*** LAS CRÓNICAS ***

33) Dónde va la H?

El 17 de julio de 2008 arranqué temprano desde Cúcuta con la idea de cruzar a Venezuela y avanzar lo más posible cada día hasta llegar a la ciudad de Mérida. Por supuesto, nada sucedió de la manera en la que yo lo esperaba.

Tenía dos puentes por los que podía cruzar el río Arauca para ingresar al nuevo país: uno hacia el poblado de Ureña y otro, el principal, hacia San Antonio del Táchira. La primera opción parecía más directa para las rutas por las que había elegido circular y siguiendo las directivas de la gente y los carteles del caso, llegué al concurrido paso. Como no podía ser de otra manera, decenas de vehículos se apiñaban para cruzar por el angosto puente. Estaba por introducirme en ese caótico tráfico cuando con buen tino se me ocurrió preguntarle a un oficial de aduanas colombiano dónde se hacía migraciones para sellar la salida del país. “Tiene que ir al otro puente”, me respondió. “Cómo? Acá no hay??”. “No, sólo hacia San Antonio” fue su seca respuesta, dando por concluida nuestra charla. 

Insultando por lo bajo, no me quedó opción más que regresar por donde había venido,  hacer los 15 kilómetros hasta el otro puente, para luego desandarlos por la otra orilla del río ya que indefectiblemente tenía que pasar por Ureña! Por suerte me encontré con un par de ciclistas que además de la compañía y la charla, me mostraron un atajo para ahorrarme unos cuantos kilómetros y evitar el tránsito más pesado.

Se notaba que el otro paso era el principal porque el atasco que había en el lugar superaba con creces al que había visto hacía un rato. Me preguntaba por qué sería que tantos colombianos iban para Venezuela y la respuesta cayó de madura al mirar a mi alrededor: por todas partes abundaban precarios puestos callejeros en los que se apilaban bidones con gasolina, producto de contrabandeo por excelencia ya que en Venezuela, como había oído decir, el combustible era más barato que el agua. Sería realmente así o estaban exagerando?

Me escurrí por la mano contraria para no tener que esperar horas sin sentido, realicé el trámite de migraciones y sólo me quedaba un detalle pendiente. Como había ingresado al país por vía aérea, en el aeropuerto de Cartagena de Indias me habían hecho realizar un trámite de importación temporal de la bici para “no tener problemas con la aduana en la salida”. Simplemente debía entregar el papel al dejar Colombia y listo. Listo?? Qué iluso!

Para empezar, la encargada no estaba y tuve que aguardar media hora a que su redondeada figura regresara con un paso tan lento y parsimonioso que creía que retrocedía en vez de avanzar. Al tomar el documento, miró con desdén y simplemente dijo: “está mal”. Cómo? Qué? Cuándo? Por qué??? Resulta que en Cartagena habían puesto como fecha de terminación del permiso la misma que la de emisión. Una pavada, pensé yo. Había sido un claro error de tipeo, sino para qué me darían un comprobante que sólo duraría un día, más considerando que yo me desplazaba en la bicicleta en cuestión! “Tiene que regresar a Cúcuta y ver cómo le solucionan el problema en el edificio de Aduanas”. Cómo? Qué? Cuándo? Por qué??Ni loco! Regresar a la ciudad y meterme en un mundo de burocracia con la bici a cuestas?! De ninguna manera. Me puse firme y le exigí que lo solucionara desde allí, que no podía perder todo el día en semejante tramiterío generado por una negligencia de ellos. No fue fácil lograr que accediera y llegando al límite de mi paciencia (y de mis modales), por fin conseguí que llamara a Cúcuta y buscara una solución alternativa. “Va a tener que esperar a que se comuniquen con Cartagena y corroboren los papeles”, me dijo con cara de pocos amigos. “Y cuánto puede tardar eso?”. “No sé”, respondió secamente.

Ese período indeterminado de tiempo se prolongó por más de dos horas, en las que me quedé frente a la puerta de su oficina, estoicamente parado aguardando una respuesta y recordándole mi presencia constantemente. Pasaba el tiempo y cada vez consideraba más seriamente la posibilidad de que la comunicación con Cartagena fuera con palomas mensajeras. No veía que hubiera mucha voluntad de parte de esta señora y cerca del mediodía, un tanto ansioso porque aún me quedaba todo por pedalear y ya harto de la indiferencia con la que era tratado me acerqué y le dije: “disculpe, me podría decir su nombre?”. Mirada de desconcierto…“es que quiero saber con quién estoy tratando para cuando tenga que exponer mi queja por lo mal que me han tratado con este asunto”. Me costó un buen rato saber que mi interlocutora se llamaba María Vivas, y ante la perspectiva de que expusiera su actitud públicamente, como por arte de magia, en cinco minutos tenía mis papeles resueltos y estaba listo para seguir. “Espero que no le quede una mala imagen de Colombia por este pequeño percance”, me comentó como atajándose. “De Colombia, no, para nada, de la negligencia de aduanas y de su comportamiento, eso es otra cosa…” y partí hacia nuevos horizontes.

El ingreso en Venezuela fue rápido y directo. Sellé mi pasaporte y lo primero fue tratar de cambiar unos dólares para tener algo de efectivo hasta llegar a Mérida, a unos tres días de pedaleo de ahí. Buscaba los típicos personajes que cambian moneda en los sitios fronterizos, pero no los podía ver. Pasé por una casa de cambio y me dijeron que no tenían cambio. “Bueno, puedo probar suerte en Ureña”, me dije, y empecé a rodar hacia el otro pueblo fronterizo.

Estaba ingresando a las tierras de Chávez. Había oído mucho acerca de este particular gobernante y quería ver cómo era la historia desde adentro. Si bien inmerso en un contexto histórico diferente, Chávez tenía algunos puntos en común con lo que había sido el gobierno de Perón en Argentina allá por los años cuarenta. Perón intentó socializar al país, con un gobierno populista de masas que desbancó la clase elitista de la época, creando un nuevo entorno de poder en su alrededor. Se estatizó prácticamente todo y se benefició a las clases más humildes. La riqueza derivada de ser “el granero del mundo” durante los años de la segunda guerra mundial favoreció la permanencia de la administración, hasta que fuera derrocado por los militares. Para algunos Perón era lo mejor, para otros lo peor. Aquí se podía observar un proceso similar, con la diferencia de que la riqueza provenía de una fuente muy distinta: el petróleo. Nosotros lo tuvimos al “general”, acá estaba el “comandante”.

En el “mundo Chávez” se veían cosas interesantes. El huso horario era diferente al de Colombia…por media hora!! Los carteles con el rostro de Chávez y los políticos regionales del partido oficialista estaban por todas partes. Prácticamente se lo podía ver en todas sus formas de expresión: sonriente, pensativo, victorioso, serio. Era como un álbum familiar del mandatario en tamaño gigante, recorriendo los últimos 10 años de su fisonomía. Desde que había llegado al poder en el año 1998, la bandera sumaba una estrella más, el caballo del escudo nacional había cambiado su sentido de avance, el nombre del país era diferente, todo era “bolivariano”, la palabra revolución socialista resonaba en todas partes, existía una nueva moneda y el rojo parecía ser el color oficial. Aunque se habían implementado una serie de planes sociales beneficiando a los más empobrecidos, la mayoría de la gente que me crucé se quejaba de la mala administración de los recursos. Era un país rico, pero aparentemente esa riqueza no estaba distribuida como correspondía, ni invertida en el mejoramiento de la nación. Muchas veces escuché decir: “Chávez es lo mejor que tenemos”, casi a la par de “es lo peor que nos podría haber sucedido”. Como era habitual con personalidades fuertes y polémicas, las opiniones estaban fuertemente divididas.

Por mi parte, las primeras impresiones que tuve no fueron muy felices. Al llegar a Ureña me percaté de que algo tan trivial como cambiar divisas era una empresa imposible. Normalmente no había problemas en pasar unos dólares a la moneda local hasta llegar a un banco y poder extraer dinero de un cajero, pero aquí estaba en una dimensión paralela en la que el oficialismo impedía realizar dicha transacción en las casas de cambio. La tasa oficial estaba muy por debajo del valor del mercado real y todo el mundo me decía lo mismo: “por qué no cambió en Cúcuta?” Y yo que sabía? De sólo pensar en tener que repetir el traumático cruce de fronteras me daba escalofríos y además, ya eran las 2 de la tarde y todavía estaba enfrente de la ciudad que ya debería haber dejado atrás hacia horas!!

Cansado de ir y venir e indignado por la imposibilidad de conseguir algunos bolívares para llevar en los bolsillos, opté por emprender la marcha y jugarme a que las cosas se encauzaran por sí solas. Mi destinación del día había cambiado a la cercana población de San Juan de Colón, donde me habían dicho que había bomberos y seguramente podría pasar la noche. Pero aún me separaban las estribaciones de unas sierras que me llevarían unas cuantas horas de trepada. La cantidad de baches y pozos que había era tal que el camino parecía haber sufrido un bombardeo reciente, una situación que vería constantemente en mi derrotero por estas tierras y que no llegaba a comprender en una nación que por ser petrolera debería tener carreteras mucho mejor conservadas.

Venía algo fastidiado por lo que había sido la jornada y dudando de que hubiera tomado las decisiones correctas en el día, hasta que por fin las cosas empezaron a mejorar. Al llegar a El Vallado, en lo alto de la cuesta, me puse a conversar con los oficiales de la Guardia Nacional y luego de oír mis desventuras uno de ellos se acercó y me regaló unos bolívares para que tuviera con qué llegar hasta Mérida sin morirme de hambre. Un gesto noble que me sorprendió gratamente. La noche se hizo presente y arribé a Colón en plena oscuridad. Estaba muerto de hambre y lo primero que hice fue meterme en una panadería a comer algo. Allí lo conocí a Ender, y desde ese momento todo cambiaría en mi paso por Venezuela.

Era parte de un grupo de ciclistas y se ofreció a llevarme a cenar un poco más tarde. Mientras tanto me instalé en el cuartel de bomberos, quienes con su habitual solidaridad hacia el viajero, no tuvieron inconvenientes en que me acomodara en un rinconcito. Ender me pasó a buscar y así conocí una de las especialidades gastronómicas de Venezuela: las hamburguesas y los perros calientes! De ahí nos encontramos con el resto de la muchachada y charlando del viaje resultó ser que habían sido los mismos que alojaron a Oscar, mi cumpa colombiano, cuando pasó por allí hacía tres años en su gira sudamericana! Coincidencia? Destino? Quién sabe! Charlando hasta altas horas de la noche, fue con ellos que recibí los primeros saludos por mi cumpleaños…

No tardé mucho en mudarme a la casa de Eduar y lo que iba a ser una pasada breve por Colón, que ni siquiera estaba en mis planes originales como lugar de pernocte, se convirtió en una estadía de cuatro días en los que todo el grupo me trató como a un hermano. O más bien un primo! Inicialmente creí que era la forma de llamarse coloquialmente en estos pagos, ya que los oía saludarse con un “hola primo” con todo el mundo. Pero no era así! En verdad Colón parecía una gran familia en la cual todos eran parientes entre sí!

Tanto Eduar y su familia, como Rolando, Ender, Yobany, Luis, Winston, Omar y los demás miembros de la barra conspiraron para que de sólo llegar a Venezuela, no quisiera dejar más el estado de Táchira! Entre salidas en bici, paseos por la zona y cenas abundantes, la hospitalidad de los venezolanos se estaba imponiendo con mayúsculas. No sólo festejamos mis 35, sino que también celebramos los 20.000 kilómetros de recorrido por las Américas.

Finalmente proseguí mi camino con destino a Mérida. Me llamó la atención ver que había enormes filas en las gasolineras y en muchos casos, estaban cerradas por falta de combustible. Preguntando qué sucedía me dijeron que había escasez por el tráfico de carburante hacia Colombia! En Venezuela se podía llenar un tanque completo con un dólar y monedas, algo impensable en cualquier otra parte del planeta. Hasta que no lo vi con mis propios ojos no lo pude acreditar: 50 litros de nafta por 4 bolívares fuertes!!!! Era ridículo! Lo mismo que costaba un litro en Argentina! El parque automotor corroboraba lo anterior, ya que por primera vez veía vehículos gigantescos y antiguos, de esos que devoran galones de gasolina en una acelerada. Los dantescos Chevrolet se llevaban todos los premios!

Pasé por varios peajes, pero a diferencia de lo vivido en Colombia, aquí estaban abandonados o en el mejor de los casos, mantenidos por un pequeño grupo de empleados. Las carreteras habían pasado a manos del estado pero por lo que veía, no estaban haciendo un mejor trabajo que las empresas privatizadoras. El estado de los caminos seguía dejando mucho que desear.

Mis primeras paradas a comer algo me dieron una idea más acabada del costo de vida en Venezuela. No era muy económico que digamos y encontré que la comida y el alojamiento eran bastante más caros que en Colombia. Iba a tener que afinar el lápiz para no salirme del presupuesto en tierras bolivarianas! Sin embargo, la espontánea cordialidad de los locales me sorprendió una vez más cuando en un puesto de licuados y jugos naturales en Morotuto, me obsequió tres potentes brebajes de frutas, dos porciones de torta y media piña! Casi reviento!!!

Esa noche llegué hasta el pequeño y pintoresco poblado de Zea. Había un solo hotel y estaba fuera de mi alcance, así que opté por preguntar en el cuartel de policía si no tendrían un lugar donde pasar la noche. El Sargento Flores Osuna me escuchó con atención y apenado por no tener las llaves del dormitorio que podría haber utilizado comenzó una ágil gestión llamando a los concejales del pueblo. Eso era lo bueno de estar en un lugar reducido, todos se conocían! Así fue que gracias al Concejal Labrador finalmente terminé en el hotel del pueblo convidado por el municipio. Una más y seguían sumando…

Después de una larga y agotadora jornada en la que las subidas parecían no tener fin, llegué a la ciudad de Mérida. Era uno de los centros turísticos por excelencia de Venezuela, enclavado en las estribaciones nororientales de los Andes que coronaban la región con el imponente Pico Bolívar, de casi 5000 metros de altura. Merecía dedicarle unos días a explorar los alrededores y precisamente eso hice.

Los muchachos de Colón me habían contactado con Luis Zambrano, ciclista y guía de montaña, que me recibió en su casa y me hospedó durante mi estancia asegurándose de que no me faltara nada. Me puso en contacto con sus amigos, como Jerry, con quien tuve la oportunidad de salir a pedalear un día y compartir unos mates con su esposa, que de niña había vivido en Argentina. Junto con su hijo Javier, su sobrino John y unos amigos de ellos hicimos una extensa caminata por el páramo de la Culata, apreciando los encantos de esos paisajes de altura tan singulares. La vegetación que predominaba era una especie de yuyo llamado “frailejón”, que según decían podía servir en caso de emergencias para reemplazar el papel higiénico. Al menos al tacto era suavecito y tenía buen aroma! 

Además de ser conocida por la heladería con más gustos según el récord Guiness, con sabores de lo más bizarros como ajo, anchoas o cebolla, Mérida era famosa por una sorprendente obra de ingeniería: el teleférico más largo y más alto del mundo!
Funciona desde el año 1960 y une a Mérida con uno de los picos más altos, el Pico Espejo, con una altura de 4765 msnm. En total se recorren 12.5 kilómetros a lo largo de cuatro tramos independientes entre sí, siendo el último el más impactante por no tener torres de sostén intermedias a lo largo de su recorrido de varios kilómetros. No podía dejar de conocer esta joya nacional, pero opté por hacerlo de una manera menos tradicional.

Luis me consiguió los medios para ir en jeep hasta el pueblo de Los Nevados, enclavado en el páramo en medio de las montañas y desde el cual era posible realizar una caminata de seis horas hasta la cuarta estación del teleférico, en Loma Redonda, a 4000 metros de altura. El viaje en jeep en sí ya justificaba la aventura, avanzando por una trocha angosta que discurría serpenteante junto a barrancos sin fin y con pendientes que de no tener tracción 4x4 hubiera sido imposible trepar. Las panorámicas de los cerros simplemente lo dejaban a uno con la boca abierta, que era mejor mantener cerrada para no tragar tanta tierra.

Los Nevados eran un lugar sacado de un cuento de hadas. El “centro” era un apretujado conjunto de casas, en su mayoría posadas para los ocasionales turistas y la mayor parte de la población vivía en las casas dispersas por los alrededores, donde cada metro cuadrado era aprovechado para los cultivos. Ya me había quedado sorprendido en varias ocasiones durante el viaje en jeep de ver las increíbles inclinaciones que tenían algunos sembradíos. La atmósfera era más que relajada y el ambiente se prestaba para dejar divagar la mente con libertad y bien alto.

La caminata constituía el preludio perfecto antes de conocer el mentado teleférico. Inmerso en un recorrido detenido en el tiempo, completamente solo y rodeado por la majestuosidad de las montañas, fui ascendiendo lentamente, absorbiendo la textura del paisaje a cada paso. El gris plomizo del cielo no opacaba estos colosos de roca, sino que más bien los enaltecía y destacaba en atractivos contrastes de claro-oscuros. Los frailejones dominaban la vegetación y sus aterciopeladas hojas brillaban con las gotas de llovizna que se posaban delicadamente sobre ellas.

La primera visión de las cabinas del teleférico fue impresionante. Saliendo de la bruma que generaban las nubes bajas, los coloridos compartimentos abarrotados de gente daban la sensación de estar volando grácilmente sin sostén alguno. El viajar en ellos consistía una experiencia única y espectacular, similar a la de sentirse un ave en pleno vuelo hacia la conquista de las cumbres.    

En Pico Espejo, a 4700 msnm, la gente acudía al exterior con una ansiedad única y desenfrenada. Habían subido hasta allí para poder ver de cerca la nieve! Uno de los pocos lugares en el que los venezolanos tenían acceso directo a este fenómeno natural y que según me habían dicho, era la razón para la que se había realizado semejante infraestructura! Jugando a las escondidas entre las nubes y coqueteando con las cámaras de fotos de los turistas, el Pico Bolívar se asomaba de vez en cuando mostrando su magnificencia y esplendor.   

Mérida también fue el punto de reencuentro con mi amiga Kathy, quien junto con Oscar ya había compartido unos kilómetros conmigo por las Rocallosas en Canadá. Esta vez se encontraba de vacaciones recorriendo el país y coincidimos para pedalear unos días al dejar la ciudad. Me había traído una buena cantidad de equipo que andaba precisando reemplazar de tanto uso que tenía y entre otras cosas, inauguré una nueva casa! Debido entre otras cosas a que el sobretecho y el piso de mi carpa eran un collage continuo de cinta tape, había llegado el momento de mudarme e inaugurar un nuevo hogar ambulante. También vinieron algunas cosillas para Maira, no fuera que se sintiera celosa y después me hiciera otro desplante como con el manubrio! Al dejar la ciudad tenía piñones, cadena y plato central nuevos! Por un rato no se podía quejar, no?


 

Luis, Javier y un ocasional compañero que pasaba por allí nos escoltaron al partir de Mérida. Recorrieron junto a nosotros los 65 kilómetros hasta Mucuchíes, donde hicimos nuestra primera escala antes de encarar el ascenso final hasta el Pico del Águila, el paso carretero más elevado de Venezuela, con más de 4000 msnm! Iba a ser un récord en lo que iba de mi travesía y la primera vez que regresaba a estas alturas desde que cruzara los Andes por San Juan en el año 2003.

El clima no pudo ser más propicio y el frescor del aire iba en aumento a medida que trepábamos y ascendíamos. Por suerte el diseño de la carretera era óptimo y la pendiente no era demasiado exigente, por lo que se podía disfrutar al máximo del maravilloso entorno natural que nos rodeaba. Escurriéndose como un juguetón curso de agua por el seno de un valle, la ruta discurría apaciblemente bordeando las laderas e inclusive en los tramos de zigzagueo, mantenía una inclinación prudente y moderada.

Así fue que coronamos la cumbre escapándonos de una súbita bruma que venía pisándonos los talones y, entre charlas con los curiosos turistas que no daban crédito a sus ojos de vernos ahí arriba con nuestras cargadas bicicletas, pudimos regocijarnos con el espléndido panorama que se extendía delante nuestro. Las nubes se apretujaban por debajo de los picos montañosos y se podía apreciar cómo el camino por el que íbamos a descender se perdía en esa masa algodonosa. Circular por esa ruta en bajada, con el sol encima nuestro y semejante paisaje era la gloria! Daba la impresión de estar mirando por la ventana de un avión. Me acordé del pequeño Iael, que en Costa Rica me había preguntado si podía pedalear por las nubes…pues mi querido amiguito, si esto no era pedalear por las nubes, le pasaba muy cerca!!!

La bajada no sólo fue electrizante por la velocidad y las curvas y contracurvas que se sucedían sin respiro, sino porque también el efecto de las nubes, cubriéndolo todo con una bruma cegadora y de repente dejando entrar los rayos del sol eran un juego que encandilaba los sentidos. Arribamos a Timotes exhaustos y felices de la extraordinaria experiencia vivida. Así daba gusto sortear pasos de montaña!

Valera era nuestra próxima destinación y punto de separación. Desde allí Kathy seguiría en bus rumbo a las costas venezolanas para exprimir un poco el sol de sus playas, antes de regresar a su trabajo de docente en el norte de Québec, donde por muchos meses el paisaje estaría dominado por el blanco eterno de las nieves y la belleza de la tundra. Por mi parte, seguiría viaje hacia el estado de Zulia, donde me esperaba la visita a la Aldea Infantil SOS de Ciudad Ojeda, siguiendo con el compromiso social en esta travesía.

Pero lo que no sabíamos era que la recepción en Valera sería un tanto fuera de lo común. Una vez la cadena de contactos estaba en marcha y esta vez nos iban a aguardar un grupo de ciclistas del estado de Trujillo…o al menos eso creíamos nosotros! De los dos caminos posibles para llegar a la ciudad optamos por el más complicado y largo, que nos hizo remontar unos cuantos metros de altura, con unas vistas impresionantes del otro camino que descendía por el corazón del valle de manera directa. Esa alternativa nos hizo retrasar un poco más de lo pensado y al acercarnos nos fueron a recibir a la ruta con una camioneta cargada de periodistas al mando de Daniel García, ni más ni menos que el presidente Asociación Trujillana de Ciclismo! Nos guiaron hasta el Centro Comercial Plaza, donde su gerente, Emilio Tariffi, había organizado una conferencia de prensa completa que nos dejó totalmente descolocados. Televisión, radio y periódico se dieron cita para cubrir nuestro paso. Al día siguiente nuestras fotos ocupaban dos páginas de la sección de deportes y mi cara compartía un espacio en la portada con la recientemente coronada Miss Universo.

Para completar el panorama, nos invitaron el alojamiento y se hicieron cargo de regenerar nuestras energías con generosos convites a comer. Como culminación de lo que parecía ser un cuento de fantasía o una alucinación derivada de un golpe de calor, el día que despedí a Kathy y antes de poner mis pedales rumbo a Ciudad Ojeda, Emilio me invito a realizar un vuelo en parapente, algo que nunca había tenido oportunidad de hacer en mi vida y que siempre había anhelado. Y así, suspendido del aire y desplazándome con los caprichos del viento, supe por qué el hombre le tiene envidia a las aves…
 

Ya pasaron varias semanas desde que llegué a Venezuela y aún me pregunto: cuando se escribe su nombre, dónde va la H de Hospitalidad????

Hasta la próxima!

Buena senda,

Damián




 

Dedicatoria

A Kato, mi querida mascota y compañero por tanto tiempo. Dejas un gran vacio en mi corazón y la tristeza de saber que no podré volver a mimarte cuando regrese a casa. Fuiste un gran amigo y siempre te llevaré junto a mí. Hasta que nos encontremos por los caminos del más allá y pueda volver a malcriarte. Seguí portándote mal como siempre! Te voy a extrañar mucho...

Palmaditas en el lomo y caricias en la cabeza...



Agradecimientos

Danier Peña, de la Guardia Nacional, por esos bolívares que desinteresadamente me dieron para subsistir hasta Mérida.

Al Cabo Primero Franklin Ramírez, Libardo García Monroy, Freddy Ramírez, por el permiso para pernoctar en cuartel de Bomberos de San Juan de Colón.

Ender Rosales, por haber abierto las puertas al mundo de la hospitalidad venezolana. Gracias por tanto!

Eduar Vivas, por tu amistad y generosidad al haberme recibido en tu hogar. A mamá María, Maritza, Camila, Marely  y José David, por el trato familiar y ameno que me brindaron.

Rolando Santibáñez, por el constante “auspicio” y tu buena onda en mis días por Colón.

Yobany Fajardo, por ese interés genuino por los objetivos de mi viaje y el apoyo incondicional y generoso con los productos de tu compañía. Gracias por los lentes de repuesto!!!

Omar y Rolando Bonilla, por su cordialidad, atención y los contactos en Mérida.

Al resto de la barra del club de ciclistas Las Palmeras, de San Juan de Colón, por todo lo que hicieron por mí durante mi paso por su ciudad.

Roberto Pérez, de la frutería Morotuto, por esos exquisitos batidos, la torta y tu gran cordialidad.

Sargento Flores Osuna y Concejal Labrador, por darme un sitio confortable donde reposar mis huesos en mi paso por Zea.

Luis Zambrano, por haber hecho de tu casa un hogar para mí en esos días que pasé en Mérida. Por todo tu apoyo e interés constante para que pudiera aprovechar al máximo mi estadía. Y a toda tu familia por el cariño y afecto con que me agasajaron. Abuela, cuando quiera nos casamos!!



A John y Javier, por la complicidad y el acompañamiento en las idas y vueltas por Mérida y sus alrededores. Y a José Gregorio García, por tu genuina amistad.

Jerry Keeton, gracias por los paseos y por compartir las bellezas de Mérida conmigo.

Giancarlo Dizio y Jorge Contreras Dizio, por permitir que diera difusión al trabajo de Aldeas SOS en su emisora radial.

Henry Prado y Héctor Peraza, por esa animada y distendida entrevista en su programa radial “El Camión de los Feos”.

Aldo López, por el interés que demostraste en mi travesía y por generar los contactos para mi paso por Valera.

A Roberto Uzcategui, Tonny Uzcategui, David Paredes, Laura Duran y demás Ciclistas del grupo Cicloides, por ese inolvidable encuentro en “El Hoyo del que que”.

Ricardo Cabrera y Jenny Aldana, por haberse acercado a cubrir las instancias de mi viaje y difundir el trabajo de Aldeas Infantiles SOS en Venezuela.

Dariela Fernández, por el gran trabajo que están realizando para materializar la construcción de una nueva Aldea SOS en Mérida.

Juddy de Sánchez, Diomir Peña y José Castillo, del Refugio Turístico Mifafi, en Apartaderos, por ese sorpresivo y bienvenido desayuno que nos brindaron durante la subida al Pico del Águila.

Daniel García, presidente Asociación Trujillana de Ciclismo, por tu cálida recepción, el alojamiento y tanta generosidad y hospitalidad demostrada en nuestro paso por Valera.

Emilio Tariffi, gerente del Centro Comercial Plaza, por generar un espacio de difusión para dar a conocer las instancias de este viaje y por ese inolvidable primer vuelo en parapente.

Maria Lourdes, por generar los contactos con la gente de Valera, tu amistad sincera y la cordialidad con la que nos recibiste en tu ciudad.

Leonel Polanco, Eudo Ferrer, Eglis Crespo y Pedro Sebrian, por brindarme un lugar para pasar la noche en las instalaciones del Peaje El Encanto, camino a Ciudad Ojeda.

A Kathy Sauvageau, por tu espíritu insaciable, esa amistad sin términos medios y tu infinita generosidad, que harán que te lleve conmigo con cariño y afecto por siempre. Buena senda en el nuevo camino que vas a emprender! KOS!!!



 

Algunas estadísticas

En este período de pedaleo
Días en el camino: 23
Días de pedaleo: 8
Kilómetros recorridos: 629 km
Promedio de kilómetros recorridos por día: 78,6 km
Horas sobre la bici: 49h42m (2d01h42m)
Promedio de velocidad: 12,7 km/h
Metros trepados: 8.347 m
Altura máxima: 4059 msnm, Pico del Águila, Venezuela (4-08-2008)

En todo el recorrido
Días en el camino: 431
Días de pedaleo: 244
Kilómetros recorridos: 20.341 km - 1.700 en ripio
Promedio de kilómetros recorridos por día: 83.4 km
Horas sobre la bici: 1.259h44m (52d11h44m)
Promedio de velocidad: 16,1 km/h
Máxima velocidad: 81,5 km/h, bajando el Sunwapta Pass, Canadá (15-08-2007)
Metros trepados: 201.362 m
Altura máxima: 4059 msnm, Pico del Águila, Venezuela (4-08-2008)

Cantidad de carteles que vi con la cara de Chávez: alrededor de 751.

Sensación de libertad al volar en parapente: indescriptible!

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