Era otro día tórrido y aplastante. El calendario marcaba el 6 de mayo de 2008 y el calor que emanaba el asfalto parecía querer derretir los cauchos de la bicicleta, que tenían una pesadez más grande de lo habitual. El viento soplaba implacablemente en contra y la escasez de vegetación intensificaba la sensación de desasosiego de esos últimos kilómetros por Nicaragua. Una nube de pequeñas mosquitas invadían las márgenes de los caminos. De tan abundantes que eran podía escuchar el impacto de sus diminutos cuerpos sobre mi casco. Tenía que cerrar la boca y agachar la cabeza para no ahogarme con ellas y mis ropas, brazos y piernas estaban tapizados con cientos de ejemplares atrapados inexorablemente por el copioso sudor.
En esta ocasión ingresaba a un nuevo país por el cruce fronterizo principal, lo cual se hizo evidente de inmediato. Las colas eran considerables y las horas fueron evaporándose tan rápido como el agua de mi cuerpo. Después del inevitable pago de dos dólares para obtener el sello de salida de Nicaragua ingresé a Costa Rica, donde me esperaba una fila aún más larga. Una serpenteante hilera humana de 200 metros se extendía fuera del edificio de migraciones, buscando el menor resquicio de sombra para refugiarse de los calcinantes rayos del sol.
Charlando con la gente me di cuenta de que el 99 % de los presentes eran nicaragüenses. Su condición era humilde y pronto fui testigo de otra de las duras realidades de esta golpeada nación. Costa Rica era a Nicaragua lo que Estados Unidos es a México en cuanto a migración de gente desesperada por encontrar una mejor calidad de vida y la posibilidad de asegurar el sustento económico de los que quedaban relegados en casa. Muchos se dirigían a las zonas del caribe, donde la industria bananera requería de mano de obra barata y poco calificada.
Apenas empezar a rodar por Costa Rica noté una diferencia abismal. Como por arte de magia habían retornado los árboles y con ellos su refrescante sombra, las odiosas mosquitas habían desaparecido y las señales de pobreza extrema parecían ser parte del pasado. Las casas eran edificaciones más consolidadas y en lugar de viajar apiñados como ganado en la caja de una camión, la gente se desplazaba en buses modernos. Por primera vez en mucho tiempo veía vehículos 4x4 por todas partes. Era como ingresar en una gran burbuja ajena a la dura realidad de la que venía siendo testigo por los demás países centroamericanos.
En comparación con sus vecinos, Costa Rica ha sido diferente desde los orígenes de la colonización española. La falta de riquezas minerales y sus características geográficas la hicieron quedar en un segundo plano hasta la primera mitad del siglo XIX, en que las industrias cafetera y bananera le dieron un gran impulso económico a la región. Sin estar exento de conflictos internos, Costa Rica logró algo único en una zona habituada a los enfrentamientos armados: en 1949 una nueva constitución abolió el ejército nacional. Inclusive pudo manejar la situación para evitar caer en el predatorio intervencionismo estadounidense que sumió al resto de los países centroamericanos en la década de los ochentas. Sin dejar de lado momentos de crisis e inestabilidades económicas, Costa Rica fue forjándose el camino hasta el día de hoy, convirtiéndose en una meca para el turismo ecológico, sello distintivo actual de esta nación.
La huella de este fenómeno era patente en todas partes. Los carteles estaban mayoritariamente en inglés y los precios se manejaban en dólares y no en colones. Todo lo que me rodeaba era “eco”: eco-lodges, eco-tours, eco-farms…excepto eco-nómico! Mi primera incursión en un supermercado me dejó al borde del colapso nervioso no sólo por tener que manejar cifras mucho más altas por el tipo de cambio, sino porque al traducir los valores a dólares aún seguían siendo exorbitantes. El precio de este desarrollo que tenía frente a mí era muy alto, y se hacía notar en mi escaso presupuesto.
Sin embargo, había una buena noticia! En Costa Rica el agua era potable y se podía consumir tranquilamente en cualquier sitio! Algo que no veía desde que había cruzado la frontera al ingresar a México. Ya no era necesario pensar dónde conseguiría el vital fluido para subsistir sin tener que pagar por él. Ahora simplemente podía servirme hasta el hartazgo en cualquier canilla que encontrara. Tocaba el cielo con las manos!!
En mis primeros días rodando por este país noté la gran calidez de su gente. Si bien no llamaba tanto la atención como en otras ocasiones, siempre que me detenía a descansar algún “tico”, como son conocidos los costarricenses, se acercaba a entablar una amistosa conversación conmigo. En general, inicialmente me asociaban con un gringo y querían aprovechar la ocasión para practicar su inglés; por suerte la decepción de saberme hispano parlante era rápidamente superada por el interés sobre el viaje en bici…o los temas relacionados con el fútbol!
La vida era mucho más relajada, no tenía que estar tan alerta en cuanto a cuestiones de seguridad y eso me permitía disfrutar aún más del entorno natural que me rodeaba. Había recuperado una paz interior que ya casi había olvidado que existía en los últimos meses. La idiosincrasia local podía ser resumida en sólo dos palabras que eran marca registrada de los ticos: “pura vida!”. Era el cliché con el que habitualmente se saludaba la gente, pero que me costó mucho asimilar. Aún estaba tratando de digerir lo que había presenciado en el resto de Centroamérica y esa frase me sonaba como un cachetazo en plena cara.
A pesar de su reducido tamaño, el país brindaba una oferta inagotable de atractivos naturales de toda índole y quería ver un poco de cada cosa. La geografía no era precisamente favorable para un pedaleo directo y sencillo, sino que más bien presentaba grandes desafíos físicos. Asombrosamente para un país tan desarrollado a nivel turístico, las carreteras eran angostas y excepto en la carretera principal, eran todo un reto extra para las habilidades de manejo.
Mi primera incursión fue atravesando la región ganadera o “sabanera” con rumbo hacia las playas del Pacífico. Si bien sabía que era una zona altamente turística y cara (como el resto del país!), no podía pasar por alto esa región famosa por sus olas para surfear. Así fue que arribé a Sámara, después de un ondulado camino por el que me interné en la península de Nicoya. Encontré un camping donde pasar las noches y me instalé en un sitio privilegiado, escasos metros del mar y bajo las palmeras.
Allí conocí a Tomás, un argentino que desde hacía años venía recorriendo los caminos de Sudamérica y con quien compartí las tardes entre mates y charlas amenas. El mar era una invitación permanente para darse una refrescada y el despliegue de hermosas chicas surfers en bikini domando las olas era un espectáculo mucho más interesante que cualquier programa de televisión. Inclusive se podía hacer “zapping” de acuerdo a la zona de la playa que uno eligiera para instalarse. Lo malo era que al mismo tiempo constituía una tortura, ya que sin una tabla al lado y desconociendo hasta lo más básico del tema, era una utopía poder encarar a una de estas beldades.
Ese ambiente paradisíaco se transformaba notablemente cuando caía la noche. Además de los estruendosos bares que competían en el volumen de la música que ponían, un nuevo mundo surgía de las entrañas de la arena. Un ejército implacable de hormigas se extendía por todas partes, con la odiosa particularidad de ser irritantes al mínimo contacto con la piel. Andar descalzo a esas horas era una imprudencia casi tan grande como dejar la carpa abierta por unos instantes. Además de estas indeseables compañeras, también podía meterse alguna araña, las lagartijas o inclusive algún mono aullador de los que habitaban en las cimas de las palmeras.
Mi segunda noche allí tuve la oportunidad de estar frente a frente con un fenómeno natural un tanto escalofriante. La calma total que reinaba se vio bruscamente reemplazada por un viento de características huracanadas que hizo flexionar las palmeras hasta límites increíbles y casi arrancó de cuajo mi carpa. Esperaba el inexorable final agazapado dentro de mi tienda cuando de repente, tan súbitamente como había aparecido, el viento cesó y todo retornó a la calma anterior.
Definitivamente no quería estar por esas latitudes cuando llegara la época de tormentas!!
Retornando sobre el camino por el que había llegado puse rumbo a otro de los sitios emblemáticos de Costa Rica: el bosque nuboso de Monteverde. Nacido originalmente como un asentamiento de cuáqueros, la región se fue convirtiendo paulatinamente en una de las mayores reservas ecológicas del trópico en el mundo, protegiendo miles de hectáreas de bosque nativo y sirviendo de refugio a numerosas especies animales, como el legendario quetzal.
El celo por evitar una invasión masiva del turismo, que igualmente es la mayor actividad de la zona, ha logrado que los caminos se mantengan sin pavimentar y hasta diría que perversamente en mal estado. La subida desde Las Juntas hasta Santa Elena, epicentro turístico del sector, superó todas mis expectativas. Si bien sólo eran 30 kilómetros de distancia, la pendiente inhumana y las condiciones del ripio me hicieron
emplear la jornada entera para llegar hasta allá.
Al menos el paisaje daba un incentivo extra, ya que cuanto más trepaba y me internaba en el bosque de altura, más cautivantes eran las vistas. Tuve que empujar la bici en muchos tramos ya que el agarre de los neumáticos era nulo, e inclusive en los escasos descensos que me tocaban, debía ir totalmente frenado para que no se me saltaran los dientes del traqueteo.
Mi velocidad era tan lenta que en una de las bajadas tuve oportunidad de entablar una conversación completa con un muchacho que estaba trabajando la tierra al costado del camino. Cuando me dijo “quiere tomar un café?” no lo dudé un segundo y simplemente apoyando un pie en el suelo me detuve para acercarme a su casa. Era mi primer café auténticamente costarricense y encima era “orgánico” y provenía de la finca donde trabajaba Alexander. Junto con su madre, doña Flor, charlamos por un buen rato y de paso celebramos los 17000 kilómetros de recorrido en mi travesía.
Con una buena provisión de café en las alforjas y el ánimo elevado, recorrí lentamente los últimos kilómetros hasta Santa Elena. El centro del minúsculo poblado era básicamente una aglomeración de posadas y empresas de turismo dedicadas a comercializar las infinitas opciones de recorrer ese paraíso natural. Ya sea haciendo “canopy”, un paseo a través de árboles y plataformas de altura en el que se va volando sobre la cubierta forestal por cable; viajando en el “sky tram”, un teleférico inmerso en las copas de los árboles; o realizando un “sky trekking” por pasarelas suspendidas en el corazón del bosque nuboso, uno podía sacarle el jugo al paso por la región. Por mi parte, me tuve que conformar con una sencilla y tradicional visita a la reserva de Santa Elena…y con tarifa de estudiante!
Lamentablemente el quetzal estuvo reacio a mostrarse en cuerpo entero y nos tuvimos que consolar con sólo ver su cola asomando del nido. Igualmente, el recorrido por esos bosques prácticamente en estado original justificó el esfuerzo de haber llegado hasta allí!
Como si hubiera sido algo planeado, la Pensión Santa Elena resultó ser un punto de reencuentro con casi toda la gente que había conocido en la isla Ometepe, inclusive con Moon! Fue muy gracioso ir descubriendo poco a poco que casi todos allí ya nos conocíamos desde antes! Sería que la atmósfera cordial y amistosa que ponían los dueños y empleados del lugar lo convertían en uno de los mejores sitios para hacer base en la zona.
Mi próximo destino era el volcán Arenal, famoso por su permanente actividad que atrae gente de todas partes del mundo para ver sus expulsiones de rocas candentes y lava…cuando las nubes lo permiten. Si bien la distancia que me separaba no era mucha, el camino principal era extenso y tortuoso, bordeando las márgenes del lago homónimo por completo. Sin embargo, había un atajo p
or un camino no tan frecuentado, ya que había que cruzar el río Caño Negro, que no tenía puente y que se volvía inaccesible en los meses de lluvia. Que precisamente estaban comenzando por esos días…
Era martes 13 cuando retomé los pedales para proseguir mi camino. Si bien nunca fui supersticioso, ese día parecía que todo
estaba dispuesto para conspirar en mi contra. Comencé la jornada descubriendo que había perdido la bandana blanca que llevaba en mi cabeza para evitar los rayos del sol, una de esas cosas a las que uno se va apegando con el transcurso del viaje y que me acompañaba desde tierras canadienses.
Después de despedirme de la gente y cargado de nostalgia, me largué en un pronunciado descenso por un camino de ripio tan malo como por el que había llegado. Pero algo estaba mal. En teoría debía encontrar un empalme hacia la localidad de Tilarán, pero los kilómetros pasaban y no veía nada. Es más, la pista parecía sumergirse en un cerrado y
escarpado valle por el que no veía salidas alternativas. Preocupado por mi rumbo aproveché el paso ocasional de unos camiones que venían trepando la cuesta para preguntarles por dónde estaba y mis temores se confirmaron: me había equivocado de camino! Estaba bajando hacia la carretera panamericana y de seguir por ahí la vuelta que tendría que dar sería eterna! Mi cara de desesperación y el rosario de insultos que me dije a mi mismo provocaron la solidaridad y el divertimento de los choferes, que se ofrecieron a darme un empujón para regresar hasta Santa Elena sin perder medio día en ello. Entre cuatro izamos a Maira encima de uno de los camiones y a los tumbos sobre la pesada carga de rocas retorné aún pensando en lo ganso que había sido al no corroborar mi rumbo al salir del pueblo.
La gente de la posada no entendía muy bien que hacía de nuevo por ahí un par de horas después de haber salido. “Es que ya los estaba extrañando”, fue mi respuesta antes de contarles entre risas lo que había sucedido. Con el sol de media mañana pegando duro recomencé mi travesía, esta vez por el camino correcto.
La computadora de la bici se puso terca y cada tanto tenía que toquetear el sensor para que respondiera. Había extraviado una de las botellas de agua (que por suerte recuperé) y con el transcurso del día me di cuenta de que el neumático trasero estaba deformado por el uso y tocaba contra el cuadro…y no tenía repuesto! Para completar el panorama, el arreglo con alambre que tenía desde Guatemala en el portaequipajes delantero cedió ante los permanentes traqueteos del camino y casi pierdo una alforja. Un día memorable!
La “bajada” hasta el lago Arenal tuvo unas cuantas trepadas de esas en las que es imposible mantener el equilibrio de la bici, por lo que el avance se hizo lento. El paisaje seguía siendo muy atractivo y como estaba circulando por caminos secundarios, era una especie de búsqueda del tesoro que me mantenía entretenido ya que debía preguntar a cada rato por dónde andaba para no perderme.
El descenso finalmente se hizo presente cuando tomé el desvío hacia el caserío de Río Chiquito. El camino serpenteaba por suaves lomadas con el volcán Arenal fundiéndose con el horizonte. De repente, como en la bajada inicial de una montaña rusa, la ruta se sumergió abruptamente con una pendiente tan inclinada que casi me voy de boca al suelo! Con los frenos chirriando y tratando de estabilizar la bici sacando el traste lo más posible para atrás, fui superando ese tramo de kilómetro y pico que me resultaba imposible de creer! Cómo harían para trepar eso los autos? Y con lluvia??? No me lo podía imaginar!!
El pequeño poblado parecía suspendido en el sopor de una tarde dominical. No se veía a nadie fuera de las casas y la única presencia humana parecía ser una señora atendiendo una diminuta despensa y el hombre que descansaba sentado en una banca dentro de dicho local. Me sumé a la reunión y compartí con ellos unas galletas y un refresco, mientras algún que otro parroquiano se acercaba esporádicamente a buscar alguna chuchería.
Al comenzar el día tenía intenciones de llegar al poblado de El Castillo, luego de vadear el río Caño Negro. No tenía mucha idea de la cantidad de kilómetros que me quedaban por recorrer y los intentos de obtener esa información fueron infructuosos. Según lo que me habían dicho, era algo así entre 8 y 24 kilómetros! La huella que bordeaba el lago Arenal iba deteriorándose paulatinamente, y si bien ya me lo habían anticipado, guardaba la esperanza de que no fuera tan terrible. Pues en esta ocasión no habían exagerado: era un desastre! El avance se tornó más que lento y la profusión de rocas sueltas daba la impresión de ir por el lecho de un río.
La noche venía avanzando y tuve que buscar donde descansar. En una finca cuidada por una joven parejita conseguí permiso para instalarme en una construcción aband
onada de lo que otrora fuera un quincho para recreación. La panorámica del lago y el volcán eran incomparables y un rebaño de vacas por demás confianzudas y para nada tímidas eran mi única compañía. Sin embargo, al caer la noche un ejército de pseudo-cucarachones salió de su madriguera, que resultó ser el techo de palmas que me hacía de refugio. Al menos no había hormigas!
Después de hacer algunas reparaciones al paso en el portaequipajes delantero y de rotar los cauchos para tratar de llegar hasta San José, retomé la trocha que poco a poco me fue acercando al río que podría llegar a frenar mi avance. No había logrado tener una opinión consensuada acerca del caudal de agua que traía en esos días, así que era un misterio saber si podría sortear el obstáculo o si me tendría que regresar por donde había venido.
Además de algunos rancheros arriando sus vacas no había visto mucha presencia humana por ahí. Hasta que un grupo de turistas se hizo presente montados en sus cuatrimotos y motocicletas enduro, metiendo un ruido ensordecedor, llenándome de tierra y atentando con mi vida ya que venían desbocados y con el acelerador a fondo. Al menos logré averiguar que el río era atravesable y si ellos lo habían logrado, yo también debería poder hacerlo.
La cercanía del curso de agua se hizo notar por el anegamiento paulatino de la zona. Resignado al enchastre, pasé por el lodozal que tenía por delante y llegué a las márgenes del río. Tendría unos 15 metros de ancho y era un tanto correntoso, pero al menos un oportuno dique improvisado con unas rocas posibilitaba el cruce sin sumergirse más allá de las rodillas. Mis fantasías de pasar con el agua hasta el cuello con mi equipo sobre la cabeza se simplificó bastante y la realidad fue mucho menos adrenalítica de lo que me había imaginado.
Pasé por El Castillo casi sin darme cuenta. La espectacular estampa del volcán Arenal acaparaba toda mi atención. Desde esta ladera se podían apreciar las constantes expulsiones de rocas que al ir rodando y rebotando cuesta abajo marcaban un sendero de pequeñas fumarolas. Tuve la suerte de coincidir con un grupo de estudiantes de secundaria de Aguas Zarcas y mientras veíamos caer esos colosos del tamaño de un auto compartimos un delicioso almuerzo.
Recorrí los kilómetros que me quedaban hasta el epicentro turístico de la región, el pueblo de La Fortuna. Atravesé una sucesión interminable de hoteles, complejos recreativos, cabañas, termas y alojamientos de alto nivel en el que cada uno parecía competir por el ventanal más grande con vista hacia el volcán…y los nombres menos originales. No importaba lo geológicamente inestable que fuera la zona, era un buen negocio y había que aprovecharlo!
Mi avidez por las aguas termales marcó el rumbo de mi próxima destinación. En las cercanías de La Fortuna ni me hubieran dejado acercarme a uno de estos “centros de relajación” ni para preguntar la hora, pero las relativamente cercanas termas de “El Tucanito” eran lo que estaba buscando. Allí conseguí permiso para pernoctar debajo de los refugios para hacer las barbacoas domingueras y hasta tuve el privilegio de ser el único usuario del lugar. Luego de una caminata inmerso en la vegetación, llegué al lugar tan ansiado para descubrir que todo el río era termal! Deambulando entre las nubes de vapor que se desprendían de sus aguas, busqué un rincón donde poder remojar el cuerpo sin escaldarme vivo y me quedé dormido plácidamente por un rato.
Ese lapso de relajación fue providencial ya que al día siguiente me esperaba un gran desafío físico: la trepada hacia Varablanca. En un tramo de apenas 20 kilómetros debía ir de los 300 metros de altura hasta más de 2000 msnm, sin considerar los repechos habituales en esas escaladas. Al llegar al cruce de caminos donde la ruta empezaba a ganar altitud, paré para preguntarle a la policía qué me esperaba y el rostro del oficial lo dijo todo. Al verme con semejante carga me dijo “nada bueno!”. Gentilmente me hizo una completa descripción de las penurias que me aguardaban, con lujo de detalles en cuanto a los poblados por los que iba a pasar y los kilómetros por recorrer. Pero igualmente no coincidía con lo que decía mi mapa. Diferíamos en unos 8 kilómetros a mi favor, al menos según mi carta de referencia. Confiando más en la veracidad de esta última comencé a subir.
La pendiente era pronunciada y el esfuerzo se fue haciendo cada vez más grande. Lentamente me iba internando en las entrañas de las montañas, rodeado de un verdor imponente matizado con el misterio de la bruma que iba en aumento. Al ver un sitio con varios vehículos estacionados me di cuenta de que era el lugar ideal para hacer una pausa y comer algo. No me había equivocado y por algo todos estaban allí: la comida era realmente deliciosa! Convencido de que me quedaban poco más de 4 kilómetros para llegar a mi destino final, cometí el error de consultar si estaba en lo correcto. Por supuesto, el policía había acertado en sus predicciones y mi mapa tenía un error en sus estimaciones. Una distancia que en el llano no me hubiera movido ni un pelo, pero que al tratarse de sectores con pendientes con más del 15 % de inclinación resultaban algo más intimidantes.
Esos 12 kilómetros restantes fueron de los más crueles para mis piernas. Después de un remanso donde una cascada espectacular parecía querer tragarse el camino, la carretera trepaba en medio de una sucesión de curvas y contracurvas en la que cada vez era más difícil mantener el equilibrio. Los autos, que no eran pocos, no dejaban de alentarme a bocinazos y podía distinguir la cara de desconcierto de sus ocupantes al verme avanzar casi estáticamente sobre los pedales. Debería parecer tan inhumano lo que venía haciendo y mis muecas por el esfuerzo serían tan evidentes, que un coche se detuvo delante de mí y Edgar generosamente me dio unos colones para que me comprara algo para comer y recuperara mis energías!
Me faltaban sólo 500 metros para alcanzar mi meta cuando un ruido seco acompañado de un fuerte tirón dejó mis piernas girando sin sentido. Por primera vez en la historia de mis viajes en bicicleta se me había partido la cadena! Ahí me di cuenta de que en efecto, esos 2000 metros de trepada habían sido bastante exigentes!!
Por la noche fui a comer algo a una pequeña soda local y fui víctima del abuso que suele ocurrir cuando el turismo se vuelve masivo. Al ver la carta me pareció que algo estaba mal. Los precios de las cosas más simples eran excesivamente caros, demasiado para un sitio sencillo y humilde como ese. Estaba por levantarme para irme cuando el dueño se dio cuenta de su error y me dijo: “ah, no, usted es argentino…a mi me caen bien los argentinos…por eso le voy a hacer precio especial”. Y me pasó la misma carta, pero con valores que eran un tercio de los anteriores! Era el menú para los locales, mientras que inicialmente me había dado el reservado a los turistas con pinta de gringos. Patético.
Había elegido esa ruta porque al mandar unas postales desde Sámara me había llamado la atención la imagen de unas estampillas. En ellas se veía el cráter de un volcán con una densa fumarola blanca. Era el volcán Poás, y al revisar mi mapa vi que desviándome unos pocos kilómetros desde Varablanca podía llegar pedaleando casi hasta la cima del mismo. Por supuesto que esos kilómetros eran en plena subida, pero aparentemente, el esfuerzo valía la pena.
Lamentablemente en la entrada al Parque Nacional homónimo tuve otro episodio poco agradable por el tema económico. Además de lo exagerado que me pareció el valor de admisión para un extranjero (10 dólares) en relación a un local (2 dólares), la actitud del empleado fue lo que me sacó de quicio. Sin saludar y con muy malos modos lo único que se dignó a decir fue: “10
dólares”. Mientras recuperaba el aliento le pregunté si no tenían una tarifa especial para estudiantes, ciclistas o para extranjeros provenientes de países en vías de desarrollo. Muchas veces me habían dejado pasar sin costo alguno en otros parques considerando el esfuerzo de llegar hasta allá en bicicleta. Molesto por mis preguntas y sin importar que estuviera hablando en un perfecto “argentino” me respondió: “para tramitar la visa a Estados Unidos nos cobran 100 dólares. Eso es caro!”. Lo miré con mi mejor cara de traste y le respondí: “y yo que tengo que ver con eso? Y qué tiene que ver con el precio de entrada al Parque Nacional? Todavía no te diste cuenta de que no soy gringo?” y prosiguió un extenso rosario de insultos demostrando lo creativo del lunfardo argento, que se prolongó por un buen rato mientras me alejaba. Obviamente el hombre no me quiso dar su nombre y a pesar de buscar un libro de quejas y sugerencias lo único que me pudieron ofrecer fue un cuaderno de visitas. Lamentable.
A pesar de este sinsabor amargo y de estar rodeado de turistas internacionales al punto de haber perdido la noción de estar en Centroamérica, el espectáculo que brindaba el cráter del Poás con su permanente fumarola de sulfuros compensaba la situación. Si no hubiera sido por el nivel de toxicidad de los vapores que inundaban el ambiente, hubiera sido para quedarse contemplando por horas esa maravilla natural. Mientras tanto, las nubes subían desde los valles para cubrirlo todo como inexorablemente sucedía casi todos los días luego de media mañana.
El descenso al valle central donde se sitúa San José, la capital del país, fue un trámite en el que paulatinamente me fui internando en áreas cada vez más densamente pobladas. Tratando de llegar a la casa de Daniel y
Lenny, mis contactos en la ciudad, descubrí que los ticos no tenían idea de cómo dar indicaciones de direcciones. Es más, el problema era el sistema que usaban! En lugar de nombres o números en las calles, todo se manejaba con un extravagante método de referencias que inclusive a veces utilizaba lugares que ya no existían más! Como: “del antiguo teatro histórico 300 metros al norte y 100 al este”. Qué? Cómo? Un trabalenguas imposible de descifrar para un foráneo! Preguntar el nombre de las calles fuera de las avenidas principales sólo generaba miradas de incertidumbre y respuestas del estilo: “siga un poco y pregunte más adelante”. Creo que llegué a la casa de mis amigos de pura casualidad y con los niveles de tolerancia en rojo!!
Para ser una ciudad capital, San José resultó un lugar relativamente pequeño y fácil de recorrer. Podía ir de una punta a la otra del centro con la bici en 15 minutos, lo que simplificaba bastante las cosas. Los días pasaron rápidamente ocupado con diversas actividades, entre las que estuvieron la visita a la cercana Aldea SOS de Santa Ana y unas pasadas por las oficinas Nacional y Regional de la Organización. Lenny y Daniel abrieron las puertas de su casa con total entrega y al poco de estar allí ya parecía uno más del lugar. Me malcriaron como a un hijo único llevándome a conocer los alrededores y los rincones de la ciudad. Así daba gusto estar civilizado por un tiempo!
Hacía mucho tiempo que no veía un despliegue tan grande de ciclistas con fines recreativos. El fin de semana era una explosión de gente rodando con equipos de calidad y enfundados en las mejores prendas, ganando las angostas carreteras en interminables trepadas y vertiginosos descensos. Hasta ese momento la bicicleta había representado más bien un medio de transporte económico que un vehículo para hacer deporte y disfrutar del entorno natural.
En esos días tuve la suerte de cruzarme nuevamente con mi hermano del camino Japhy, rememorando historias de lo que habíamos vivido en las últimas semanas. Era verdaderamente un encuentro familiar en la lejanía de nuestros respectivos hogares.
Lo que determinó la extensión de mi permanencia en la ciudad fueron los cuidados a los que tuve que someter a Maira. Comenzando por una renovación de neumáticos que fue posible gracias a
Karla, la hermana de Japhy, que me los había traído desde Estados Unidos, pasando por el reemplazo de la cadena y otras cosas más que surgieron de improviso. Minor Villalobos, a quién conocí a través de las Aldeas SOS, se convirtió en una especie de extensión de mi cuerpo, llevándome de un lado para el otro y asistiéndome en cuanta cuestión fuera. Fue gracias a él que conocí a David Fonseca, campeón Panamericano de ciclismo de montaña, quien se ofreció a realizarle un mantenimiento completo a Maira. Mientras desmembraba cada parte de la bici, descubrió que la rueda trasera se sostenía de milagro, ya que tenía el cono de los piñones partido. Había llegado hasta San José en una pieza de milagro! Por suerte su pericia sin igual dejó a Maira tan impecable que me costó reconocerla. Era la primera vez que la veía tan limpia y calibrada, como si recién hubiera salido de fábrica. Hasta me daba pena sacarla y que se mojara con las infaltables lluvias vespertinas de cada día.
Y entonces sucedió lo inesperado. Era el sábado 24 de mayo por la mañana e iba hacia el parque La Sabana para encontrarme con Japhy. Juntos íbamos a participar en una manifestación en apoyo a los derechos de los ciclistas y en reclamo de mejores condiciones para el desplazamiento en la ciudad, poco respetuosa en ese aspecto con su caótico tráfico. Apenas llegado y cuando iba a saludar a mi entrañable amigo, como en miles de ocasiones lo había hecho antes, me apoyé sobre el manubrio de la bici y vi espantado como éste se partía en la base del avance como si fuera de manteca. No lo podía creer!! Así, sin ningún esfuerzo en particular!
Fue como recibir un baldazo de plomo en la nuca. Por un lado, sabía que era prácticamente imposible conseguir un repuesto de ese manubrio ergonómico por estas latitudes, y la geometría de la bici estaba fundamentada en la forma poco habitual del mismo. Por otro lado, no podía dejar de pensar que si eso me hubiera sucedido al día siguiente bajando hacia las costas del Caribe, seguramente me hubiera partido la cabeza de un golpe! Por suerte Japhy estaba allí y enseguida empezamos a analizar las posibles alternativas para superar el inconveniente. Una intensiva búsqueda en Internet determinó que el único sitio donde podía conseguir el repuesto original era en Inglaterra! La idea de esperar semanas a que llegara no era una opción viable. Nos dirigimos al mayor negocio de bicicletas de la ciudad, Ciclo Los Ases, y confirmamos nuestras sospechas de que era imposible conseguir un repuesto similar en el país. Qué hacer?? La oportuna intervención de Rodolfo Soto, dueño del local, fue providencial. Al saber de lo ocurrido y ver mi cara de desazón, puso a su mejor mecánico, Roger, a trabajar en el tema.
Afuera llovía. El cielo plomizo y triste reflejaba mi estado ánimo por la preocupación que tenía ante la situación. Cuando Roger terminó de cortar el manubrio para intentar una reparación insertando un refuerzo interno, casi rueda una lágrima por mis mejillas. Sufría de ver semejante carnicería! Un trozo de un cuadro de bicicleta, resina epoxi, unos tornillos y una barra externa de refuerzo obraron el milagro y tres días después de lo planeado estaba listo para retomar los pedales. Aguantaría ese parche improvisado? Debería hacerlo por los próximos 1500 kilómetros, hasta que llegara a Medellín, donde mis amigos ciclistas Johnny y Anne se habían comprometido a conseguirme un repuesto y mandármelo por correo hasta allí.
La repercusión de mi visita a la Aldea SOS en Santa Ana había superado todas mis expectativas y después de aparecer en lo medios durante casi una semana, al dejar la ciudad era desconcertante ver que mucha gente me reconocía y me saludaba desde sus autos con el clásico e inconfundible “che, boludo!!”.
Sumido en la bruma y azotado por una persistente llovizna llegué hasta el temido túnel que me llevaría a las entrañas del Parque Nacional Braulio Carrillo, una espléndida reserva de bosque nuboso que parecía engullir la carretera con su exuberante verdor. Me habían dicho pestes sobre ese camino en cuanto a su peligrosidad, y hasta me advirtieron que no me permitirían atravesar el túnel con la bicicleta. La realidad fue bien diferente y crucé el mentado túnel sin inconvenientes y totalmente desapercibido por las autoridades.
El descenso hasta las planicies costeras del Caribe se pasó rápidamente, esquivando el denso tránsito que se desplazaba con cautela y precaución por la pista mojada. La temperatura fue aumentando hasta que la lluvia se convirtió de ser una molestia en un bálsamo refrescante en el sofocante ambiente.
Pude llegar a Siquirres y refugiarme en la casa de Carlos Sasso, del movimiento Scout, que gracias a los contactos surgidos en San José me había ofrecido un lugar para pasar la noche. Arribé oportunamente justo a tiempo antes de que la llovizna se convirtiera en un aguacero de proporciones dantescas, como ya era habitual en casi todas las tardes. El mes de mayo estaba muy avanzado y la estación húmeda se instalaba con todo su rigor en la región.
Pasando por las cercanías de Limón puse rumbo hacia Puerto Viejo, mi último destino antes de cruzar a Panamá. El color dominante bajo la tenue lluvia era el verde. Un verde furioso que enceguecía en las extensas plantaciones de bananos y en las palmeras que salpicaban las playas que tímidamente empezaban a hacerse ver a mi izquierda. Era mi primer contacto con las cálidas aguas del caribe.
Como suele suceder, las cosas nunca salen como uno las planea…sino que a veces, inclusive mucho mejor! Como si fuera parte de una conspiración, todo se fue dando con una especie de efecto dominó que llevó a que por pura casualidad, causalidad o sincronía, me cruzara con una persona muy especial: Saananda. Estaba saliendo de un ciber después de saludar a mi papá por su cumpleaños cuando una chica se me acercó y me dijo con una gran sonrisa:
- “bienvenido!”
- “Errr, te conozco?”, dije desconcertado.
- “no”, me respondió, “pero te vi en los periódicos esta semana. Sos el argentino que anda en bicicleta por América por los chicos de Aldeas SOS, no?”
- “Si, si, soy yo”
- “tenés dónde quedarte?”
- “bueno, tenía una opción pero acaba de pincharse, por?”

Así fue que terminé en una hermosa casa rústica en Playa Chiquita, inmerso en la vegetación de la selva, con todas las comodidades imaginables, agua caliente, pileta, 3 perros, 4 gatos (uno idéntico a mi gato negro Kato), a escasos metros de unas playas dignas de una postal…y con la atención incomparable de una anfitriona de lujo. Saananda cuidaba ese lugar, propiedad de Ruth, una estadounidense que cada 15 días viajaba por negocios a su país de origen y que justamente había partido esa misma tarde, quedando el lugar a mi entera disposición. Sería el cumpleaños de mi papá, pero yo estaba recibiendo los regalos!!
Inicialmente pensaba quedarme sólo un par de días explorando la zona…en total fueron seis! Mientras el huracán Alma causaba estragos del lado del Pacífico, hacia donde debía dirigirme a continuación, el clima se mostraba de lo más benevolente en esta burbuja dentro de una burbuja en la que me encontraba. Si Japhy hubiera estado acampando en las cercanías, esta vez le hubiera tocado a él escuchar los monos aulladores de cerca como me pasó a mí en Palenque.
El tío de Saananda, Gustavo, fue uno más de la casa y durante esas jornadas compartimos mates y paseos por los alrededores. Gentilmente me ofreció su computadora para que pudiera trabajar un poco en mis textos, sin pensar que se la secuestraría por completo por casi una semana!
Tuve la suerte de poder dar una charla sobre el viaje a los niños y niñas de la escuela primaria de Playa Chiquita, que se quedaron encantados con los videos de las visitas a las Aldeas Infantiles y los meneos de Freddy Turbina en su bicicleta sin rueditas. La variedad étnica de los chicos era increíble y parecía que estaba inmerso en un afiche publicitario de Benetton! De las preguntas más emotivas, la de Iael se llevó todos los premios: “y podés pedalear por las nubes?”, me dijo. “Cuando esté en Perú te contesto!”, le respondí, conmovido por su ternura.
Poco a poco fui conociendo los personajes de la zona, abundante a tal punto de argentinos que casi me sentía como en casa, pero en un entorno idílico salido de folleto de promoción turística. A diferencia de otras veces, la gente de Playa Chiquita parecía más interesada en contar su propia historia que escuchar la mía. Un descanso más que apreciado! Álvaro, con sus extravagantes historias de escorpiones y Juan, relatando sus orígenes comerciales a base de venta de empanadas caseras amenizaron las tardes y noches compartidas.
Era un lugar muy particular, donde abundaban mujeres extranjeras solteras, principalmente europeas, casi todas con hijos de corta edad…de color!. Parecía ser una maternidad dispersa en la vegetación de la selva circundante, donde era imposible no ver chicos correteando o jugando en las playas. Sin embargo, ese aparente paraíso tenía algunas aristas más oscuras. En la región había suelto un violador que ya había atacado a varias mujeres, y si bien sabían quién era, estaba protegido por su tío, que era el distribuidor de drogas en Puerto Viejo y amigo de las autoridades. Una noche que fuimos hasta el pueblo a bailar tuve oportunidad de verlos. Mientras escuchábamos música calipso en vivo, mis amigos se acercaron y me dijeron: “ese que está atrás tuyo es el violador…y el de al lado, el tío. Ah, y ese de más atrás, el “gordo malo”, el ladrón de la zona”. Pueblo chico infierno grande, pensé yo!
Intercalando la escritura con visitas a las playas de arenas blancas, palmeras, aguas cristalinas y chicas deslumbrantes en topless (todo un desafío de autocontrol), mi estadía en este pedacito de paraíso llegó a su fin. Saananda puso el broche de oro consintiéndome con unas exquisitas milanesas con puré, mi plato preferido, y el 4 de junio de 2008, cumpliendo un año por las rutas de América, partí con rumbo a Panamá cargado de buenos recuerdos y nuevos amigos.
Regresé a la carretera principal para sumergirme nuevamente en una verdadera “Banana Republic”. Lo único que se veía a los lados del camino eran plantaciones de bananas, con las poco estéticas y para nada ecológicas bolsas de nylon azul encima de los racimos para acelerar la maduración de los frutos. Los caseríos que aparecían esparcidos por la zona estaban formados por conglomerados precarios y sólo se destacaban las plantas de procesamiento de la marca “Chiquita”, monopolio de la explotación de estos frutos en la región.
El paso fronterizo por el que iba a ingresar a Panamá existía justamente gracias a esta compañía, que lo había abierto para poder sacar la producción a través del cercano puerto de Almirante. El puente del desaparecido ferrocarril que otrora condujera la mercancía para su exportación se había convertido en un improvisado paso para los
camiones contemporáneos, que cruzaban ajustadamente por el estrecho corredor. Sin embargo, el número de visitantes extranjeros era considerable ya que era la vía de acceso más directa desde Costa Rica hacia la región de Bocas del Toro, en pleno auge de crecimiento turístico.
Después de atravesar la bulliciosa capital bananera de Changuinola llegué a la Finca 50, donde pude abordar la lancha rápida que me llevaría hasta Bocas. Efectivamente lo de rápida era cierto y fue un vertiginoso viaje en medio de manglares y cuantiosa vegetación.
La buena fortuna que venía teniendo con la hospitalidad de la gente me dejó de lado al arribar a este lugar. En Puerto Viejo me habían pasado el dato de un marplatense que tenía un hotel en la isla, el “Limbo”, y me aseguraron que al saber de mi travesía, Paqui Galé, la persona en cuestión, estaría encantado de darme una mano con el alojamiento. Después de esperar pacientemente un par de horas y de saber que Paqui ya había llegado por un ocasional compañero de charla en la calle, me acerqué a ver si podía verlo pero me encontré con una situación un poco embarazosa. Sin siquiera querer enfrentarlo en persona, hizo mentir a su secretaria diciéndome que ese día no vendría y que sólo podía ofrecerme un descuento sobre la habitación simple…que costaba 100 dólares la noche!! Más allá de que se solidarizara o no conmigo, me resultó muy bajo el recurso de hacerse el ausente y cuando le dije a la chica que lo había visto entrar y que en todo caso me parecía patética su actitud, la pobre no supo dónde meterse. Ahí recordé que no todos eran gente cordial y amable y que la mezquindad aún rondaba por el mundo. Con vergüenza ajena por su comportamiento me fui en busca de un mejor lugar donde reposar mis huesos.
Esa noche terminé convidado por mis ocasionales compañeras de habitación del Hostel para tomar unos tragos en un bar y así celebrar mi año en las rutas. Estábamos bailando al ritmo del reggae, que paulatinamente fue cambiando al de reggaetón! Casualmente había una chica de color que bailaba cerca de nosotros y se acercó a mí para comenzar a refregárseme encima con los característicos movimientos de ese baile. Si bien no era fea, sus jardineros de jean desmerecían su figura y no eran precisamente seductores. En contraste total, a nuestro lado había una alemana perfectamente rubia, ceñida en unos ínfimos pantaloncitos y con un top infartante que se restregaba contra un morocho que se veía de lo más complacido por la selección musical del DJ. Por más que lo intentaba, no lograba comprender nada de lo que mi compañera decía ya que hablaba en un inglés muy cerrado. Y creo que ella tampoco me entendía a mí. Por más que insistía en explicarle que no era un gringo y que no tenía un peso encima, ella perseveraba en que le comprara algo de tomar. No me quedaba claro si la chica me quería seducir o sacarme el dinero, y por la cara de sus amigotes, me inclinaba más por esta última opción. En lo único que pensaba era en cómo zafarme y salir de allí! Por primera vez en mi vida me escapé de una mujer como rata por tirante y regresé al Hostel riéndome solo de lo absurdo de la situación! Lo que podría haber sido una fantasía vuelta realidad parecía más bien una escena salida de una película de Almodóvar! Bizarro!

Saliendo de Bocas me esperaba un tramo “llano” hasta Chiriquí Grande, donde me tocaría hacer el salto hacia el lado del Pacífico para reencontrarme con la ruta Panamericana, principal y única arteria vehicular para atravesar Panamá. Por supuesto, la llanura fue un continuo interminable de subidas y bajadas bajo un sol calcinante en una zona prácticamente olvidada del país, donde la carretera era muy reciente. Los poblados eran caseríos rústicos y precarios de comunidades indígenas que eran serios y parcos. La electricidad era aún algo desconocido y las veces que paré a preguntar por agua lo máximo que conseguí fue un mero gesto de levantamiento de hombros en clara señal de “no tengo idea”.
Una tormenta impresionante e intimidante me hizo frenar el avance y siguiendo mi instinto de conservación me quedé refugi
ado bajo una palapa que me ofreció amablemente la policía local. El estruendo de los truenos y los rayos que caían por donde yo debía pasar era escalofriante. Ya estaba en plena época de lluvias y eso significaba tener aguaceros prácticamente todas las tardes. Lo impactante era la furia con la que se descargaba el agua, que por un lapso de dos a tres horas parecía caer a baldazos. Mi estrategia fue simple: tratar de conseguir un techo durante esas explosiones de la naturaleza y luego, si era posible, continuar rodando un poco más.
El paso de un océano al otro no podía estar exento del cruce de una cordillera, y fue el regreso al bosque nuboso, el clima más fresco…y las pendientes fuertes y pesadas consumiendo cada reserva de energías para poder remontarlas con la “gordita” de Maira.
Retomé la carretera principal en las cercanías de David, segunda ciudad en tamaño de Panamá y puse rumbo hacia Penonomé, donde me esperaba el compromiso con los chicos de las Aldeas Infantiles SOS de este país. En esos días de pedaleo la consigna fue básicamente avanzar el máximo de kilómetros posibles por día, ajustándome a las exigencias del camino, de innumerables y agotadoras ondulaciones, las lluvias torrenciales y el calor extremo. La combinación de éste último con los aguaceros generaba una atmósfera de sauna que resultaba asfixiante.
Cada jornada buscaba un sitio dónde pasar la noche sin tener que gastar dinero, ya que los alojamientos estaban fuera de mi
alcance. La economía estaba dolarizada y si bien era relativamente económico conseguir comida, un cuarto para dormir, por más básico que fuera, era demasiado oneroso para mis bolsillos. La Policía Nacional de Carreteras y los Bomberos se convirtieron en mis hogares al paso, brindándome un techo o un lugar para tirarme. A diferencia de otros países, el tener sólo una opción de circulación hacía que toda esta gente ya estuviera acostumbrada a recibir ciclistas de largo aliento y era interesante ver el empeño que ponían en contar orgullosamente las historias de los anteriores hospedados, a veces sin prestar mucha atención a las nuevas que les podía pasar uno.
La gente era tranquila y me sentía bastante seguro a nivel personal. Las gorritas de béisbol y los gorros de lana (incomprensibles para mí con los calores de la zona!) con el logo de los New Yorkers estaban a la orden del día y hasta llegué a preguntar dónde se regalaban! Ya parecía el escudo nacional de tanto que veía las siglas NY impresas en todas partes. Las bicicletas, que eran ampliamente utilizadas como medio de transporte económico, llevaban placa reglamentaria y en varias
ocasiones me preguntaron cuál era la mía, sin entender muy bien que en lugar de eso mi bici tuviera nombre! La venta de boletos para la lotería parecía ser la actividad más habitual en las calles y creo que no llegué a pisar ninguna tienda o supermercado que no estuviera administrado por chinos. Como eran épocas pre-electorales, los carteles de proselitismo político adornaban los flancos de las carreteras. Entremezclados con los anuncios de obras realizadas gracias a los ingresos reportados por el Canal de Panamá, las caras de los candidatos se asomaban en impresionantes gigantografías que en muchos casos se prestaban a la risa por lo forzado de sus expresiones o la evidente naturaleza corrupta que transmitían sus imágenes.
Llegando a Penonomé cumplí los 18000 kilómetros de recorrido en la bici, lo cual fue merecidamente festejado con la foto de rigor aprovechando la colaboración de la gente de la Aldea SOS. Me quedaban poco más de 150 kilómetros para culminar mi pedaleo por Centroamérica y saltar a Colombia para proseguir por Sudamérica.
La llegada a la Ciudad de Panamá prometía ser impactante. Venía circulando por el país sin haberme metido en prácticamente ninguna ciudad grande y ahora estaba arribando a una capital con características únicas en Centroamérica: los rascacielos! Pero antes de introducirme en esa jungla urbana me esperaba algo aún mejor: el famoso Puente de las Américas, ese coloso que une el continente sobre la entrada al reconocido Canal, abierto por la mano del hombre para posibilitar la comunicación naval entre los dos océanos.
El glorioso cruce se vio afectado parcialmente por un inoportuno pedazo de vidrio que me pinchó el neumático trasero y me hizo perder un tiempo precioso haciendo las reparaciones de rigor. Esos minutos marcaron la diferencia entre llegar seco y
totalmente ensopado, porque apenas retomé los pedales, la negrura del cielo se descargó en un terrible aguacero que me dejó ensopado en los 200 metros que tuve que hacer hasta refugiarme bajo el techo de una estación de servicio. Bienvenido a la Ciudad de Panamá!
Me esperaba una titánica tarea organizativa, porque desde este punto tenía que cruzar a Colombia ya sea por vía aérea o por mar. El tapón del Darién, en la frontera entre ambos países, representaba un punto infranqueable por la falta de carreteras, la impenetrabilidad de la selva y sus abundantes peligros tanto naturales como humanos. Estaba bien un poco de aventura, pero internarse en esos territorios con una bicicleta como la mía rozaba la estupidez.
El modo de transporte se definió rápidamente por cuestiones de costos: la aerolínea colombiana Aires tenía tarifas imposibles de superar con cualquiera de los veleros que hacían el cruce de manera segura. La gente de Aldeas Infantiles SOS Panamá me facilitó el soporte logístico brindándome un lugar donde quedarme, llevándome a conseguir las cosas que precisaba para embalar la bici y hasta acercándome al aeropuerto a las 6 de la mañana para tomar mi vuelo!!
Cuando ya tenía todo listo, Vivian, de padrinazgo de Aldeas SOS, se ofreció a llevarme a conocer un poco los lugares emblemáticos de la ciudad. Lo primero obviamente fue visitar las exclusas de Miraflores, donde la imponente obra de ingeniería del Canal de Panamá se podía apreciar en su mayor magnitud. Realmente era asombroso ver el complejo sistema diseñado para permitir la unión de los dos océanos superando el desnivel entre ambos, en una cruzada que costó numerosas vidas a lo largo de su desarrollo y construcción. Ver pasar las dantescas embarcaciones por esos estrechos pasajes con escasos centímetros de margen era una experiencia imperdible estando en el “cuello de botella” de las Américas.
Recorrimos los puntos más salientes del casco histórico de la ciudad, recuperados para poder ser disfrutados por los visitantes, pero curiosamente rodeados de los barrios menos recomendables para estar paseando. Me resultó impresionante ver la compleja ciudad que habían organizado y montado los estadounidenses en la zona de exclusión del Canal, un área que hasta el paso de la administración de éste a Panamá, no pudo ser
aprovechado por los verdaderos habitantes de estas tierras. Un ejemplo más del intervencionismo de los Estados Unidos en aras de sus intereses económicos, afectando de una manera u otra el desarrollo y las condiciones sociopolíticas de los países centroamericanos.
La despedida fue recorriendo esa pseudo Nueva York en menor escala entre los impresionantes rascacielos que se apiñaban en el centro bancario de la ciudad, regalando una postal poco común en estas latitudes. Me sentía abrumado de tanta urbanidad que al mismo tiempo quedaba muy cercana a una naturaleza también salvaje y feroz. El 15 de junio de 2008 le decía adiós a Panamá y a Centroamérica para comenzar una nueva etapa en el viaje: el recorrido final hacia casa por Sudamérica.
Hasta la próxima!
Buena senda,
Damián
Un ejemplo a imitar
Cuando terminé la presentación para los niños y niñas de la escuela primaria de Playa Chiquita, en Costa Rica, me dieron las gracias de una manera muy particular. Primero me agasajaron con una serie de canciones que entonaron armoniosamente y a todo pulmón y luego uno a uno me fueron abrazando y besando como saludo de despedida. Pero lo más emotivo fue cuando Maya, la maestra que había coordinado la visita, me dijo que había algo más.
Resulta que cada año los chicos de la escuela realizan un evento llamado “la Tiendita” en el que preparan comidas y diversas actividades con el fin de obtener fondos para realizar algún viaje recreativo o de estudios. Pues bien, luego de haber visto los videos de las visitas a las Aldeas Infantiles, se conmovieron con la causa y decidieron aportar su granito de arena. Cómo? Donando todo lo recaudado durante la tiendita de este año a los chicos de Aldeas SOS. Los niños ayudándose entre ellos. Un ejemplo digno de imitar para nosotros los adultos, no?
Felicitaciones a todos estos niños y niñas por ese altruismo desinteresado y de corazón! En agradecimiento quiero compartir con ellos este hermoso dibujo que me regaló recientemente una amiga querida de Mar del Plata, Malena, que fue inspirado justamente por este viaje en bicicleta con rumbo social en pro de los chicos. Para ustedes y todos los chicos de las Aldeas SOS con todo nuestro cariño y amor!
Dedicatoria
A mi querida abuela Aia, que después de haber gastado las suelas en estas tierras, partió para hacerle compañía al abuelo, allá, donde caminan los ángeles. Para vos, mi amada Aia, van dedicados estos kilómetros y los muchos más por venir. Tu memoria y tu espíritu seguirán viajando conmigo donde me lleven las ruedas. Buena senda...y un gran abrazo para Aio!
Agradecimientos
Tomás, por la camaradería propia de otro argentino viajero en el camping de Sámara
Inés y Daniel Rippe, por ese nuevo encuentro característico de amigos del camino.
Miguel Ángel y su esposa, por la cálida conversación que mantuvimos en su pulpería en la Candelaria, camino a Santa Elena, y por ese delicioso mango y los chocolates de regalo.
Alexander Porras y doña Flor, por convidarme mi primer café costarricense, darme una buena provisión para el camino, el llavero del Saprisa de regalo y por compartir conmigo la foto de los 17.000 km.
Ron y Shannon, por ese magnífico lugar que es la Pensión Santa Elena en Monteverde, un remanso para los viajeros.
Amy Slack, Niels Barth, Elmar Rieder y Moon, por ese fortuito y agradable reencuentro en la Pensión Santa Elena, en Monteverde.
Deiner y Ana, por permitirme pernoctar en su finca en el Lago Arenal.
Xinia Ugalde Sánchez y los alumnos del Colegio Técnico Aguas Zarcas, por convidarme con el almuerzo mientras nos deleitábamos observando el Volcán Arenal.
Carolina Morales, en la entrada del Parque Nacional Arenal, por regalarme el libro sobre el Volcán Arenal.
Edgar Delgado, por esos colones que me obsequiaste mientras trepaba a Varablanca y que me brindaron una abundante y deliciosa cena.
A Yorlenny Alpizar y Daniel Murillo, por prácticamente haberme adoptado como a un hijo (un poco crecidito, por cierto) y su inconmensurable hospitalidad durante mi estadía en San José.
Alejandro Arley Vargas, por tu interés profundo y sincero por cada detalle de mi travesía y por la difusión que le brindaste mientras estuve en San José.
Fanny Elizondo y la gente de la Oficina Nacional de Aldeas Infantiles SOS, por su cálida recepción durante mi visita a sus instalaciones.
Sergio Montero, de los Scouts y Guías de Costa Rica, por tu hospitalidad, por facilitarme los medios tecnológicos para trabajar con la página web y por los contactos para el camino.
David Fonseca, campeón Panamericano en ciclismo de montaña, por haber dejado a Maira en mejores condiciones que cuando la compré! Hacía años que no la veía tan impecable!
A Minor Villalobos, porque sin tu amistad y apoyo en San José nunca hubiera podido sortear las dificultades que se fueron presentando. A vos te debo en gran parte el haber podido seguir pedaleando más allá de San José!
Ivannia Cambronero, Adriana Rodríguez López y a todo el personal de la Oficina Regional de Aldeas Infantiles SOS, por todos los agasajos que me brindaron durante mi visita y por realizar la coordinación de mis visitas a las Aldeas SOS de Centroamérica.
Roger Trejos Valverde, por facilitarme desinteresadamente tu teléfono celular cuando tuve la emergencia del manubrio.
Rodolfo Soto, dueño de Ciclo los Ases, por movilizar al personal del negocio para buscar una solución al problema con el manubrio de Maira.
Johnny Madrigal, mecánico de Ciclo los Ases y mago indiscutible, por haber dedicado tu valioso tiempo para reparar el manubrio de Maira. Te pasaste mae!
Japhy, porque cada encuentro con vos es un momento memorable y una reunión de hermanos. Y a Karla, por la gauchada de los cauchos y la esperanza de un futuro cruce de caminos.
Carlos Sasso y toda la gente del grupo Scout en Siquirres, por darme alojamiento y demostrar que están Siempre Listos para servir!
A Saananda, por haberme brindado un hogar en Playa Chiquita, por tu cariño sin límites y esa entrega que es difícil de encontrar hoy en día en la gente. Gracias por darme recuerdos inolvidables y por tu amistad sincera y transparente. Namaste y buena senda para los caminos que te quedan por recorrer!
Gustavo Bossi, por haberme permitido usar y abusar de tu computadora y por esa camaradería y complicidad típica de los viejos amigos. Ánimos para ese espectacular proyecto de vida que estás encarando!
A Eleonora, hermana de Saananda, su pareja Fred y sus hijos ejemplares Afrika, Iael, Forever, Naylan, por hacerme sentir parte de su familia. Un agradecimiento especial para Iael, por esas preguntas cargadas de frescura e inocencia infantil.
Juan, dueño del restaurante La Terraza en Cocles, por tu espontánea y cálida recepción y esa cena digna de un rey con la que me convidaste.
Maya, de la escuela de Playa Chiquita, por permitirme compartir unos momentos con esos niños y niñas excepcionales. Y a todos esos pequeñines cargados de cariño y ternura.
Alvaro Montilla, por las experiencias de vida compartidas y por la sentida dedicatoria en la bandana que me regalaste en mi paso por playa Chiquita.
Silvia, por tu locura ibérica divina y esa energía para exprimir la vida!
Graciela, por esa personalidad arremetedora y ese carácter único y admirable.
Mercedes Miquel y Coni Guevara, por las veladas compartidas y esa demostración de belleza pura en las danzas que realizaron.
Pancho Borda y Silvia Rodríguez, gracias por esa invitación a Puerto Viejo que abrió las puertas para que conociera a mucha gente increíble y querida.
Al Subteniente Gean Carlos Córdoba y la Policía Nacional de Chiriquí Grande, por permitirme pernoctar en su destacamento en mi camino hacia el Pacífico.
Blanca Montero y Andrés Lara, de los Hornitos, por convidarme ese rico café en su local Cafe-Hamburguer cuando pasaba por allí hacia Chiriquí.
A Sergio Arauz y los Bomberos de Gualaca, por darme un lugar donde reposar por la noche.
Juan Carlos Barrios y Belermino Samudio, de la Patrulla de Caminos de la Policía Nacional Panamá, por darme cobijo en mi paso por Los Ruises.
Al Mayor Flavio Vergara, de la Policía Nacional Panamá, por el alojamiento brindado en mi paso por Aguadulce.
A los Bomberos de Capira, por albergarme por una noche en sus instalaciones.
Rolando Bowen, por las gestiones para conseguirme un lugar donde quedarme en Ciudad de Panamá.
A la gente de la Aldea Infantil SOS Ciudad de Panamá por el apoyo logístico y el alojamiento mientras estuve en la ciudad preparando el cruce a Colombia. Y en particular a Anayansi Mojica, por dedicar parte de tu valioso tiempo para asistirme.
Vivian Vergara, por llevarme a conocer el impresionante Canal de Panamá y los sitios más relevantes de la ciudad, y por ese madrugón para acercarme al aeropuerto a tiempo para tomar mi vuelo hacia Colombia.
Malena Inés del Río, por tu inspiración y esa creatividad transparente nacida del más profundo sentimiento.
Algunas estadísticas
En este período de pedaleo
Días en el camino: 38
Días de pedaleo: 20
Kilómetros recorridos: 1.564 km (200 km en ripio)
Promedio de kilómetros recorridos por día: 78,2 km
Horas sobre la bici: 110h02m (4d14h02m)
Promedio de velocidad: 14,2 km/h
Metros trepados: 17.983 m
Altura máxima: 2511 msnm, Volcán Poás, Costa Rica (17-05-2008)
En todo el recorrido
Días en el camino: 374
Días de pedaleo: 220
Kilómetros recorridos: 18.330 km - 1.700 en ripio
Promedio de kilómetros recorridos por día: 83.32 km
Horas sobre la bici: 1.118h56m (46d14h56m)
Promedio de velocidad: 16,40 km/h
Máxima velocidad: 81,5 km/h, bajando el Sunwapta Pass, Canadá (15-08-2007)
Metros trepados: 176.376 m
Altura máxima: 3033 msnm, Alaska, camino a Quetzaltenango, Guatemala (08-04-2008)
Cantidad de veces que escuché el característico “Pura vida, mae!”: ufffff!!!
Bananas: miles, millones!!!