Guatemala
Para la partida de Quetzaltenango primó el sentido común más que el espíritu de aventura y conseguimos que el director de la Aldea SOS nos diera un aventón hasta Alaska (el paraje de la carretera Panamericana, no el del comienzo del viaje!). La experiencia de la llegada, en medio de un tránsito endemoniado, asfixiados por el permanente humo negro que salía de todos y cada uno de los escapes de los vehículos y la subida por la ruta en proceso de pavimentación nos quitaron las ganas de rodar nuevamente por ahí. Y al fin y al cabo, era camino ya andado!
Una vez en el punto más alto retornamos con Japhy a nuestras bicis y emprendimos un delicioso descenso en busca de la ruta que nos conduciría al lago Atitlán, uno de los puntos turísticos por excelencia de Guatemala. La típica “pura bajada” tuvo algunos repechos molestos y poco a poco nos sumergimos en un universo recubierto de un verde cegador que se fue perdiendo paulatinamente en la bruma de las nubes que se cernieron sobre nosotros. La lluvia estaba a nuestro lado y en medio de fuertes aguaceros pudimos entrever el imponente paisaje que se abría ante nuestros ojos: el lago Atitlán, encerrado en una topografía signada por los volcanes, se desdibujaba debajo nuestro mientras descendíamos en un vertiginoso camino con curvas y contracurvas delirante!
Luego de pasar por el poblado de San Pablo la Laguna, netamente indígena y donde nuestra presencia contrastaba notablemente con los locales, llegamos a nuestro destino final, San Pedro la Laguna. Allí conocimos un grupo de viajeros de diversas nacionalidades (inclusive argentinos!), con los que nos dispusimos a pasar unos días de descanso en este sitio que tenía unas cuantas particularidades. La zona turística estaba apiñada sobre las costas del lago, donde un buen
número de turistas, en su mayoría europeos, pululaba entre bares y posadas dispuestas en un estrecho y sinuoso corredor. El ambiente tenía una gran reminiscencia de los años dorados de los hippies en California, lo que se palpaba en la apariencia de los extranjeros
radicados allí y en cada rincón. Por su lado, la gente local se asentaba en la zona alta, en las laderas de los cerros y hacia el centro del pueblo. Eran dos mundos contrastantes que sin embargo coexistían en una extraña simbiosis. La paz del lago se veía afectada con frecuencia por la estruendosa música tecno de algunas discos, al tiempo que uno podía observar las mujeres indígenas haciendo el aseo de sus ropas en las orillas sobre unas pilas de cemento. El medio de transporte por excelencia eran las simpáticas motitos Tuktuk, que iban y venían por las callejuelas y uniendo los diferentes poblados como pequeñas hormigas hiperquinéticas.
El culto evangélico predominaba como en el resto de Guatemala y los grafittis con frases proféticas abundaban por todas partes. Sin embargo, al mismo tiempo que unos carteles invocaban al arrepentimiento antes de que llegara el salvador, uno de los negocios más fructíferos del lugar era el consumo de drogas. Y lo más curioso es que la señora que monopolizaba dicho comercio era doña María, una indígena que a simple vista parecía estar
vendiendo panes dulces en su canasta de mimbre, pero que en realidad ofrecía marihuana, hongos alucinógenos y cualquier otra sustancia que los ávidos turistas quisieran probar. Si bien algún desprevenido visitante podía aprovechar los mejores precios de los vendedores que ofrecían sus productos cerca del muelle de llegada a cualquiera que tuviera pinta de foráneo, era una trampa doble, ya que apenas se concretaba la transacción aparecía la policía para hacer su propio negocio cobrando una generosa suma so pena de terminar en la cárcel. Mientras tanto, la vida transcurría apaciblemente en las partes altas del pueblo, transitadas por los habitantes locales enfundados en sus trajes típicos, tratando de ganar algo extra con el flujo de turistas en el mercado local de artesanías y productos frescos.
En ese mundo de contrastes y diversidad, San Marcos la Laguna conformaba un remanso más apacible en el que una ola “new age” había transformado las márgenes del lago en una especie de paraíso zen para quien quisiera meditar, asistir a una sesión de masajes, relajarse al son de los tambores o tomar sol y darse un remojón en el lago completamente desnudo. Definitivamente era una zona que brindaba un gran abanico de opciones para el turista de acuerdo a lo que se estuviera buscando!
Abonando un inflado costo por no ser locales, dejamos San Pedro cruzando el lago en las lanchas que hacen el servicio entre las diferentes localidades con rumbo a Panajachel, el poblado de mayor afluencia y envergadura a orillas del Atitlán. El sol de la mañana recién comenzaba a iluminar las espejadas aguas del lago y la postal que brindaban los volcanes de fondo hacían que estuviéramos encaramados con Japhy en la parte
delantera de la embarcación mientras el resto de los pasajeros aprovechaba para dormitar un rato más antes de encarar la jornada laboral.
Por supuesto, escogimos la vía menos directa y más tortuosa para llegar hasta Antigua, capital turística del país. Rodando por una carretera secundaria y a medida que ascendíamos fuimos grabando en nuestras retinas las imágenes del lago encerrado por las escarpadas laderas para luego sumergirnos en una sucesión de subidas y bajadas empinadas y abruptas, como ya nos resultaba habitual en estas tierras.
En las zonas pobladas los niños eran una constante y ya sabíamos lo que nos esperaba cada vez que éramos descubiertos: la revolución de gritos y saludos entremezclados con miradas de asombro y curiosidad. Como para hacerlo aún más interesante, ambos teníamos unas armónicas con las que hacíamos algunos sonidos a nuestro paso (ya que no podíamos llamarlos música!) que daban un toque extra de desconcierto en los ocasionales espectadores. No sólo parecíamos salidos de otro planeta con nuestras ropas y esas bicicletas cargadas, sino que además emitíamos ruidos extraños!
En una de las subidas veníamos trepando a paso de tortuga cuando observé que una viejita venía bajando con una pesada carga de leña sobre su espalda. Era pequeña, vestía las prendas tradicionales de su etnia y tenía el rostro tan arrugado que difícilmente podía darle menos de 100 años. Su rictus era serio y las marcas de una vida signada por la dureza eran evidentes en toda su persona. Cuando pasamos a su lado hice sonar mi armónica y con una sonrisa le dije “buenos días!”. Como si un rayo de luz hubiera impactado en ella, levantó su vista y me regaló una sonrisa que jamás podré olvidar: pura, transparente, con una mirada cargada de brillo, ternura, asombro y emoción. Por un momento el tiempo se detuvo y grabó en mi memoria esa imagen para siempre.

Llegamos a la ciudad de Antigua por la tarde e inmediatamente quedé cautivado por su belleza. Las calles empedradas, el cuidado minucioso por mantener el estilo colonial en cada fachada, el imponente volcán de agua recortando su imagen por donde uno mirase. Era el corazón turístico por excelencia y excepcionalmente el número de gente con pinta de “gringo” era mayor al de locales! Se veía gente deambulando por las calles de noche, todo parecía estar dispuesto para el visitante y claro, los costos también estaban acordes con las circunstancias. Era como estar en un país totalmente diferente al que veníamos recorriendo en bicicleta y se sentía algo extraño, como fuera de lugar.
Al día siguiente hicimos una de las excursiones obligadas en la zona: visitar el volcán Pacaya. Con una actividad permanente, la lava fluía por sus laderas surgiendo de los cráteres secundarios y lo más impresionante era que luego de una breve caminata uno se encontraba recorriendo esa zona a escasos metros de la roca ardiente! Creo que en ningún lugar del mundo se permitiría que la gente caminara tan cerca del fuego hasta prácticamente tocarlo! Sólo en Guatemala! Y el guía hasta sacaba las fotos a centímetros de que los turistas se calcinaran vivos! Una experiencia que fue muy impresionante y que casi me costó las suelas de las zapatillas! El calor de las rocas no era chiste y quemaba!
Japhy se había reunido una vez más con su amiga Denisse y esta vez había tomado la precaución de ubicarme un poco más lejos de ellos que en mi estadía en Palenque. Ser testigo de tantas demostraciones de amor me hizo preguntar si no era hora de que me tocara un poco también a mí, por lo que decidí salir a la búsqueda de un poco de contención emocional. Las cosas se dieron de manera que me pasé un día coqueteando con dos chicas, una del País Vasco y otra de Noruega, pero como bien dice el dicho “quien mucho abarca poco aprieta” y finalmente sólo conseguí un masaje de pies de la española (muy relajante por cierto!) y robarle un beso a la nórdica. Siga participando!!

Con el volcán de fuego expulsando bocanadas de humo como telón de fondo nos despedimos del frescor de Antigua para descender al calor agobiante de las costas guatemaltecas. Decidimos llegar hasta Monterrico y así disfrutar por unos instantes del océano Pacífico. Nos internamos por un camino inmerso en una galería formada por los árboles que resguardaban los lados de la ruta cruzándonos con vaqueros a caballo movilizando su ganado, infinidad de gente desplazándose en bicicletas con el clásico machete enganchado en el cuadro y algunos otros reposando junto al camino con el típico estilo a la moda de las zonas calientes, con la camiseta levantada sobre las abultadas panzas que proseguían con su constante y paulatino
aumento gracias a la ingesta de cerveza.
Lo que pensábamos sería un breve cruce de un río en ferry se convirtió en un paseo por un delta abarrotado de manglares sobre una plataforma de madera que servía de transporte vehicular, para finalmente, con los últimos rayos del sol, llegar a las ansiadas playas.
El mar estaba más que bravo, los mosquitos se hicieron un festín en nuestras piernas, pero el esfuerzo valió la pena para conocer este retirado rincón de Guatemala en el que las etnias indígenas habían dejado de ser parte predominante del paisaje para ser reemplazada por la cultura ladina. Estábamos a un día de cruzar a El Salvador.
El Salvador
El paso de fronteras por ciudad Alvarado fue directo y sencillo. Una ruta en estado impecable nos dio la bienvenida a este nuevo país, que no tenía muy buena fama en cuanto a cuestiones de seguridad. Sería tan así?
Inmediatamente llamaron mi atención los colores que tapizaban cuanto poste de luz, defensa de la carretera y puente que había
por la zona. Azul, blanco y rojo…me había equivocado de país? Estaba seguro de que la bandera Salvadoreña era azul y blanca! Preguntando me contaron que eran los colores del partido político oficialista, ARENA, fundado por Roberto D’Aubuisson, quien ordenara el asesinato de Monseñor Romero en 1980 en lo que fue un oscuro período de violencia y represión en el país. Con semejante antecedente digamos que no era para andar muy relajado que digamos…
El primer poblado que atravesamos, Carasucia, nos dio un pantallazo de lo que podríamos esperar en el futuro. Las calles centrales estaban abarrotadas de puestos ambulantes en los que prácticamente se podía comprar cualquier cosa. El ruido ensordecedor de los que promocionaban sus productos con parlantes o la venta de música pirateada era aturdidor y desconcertante. La suciedad era moneda común y el tránsito un caos total.
La gente se mostraba poco receptiva, con miradas serias y rara vez obteníamos una respuesta a nuestros saludos. Lograr una sonrisa como retribución a las nuestras parecía un desafío más allá de lo posible. Se percibía un ambiente algo hostil, como de que estábamos en el lugar equivocado.
Nuestra primera incursión en un supermercado nos recordó que desde hace ocho años la economía de El Salvador había sido dolarizada. Inicialmente nos costaba hacernos a la costumbre de manejar nuevamente esta moneda e inclusive me resultaba más sencillo pensar los precios en quetzales para saber si los productos eran caros o no!
Llegando a Sonsonate llegó el momento de decirnos hasta luego. Japhy seguía con rumbo a Costa Rica para encontrarse con su hermana Karla por unas semanas y yo enfilaba hacia la Aldea Infantil local. Después de una recepción emotiva y cargada de afecto, pasé una jornada entera compartiendo las experiencias del viaje con los chicos en un ambiente que fue la excepción a lo que veníamos observando por la carretera. De paso celebramos mis 16.000 kilómetros por los caminos.
Proseguí rodando por la carretera costera con rumbo hacia La Libertad, una zona de playas en las que daba la sensación de estar en una región surfera de Brasil más que en El Salvador! La carretera era amplia y con poco tránsito e iba jugando con las ondulaciones de los morros que caían hacia la costa. Inclusive tuve que cruzar unos túneles de los que desconocía su existencia, pero sin la tensión habitual por el paso de los camiones. Como en sintonía con la personalidad relajada de sus habitantes, se respiraba un aire de tranquilidad que parecía fuera de contexto.
Encontré un camping donde plantar mi carpa y me aboqué a intentar surfear un poco las olas con el cuerpo. Rápidamente comprendí por qué todos tenían una tabla de surf: la violencia con que rompían las olas era inaudita y en mi primer intento casi me parto la columna vertebral! Como no quería desaprovechar la ocasión, improvisé un nuevo sistema para disfrutar del agua. Cuando veía que la ola estaba por romper, me arrojaba de lado sobre el agua como si quisiera derribar una puerta y el choque más el impulso de la ola me sacaban como si hubiera sido expulsado por una explosión. Tal vez era un método poco ortodoxo, pero sin dudas divertido!
Allí conocí a una chica de Alemania que se enganchó mucho con la historia de mi viaje y se mostraba de lo más interesada en conocer los detalles de mi travesía. Pero pronto me di cuenta de que los muchachos locales hacía días que venían trabajando en acaparar su atención y me hicieron saber rápidamente con sus miradas y actitudes que no era bienvenido. Por la mañana, bien temprano y antes de que se dieran cuenta, seguí pedaleando antes de que apareciera con una tabla de surf como lápida sobre mi cabeza…
El paisaje que fue acompañando los primeros kilómetros del día estuvo signado por grandes arboledas que se entrelazaban sobre el camino formando un espectacular túnel de vegetación por el que se podía aprovechar por un rato el frescor de la sombra que brindaba. Entremezclados con los autos se veían
carruajes con ruedas de madera tirados por bueyes y de cuando en cuando aparecían vendedores que a la vera del camino ofrecían iguanas vivas recién cazadas en el monte. Era un poco impresionante ver como las tenían amarradas y con la boca cosida para que no
mordieran ni se escaparan. Algo penoso de presenciar.
Al cruzar el río Lema me interné en la zona este del país, la más afectada por las cruenta guerra civil que sacudió al país en la década de los 80. Mi “portación de cara” de gringo no era para nada favorable, más aún si tenemos en cuenta la nefasta influencia de los Estados Unidos en las masacres que tuvieron lugar en esos años con el consecuente y comprensible resentimiento de la gente hacia cualquiera que pareciera ser americano. Acompañando este ambiente denso y hostil, el paisaje se fue volviendo más seco y caliente, desértico, desolado.
Llegué a la ciudad de Usulután y me quedé impresionado de ver cómo era la urbanización. Las calles eran un caos de puestos de venta, la suciedad reinaba en cada rincón, el tráfico era lunático. Pero sobre todo me impactó ver que en todos los techos había cercos de púas estilo militar y en muchos casos, electrificados. Parecía una ciudad que aún se hallaba en estado de guerra. Busqué un sitio seguro donde pasar la noche y la señora del Hotel me
recomendó: “haga lo que tenga que hacer pero temprano. A las 17 cierran todos los negocios y después de que oscurece no es bueno que ande por ahí”. En efecto, pasadas las 17 la gente fue desapareciendo y cuando oscureció parecía como si se hubiera dictado un estado de sitio autoimpuesto por la población. Realmente daba temor andar por esas calles y no se veía una sola alma fuera de las casas. La noche pertenecía a las pandillas y la gente lo sabía muy bien.
Por la mañana bien temprano la gente ya abarrotaba nuevamente cada rincón de la ciudad. Unos parlantes que colgaban de los postes de luz hacían sonar la radio local con su música estridente y todo volvía a la vida. Para mí era momento de seguir rodando para llegar a la frontera con Honduras.
Las huellas de la guerra y los desastres naturales que habían azotado esta región, como el terremoto del año 2001, eran evidentes en lo que se veía a la vera del camino. La gente subsitía en estructuras precarias, se palpaba una economía deprimida y basada en la venta callejera, seguían las miradas de escepticismo a mi paso.
No era sencillo encontrar un sitio donde descansar un rato y refugiarse del sol ardiente. Había que tener los ojos bien abiertos y más teniendo en cuenta que al charlar con la gente la primera pregunta era siempre si ya no me habían robado. Eso daba una idea de la situación social reinante. Los sitios que brindaban una cierta tranquilidad eran las gasolineras, que contrastando con el resto de las edificaciones cercanas, eran amplias, lujosas, con aire acondicionado y guardias armados. Y por supuesto, como eran caras, estaban generalmente vacías. En una de esas paradas tuve la oportunidad de conversar un rato con unos hombres que me contaron del flagelo de las pandillas de las “maras salvatruchas”.
“Tienen el control del país y están de la mano del gobierno. Si tenés un negocio más o menos rentable, tenés que pagar la “vacuna” o sino simplemente te matan y nadie mueve un dedo al respecto. Acá se pagan los impuestos por duplicado: al gobierno y a las maras. Tratá de no cruzártelos, no andes por ahí de noche”. Estaba por demás aclararlo, no?
Llegué a Santa Rosa, a pocos kilómetros de la frontera, con una insolación y una descompostura que me obligó a buscar rápidamente un lugar donde refugiarme para descansar. Se me hizo tarde para comer, por lo que simplemente crucé la calle para cenar unas pupusas, plato típico nacional, y nuevamente percibí la tensión en el ambiente. Mientras estaba allí empezaron a pasar unos autos con la música al máximo cuyos integrantes tenían cara de pocos amigos. Y me lo hicieron notar con las miradas que me dirigían al verme sentado allí. Fue una cena breve y algo indigesta. Dejando el plato a medias opté por regresar a mi cuarto y cerrar bien la puerta.
Si bien la guerra ha terminado y la gente está luchando por salir adelante, la empobrecida economía y la situación sociopolítica del país hacen que no haya sido sencillo atravesar estas tierras. Tal vez hubiera sido peor o imposible hace unos años atrás; espero que en un futuro no muy lejano sea posible hacerlo de una manera más amena y relajada.
Honduras
El paso por Honduras fue breve e intenso. Sólo tenía algo más de 160 kilómetros por recorrer y en medio tenía una nueva visita a las Aldeas Infantiles en Choluteca. Las imágenes de pobreza extrema por las que fui circulando desde que ingresé a este nuevo país fueron inmediatamente desgarradoras: perros, gallinas, chanchos, vacas…inclusive la gente parecía estar en una competencia por alcanzar una flacura extrema. Las taperas en las que tenían sus hogares eran realmente estremecedoras por su precariedad y la aridez del paisaje intensificaba la sensación de desasosiego que tenía.
Esta región había sido golpeada duramente por el paso del huracán Mitch en 1998 y la profusión
de carteles anunciando los proyectos de asistencia internacional daban una clara idea de las secuelas de destrucción que había dejado a su paso. Sin embargo, la gente se mostraba amistosa y sonriente de nuevo. Ahora me respondían a los saludos y la percepción del ambiente era mucho más relajada y tranquila.
Llegué al pueblo de San Lorenzo en medio del calor extremo del mediodía y me dispuse a buscar un sitio donde pasar la noche. Buscando el centro me detuve a preguntar dónde quedaba y me sorprendí cuando me dijeron que estaba en él. “Seguro? Es aquí?”. Mi incredulidad estaba dada por la atmósfera adormecida que se respiraba, sin puestos en las calles, con poca gente circulando, como un pueblo fantasma.
Me resultaba extraño no tener el desorden al que ya me había habituado en los países anteriores y fue un bálsamo para recuperar un poco las energías. Inclusive de noche se veía gente sentada en las puertas de sus casas aprovechando el relativo frescor que brindaba el ambiente después de la caída del sol.
Camino a Choluteca tuve un encuentro inesperado en la carretera. Una mole sobre dos ruedas que venía en dirección opuesta a la mía se cruzó hacia mi carril y con unas sonrisas a cara completa me saludaron Anita y Stefan, una pareja de austriacos que venían viajando en un tándem cargadísimo, con un recorrido que ya los había llevado por casi todo el mundo. Estuvimos bajo el inclemente sol compartiendo experiencias por un buen rato y después proseguimos con nuestros respectivos itinerarios. Se los veía felices y plenos en su proyecto de vida. Espero haberles dado la misma impresión!
Luego de realizar la visita a la Aldea Infantil de Choluteca en la que pasé toda la jornada del 25 de abril, proseguí con destino a las tierras de Sandino, Nicaragua. En el camino vi que una enorme pila de madera se movilizaba delante de mí y pude distinguir las apenas perceptibles piernas que impulsaban la pesada carga. Era un hombre que para poder subsistir hacia tres viajes en bicicleta hacia el monte cada día, de manera de poder vender el preciado combustible en apenas unas pocas lempiras. Cuando le pregunté cuánto peso llevaba me respondió con total naturalidad: “100 kilos”. Nuestras bicis deberían de verse muy similares por peso y carga, aunque las realidades en que vivíamos eran tan diferentes. Me dejó muy conmovido.
Como despedida de Honduras fui testigo de una imagen que quedará por siempre grabada en mi memoria. Venía rodando por la ruta cuando de repente vi salir a cuatro niños de una construcción de palos y telas muy frágil. Un tanto acostumbrado a que los chicos se acerquen a verme pasar por la carretera no le di mayor importancia. Pero algo llamó mi atención: estos niños vestían harapos, estaban descalzos en la tierra y de tan delgados que estaban parecían esqueletos ambulantes. Con una mirada cargada de tristeza y angustia la mayor de las niñas extendió uno de sus brazos y con un gesto de súplica me pidió si le daba algo. Tal vez mi paso por su lado duró pocos segundos, pero para mí se detuvo el tiempo y en esos ojos cargados de necesidad y desasosiego vi reflejada la dura realidad de los países de Centroamérica. Algo que no se olvida fácilmente…
Nicaragua
La entrada a Nicaragua no cambió en mucho el panorama de pobreza extrema por el que venía circulando. Inclusive un enorme cartel con la imagen de su presidente Daniel Ortega expresaba con grandes letras “arriba los pobres del mundo”, en clara alusión a la categorización de esta nación como la segunda más pobre de las Américas luego de Haití.
Ni bien pasar la frontera el camino se convirtió en una sucesión interminable de pozos y huecos que desafiaron todas mis habilidades de manejo, esquivando esas trampas mortales y los camiones que insistían en pasar como fuese muy cerca de mí.
Me llamaron la atención unas estructuras de palos, con bolsas negras como techo, en las que en general colgaba una hamaca en la que reposaba alguien y que estaban rodeadas de tambores de combustible y bidones de aceite. En uno de ellos Adán me hizo señas para que parase ya que me había visto detenido unos metros antes. “Lo asaltaron?”. “No, sólo estaba recargando mi botella con agua”. Aproveché la ocasión para preguntarle de que se trataban estos puestos y me contó que eran expendios clandestinos de diesel para los camiones que pasaban por ahí. Estaba tan encantado de que prestara mis oídos a conocer su microemprendimiento que me contó todos los secretos de su negocio, inclusive como trampeaba la cantidad de combustible que vendía con su tanque de fondo falso. “Y, hay que ganarse el pan de alguna manera. La cosa está dura por acá”.
El calor estaba minando mis energías y el cuerpo pedía a gritos un alto para tomar algo fresco. Me detuve en un pequeño bodegón a la vera del camino y me senté a beber un gatorade. El hijo del dueño se entusiasmó al saberme argentino y me dijo que tenía algo especial para mí. Regreso con un DVD, lo colocó en el reproductor y en la televisión apareció un musical completo de la discografía de Leo Dan desde sus inicios en los años 60!! No lo podía creer! De tantas cosas con las que he visto que nos identificaban a los argentinos, lo último que esperaba era este show retro!
Llegué a las afueras de Chinandega junto con la noche y quería encontrar un lugar seguro donde dormir lo antes posible. Preguntando por un alojamiento económico terminé a las puertas de un motel, pero a pesar de que les expliqué que mis intenciones eran sólo dormir con la bici y que no era una clase de fetiche sexual extravagante, no logré conseguir una buena rebaja para cerrar la transacción. Perdón Maira!!
El domingo 27 de abril entré en la ciudad de León, donde me esperaban los niños y niñas de la Aldea Infantil local para una nueva visita…la tercera en una semana! El paso por el centro me permitió apreciar las huellas del duro legado de la historia nicaragüense. Los oscuros años del Somocismo, la revolución Sandinista y la guerra civil de los “contras” impulsada por el gobierno estadounidense eran visibles en los alrededores. Las ruinas de los centros de detención de la antigua Guardia Nacional, los impactos de balas en algunas edificaciones que testimoniaban los crudos enfrentamientos y los murales sandinistas a favor de la revolución eran reflejo del turbulento pasado político y social de esta nación, también golpeada violentamente por los efectos del huracán Mitch en el año 1998.
Luego de dos días en compañía de la gente de la Aldea Infantil proseguí con destino hacia Granada, atravesando una llanura con zonas de cultivos y pastoreo fuertemente custodiadas por volcanes que constituían parte del cinturón de fuego del Pacífico. Sus conos se recortaban perfectamente sobre el firmamento azul y ofrecían un descanso a la vista en una pedaleada que se había vuelto muy pesada por el ardiente viento en contra que no daba tregua.
Como la vía más directa rozaba los suburbios de la capital, junto con la gente de las Aldeas Infantiles implementamos lo que denominé el “operativo Managua”. La idea era que alguien de la institución me pudiera escoltar con un vehículo de manera de no meterme en alguna zona peligrosa sin saberlo y de paso tener un poco de apoyo en caso de algún incidente. Era mejor prevenir que curar. Así fue que conocí a Pedro, un colaborador de Aldeas SOS, que estoicamente me hizo compañía con su moto hasta prácticamente dejarme en la vecina localidad de Masaya. Un ídolo!
En Masaya me encontré inmerso en una atmósfera muy relajada y hasta me sorprendí de ver que había vida nocturna! La plaza era el centro de reunión obligado y la gente se paseaba tranquilamente o degustaba alguna comida al paso en los puestos ubicados en el lugar. No tardé mucho en sumarme a este último grupo!
Granada era el epicentro turístico del país, en donde se destacaban las obras de restauración para devolverle su antiguo encanto colonial. Si bien era atractiva, la gran afluencia de extranjeros la convertía en un sitio caro respecto a otras ciudades y con mucho menos valor tradicional. Un problema que en general se veía en cualquier sitio que hubiera sido explotado intensamente a ese nivel.
Desde allí me embarqué en un pequeño ferry para cruzar el lago de Nicaragua y llegar a la Isla de Ometepe, la isla más grande del mundo de las situadas en el interior de un lago y que está constituida prácticamente en su totalidad por los conos de dos volcanes: el volcán Concepción y el volcán Maderas. Mientras navegábamos hacia el puerto de Altagracia conocí a un personaje muy particular llamado Moon. El pibe también venía
recorriendo el continente en bicicleta, pero con un objetivo de mayor aliento, dar la vuelta al mundo en cinco años. Originario de Corea del Sur, su inglés era bastante atravesado y su castellano casi nulo. Compartí un par de días con él en la finca Magdalena y me convencí de que este muchacho había llegado hasta ahí de puro milagro! Parecía tener un despiste perpetuo, como una versión de Mr. Bean en bicicleta. Verlo sacar
su computadora portátil o tomar fotos con su sofisticada cámara en medio de la cubierta de los pasajeros locales atrayendo la atención como ninguno me dio una idea de su sentido común algo atípico. Igualmente era un buen pibe y no puedo negar que me divertí mucho en esos momentos que estuvimos allí. Ojalá que la buena fortuna te siga guiando en los caminos que te aguardan!
Si bien la finca era un buen sitio para encarar la subida al volcán Maderas, el hecho de que todo estuviera dolarizado y en inglés le quitaba un poco de encanto local al lugar. Era un punto de encuentro de viajeros internacionales y con varios de ellos compartimos la caminata por el bosque nuboso hasta el cráter del Maderas. Hicimos la trepada soñando con darnos un buen baño en la laguna que había en su interior, pero mis intentos se vieron frustrados por el abundante barro con consistencia de arenas movedizas en el que me sumergí hasta la cintura. Definitivamente lo mejor del lugar eran las maravillosas vistas que se tenían del vecino volcán Concepción, que cada día brindaba un nuevo espectáculo para nuestros ojos, cambiando su presencia de acuerdo a las luces del día.
Junto con Inés y Daniel, una pareja de austríacos de los que me había hecho amigo en esos días, decidimos hacer una bajada rápida y descendimos la ladera corriendo al mejor estilo “Eco Challenge”, lo que me costó varios días de dolores musculares por la falta de costumbre en el uso de mis piernas de esa forma…en la bici hubiera sido más fácil!!
Rodando hacia Moyogalpa para cruzar el lago de regreso al continente me encontré sorpresivamente por tercera vez en el viaje con Ralph y Pat, la pareja de americanos que viene pedaleando los caminos de las Américas con rumbo a la Patagonia. No tenía idea de que andaban por la zona y reafirmé el conocido dicho de que el mundo es un pañuelo!
El trayecto en lancha hasta Rivas fue un tanto más rudimentario que la ida y llegué a pensar que el capitán disfrutaba sádicamente de encarar las olas de costado para que nos sacudiéramos al máximo. Maira iba apoyada simplemente sobre el techo de la lancha y tuve que aferrarme con uñas y dientes para que no terminara en las profundidades del lago. Una vez recuperado de la agitada travesía regresé sobre los pedales y recorrí los kilómetros que me quedaban hasta la frontera con Costa Rica. El viento soplaba intensamente en contra, como había sido la constante en Nicaragua, y un aluvión de pequeñas mosquitas que inundaban el ambiente se estampaban contra mi cuerpo mientras avanzaba lentamente hacia una nueva etapa.
Dejaba atrás los países centroamericanos históricamente más convulsionados por dictaduras, guerras civiles, pobreza extrema y desastres naturales; sociedades muy golpeadas por una dura realidad que me afectó y conmovió durante mi paso en el que pude sentir y palpar de cerca las secuelas que aún perduran. Pueblos con ganas de cambio y esperanza de un futuro cercano con mejores posibilidades de desarrollo y calidad de vida. Una experiencia muy intensa por todo lo vivido en tan poco tiempo, una huella que perdurará por siempre en mí.

Hasta la próxima!
Buena senda,
Damián
Algo para no perderse!
Recientemente ha sido lanzada al mercado esta película que considero valioso e importante difundir, ya que es una obra artística con un alto grado de compromiso social. Tengo la suerte de ser amigo del realizador, François Prévost, luego de haber compartido con él ocho meses en la Antártida en mi experiencia previa a esta travesía. Fue en esas remotas latitudes donde tuve la oportunidad de ver por primera vez esta producción que me conmovió y emocionó con su contenido. Es el mejor momento para llamar la atención a nivel mundial sobre la situación en el Tibet, y por eso los invito a conocer este material que simplemente es impecable.
“Lo que queda de nosotros, un documental único que sigue a una joven mujer tibetana exiliada entregando un mensaje videograbado del Dalai Lama a la gente del Tibet, será finalmente estrenado en formato DVD y en cadenas televisivas a nivel mundial.
Filmado de manera encubierta por un período de diez años y completamente rodado dentro del Tibet, Lo que queda de nosotros desafía la represión China presentando por primera vez una visión interna del Tibet ocupado. La pantalla y la cámara se convierten en instrumentos de la resistencia cuando Kalsang, una joven refugiada que nunca ha podido ver su propio país, cruza los Himalayas llevando consigo un mensaje de esperanza del Dalai Lama.
Desde su presentación en Cannes y en Toronto durante Kalachakra 2004, los realizadores han optado por extremar las medidas de seguridad y restringir la distribución del documental. En consecuencia, durante cuatro años la película ha sido mostrada únicamente en salas a puertas cerradas, a entusiastas del cine, activistas, figuras políticas, personal de las Naciones Unidas, defensores de los Derechos Humanos, tibetanos, gente de origen chino de Hong Kong, Taiwán y la Diáspora.
Ahora, después de un largo proceso de decisión que ha involucrado consultas con líderes tibetanos en el exilio y con algunos de los participantes de la película, los realizadores han dispuesto dejar que el documental sea accesible a la mayor audiencia posible, con la colaboración de Seville Pictures, en el advenimiento de los Juegos Olímpicos de Beijing 2008.
El silencio y la indiferencia son, sin ninguna duda, los peores enemigos de los tibetanos desde la invasión China. Nosotros creemos que ha llegado el momento de lanzar la película en la mayor escala posible, sin restricciones, con el fin de romper con el silencio impuesto por Beijing. El riesgo que corren los tibetanos tendrá un menor significado real si es llevado por la mayoría de la gente con el potencial de tomar acción en su defensa, dice François Prévost, productor y director.
Los realizadores esperan que la distribución masiva de Lo que queda de nosotros permita una mejor comprensión de la situación en el Tibet y que ayude a que se logre una solución pacífica en el conflicto.
Seville está orgulloso de lanzar esta conmovedora película sobre la gente del Tibet en formato DVD, dice David Reckziegel, Co-Presidente de Seville Pictures. Aplaudimos a la gente involucrada tanto frente como detrás de cámaras por su coraje en contar esta parte de la historia del Tibet.
Lo que queda de nosotros participó de la Sección Oficial del Festival de Cine de Cannes 2004, ganó el premio del Público como mejor Película Canadiense en el Festival de Cine de Vancouver 2004, los premios a Mejor Película y del Público en el Festival de Cine Atlantic 2004 y la presea al Mejor Documental en el Festival de Cine Hollywood 2004. El documental fue designado como una de las Mejores 10 Producciones Canadienses por el prestigioso galardón Sergio Viera de Mello en el Festival por los Derechos Humanos de Ginebra de 2007”.
El DVD se encuentra disponible para su compra desde el 5 de agosto de 2008. Un porcentaje de las ventas será automáticamente donado para ayudar a los promulgadores de una resistencia no violenta en el Tibet.
El DVD se puede comprar online ingresando en el siguiente link.
Otra manera de ayudar
La situación que se vive en el Tibet es crítica y para aquellos que se sientan movilizados por esa dura realidad los invito a colaborar con un pequeño aporte. La organización “Tibet Aid” posee varios programas de ayuda en los que se puede participar como padrino de un niño en edad escolar, adultos mayores y niños que viven en zonas remotas, monjes y monjas tibetanas. La contribución mensual es reducida y sin embargo genera un cambio radical en la calidad de vida de estas personas. Qué nos cuesta un “lujo” menos en favor de mejorar el “día a día” de aquellos más necesitados? Les aseguro que la recompensa no tiene precio… MUCHAS GRACIAS!!
Agradecimientos
Mario Morales, director de la Aldea Infantil SOS de Quetzaltenango por hacernos la gauchada de evitarnos hacer la salida de la ciudad en bici.
Dora Vlaskovits, Rosario Bullrich, Alexis Gonstaw, Julián Fernández y al resto de la barra con la que pasé unos días de descanso y recreación en el lago Atitlán.
Jackie Bustamante, por el interés demostrado en el espíritu social del viaje y darle promoción en los medios locales en Antigua.
A Eider, por ese masaje inolvidable y tu buena onda…y a Siri por tu locura nórdica sin igual y ese beso que me dejaste robarte.
Amit & Hagar, por la exquisita shakshuka que nos cocinaron en el hostal en Antigua.
A Sonja, por acercarte interesada en mi travesía, a pesar de que casi me cuesta la integridad física!
Anita & Stefan, si bien nuestro encuentro fue de algunos minutos, pude reconocer la magia que llevaban luego de un viaje tan intenso y pleno. Les deseo lo mejor para los meses que les quedan sobre los pedales!
Pedro Duarte Montalbán, por la escolta con la moto en las afueras de Managua asegurándote de que llegara sin inconvenientes a mi destino. Y a la gente de Aldeas Infantiles SOS Nicaragua por coordinar todo!
Moon, por esos bizarros y divertidos momentos que compartimos juntos en Ometepe. Por una buena senda en el resto del mundo!!
Inés y Daniel Rippe, por esa buena onda y la compañía en los días que pasé en la isla Ometepe.
Amparo Francés, por tu interés en el viaje y el proyecto social que lo impulsa.
Verónica e Iván, por el exquisito guiso de lentejas y los mates compartidos en Ometepe.
Pancho Borda y Silvia Rodríguez, por la calidez de nuestro encuentro en Moyogalpa y la invitación a Puerto Viejo en Costa Rica.
François Prévost y Amelie Breton, por compartir conmigo ese alto compromiso para con el Tibet y permitirme comunicarlo a los demás. Su trabajo es admirable y estoy orgulloso de ser su amigo. Namaste y buena senda!
Algunas estadísticas
En este período de pedaleo
Días en el camino: 27
Días de pedaleo: 17
Kilómetros recorridos: 1.314 km
Promedio de kilómetros recorridos por día: 77,3 km
Horas sobre la bici: 73h24m (3d01h24m)
Promedio de velocidad: 17,9 km/h
Metros trepados: 8.711 m
Altura máxima: 3033 msnm, Alaska, camino a Quetzaltenango, Guatemala (08-04-2008)
En todo el recorrido
Días en el camino: 336
Días de pedaleo: 200
Kilómetros recorridos: 16.766 km - 1.500 en ripio
Promedio de kilómetros recorridos por día: 83.83 km
Horas sobre la bici: 1.009h06m (42d01h06m)
Promedio de velocidad: 16,62 km/h
Máxima velocidad: 81,5 km/h, bajando el Sunwapta Pass, Canadá (15-08-2007)
Metros trepados: 158.393 m
Altura máxima: 3033 msnm, Alaska, camino a Quetzaltenango, Guatemala (08-04-2008)
Veces que se me estrujó el corazón por la pobreza de la que era testigo: más de las que hubiera deseado.
Sonrisas robadas con saludos al paso: unas cuantas...