30) Aroma a café
Afortunadamente el salto en avión desde Panamá hasta Cartagena de Indias fue directo y sin inconvenientes. Siempre consideré la parte más estresante de un viaje en bicicleta el tener que transportarme de una manera que no fuera pedaleando, y por lejos, el avión es siempre la peor. Que el embalaje de la bici, el exceso de equipaje, la mala predisposición para despachar cosas fuera de lo común…he pasado por todas las situaciones imaginables a lo largo de los años, pero en este caso, el personal de Aires se comportó impecablemente y todo fue fluido y para nada traumático.
En Cartagena me esperaba Daniel Sánchez, un contacto que había conseguido gracias a mi amigo Oscar y que inmediatamente dio muestras de la gran hospitalidad y calidez de la que sería testigo a lo largo de mi recorrido por Colombia. Me instalé en su departamento y en los días que pasé allí me brindó atenciones dignas de un mandatario de alto nivel, llevándome a recorrer la zona e iniciándome en las delicias gastronómicas típicas de la zona costeña.
El casco histórico de la ciudad se destacaba por sobre todo lo demás, perfectamente conservado, rodeado por una gran muralla, y que
tranquilamente podría ser la envidia de muchos otros en Europa. Era un centro netamente turístico y se notaba por el flujo de extranjeros, la oferta comercial y el acoso permanente a los transeúntes para ganar sus dineros. La zona de Bocagrande, con sus imponentes edificios modernos a la vera del mar, contrastaba notablemente con la antigüedad del sector histórico y era el corazón gastronómico del lugar. En sus playas era posible remojar los pies en las cálidas aguas del Caribe, siempre y cuando se pudieran esquivar los persistentes vendedores que con numerosas artimañas trataban de embaucar a los más incautos para obtener unos pesos demás.
Mi caso no fue la excepción y casi termino acogotando a uno de estos comerciantes que se quiso pasar de listo con unos patas de cangrejo “de regalo”. Poco más tarde conocí a la gente de la policía Turística, casi tan abundantes como los visitantes, que deben haberme visto cara sospechosa ya que en dos ocasiones me vinieron a requisar la mochila mientras escribía tranquilamente sobre las rocas. La primera vez, y casi haciéndome sentir como en casa, uno de los oficiales me pidió si tenía algo para “el refresco”. Pensé que no entendía bien su acento y al comprender que me estaba coimeando casi me da un ataque de risa. “Me está pidiendo dinero? A mí? Noooo, soy argentino y no tengo un peso. Se equivocó de turista. Pruebe con los gringos…” y me alejé ofuscado. La segunda vez directamente les pregunté si me iban a pedir plata y ante la vergüenza ajena que les dio oír mi historia anterior, me dijeron que no, de ninguna manera, que disculpara el mal comportamiento de su compañero y que simplemente debían requisarme porque, como me explicaron después, estaba sentado en el lugar donde habitualmente se reúnen los que andan comprando marihuana. Ah, bueno, muchas gracias por el dato! Era hora de regresar a casa…
Tenía mis reservas en cuanto a lo que me esperaba en este país, que tanta mala fama posee a nivel internacional. Si era por lo que escuchaba por ahí, de sólo poner mis pies en territorio colombiano sería secuestrado por la guerrilla, los paramilitares o involucrado en un problema de narcotráfico. La exageración de tales dichos hacían pensar que había guerrilleros a la vuelta de cada curva y que las líneas demarcatorias del camino estaban pintadas con cocaína! Sin embargo, todos los comentarios recibidos de otros viajeros no hacían más que ensalzar las bellezas de esta nación, y sobre todo, de su gente. No podía dejar de lado verlo con mis propios ojos y así, cargado de expectativas, me lancé a recorrer sus carreteras.
Me esperaban unos días transitando por zonas calientes. El sector costeño se caracterizaba por tener un sol implacable y una alta humedad constante, que hacía más exigente el avance. Los poblados que iba atravesando eran muy humildes y la mayoría de los habitantes eran negros. Mi primera noche en los caminos llegué a San Onofre, un apacible lugar en el que casi todos tenían la piel oscura y donde estaba como inmerso en el corazón del África. La gente era muy cordial y no me sentía fuera de lugar o incómodo. Al contrario, se acercaban curiosos a charlar conmigo al verme pasar con Maira. Conversando sobre la atmósfera relajada que se percibía, me comentaron que hace sólo algunos años no era tan así, ya que la región era azotada por el flagelo de los paramilitares, que con el comercio de drogas dominaban la zona.
La prueba de ello radicaba en la numerosa cantidad de retenes militares que había en las carreteras. A poco de andar por Colombia me acostumbré a la presencia militar, que era garantía de seguridad en los caminos. Si bien eso permitía que uno se desplazara sin inconvenientes, no significaba que todo estuviera bien. Justamente su presencia era un indicio de que las cosas no estaban solucionadas del todo. Asimismo, debía circunscribirme a las rutas principales, sin tener la posibilidad de circular por las vías secundarias, ya que en esos casos podía resultar arriesgado por la mermada pero aún existente actividad guerrillera en el país. Una pena dadas las numerosas riquezas naturales que quedaban fuera de alcance por estos motivos.
En general mis paradas en los retenes eran más que nada para satisfacer la curiosidad de los militares. Se mostraban muy interesados en saber de mi viaje y al igual que me sucedió en toda Colombia, la pregunta más frecuente era cómo hacía para cruzar las fronteras. Para los habitantes de una nación a la que se les pedía visa para entrar en prácticamente todos los países del mundo, mi libertad de movimientos a ese nivel les sorprendía. A poco de andar ya me habían obsequiado el escudo del ejército, el de la policía de carreteras y la bandera nacional.
Casi tan frecuentes como los retenes eran los peajes, que por supuesto no tenían costo alguno para mí ni para las motos, medio de transporte por excelencia y que se veían en cantidades asombrosas. Un carril especial permitía el paso sin necesidad de tener que subirse a las veredas laterales y eran una fuente segura de agua potable durante el recorrido. Mientras que los automovilistas preferirían evitarlos, yo los buscaba con avidez para reponer el vital fluido.
Me encontraba en un lugar donde el ciclismo era una pasión. Ya no parecía una excentricidad ver a otras personas andando en bicicletas y las ruteras eran un clásico. Por algo los colombianos son reconocidos competidores a nivel mundial y Oscar ya me había dado pruebas de lo aguerridos que podían ser al encarar una cuesta. Invariablemente terminaba charlando con ellos y eran la mejor fuente de información en cuanto a detalles del camino. Conocían como la palma de sus manos hasta la mínima elevación, las distancias y lugares por los que tenía que pasar. Eso hacía que al pedir directivas a otra gente, inmediatamente creyeran que ya había estado en la zona por el grado de detalle con el que elaboraba mis preguntas.
“Eres un berraco!”, tal era el adjetivo que en general usaban conmigo al saber de mi viaje. La primera vez estuve a punto de devolver la atención con el insulto más argentino que se me ocurriese, pero la prudencia primó y por las dudas pregunté qué quería decir. Por lo que interpreté, era como decir “qué loco, qué bestia, lo que estás haciendo!”. O sea, tan mal no era. Así que adopté la palabra y de ahí en más casi me habitué a que la utilizaran conmigo a cada rato.
Llegando a Pueblo Nuevo me crucé con Wilfrido, que venía entrenando con su bici de montaña y me invitó a cruzar el centro urbano con él. Nos detuvimos por unos instantes en la plaza principal para tomar algo fresco e inmediatamente, como abejas a la miel, decenas de personas se fueron agolpando a nuestro alrededor generando una multitud de curiosos intrigados por saber de mi viaje. Parecía que medió pueblo estaba allí! Porque la otra mitad deberían ser los conductores de los “moto taxis”, esparcidos por cuanto lugar uno pasara. Me resultaba extraño eso de ser transportado en una moto. Definitivamente era un buen trabajo cuando el pasajero era una señorita agraciada que se sujetaba del conductor por la cintura!
Las arepas se habían vuelto uno de los platos más característicos del trayecto, una especie de tortilla de maíz bien gordita y que se acompañaba con queso o lo que uno quisiera agregarle. Las “bandejas” constituían la base de cada almuerzo o cena, combinando arroz, frijoles, ensalada y la opción elegida de carne, cerdo o pollo. Lo bueno era que los precios eran accesibles y por lo tanto, el combustible para la pedaleada estaba asegurado. Los bocadillos de guayaba se hicieron indispensables a la hora de ingerir azúcar y los granos de café bañados en chocolate eran el mayor placer al que podía aspirar. El alojamiento en “residencias” también era económico y eso permitía conseguir un sitio seguro donde pasar las noches sin costos altos. Los paradores de camiones eran un clásico en el que la combinación de comida abundante y precios accesibles eran una fija.
Pero si había algo que caracterizaba a Colombia era el clásico “tinto”, manera de llamar al café de filtro negro, que se podía conseguir prácticamente en cualquier lugar. Ya sea en la calle, donde siempre había un vendedor paseando con su carrito cargado de termos, o en cualquier negocio que uno visitase, era la bebida primordial y que con sumo agrado incluí en mi menú diario. Inclusive la gente se sorprendía de ver con qué naturalidad pedía los tintos, como si fuera un habitante local. Para un amante del café como yo, rodar por Colombia era un lujo sin límites!
Si existía un denominador común entre los colombianos y los argentinos, ese era la pasión por el fútbol. Por donde fuera era rápidamente identificado por los colores de las banderas que llevo conmigo y luego del clásico reconocimiento hacia mi nacionalidad con un “che boludo”, venía el chiste directo sobre ese partido que perdimos 5 a 0 contra la selección colombiana. No importaba que dijese que no estaba al tanto de resultados y enfrentamientos entre los equipos de fútbol, ése era el karma que me esperaba en cada conversación donde saltaba el tema de este popular deporte.
Iba avanzando de a tramos largos, aprovechando la chatura del terreno antes de que tuviera el inexorable primer encuentro con las estribaciones montañosas de los Andes. Sabía que por delante me esperaba una trepada “arrecha”, como le decían al tratarse de algo difícil. Y no se equivocaban!
Al pasar por Caucasia toqué las márgenes del caudaloso río Cauca y dejé atrás la zona ganadera y de cultivos para internarme en un paisaje que progresivamente se iba haciendo más montañoso. Las laderas de los cerros eran de un verde intenso y la vegetación abundante. Pero el entorno no estaba dominado únicamente por lo natural, ya que el aspecto humano también daba un toque muy particular. A ambas márgenes del camino, encajonadas entre las paredes montañosas de un lado y los barrancos hacia las aguas por el otro, una sucesión interminable de casas precarias se apiñaban en cuanto espacio había disponible. Las puertas, cuando no eran simples
cortinas, daban a la carretera y se veía a los niños jugando en las banquinas con una naturalidad pasmosa. El grado de pobreza en el que vivía esa gente era patente y daba la sensación de estar circulando por una extensa “favela” que se prolongaba por kilómetros y kilómetros. Durante el largo y lento ascenso, este penoso panorama no tuvo interrupciones hasta casi llegar al punto más elevado a 2000 msnm, en el Alto de la Ventana. En muchas partes se podía ver cómo se ganaban la vida aprovechando los abundantes cursos de agua que bajaban de las escarpadas laderas, presurizando el agua con mangueras para ofrecer así un rudimentario pero efectivo servicio de lavado de autos y camiones.
Consultando sobre el tema me dijeron que eran los desplazados, familias enteras que habían tenido que dejar sus lugares de origen debido a la violencia generada por los enfrentamientos con la guerrilla y los narcos, pero que se resistían a dejar la zona con la esperanza de poder retornar a sus tierras en algún momento. Por algo Colombia es uno de los países con más gente en esas condiciones en el mundo. Un espectáculo triste y que mi escasa velocidad de avance me permitió palpar de cerca en los 80 kilómetros que duró.
El factor climático venía jugueteando conmigo con las tradicionales tormentas vespertinas y no fue la excepción esta vez, con una lluvia que no me dio tregua. La diferencia era que ahora, al ir ganando altura, la compañía del agua traía como efecto colateral un frío que ya no recordaba como era! Prácticamente desde que había descendido a las costas del Pacífico en Guatemala que no experimentaba estas temperaturas, que combinadas con el agua eran letales.
La neblina se puso tan espesa que pasé por un retén militar casi sin notar a los soldados hasta que casi los piso. Se ve que estaban bastante aburridos porque no me querían dejar ir y seguían bombardeándome con preguntas, pero lo único que yo quería saber era cuánto me faltaba para conseguir un techo donde pasar la noche.
Al día siguiente y a pesar de la pila de frazadas que me había echado encima para dormir, me desperté con los dedos de las manos totalmente agarrotados. Al respirar profundamente sentía una puntada en el lado derecho de la espalda, como si se me hubiera perforado un pulmón. Las falanges me dolían tanto que me resultaba muy difícil poder apretar las manillas de los frenos de la bici. Llegué a asustarme un poco. Era el efecto combinado de la lluvia y el frío después de tanto tiempo de calor o se trataba de algo más grave? Por suerte el sol apareció un rato más tarde y la tibieza de sus rayos me fue recuperando hasta que al final del día parecía que no había pasado nada. Toco madera!!
Ese día las cosas se dieron mucho mejor y la generosidad colombiana adquirió proporciones únicas! En un alto que hice para tomar un tinto, Jhon Jairo, de Briceño, se solidarizó con mi cara de cansancio y me convidó el café y una arepa con “chocolo”, que para mí era choclo o maíz, que me repuso todas las energías ya invertidas en el pedaleo. Y por si fuera poco, me regaló el vuelto del dinero con el que pagó las cosas. Poco después, mientras me refugiaba de un ocasional chaparrón degustando otro tinto, se cruzó en mi camino Jhon Gustavo Balbín, que me dijo que si llegaba esa tarde a Santa Rosa de Osos, me convidaba la cena. Cómo resistirse a semejante invitación? A pesar de que ya estaba por colgar los pedales por el día, proseguí la marcha confiando en la veracidad de que le quedaba poco a la subida y con el sol escondiéndose detrás del horizonte y justo antes de que se pusiera a llover copiosamente, llegué al poblado. Jhon era el dueño de un café en la plaza principal y parecía conocer a todo el mundo. Los tintos fueron
pasando uno detrás de otro como en una noche de borrachera con cerveza, pero en este caso eran mis niveles de cafeína los que iban en paulatino aumento mientras conversaba con los presentes. Jhon no sólo cumplió con su palabra de invitarme la cena, sino que además me consiguió un hotel para pasar la noche y hasta organizó una colecta entre sus socios y amigos dejándome un buen capital para invertir en comidas en los próximos días. Una generosidad desinteresada y sin límites, claro reflejo de la receptividad de la gente colombiana de la que tanto me habían hablado.
Estaba en Antioquia, en tierra “paisa” y a tan sólo una electrizante bajada para llegar al valle de Aburrá. Allí me esperaba Medellín, la segunda ciudad más grande de Colombia, tristemente célebre por la época en que el narcotraficante Pablo Escobar llegó a dominarlo todo. Pero si bien había que andar con cuidado, éstos eran otros tiempos. Un gran amigo y viajero, Martín Monti, me había advertido al respecto: “cuidado en esa ciudad, porque de tantas invitaciones que vas a tener de la gente y lo hermosas que son las paisas, no vas a poder irte más!”. No estaba muy errado!!
Ya había tenido una prueba del carácter especial de esta gente y me causaba gracia, después de la sorpresa inicial, que cada vez que me hablaba con una mujer ésta se dirigiera a mí con un “mi vida”, “mi corazón”, “mi querido” y hasta “mi amor”! Y ni qué decir del acento de las paisas! Además de bonitas, eran extremadamente seductoras en su manera de hablar. Colombia no sólo tenía buen café, las pruebas estaban ahí nomás, frente mío!
Llegar a Medellín era reencontrarme con viejos amigos de la universidad que hacía mucho no veía. Con 19000 kilómetros recién cumplidos, era la primera vez en el viaje que me encontraba con gente a la que conocía hace años, por lo que era como un anticipo de la llegada a casa. La impresión inicial al ver la ciudad fue sobrecogedora: como una enredadera que se expande por las paredes de una casa, las construcciones de ladrillo y tejas rojas abarcaban la totalidad del valle, escalando a ambos lados de las laderas y prácticamente coronando los filos. La urbe era gigantesca y entraba en una verdadera jungla de cemento.
Para evitar caer en el barrio equivocado, me comuniqué con mi amiga Ximena para que me viniera a buscar a la parada del metro, y así ser guiado hasta su casa. Para ello, recurrí a la compra de “minutos”, el sistema de alquiler de celulares que desde que llegué al país me tenía admirado. Para hacer un llamado, simplemente había que buscar un puestito callejero o algún negocio con el cartel diciendo “minutos”, donde de acuerdo a la compañía a la que se llamara, te daban un teléfono celular para realizar la comunicación pagando únicamente los minutos empleados. Y para mi asombro, tenían una tarifa fija sea cual fuere el destino en el país! Algo que no había visto en ningún otro lado! Con razón todo el mundo me pasaba números de teléfonos celulares cada vez que me daban sus contactos. Acá no había que empeñar la casa para poder comunicarse con la gente!!
Mi llegada coincidió con el Festival de Tango, por lo que pude rememorar con nostalgia los pagos de mi patria escuchando la típica música porteña en lugares tan característicos de Colombia como la plaza Botero, un verdadero museo al aire libre con las obras del reconocido autor. Enseguida conocí a los amigos de mis amigos y las salidas con Alejo, Viole, Andrés y toda la barra que se armó pasaron a formar parte del baúl de los buenos recuerdos. Tuve la oportunidad de conocer Santa Fe de Antioquia, un pueblito colonial donde nos alojamos en una casa histórica que parecía sacada de un cuento. Allí me tocó hacer los honores con un buen asado y quedaron inmortalizados los famosos “chorichés”, nueva denominación de los clásicos “choripanes” argentinos. Hasta nos cruzamos una vez más con mi hermano del camino Japhy!!
Estando en Medellín pude aprender un poco más de la compleja realidad de esta nación. La familia con la que me estuve quedando estaba relacionada con el ambiente político y eso me permitió tener una perspectiva más acabada de lo que estaban viviendo y de lo que habían vivido en otros tiempos. Venía asombrado de ver que era el primer país en todo mi recorrido en el que la gente, casi sin excepción, tenía una buena imagen de su presidente. En efecto, la popularidad de Álvaro Uribe estaba en las nubes y en gran parte se debía a su efectiva campaña en contra de la guerrilla armada que venía azotando al país desde hacía muchos años. Inclusive tuve la fortuna de ser testigo presencial de lo que fue la liberación de los rehenes más importantes que tenían
secuestrados las FARCs, con la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt a la cabeza. Fue emotivo ver como todo el mundo dejó lo que estaba haciendo para seguir las instancias por la televisión con una alegría incontenible y hasta derramando lágrimas de contento. Era una puerta que se abría a la esperanza, para finalizar de una vez con una situación que golpeaba al país desde hacía mucho tiempo con gran dureza. En una nación donde hasta hace unos años era imposible desplazarse de noche por las carreteras por los niveles de inseguridad, estos cambios, apreciables desde la llegada de Uribe al poder, hacían lógica su creciente popularidad.
Pero no todo eran rosas y también había un costado no tan auspicioso al que prestarle atención. Si bien el tema principal en las cabezas de todo el mundo era la seguridad, otros asuntos como la educación, salud y economía merecían un poco más de atención. La problemática con los paramilitares y los narcotraficantes aún estaba candente y si bien se mantiene con un “perfil bajo”, es parte del presente que se vive día a día en el país. Y por otra parte, la perpetuación en el poder ha demostrado históricamente que en general no tiene “finales felices”.
Llegué a conocer personajes involucrados con la lucha por los derechos humanos desde tiempos inmemorables, ilustrándome del complejo ambiente en el que literalmente tuvieron que “sobrevivir” para poder estar allí contándome sus historias. Me trajo amargos recuerdos de los oscuros años de la dictadura militar en los años 70s en la Argentina y no pude más que sentir admiración por el espíritu de entrega y abnegación por esta lucha que llevaron a cabo y aún mantienen vigente hoy en día.
La ciudad era un crisol de contrastes en el cual se podían recorrer modernos edificios y centros comerciales en la residencial zona de El Poblado, o ver expresiones de extrema pobreza en las laderas de los cerros, como la comuna nororiental. El metrocable era el mejor medio de transporte para desplazarse con rapidez dentro de la metrópoli. Tenía un sistema de transbordo que permitía subirse a un moderno cable carril en dos sectores del ejido urbano, escalando las laderas del valle y acortando los tiempos del transporte urbano hacia las zonas altas de manera drástica. Semejante muestra de modernidad y tecnología chocaba con la cruda realidad de los barrios que uno observaba desde las alturas. Era un viaje hacia el corazón de la pobreza humana.
El 4 de julio de 2008, después de unos días inolvidables y con el corazón encogido por las despedidas, me subí nuevamente a los pedales para realizar una nueva visita a las Aldeas SOS de Rionegro, a unos 45 kilómetros de allí. Maira lucía un nuevo manubrio que oportunamente me habían enviado mis amigos ciclistas Johnny y Anne desde Inglaterra. Soportaría las inclemencias que le esperaban hasta llegar de regreso a la Argentina? Ojalá que sí!!
Luego de otra experiencia memorable, tuve que desandar el camino hasta Medellín para así poder tomar por la carretera principal que me llevaría hasta Bucaramanga, mi próxima destinación. Por ser domingo la cantidad de ciclistas que estaba entrenando por las rutas era apreciable y prácticamente no me faltó compañía hasta que me adentré en la ruta hacia Cisneros.
A pesar de ir “bajando” hacia las llanuras del río Magdalena, las subidas se sucedían con frecuencia y esa noche llegué a un pequeño poblado llamado Santiago, inmerso en las serranías que aún me quedaban por sortear. De tan reducido que era no había lugares para pasar la noche, pero después de charlar con la gente del puesto de comidas, conseguí el contacto de un hombre que estaba a cargo de una finca que se alquilaba ocasionalmente por temporadas. Así fue que terminé alojándome en uno de los cuartos de la enorme construcción, con una vista que dominaba todo el valle y el pueblo, dándome la impresión de ser un capo narco en su mansión de lujo!
Tenía sólo cuatro días para recorrer los 450 kilómetros que me separaban de Floridablanca, donde ya había concertado otra visita con las Aldeas SOS locales. Me esperaban jornadas largas de pedaleo y a partir de Puerto Berrío, al llegar a las planicies, el calor se tornó insoportable. El paisaje no era muy interesante e iba parando en cuanto sitio viera que podía comprarme un jugo natural o un batido para reponer energías…y tener un poquito de sombra. La suerte no estuvo de mi lado y en dos días tuve 5 pinchazos que probaron mi paciencia a límites insospechados. Por supuesto, siempre pasaba en el medio de la nada, donde el efecto “horno” del asfalto era mayor y no había un lugar donde esconderse del sol.
Estaba circulando por una región que había sido muy golpeada por la violencia en las épocas de mayor actividad de la guerrilla. A pesar del ambiente cansino y tranquilo que ahora percibía, las historias que había oído sobre la zona eran poco menos que escalofriantes.
El tercer día se me hizo imposible encontrar un lugar donde pasar la noche antes de que cayera el sol y terminé arribando a un parador de camiones en La Lizama en medio de una negrura total. Algo andaba mal. Sentía que me abandonaban las fuerzas y casi no tuve ganas de comer a pesar de los 140 kilómetros que había pedaleado. Definitivamente algo estaba mal!! La fiebre se apoderó de mí y entre escalofríos y dolores corporales intensos, la noche se hizo eterna.
Haciendo un esfuerzo extremo, proseguí con mi camino y por la tarde siguiente llegué a Floridablanca. Fue una jornada muy dura en la que las subidas estuvieron a la orden del día y con mi deteriorado estado de salud, se convirtió en una tortura. La lluvia me dio el golpe final y arribé a la casa de Nelson, mi contacto en la ciudad, casi desahuciado. Inmediatamente tanto Nelson como su familia se ocuparon de mí y me dieron los cuidados que estaba necesitando con urgencia.
Cuando llegué a la Aldea SOS de Floridablanca aún tenía los síntomas de la peste que me estaba acosando. El servicio médico pronosticó una faringitis aguda y me recomendó tomarme al menos dos días de descanso, a los que no me opuse en absoluto!
Mientras estaba allí se fue gestando un giro de tuerca en el desarrollo de este viaje y cuando finalmente retomé los pedales, salí con un año más de travesía a cuestas! Ya Nelson me había profetizado que mi paso por Bucaramanga iba a cambiar las cosas. Nuestro amigo Martín se había ido de allí con una novia a cuestas y yo lo hice con un nuevo panorama y una visión más amplia para lo que quedaba por andar en Sudamérica. Cada vez que veía los carteles de venta de minutos pensaba en que sería bueno poder comprar unos meses más para el viaje, y sin darme cuenta, acababa de regalarme 12 más!
Nelson y Duke, su inseparable amigo, me acompañaron en la salida de la ciudad durante los primeros 20 kilómetros de subida hasta el Picacho, el punto más alto de mi recorrido hasta el presente, con casi 3500 metros de altura. Era un día largo y pesado, netamente en trepada, pero finalmente se me hizo mucho más sencillo de lo esperado. A poco de despedirme de los muchachos me interné en una bruma espesa que se convirtió en llovizna. Me hizo recordar mis primeras pedaleadas dejando Anchorage, donde la canción de Drexler “Sea” sonaba en mis oídos. Como si lo hubiera planeado con premeditación, en esos instantes comenzó a oírse la misma melodía, en la versión del acústico que me había pasado recientemente una querida amiga. Emocionado hasta lo más profundo de mi ser y con lágrimas de felicidad en la cara, detuve mi bici y como en aquel 4 de junio de 2007, lancé una moneda al aire “y que sea lo que sea”…
Cuando llegué al peaje de El Picacho el sol estaba pintando las nubes con dorados mientras se hundía en el horizonte. El frío de las alturas había reemplazado los calores de los llanos y la pureza del aire penetraba hondo en los pulmones. No me había dado cuenta de que había estado sobre el asiento de la bici por más de ocho horas! La pausa se hizo obligada y tomando una reconfortante “aguapanela” bien caliente me instalé en el parador de camiones que había allí.
Esta bebida era casi tan popular por esos pagos como el tinto en el resto del país y no había tardado mucho en adoptarla para su consumo. Era simplemente panela, un concentrado de azúcar de caña, disuelto en agua caliente; bien dulce, como me gustaba a mí! El aire fresco y el sol que calentaba lo justo le dieron un toque más que placentero al recorrido que me quedaba por el páramo de Berlín. A diferencia de los demás paisajes que había venido observando en Colombia, aquí la vastedad de las montañas prácticamente sin vegetación me hacían acordar mucho a las eternas extensiones en la Patagonia argentina. Este escenario se fundía paulatinamente con un eterno continuo de laderas cultivadas que se asemejaban a un tapiz lleno de remiendos con los diferentes tonos de verdes y marrones que ocupaban las parcelas. El aroma a cebolla de verdeo fue mi compañero a lo largo del camino.
Regresando una vez más a tierras bajas en un vertiginoso descenso llegué a mi última destinación en Colombia, la fronteriza ciudad de Cúcuta. Allí tenía un nuevo compromiso, que había surgido casualmente charlando con Duke mientras me acompañaban en la salida de Bucaramanga. Esta vez se trataba de visitar la Asociación de Menores Rudesindo Soto , donde la esposa de Duke, Graciela, trabajaba como asistente social. Me invitaron a dar una charla para los chicos, aunque no sabía muy bien de qué se trataba el lugar. Pensé que era una organización gubernamental que trabajaba con chicos de la calle, pero resultó ser un centro de rehabilitación para menores infractores de la ley penal colombiana!
Así fue que terminé improvisando un par de presentaciones para los chicos, primero con los más conflictivos y luego con el grupo que estaba por ser reinsertado en la sociedad con los programas de libertad asistida. El poder comunicarles a estos jóvenes la idea de tener un proyecto de vida fue de lo más interesante y la respuesta que hubo en ellos resultó muy positiva. Era la primera vez que me tocaba hablar ante un público de esta clase, justamente la gente de la que me tenía que cuidar cuando andaba rodando por ahí! El grupo de las chicas fue el más revoltoso y recordándome escenas de películas de presidios, no tenían ningún problema en exteriorizar abiertamente las cosas que querían hacer conmigo!
Colombia me había tratado más que bien y había comprobado en carne propia que los excesivos temores acerca de visitar este país eran infundados. Sentía que me habían quedado muchas cosas pendientes por ver, gente por conocer, lugares que recorrer. Era un pueblo luchador, trabajador, con ansias de superar los difíciles momentos de su historia y que merecía un futuro mejor. Estaba cautivado por su belleza y tenía que regresar. No había dudas de ello, y el nuevo plan que estaba gestando en mi mente me traería de nuevo por estos pagos en unos meses más…
Hasta la próxima!
Buena senda,
Damián
Agradecimientos
Daniel Sánchez, por tu generosa y cordial hospitalidad dándome la bienvenida a Colombia durante mi estadía en Cartagena de Indias.
Al grupo de ciclistas “Mango Maduro”, de Turbaco, Bolívar, por compartir esa refrescante Coca Cola en el camino y por la detallada información sobre las rutas que me esperaban.
Cristo Caycedo Pico, por tu entusiasmo compartiendo la pasión del ciclismo y los viajes en dos ruedas.
Wilfrido Herazo, de Pueblo Nuevo, Córdoba, por tu amistad y esa experiencia única con la gente de tu pueblo.
Julio Enrique Martínez, Robert Ramírez, Francisco Uparela, Ricardo Henao, Fabio Ortiz y Dubernei Flores, de la Policía de Carreteras de Córdoba, por el interés en mi travesía y los parches que me regalaron de recuerdo.
Jhon Jairo, de Briceño, por tu cordialidad convidándome el café y esa exquisita arepa con “chocolo” camino a Yarumal.
Jhon Gustavo Balbin, de Santa Rosa de Osos, Antioquia, por tu infinita generosidad con tantas atenciones y regalos.
A Ximena, por tu incondicional amistad de años y la hospitalidad sin límites con la que me agasajaste en Medellín. Y a toda tu ejemplar familia por el cariño que me demostraron, tratándome como a uno más de la casa.
Claudia García García, porque gracias a tu insistencia y enojos lograste convencerme de que no debía dejar de conocer Medellín. Y estabas en lo cierto!
Viole, princesa paisa, inolvidable compañera de correrías y presa inalcanzable. Gracias por tu frescura y simpatía.
Alejo, mi “casi dragón” y Andrés, por la complicidad de los momentos compartidos.
Alejo “Machacho” Puerta, tu increíble cordialidad y hospitalidad son un ejemplo de la calidez del pueblo colombiano! Gracias por todo y nos vemos a la vuelta!
Carlos y Cristina, por esas lecciones de vida que compartieron conmigo en esa tarde de cafetín en el centro de Medellín.
Johnny y Anne O’Brien, porque sin su ayuda y camaradería de amigos ciclistas del camino nunca hubiera podido conseguir el repuesto para el manubrio de Maira y así seguir rodando los miles de kilómetros que aún me quedan hasta llegar a casa. Gracias por su gran aporte!!!
Gabriel Correa, por el obsequio del Sagrado Corazón en mi parada a descansar en el mirador del estadero camino hacia Rionegro.
Willy, Dony Hamer y Javier Serna, ciclistas de la Universidad de Antioquia, por la compañía en la bajada desde Rionegro a Medellín y ese exquisito salpicón compartido.
Sergio Pareja, por esos licuados que me regalaste en el estadero cerca de Barbosa.
Harby Carmona, gracias por el jugo en el estadero camino a Cisneros y esos pesos para una buena comida!
Nancy Olaya y Lina, por la pulserita que me obsequiaron para Maira saliendo del parador Palermo, en La Lizama.
Nelson Plata, por tu amistad, el alojamiento y la banca en mi paso por Floridablanca. Tenías razón en que nada sería igual luego de pasar por Bucaramanga!
Gerardo Duke Sarmiento, por tu buena onda y ese espíritu creativo y ejemplar.
Luis Jesús Espinel Blanco, director de la Asociación del Menor Rudesindo Soto, por darme la oportunidad de interactuar con los jóvenes de la institución y por brindarme el alojamiento durante mi paso por Cúcuta.
Graciela Acevedo, por generar los contactos para las charlas que di en la Asociación del Menor Rudesindo Soto y por ser mi guía en mi breve estadía en Cúcuta.
Cecilia Pinilla, por la compañía y tu hospitalidad en Cúcuta.
José Orlando Cañas, por acompañarme con tu bici en la salida hacia Venezuela y por ese espíritu de superación. Suerte en Europa!
A Maribel…
En este período de pedaleo
Días en el camino: 34
Días de pedaleo: 16
Kilómetros recorridos: 1.382 km
Promedio de kilómetros recorridos por día: 86,4 km
Horas sobre la bici: 91h06m (3d19h06m)
Promedio de velocidad: 15,2 km/h
Metros trepados: 17.983 m
Altura máxima: 3458 msnm, Páramo Berlín, Colombia (14-07-2008)
En todo el recorrido
Días en el camino: 408
Días de pedaleo: 236
Kilómetros recorridos: 19.712 km - 1.700 en ripio
Promedio de kilómetros recorridos por día: 83.3 km
Horas sobre la bici: 1.210h02m (50d10h02m)
Promedio de velocidad: 16,3 km/h
Máxima velocidad: 81,5 km/h, bajando el Sunwapta Pass, Canad á (15-08-2007)
Metros trepados: 193.015 m
Altura máxima: 3458 msnm, Páramo Berlín, Colombia (14-07-2008)
Cantidad de “tintos” que me tomé por el camino: más o menos 957.