi próximo destino. Pero no podía irme de Venezuela sin llegar a conocer la comunidad de El Paují, ubicada a unos 70 kilómetros tierra adentro. Tanto mi compadre Oscar Cañón como mi amigo Jaime Sierra me habían insistido en que no la pasara de largo, y siguiendo su consejo, hacia ahí puse rumbo.

El camino fue difícil y plagado de trepadas muy empinadas, que en medio de la lluvia y por camino de tierra, se hicieron rogar. Pero finalmente llegué y me di cuenta de por qué debía pasar por esa localidad.

Es una comunidad básicamente de criollos que viven en la libertad de esas tierras al sur de Venezuela en donde la tranquilidad es su mejor vecino. El Paují está poblado principalmente por personas de mediana edad en general que han venido desde diversos lugares de Venezuela y del mundo y han decidido quedarse a vivir en estos parajes, disfrutando de la naturaleza, trabajando en la artesanía y en diversas ocupaciones turísticas.

Al conocer a Rosy y Wilfrido, mis contactos en el lugar, me di cuenta de que mi estadía sería más prolongada de lo esperado. Lo mismo le había ocurrido a Oscar. Por algún motivo ese sitio tenía un magnetismo especial y la calidez de mis anfitriones magnificaban ese sentimiento.

Junto con su hijo Dago pude explorar los confines del Abismo, el punto geográfico donde termina la meseta de la Gran Sabana y comienza la selva amazónica. También allí conocí a Climent, un ciclista español que hacía 10 años que deambulaba por el mundo y que estaba allí por tercera vez. Con él fuimos a visitar el salto Esmeralda, que me costó un par de uñas cuando me resbalé en el musgo y por no partirme la cabeza contra las piedras en una caída desde cuatro metros de altura, me aferrécomo pude hasta que el chapuzón fue inevitable y un oportuno impulso hacia el agua para alejarme de las rocas me salvó la vida. Pero eso no evitó un panzazo que me dejó el estómago colorado como un camarón por un buen rato!

Rosy me invitó a dar una charla a los chicos de la escuela local y aprovechando eso como excusa para extender mi estadía unos días más, acepté el convite con gusto. Si no fuera porque se me vencía el plazo de permiso como turista en Venezuela me hubiera quedado aún más. Impregnado de la atmósfera de artesanos del lugar, allí hice mi primera pulserita tejida que aún llevo conmigo orgulloso en mi muñeca izquierda. Será acaso la manera en que me ganaré la vida un día de estos?

Tal vez por el traqueteo del camino, retornando a Santa Elena se me saltó otro arreglo en una muela, lo que me confirmó que el karma de este viajeserían los inconvenientes dentales. Afortunadamente existía en Venezuela un plan de asistencia médico público y gratuito llamado “Barrio Adentro” que era llevado adelante por médicos cubanos, de prestigio comprobado. Como una “causalidad” más, el consultorio quedaba justo enfrente de la casa de los Freitas, la familia que me había ofrecido su hogar como alojamiento para cuando regresara de El Paují.

Ese 15 de Octubre de 2008 por la mañana abrí mi boca y ofrendé mis molares una vez más al temido torno odontológico, musa de mis peores pesadillas, y luciendo una nueva amalgama partí hacia un nuevo país que me aguardaba del otro lado de la frontera: Brasil, con su mítico y misterioso Amazonas...

Hasta la próxima!

Buena senda,

Damián

Agradecimientos

Teniente (GNB) Javier Vidal Acevedo, Cabo 1ro. Roberto Amaya, Cabo 1ro. Raúl Álvarez y Cabo 1ro Nestor Guerrero, de la Guardia Nacional Bolivariana, por permitirme pernoctar en el Peaje Jacinto Lara.

Sgto. Mayor Gilberto Rodríguez y Cabo 1ro. Luis Rodríguez, del Comando de Tránsito San Pablo, Carora, por facilitarme un lugar para dormir en el Km 47.

Alexander Arellano, por la frescura de tu conversación camino a Barquisimeto.

Sgto. 1ro. Homero Ortiz, Cabo 1ro. Alexander Ramos, Cabo 1ro. Eugelbert Reyes, Cabo 1ro. Julio Cesar Salazar y Sgto. Higinio Bermúdez, de la Guardia Nacional Bolivariana, por permitirme dormir en sus instalaciones en el Peaje Simón Panas, además de alimentarme y colaborar con unos Bolívares Fuertes!

Adolfo Ospino, de Agroindustrias el Intento, Acarigua, por tu desinteresada contribución económica.

Marly Torrealba Castro, de la Policía Municipal en San Carlos, por gestionarme el arreglo de mi diente en el CAIME (Centro de Atención Integral para la Mujer Embarazada).

Leny Herrera y Oriana, odontólogas del CAIME, por solucionar los inconvenientes técnicos con mi muela rebelde.

Subteniente Efrain Utrera, de los Bomberos de San Carlos, por darme alojamiento en el cuartel local.

Richard Vespo, bombero de Rubio, Táchira, por compartir tu cena conmigo.

Domingo Nieves, Oscar y María Dominga, del comedor el Punto Criollo, en la Ye del Baúl, Cojedes, por esa exquisita sopa con la que me convidaron.

Aída Pérez y Gerardo Annese, de la Arepera Todo Criollo, en el Peaje Dos Caminos, Guarico, por invitarme con la cena y el desayuno.

José Cedeño y Gladys Quintero, de Protección Civil en el Peaje Dos Caminos, Guarico, por ese rico arroz con pollo y la reconfortante ducha.

Cabo 2do. Juan Hernández y Cabo 2do. Richard Rivero, de la Policía Estado de Guarico en el Peaje Dos Caminos, por darme un colchón y un ventilador para descansar por la noche.

Marina Buyo, Maira, Marilyn, Luis y Jesús, de la Venta de Comida Villa Marina, en Memo, Guarico, por recargar mis baterías con una rica paella y el sabroso jugo de mango.

Francisco Páez, Ramón Rangel, César Manero, Miguel Sánchez y Héctor Seira, de Protección Civil Chaguaramas, por permitirme pasar la noche en sus instalaciones.

Sgto. 2do. Juan Sánchez y Cabo 1ro. Palma Salazar, de la Guardia Nacional Bolivariana de Santa Maria de Ipire, por darme un lugar donde reposar mis huesos y esa sabrosa hamburguesa.

Sgto. Mayor de 1ra. Leonardo Figueroa, Sgto. Frank Rojas y GN Jairo Torrealba, de la Guardia Nacional Bolivariana en el Peaje Las Piedritas, por el cómodo colchón para dormir y la abundante cena.

Walid, de la panadería El Tigre y la gente de El Palacio del Pan, en El Tigre, por los generosos descuentos en el combustible que cargué en mi paso por su localidad.

Sgto Mayor de 2da. José Rodríguez, Sgto. Mayor de 2da. Jesús Ramos, Guardia Nacional Bolivariana en el Peaje La Viuda, por dejarme dormir en sus instalaciones y por la reconfortante cena.

Sgto. José Santaella y Agente Osmar Santaella, de la Policía del Estado Anzoátegui, por aumentar mis provisiones con pan dulce.

Roxana, Ingrid, Zaida, Malena, Marlene, Albani, Mardielis, Gabriela, Dailis y Brizaida, las chicas del parador El Amparo, en la autopista Orinokia, por convidarme con un rico plato de comida cuando más lo necesitaba!

Luis Francisco Franco, Damelis Yendis y Carlos Ramos, por darme un lugar donde reposar por la noche en el cuarto de Emergencias 171, en el Peaje Guayana.

Sgto. Víctor González Cedeño y Cabo 1ro. Hernán Corona, de la Guardia Nacional Bolivariana del Peaje Upata, por el rico almuerzo.

Subinspector Antonio Álvarez, Agente Carlos Blanca, Agente Juan Gutiérrez y Comisario Manuel Manrique, de la Policía Municipal de Upata, por permitirme pernoctar en sus instalaciones y esa arepa extra que terminó de cargar mi tanque de combustible.

Sgto. 2do. (EJ) William Mastrangelo, Soldado (EJ) Mervin Martínez y Sgto. Mayor Alcalá, por la cama con aire acondicionado para descansar y los parches de Venezuela y el Ejército que me obsequiaron como recuerdo de su patria.

Vigilante Elio Díaz, de la Policía de Tránsito de Tumeremo, por el exquisito desayuno.

Sgto. 2do. (EJ) Eliezer José Viera López, Punto de Control Casablanca, por las ricas arepas y las energéticas catalinas.

Tibizay García y Gisela Ventrella, en el Punto de Control Casablanca, por las golosinas con que alegraron mi jornada!

Teniente (EJ) Pérez y Sgto. 2do (EJ) López, del Puesto de Control El Dorado, por darme un lugar donde pasar la noche.

Alexander Mora, de Los Tritón, Santa Teresita, por la amena charla, las provisiones para el viaje y el aporte económico para seguir adelante!

Sgto 2do. (EJ) Leobardys Hernández, del Puesto Control Sierra Lema, por el aperitivo que devoré sin demoras y tu contribución económica desinteresada.

Lenys Rincón, jefa de Guardaparques de la Gran Sabana, por permitirme pasar la noche en Inparques, los contactos brindados, el desayuno y la camiseta de regalo!

Martiniano Aguirre, guardaparques en Kavanayén, por facilitarme un lugar donde montar mi carpa.

Edgar Yegres, Estación Científica Parupa, Gran Sabana, por darme refugio en medio del temporal y las ricas comidas para reponer energías.

Pablo Dal Maso y sus amigos, de Caracas, por las latas atún y gaseosa que me obsequiaron en los Rápidos de Kamoirán...y mi primera cerveza Polar Light!

A la muchachada de Caracas que andaba paseando en 4x4 y que en el Salto Kawí me regaló unas cuantas latas de atún, palmitos y jugo.

A la Familia pemón Castro (Fany, Amauri, Josue, Laulimar, Nataly, Celso, Maria e Iroma) en el salto Kawí, por su cordialidad y sincera hospitalidad.

Pablo Fiume, de Caracas, y sus amigas alemanas Andrea Gross y Martina Zimmermann, por los momentos compartidos en el salto Kawí y el salto Kamá.

Cesar Liccardo, Valter de Freitas (St Marten), Alejandra Echeverria Molina y Milagros Echeverria Molina, de Valencia, parada en carretera, regalo repelente, gatorade y sopas y dato salto Kauchik (26-09-08): cliccar@hotmail.com, 0412 480 9823, 241 825 2568, valter182@gmail.com, soralejandra10@hotmail.com, milagros26@hotmail.com, 0414 497 8626, 0241 825 0876

Antonio Cárdenas, Jeiza Freitas, Héctor Freitas y Mario Guerrero por el almuerzo cerca de la Quebrada Pacheco y la hospitalidad con la que me recibieron posteriormente en Santa Elena de Uairén.

A Don Jerónimo, por compartir conmigo un sabroso plato de pasta en Quebrada Pacheco.

Andrés Orta e Hilda Fernández, por el crocante pollo asado que me convidaron en el balneario Soroape.

Sgto. 2do. (EJ) Mailyn Antonio Garcia Leuno y Cabo 2do. (EJ) Félix Antonio Navea Rodríguez, por el abundante almuerzo que me ofrecieron en el Puesto de Control San Ignacio.

Marcos Márquez y su familia, de la Panadería Gran Sabana Deli, en Santa Elena de Uairén, por permitirme tener la primera ducha caliente en semanas en el hotel al que me convidaste y las exquisiteces que pude probar de tu local. Gracias por tu genuina generosidad!

Virginia, Pablo Martín, Boris Feist, Thomas Ungermann, Nina Tunnicliff, Julia Engl & Tobias y Fritz Rothe, por la camaradería y excelente compañía que fueron durante la excursión al monte Roraima.

A Eric, de Backpacker Tours, por darme las facilidades para que pudiera ser parte de la expedición al Roraima.

Franco Aristeu, 2do. Capitán de la Comunidad Indígena Karapauray, por permitirme pernoctar en comedor escolar de la comunidad.

Climent Puig, ciclista catalán perdido por las rutas del mundo desde hace 10 años, por tu fresca transparencia y la compañía en esos días en el Paují. Buena senda querido amigo...y suerte con la búsqueda de la indiecita!

Rosy Prieto, Wilfrido y Dagoberto, por abrir las puertas de su hogar en El Paují y tener la oportunidad de pasar unos días junto a ustedes en ese lugar tan bello y místico.

A los estudiantes de la escuela de El Paují, por su calidez e interés en esta travesía.

A los médicos cubanos del programa “Barrio adentro”, por resolver mis inconvenientes dentales una vez más...

Y a Jaime Sierra, amigo que a pesar de no haber tenido la chance de conocer en persona, hizo que mi paso por Venezuela fuera mucho más acogedor con los contactos que me fue pasando y la buena onda que impartió en cada correo electrónico y llamado telefónico. Hasta la próxima!!

Algunas estadísticas

En este período de pedaleo
Días en el camino: 39
Días de pedaleo: 25
Kilómetros recorridos: 2032 km – 260 km en tierra/arena/ripio
Promedio de kilómetros recorridos por día: 81,3 km
Horas sobre la bici: 143h59m (5d23h59m)
Promedio de velocidad: 14,1 km/h
Metros trepados: 15.414 m
Altura máxima: 1424 msnm, Sierra Lema, Gran Sabana, Venezuela (20-09-2008)

En todo el recorrido
Días en el camino: 499
Días de pedaleo: 270
Kilómetros recorridos: 22.557 km - 1.960 km en tierra/arena/ripio
Promedio de kilómetros recorridos por día: 83.5 km
Horas sobre la bici: 1.403h43m (58d11h43m)
Promedio de velocidad: 16,1 km/h
Máxima velocidad: 81,5 km/h, bajando el Sunwapta Pass, Canadá (15-08-2007)
Metros trepados: 216.776 m
Altura máxima: 4059 msnm, Pico del Águila, Venezuela (04-08-2008)

Veces que estuve a punto de ser arrollado por una gandola al circular por los llanos Venezolanos: más de las que hubiera deseado.

Víboras que me crucé durante mi paso por la Gran Sabana: demasiadas para mi gusto!
 


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