Después de pasar unos días en la moderna urbe de Tuxtla Gutiérrez seguí mi camino hacia la ciudad de San Cristóbal de las Casas. Me esperaba una trepada ingente y pesada, pero por suerte en los últimos años se había construido una nueva autopista que reducía la distancia y la dificultad del camino enormemente. Afortunadamente pude pasar por la caseta de cobro simplemente saludando y rodé al lado de los carteles que prohibían el paso a las bicicletas totalmente indiferente e inmune a sus indicaciones.
Como sabía que me esperaban unos cuantos kilómetros de subida (todos, bah!) arranqué bien tempranito para evitar el calor aplastante que venía experimentando en los días pasados. Pero por más previsor que fui, las contingencias del camino me hicieron retrasar más de lo esperado. Un reventón fue la primera parada forzosa y mientras lo arreglaba descubrí que la rueda trasera se había descentrado. Peligrosamente apostado en el acotamiento me dediqué a mimar un poco a Maira y las horas fueron pasando. Cuando retomé los pedales el sol ya estaba haciendo un asado con mi cabeza y el resto del recorrido se tornó en una penosa búsqueda constante de sombras donde poder descansar un poco y darle un respiro a la calcinada piel.
Unos carteles recomendaban a los conductores “Utilizar la extrema derecha”. Al principio creí que se trataba de alguna nefasta propaganda política, pero rápidamente comprendí que era para que la estrecha pista fuera un poco más amplia y en consecuencia “mi” carril de circulación era usado impunemente por cuanto vehículo se desplazaba por ahí y encima, apañado por la ley . En consecuencia, no sólo debía lidiar con el cansancio de la subida y el calor agobiante, sino que tenía que tener el ojo clavado en el espejito retrovisor para evitar que me estamparan en las defensas que había a los márgenes del camino. Qué delicia!!!
Las nubes se aliaron en mi defensa y cuando llegaba al punto más alto del recorrido y poco antes de descender un corto tramo hacia la ciudad, la lluvia me refrescó un poco…tal vez más de lo deseado!
San Cristóbal de las Casas resultó ser una ciudad fascinante. Con un contraste muy fuerte entre el turismo masivo que invadía las calles del impecable y pintoresco centro colonial y la cultura tradicional indígena de los habitantes locales y de los poblados aledaños. Era una comunión muy particular en la que los visitantes recorrían el lugar con sofisticadas cámaras digitales en sus manos y los lugareños se paseaban ataviados en sus coloridos vestidos tradicionales vendiendo pulseritas tejidas a 5 por un dólar, al menos si se sabía regatear bien. Se podía tomar un café “expresso” en bares adaptados a los gustos del visitante europeo o bien extraviarse en los incontables puestos de comida en el mercado regional.
La religiosidad se respiraba en el ambiente y un gran fervor católico inundaba el ambiente. Era domingo de Ramos y las mujeres y niños armaban con una destreza inigualable las palmas que luego vendían por unos pocos pesos para ser bendecidas en la múltiples ceremonias religiosas que se estaban llevando a cabo. Las iglesias adornaban con su arquitectura las distintas plazas y rincones de la ciudad y el flujo de creyentes era incesante. Los locales se entremezclaban con los turistas ávidos de registrar estas costumbres con sus fotografías indiscretas. La plaza bullía con los puestos de venta de comidas para los peregrinos. Mientras la gente rendía culto a sus santos con rezos y reverencias, extranjeros con reminiscencias de hippies danzaban y hacían malabares con fuego al son de música pagana frente a la catedral. Era una mezcla racial, cultural y de creencias en la que cada cual estaba inmerso en su mundo, totalmente indiferente de lo que sucedía alrededor suyo.
Pasé unos días en este fascinante lugar cautivado por los contrastes que se respiraban en el ambiente. La familia de Maricruz, esposa del director de la Aldea Infantil SOS en Morelia, me había recibido en su hogar y no tardé mucho en ser uno más de la casa. Con Doña Trini, que insistía en alimentarme constantemente con si fuera mi madre, y las anécdotas de Don Tito, los días pasaron volando. Gran parte de la familia estaba reunida por las fiestas de Pascuas, así que tuve la oportunidad de conocer a muchos de ellos.
Dentro de los paseos que hice por la zona, la visita a Chamula fue uno memorable. En ese pueblito indígena a unos 10 km de San Cristóbal había una iglesia que si bien de afuera no tenía nada de diferente con un templo católico tradicional, por dentro era un mundo aparte. Los indígenas han combinado los cultos propios de su cultura con los ritos católicos de una manera poco ortodoxa para lo que uno estaba habituado a ver en estos lugares. El fuerte olor a incienso invadía inmediatamente los sentidos, embriagando con su aroma dulzón. Las velas tapizaban el suelo donde se agrupaban las personas que en su dialecto particular realizaban cánticos y rezos que iban acompañados de comida, alcohol y coca-cola (!). Las gallinas sacrificadas para expiar algún espíritu maligno eran parte habitual del escenario y los santos rodeaban el ambiente encerrados en sus vitrinas, mirando con sus acerados e inquisitivos ojos y cubiertos con sucesivas capas de ropajes tradicionales que iban engrosando sus cuerpos año a año. Este curioso panorama era aun más bizarro al ver a los turistas que circulaban entre los devotos con miradas de asombro e incredulidad, conteniendo sus ansias de tomar una foto para mostrar a sus amigos, ya que estaba expresamente prohibido registrar nada de lo que sucedía puertas adentro de la iglesia.
San Cristóbal también fue el lugar donde nos reencontramos con mi amigo Japhy. Habíamos coincidido en tiempo y espacio y decidimos encarar juntos el tramo de Chiapas y Guatemala, que tenía muy mala fama en cuestiones de seguridad. Después de una efusiva despedida con su “algo más que amiga” Denisse, encaramos la ruta con rumbo a Palenque. Discurrimos entre bosques de pinos y paisajes estilo alpino hasta que fuimos descendiendo paulatinamente con un cambio brusco en la vegetación. El verdor tapizaba los cerros y la plantas selváticas iban ganando terreno con velocidad. Entre esa naturaleza exuberante siempre se veían casas o ranchitos de los que ocasionalmente salían niños reclamándonos a los gritos que les diéramos plata: “regáleme un peso, regáleme un peso!!”, “no, un peso no, te regalo un beso, querés?”. Obviamente que mi oferta de cariño nunca tuvo buena acogida y más bien recibí miradas de desprecio, pero eso era lo que tenía para dar…
Mientras pasábamos por un caserío una señora nos profetizó desde la margen de la ruta que si seguíamos por ese camino nos robarían todo. Esperábamos que no tuviera razón! La tensión y el nerviosismo por las cuestiones de seguridad ya se había instalado en nosotros y no nos dejaría por muchos kilómetros de recorrido.
Contradictoriamente, muchas veces nos sucedía que al ser avistados por los niños se enardecían saludándonos con gritos de “hola, hola!!”, que en algunos casos no se aplacaban con nuestras respuestas. Era necesario saludar agitando las manos y regalando sonrisas que inmediatamente se contagiaban en sus rostros, mientras seguían exclamando “holaaaa, hoooolaaaaa!!!!“ a garganta pelada. Asustaba un poco!!
Antes de encarar el descenso final a Ocosingo nos detuvimos en un mirador desde donde se podía apreciar el reverdecido valle en el que nos íbamos a internar. Una familia que ocasionalmente pasaba por ahí se detuvo a charlar un rato con nosotros. Juan Manuel y su familia de Oxchuc nos demostraron que no todo el mundo era necesariamente hostil en estos pagos.
Un fortuito equívoco en la elección del camino hacia el centro de Ocosingo nos dejó en las puertas del cuartel de Protección Civil. Poco después estábamos instalados con los muchachos, compartiendo una cena y charlando de nuestros viajes y sus vidas. Efraín me contó un poco sobre el movimiento revolucionario Zapatista y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Hasta ese momento lo único que había visto al respecto era el comercio derivado de sus tiempos de rebelión, representado por los muñequitos con pasamontañas y todos los artículos de souvenirs que se puedan imaginar. Pero no había podido hablar con nadie que realmente hubiera estado involucrado en esos días de aquel enero de 1994. Efraín me dijo que gracias al levantamiento el gobierno por fin se decidió a prestar atención a algunos de los reclamos indígenas que venían siendo eternamente postergados, pero que el tema del otorgamiento de tierras aún no estaba resuelto y quedaba mucho por recorrer antes de que se llegara a una solución. Si bien en muchos lugares se habían tomado las tierras para hacerlas producir y abundaban los carteles del tipo “la tierra es del que la trabaja”, legalmente aún no estaba reconocido por las autoridades. Así, en un clima de tensa calma se proseguía con las negociaciones para reivindicar los derechos del campesinado. Una lucha justa, teniendo en cuenta que estas comunidades llevan economías de subsistencia y necesitan de la tierra para conseguir su alimento.
Pero al día siguiente sufriríamos en carne propia los efectos derivados de esta gesta. A poco de dejar Ocosingo llegamos al Municipio1ro de Enero. Imponentes y coloridos murales tapizaban las paredes de las casas dejando bien en claro que ese era territorio zapatista. La imagen del Che Guevara se repetía incansablemente a la par de la del subcomandante Marcos. No lo dudamos y nos detuvimos a sacar algunas fotos. Era una expresión de arte que no podía pasar desapercibida. Lo que no
nos dimos cuenta era de que la gente nos miraba con cara de pocos amigos. Sin que nos percatáramos dos muchachos se acercaron y nos clavaron los ojos desafiantes y con claras intenciones de que nos fuéramos de ahí o sino…captamos el mensaje y de inmediato regresamos a las bicis y empezamos a rodar. La gente nos gritaba “gringos” acompañados de algún que otro insulto mientras nosotros respondíamos que no lo éramos: “somos argentinos!! Che Guevara!!!” alcanzábamos a decir mientras nos escurríamos entre la gente. Japhy había adoptado rápidamente la nacionalidad criolla ya que andar explicando que era de Nepal no tenía mucho sentido en ese contexto.
Unos minutos antes, mientras mirábamos uno de los murales, Japhy me había contado la historia de dos ciclistas americanos que hacía un año habían sido asaltados y golpeados con machetes mientras recorrían ese mismo lugar. Nos esperaba la misma trepada de 8 kilómetros por el medio de una densa selva y sabíamos que de cualquier parte podían salir los atacantes a desvalijarnos sin problema alguno. Nos sentíamos muy vulnerables y queríamos salir de ahí lo antes posible. Fue un recorrido muy tenso, donde cada mínimo sonido que escuchábamos nos hacía poner en estado de máxima alerta. Bastaba con que nos dieran un empujoncito para que perdiéramos el equilibrio y quedáramos a merced de quien quisiera robarnos. Mi pinta de gringo no ayudaba para nada y eso lo sabíamos muy bien…
Afortunadamente sorteamos ese tramo sin dificultades, pero la cosa no terminaba ahí. Mientras descendíamos una cuesta a toda velocidad vimos unos niños que se agrupaban al costado del camino y que de repente levantaron una soga que nos bloqueaba el paso. Clavamos los frenos justo a tiempo para no llevárnoslos puestos y apenas apoyamos un pie en el asfalto nos rodearon con insistentes peticiones de que les compráramos cosas, les regaláramos dinero o cualquier cosa que llevábamos en nuestras bicis. Tenían una agresividad inédita y cuando dijimos que no, que nos dejaran seguir, una niña comenzó a patearme las alforjas traseras mientras hacía un sonido que me hizo acordar al de un gato enfurecido. Algo espantados e impactados por lo vivido nos escabullimos como pudimos y le dimos duro a los pedales huyendo de esos chicos que parecían poseídos por el demonio de la necesidad.
Las miradas hostiles se sucedieron todo el día y ya no nos sentíamos seguros ni para parar a mear al costado de la ruta! No teníamos muy en claro dónde íbamos a pasar la noche y toda esta situación nos había dejado algo paranoicos. Terminamos descendiendo a las cascadas Agua Azul, donde tampoco se respiraba un ambiente muy relajado que digamos, pero como era sábado de Pascuas, estaba saturado de gente y eso nos daba un poco más de anonimato y protección. Cada centímetro cuadrado del lugar estaba ocupado por un vehículo y decenas de carpas poblaban los bosquecitos con familias que estaban comiendo y bebiendo al son de las infaltables canciones a todo volumen de la popular música norteña. Nos entremezclamos en la multitud, armamos nuestras carpas y después de recorrer un poco las cascadas nos refugiamos en nuestros cubiles para tratar de conciliar un poco el sueño.
La “bajada” hasta Palenque tuvo unas cuantas e inesperadas subidas, pero el paisaje era tan cautivante con el despliegue de vegetación que cegaba con su verdor, el aroma de la tierra húmeda y los sonidos de las aves, que por un momento se podían olvidar los factores humanos y disfrutar un poco más del entorno natural. Nos sorprendió el cambio de actitud en la gente. No sólo habían trocado sus vestimentas por unas más coloridas y atractivas, sino que también su actitud era diferente. Ahora respondían a nuestros saludos con sonrisas y cordialidad. Estábamos desconcertados! Así aprendimos a evaluar al ambiente por el que íbamos rodando, en función a la respuesta que la gente daba a nuestros saludos y sonrisas. Nos convertimos en los “ciclistas saludadores” ya que no dejábamos persona que nos avistara sin un cordial y afectuoso “buenos días” o “buenas tardes”, según correspondiera.
El pueblo de Palenque no ofrecía ningún atractivo más allá de ser un centro comercial donde poder reaprovisionarse de comida, así que encaramos hacia los camping que abundaban en las cercanías de las famosas ruinas mayas. Después de un encuentro fortuito con Ralph y Pat, la pareja de ciclistas americanos que había conocido en Lake Louise en agosto pasado, aterrizamos en Mayabell. Era un lugar donde parecían confluir todos los hippies de los alrededores, que pacíficamente pasaban sus horas recostados en hamacas bajo las palapas al son del bongó. Una misteriosa neblina circulaba entre los pasillos cuyo aroma era fácilmente reconocible. Bastaba una breve caminata para pegarse un viaje sideral sin necesidad de nave espacial!
Apenas llegamos se desató una lluvia torrencial y nos vimos obligados a montar nuestras carpas apretadamente bajo una de las palapas, so pena de quedar hechos sopa en unos pocos minutos. Estábamos a buen resguardo y para alegría de Japhy, volvió a reunirse con Denisse en esos días que estuvimos allí. Esa noche descubrí el potente sonido de los monos aulladores, que le daban un entorno truculento y misterioso a la selva que nos rodeaba. Sus potentes gritos guturales daban la impresión de estar inmersos en la ficción de Parque Jurásico, a punto de ser devorados por un hambriento velociraptor. O serían los “monos aulladores” que tenía en la carpa vecina los que hacían esos extraños gruñidos por la noche???
Las ruinas de Palenque cumplieron con todas las expectativas que teníamos del lugar: eran imponentes y daban una idea cabal del grado de avance cultural y religioso que había alcanzado la cultura maya. La reconstrucción del sitio permitía admirar la arquitectura original y a pesar de los puestos de ventas de recuerdos y artesanías, siempre se podía encontrar un lugar donde contemplar y meditar en paz acerca de esta fascinante civilización.
Eran los últimos días en México. Después de casi 4 meses y con más de 5000 kilómetros rodados recorriendo sus caminos se acercaba el final de una etapa. Cerraba el tramo de Norteamérica para ingresar en la convulsionada Centroamérica. Como en todos los países anteriores, el próximo iba a ser el más violento, el más peligroso y donde nos iban a robar y matar con toda seguridad. En este caso podrían tener algo de razón ya que la situación en Guatemala no parecía ser la ideal para andar viajando en bicicleta y había que estar alertas todo el tiempo. Encima habíamos optado por ingresar cruzando el río Usumacinta, a
través de la selva lacandona y directamente al Petén, una zona que tenía fama de registrar numerosos asaltos y robos a los turistas. Nos tocaría a nosotros sufrir esa suerte?
El camino hacia la frontera Corozal pasó sin grandes inconvenientes. Tan sólo tuvimos que atravesar un retén en protesta por los presos políticos del EZLN en el que nos exigieron 2 dólares como peaje para poder pasar. “Dos dólares??!!! No hermano, no somos gringos, somos argentinos y no tenemos plata.” Les dimos 5 pesos mexicanos (un cuarto de lo solicitado) y entre risas y saludos nos despedimos recordando que el “Che” también había sido argentino…menos mal!
El ambiente no era tan tenso como esperábamos y teníamos buena respuesta con nuestras salutaciones. En una pausa que hicimos en un arroyito para aplacar el intenso calor que reinaba por la tarde, un hombre que pasaba con sus hijitos se detuvo a charlar un rato. Era un agricultor y venía de recoger algunos frijoles para alimentar a su familia. Seguramente vernos a nosotros era algo mucho más interesante y divertido que cualquier otra actividad y como si fuéramos parte de un zoológico de especies exóticas, se quedó sentado con sus niños simplemente observándonos con una sonrisa bonachona en la cara. No sabíamos muy bien qué hacer. Estábamos comiendo y nos sentíamos un poco extraños, sentados con las patas en el agua, con el despliegue de nuestros filtros de agua, recipientes plásticos y chiches tecnológicos que eran seguramente desconocidos para ellos. Tratamos de mantener una conversación pero el hombre era lacónico. No nos hacían las mil y una preguntas de siempre. Simplemente seguían mirándonos. Compartí unas galletas de chocolate con los chicos y después de agradecernos por la compañía proseguimos nuestra marcha. Ya nos acostumbraríamos al hecho de ser sencillamente observados sin mediar palabras…
La selva lacandona sólo se reveló hacia el final del día. Todo el tiempo habíamos circulado por zonas destinadas al cultivo o al ganado y no quedaban indicios del bosque impenetrable que nos habíamos imaginado que cruzaríamos. La noche se nos vino encima y nos abocamos a la difícil tarea de conseguir dónde pernoctar. No era tan simple como montar la carpa en medio de la jungla. En estos lugares había que tratar de conseguir algún sitio limpio y desmontado para no ser visitado por las alimañas que pululaban por ahí, en particular las poco amistosas serpientes. Hicimos un intento en el regimiento militar que había en el cruce de caminos a Nueva Palestina, pero nos rebotaron olímpicamente. Haciendo gala de una burocracia increíble y después de chequear mil veces quiénes éramos y qué estábamos haciendo nos dijeron que tenían que pedirle permiso al comandante, que por supuesto, no estaba allí. Gracias muchachos!!
Por suerte Don Israel, el dueño de un abarrotes-bar-restaurant cercano nos ofreció una casita que tenía medio abandonada y no dudamos un segundo en instalarnos allí y compartir la noche con los innumerables amigos del mundo de los insectos que poblaban el cuartucho. Pero a caballo regalado no se le miran los dientes!!!
El 27 de marzo al mediodía llegamos a la frontera Corozal, en las márgenes del río Usumacinta. Estábamos cerca de las ruinas de Bonampak y Yaxchilán, por lo que el flujo de turistas ya había afectado la zona y fuimos víctimas de un impulsivo peaje por parte de los lacandones. Nos cobraron 15 pesos mexicanos por pasar sin obtener nada a cambio, más allá del “papel de control” que nos iban a exigir las autoridades cuando quisiéramos cruzar la frontera. Por supuesto, jamás nos pidieron nada y fue uno de los tantos abusos económicos que sufrimos a lo largo del camino. El lugar era gris y triste, a tono con las nubes que opacaban el sol. No pudimos ver una sola sonrisa en la apagada gente que poblaba el sitio. El oficial de migraciones nos advirtió que no era seguro rodar desde La Técnica, el poblado vecino del lado de Guatemala, hasta Bethel, donde estaba el puesto de migraciones, ya que el camino era muy malo y era peligroso por los robos. “Miren que ahí ya no es México y puede pasarles cualquier cosa”. Como si allí hubiéramos estado exentos de tener problemas!! El costo económico era muy alto y decidimos comprobar con nuestros propios ojos que tan grave era la cosa. No era cuestión de arrugarle a 12 kilómetros de ripio!
Pocos minutos después estábamos del otro lado del río y habíamos dejado atrás al querido pueblo Mexicano que tantas alegrías y satisfacciones nos había dado. Se venía una sucesión de países relativamente rápidos de cruzar, con muchas diferencias culturales y geográficas por explorar. Estábamos ansiosos por descubrir esos nuevos horizontes.
Guatemala nos recibió con una escalera que nos hizo sudar para subir las bicis cargadas y un camino de tierra que en efecto, estaba en pésimo estado. Piedras sueltas, pozos, serruchitos, arena, subidas y bajadas continuas con pendientes extremas, así fueron nuestros primeros 12 kilómetros en este nuevo país. Pasamos por un par de poblados en los que era desgarrador ver la precariedad en la que vivía la gente. Nuestro paso era observado como lo haría alguien que ve detenerse enfrente suyo una nave espacial cargada de seres verdes. No creo que muchos ciclistas se aventuraran por estas rutas perdidas en la selva…
Sorprendentemente no tuvimos inconvenientes en los trámites migratorios y no nos cobraron nada contrariamente a lo que nos habían dicho otros viajeros que habían tenido que pagar sumasarbirtrarias por ingresar a Guatemala por ese paso. Seguramente dábamos pena en nuestro lamentable estado totalmente sudados y cubiertos de tierra!
Según los oficiales, nos esperaban unos 30 kilómetros de ripio hasta llegar al asfalto que nos conduciría suavemente hasta Tikal, nuestro próximo objetivo en el itinerario. Comenzamos temprano, pero el progreso era muy lento por las condiciones del camino. A medida que avanzábamos íbamos deseando más y más que llegara el concreto, ya que nos estábamos calcinando bajo un sol sin contemplaciones y una ausencia de sobra total. De la selva del Petén no quedaba ni el recuerdo en esta zona que no había sido alcanzada por los límites protectores de las reservas naturales. Recién después de 65 kilómetros a los tumbos recuperamos la estabilidad bajo nuestros asientos y paramos en el primer poblado que vimos a comer algo. Nos devoramos medio pollo asado cada uno y con el sopor del estómago lleno y el ardor de la tarde retomamos los pedales lentamente. Muy lentamente!
Preguntando en un cruce por el camino hacia La Libertad, nuestro objetivo para ese día, se dio una conversación que sería una constante en los días venideros:
“Hola, buenas tardes! El camino a La Libertad?”
“Hello mister!”
“Perdón, no somos gringos, somos argentinos y hablamos español”
“Ah, Argentina? Yo viví allá como tres años!”
“En serio? Dónde?”
“En Miami!”
“Errr, eso es en Estados Unidos. Te dije que no éramos gringos.”
“Ah, bueno, si…y hablan inglés en Argentina?”
“No, te dije que hablábamos español. Sabés dónde queda Argentina?”
“Mmmm, no”
Después de una paciente clase de geografía básica y al ver que no llegábamos a ningún lado optamos por seguir viaje y mientras nos alejábamos oímos que nos saludaban: “nos vemos en Wachinton!” Ohmmmmmm….
En Guatemala estaba descartado de plano la posibilidad de poder acampar libremente como veníamos haciendo en México ya que el nivel de inseguridad era mucho mayor. Por suerte los costos eran menores y se podía conseguir un cuarto de hotel por unos pocos quetzales. Por supuesto que el término hotel era aplicado indistintamente a lugares que hacían honor a esa denominación, así como a tugurios en los que las cucarachas eran las que tendían las sábanas. A veces un dólar generaba una diferencia abismal en el servicio que se conseguía y valía la pena recorrer un poco antes de quedarse en un lugar. El regateo era parte de la cultura local, así que casi siempre se podían ajustar un poco los valores para que nos quedaran más fondos para las comidas.
En La Libertad nos quedamos en el Oriental, un sitio cómo
do y limpio en el que además podíamos comer algo en su restaurante. Allí cayó en nuestras manos el primer periódico de Guatemala y nos quedamos helados al ojear las noticias. La sangre brotaba de sus páginas y lo que más nos llamó la atención fue la nota de tapa: “lo asesinan para robarle la bicicleta”. Y era un pobre zapatero con su bici común y corriente de “Maya Tour“, la marca más difundida por la zona. Definitivamente la capital quedaría fuera de nuestro itinerario después de ver semejantes crónicas.
De paso hacia Tikal pasamos por el refugio turístico de Flores. No tenía el caos habitual de comercios y puestos en las calles y lo más atractivo de esta pequeña isla era sin duda el lago que la rodeaba, el Petén Itzá. En sus aguas aprovechamos para capear un poco el calor extenuante del mediodía antes de proseguir en busca de las mayores ruinas Mayas restauradas que se pueden visitar en la actualidad.
A los golpes aprendimos que en Guatemala no existían carteles en las rutas que le indicaran a uno hacia adónde iba y era aún más difícil encontrar algo que mínimamente aproximara una distancia. Había que preguntar en cada cruce, aprendiéndose los nombres de los incontables poblados intermedios (que por supuesto nunca figuraban en nuestros mapas) y estimar la probabilidad de error en la información obtenida de acuerdo a nuestro interlocutor. Así, al salir de Flores sabíamos que teníamos que recorrer una distancia que iba entre 50 y 75 kilómetros.
Por supuesto que prevaleció la mayor distancia, las subidas fueron más intensas y largas de lo imaginado y al llegar a la entrada del Parque Nacional Tikal, la noche ya estaba sobre nosotros. Nos quedaban unos 17 kilómetros hasta el camping, circulando por un camino flanqueado por la selva en su máxima expresión. En la penumbra pudimos divisar los carteles poco tradicionales que advertían de la presencia de animales un tanto preocupantes: serpientes, jaguares, escorpiones…parecía que estábamos entrando en zona no apta para humanos! Cuando la oscuridad nos envolvió completamente nos quedamos perplejos de ver la cantidad de “ojos” que nos observaban. “Mirá! Ahí hay algo!”, “Otro! Allá!!!”. Después de unos breves instantes de paranoia nos dimos cuenta que los potenciales animales que nos estaban acechando no eran más que un sinfín de luciérnagas que ante nuestra cercanía destellaban sus luces verdosas, haciéndonos creer que éramos observados por una multitud de hambrientas fieras salvajes. Igualmente proseguimos con la mayor de las precauciones ya que no queríamos pisar alguna víbora letal que estuviera cruzando la carretera en ese momento.
Tikal resultó ser excesivamente caro y corrupto. La entrada costaba la pequeña fortuna de 20 dólares y a pesar de que el parque abría a las 6 de la mañana, por una módica “contribución” se podía coordinar con el guardia para poder ingresar más temprano y ver el amanecer desde la cima de uno de los templos. Todo era negociable y tenía un precio. Hasta para poder sacar unas fotos con las bicis nos querían sacar dinero extra! Obviamente que ni vimos el amanecer desde las ruinas ni pasamos con las bicis. Más bien resultó complicado conseguir un lugar seguro donde dejar nuestras cosas mientras recorríamos el lugar.

A diferencia de Palenque, en Tikal las ruinas excavadas están dispersas en las profundidades de la selva, por lo que era difícil hacerse una noción de la envergadura total del complejo arquitectónico. Sin embargo, la ventaja era que rara vez uno se topaba con contingentes masivos de turistas y por lo tanto se podía disfrutar del sitio con una gran tranquilidad. Y como el poblado más cercano estaba a 20 kilómetros de distancia no había puestos de ventas de recuerdos. La plaza central impactaba con la imponencia del Templo principal, ícono inconfundible de las pirámides mayas, y el Templo V definitivamente se llevaba los laureles de la mejor panorámica del techo boscoso con los extremos de los templos más altos asomándose entre los árboles. Este último era el único que contaba con una muy buena información sobre la historia y restauración de la empinada pirámide, gracias al trabajo realizado por el gobierno de España.
De regreso repetimos las fórmulas que ya nos habían dado buenos resultados: un chapuzón de paso por Flores y el mismo hotel en La Libertad. Mientras cenábamos conocimos a Luis Miguel. Interesado sobre nuestro viaje nos comentó como al pasar: “yo también soy un aventurero”. “Si? Y cómo es eso?”. Y nos contó su historia. Era maestro de escuela, pero su salario de 1500 quetzales por mes (unos 200 dólares) no era suficiente para mantener a su familia con un niño de 5 años y otro de 10 meses. Así que estaba por hacer el cruce a México, donde después atravesaría el país como polizón en trenes de carga hasta llegar finalmente a la frontera con Estados Unidos. Allí esperaba poder ser recogido por unos parientes para ingresar ilegalmente al “norte” y trabajar un par de años ahorrando el dinero necesario para asegurar un pasar digno para su familia. Luis Miguel tenía sólo 23 años y vivía la cruda realidad que ha sacudido por años a las gentes más necesitadas y afectadas por la pobre economía de sus países de origen. Y todo esto nos lo contaba con una naturalidad pasmosa. Nos sentimos indignados, impotentes, ínfimos en nuestra realidad que era tan distante de la que le tocaba vivir a él. Pero sin embargo estaba orgulloso de que los tres fuéramos aventureros. Le regalé mi última moneda mexicana y le dije que la conservara como amuleto de la buena suerte. Si nosotros habíamos atravesado esos caminos sin problemas, podíamos compartir simbólicamente nuestra estrella deseándole que llegara a buen puerto. Nos despedimos esperando que algún día nos escribiera desde su patria contándonos que estaba bien y que no necesitaba emigrar más forzosamente por cuestiones económicas. Seguramente, una utopía…
Al día siguiente nos esperaba una jornada cargada de incertidumbres. Teníamos que llegar a algún lugar donde nos pudiéramos hospedar, pero las informaciones era un poco vagas. Después de Sayaxché, a unos 50 kilómetros de donde estábamos, no sabíamos si había hoteles y el próximo sitio seguro quedaba en Ruxahá, 100 kilómetros más adelante. Eso era una distancia muy larga para tener en cuenta, por lo que salimos con la esperanza de encontrar algo a medio camino.
A poco de andar cumplí los 15000 kilómetros en el viaje. Japhy me prestó gentilmente los 5 dedos que me faltaban para la foto de rigor, y aún un poco incrédulo de la distancia que llevaba acumulada en mis piernas continuamos nuestra marcha.
Al ir llegando a Sayaxché un bulto al costado del camino nos hizo detener en seco: era una víbora enorme que estaba enrollada como para atacar! Nos llevó un buen rato superar el susto y darnos cuenta de que alguien ya se había hecho cargo del asunto y con un corte limpio de machete había acabado con la vida del reptil. No podíamos creer el largo que tenía y de solo pensar en que se nos apareciera una así mientras hacíamos algún alto a descansar se nos erizaban los pelitos de la nuca!! Brrrrr…
Después de cruzar el río Sayaxché hacia el pueblo homónimo en un rudimentario ferry, nos detuvimos a capear un poco el intenso calor en el febrilmente activo poblado. Seguíamos indagando, pero parecía que no habían sitios donde hacer noche hasta Ruxahá. Sería así? Nos internamos en un camino en el que los pueblos que atravesábamos eran de una precariedad absoluta, inclusive sin suministro eléctrico. Nuestra desesperación por consumir algo frío nos llevó a descubrir los raspados, que eran básicamente hielo picado con un jarabe artificial bien espeso que le daba color y sabor, con un copete de miel o leche condensada. Nada mal, por cierto. Y al módico precio de un quetzalito!!
Nuestros temores se vieron confirmados cuando nos enteramos de que efectivamente, no había alojamiento alguno hasta Ruxahá. Llevábamos 100 kilómetros de andar y faltaban 50 más, internándonos en unas serranías que prometían complicarnos bastante el avance. No teníamos opción y debíamos apurarnos ya que sabíamos que era una locura que rozaba la estupidez pedalear de noche. En todas partes nos habían dicho que si bien era arriesgado circular de día, de noche era simplemente impensable. Y no era una exageración en un lugar donde a las 6 de la tarde cierran todos los negocios y a las 8 de la noche no se ve a un alma en las calles.
Rápidamente pudimos comprobar que la tardecita no era el mejor momento del día para ir rodando a través de los poblados de la zona. La gente estaba agolpada frente a sus casas aprovechando el relativo frescor y los niños habían regresado de las escuelas. En otras palabras, éramos el blanco de todas las miradas y enseguida empezaron a tronar en nuestros oídos los gritos de “Gringo! Gringo!” entremezclados con reclamos de “donativos” e insultos que ya reconocíamos a pesar de no formar parte de nuestro vocabulario. Las bajadas eran rápidas y las subidas agonizantes y tensas. Nos sentíamos incómodos y amenazados y no servía de nada dar explicaciones. Algunas expresiones lo decían todo y no era un lugar propicio para nosotros.
Los músculos dolían, el cruce de caminos no llegaba nunca y el cansancio sumado al estrés de la situación nos venía matando. Pero no teníamos alternativa y la noche ya estaba con nosotros. Al menos nos sirvió para hacer los últimos kilómetros desapercibidos hasta que por fin llegamos a Ruxahá y nos metimos en el primer hotel que encontramos. Estábamos contentos de haber sobrevivido, pero reventados física y mentalmente.
Sabíamos que nos enfrentábamos a un reto físico con mayúsculas: dejaríamos atrás las relativamente planas extensiones del Petén y nos internaríamos en el corazón de la Sierra Madre, que prometía desafiar la fuerza de nuestras piernas hasta límites insospechados. Por eso nos tomamos un día leve y nos quedamos larveando una tarde en el agobiante calor de Chisec, preparándonos para la trepada a Cobán, centro cafetero del país.
La realidad nuevamente superó nuestras expectativas y lo que esperábamos que fuera duro, resultó ser durísimo! Como bienvenida tuvimos que superar el cruce de “la ventana”, un paso entre unas serranías en el que el camino trepaba escandalosamente perdiéndose en un verde abrumador, con pendientes en continuo de más del 20 % que reducían nuestro desplazamiento a un mero reptar agonizante. Lo peor era que después de semejante escalada, la cinta asfáltica se sumergía en un abrupto descenso que se parecía a la bajada inicial de una montaña rusa, generando vértigo y desafiando las leyes de la gravedad! Los frenos no daban a vasto y por suerte no había mucho tránsito, ya que las cerradísimas curvas nos obligaban a pasarnos de un lado al otro de la carretera todo el tiempo. Cuando vimos que estábamos a la misma altura que teníamos en Chisec y aún nos quedaba la verdadera trepada a Cobán casi nos largamos a llorar!!
El calor se hizo presente y hubo que comenzar con las pausas forzadas para descansar un poco. Sin importar dónde parásemos, no pasaban dos minutos sin que alguien saliera de la selva con el infaltable machete en mano. Su sonido cortando maleza o leña era una característica inherente del lugar y nos resultaba extraño cuando no lo oíamos. Estábamos adentrándonos en la región indígena de Guatemala, donde se contaban 23 etnias diferentes con sus identidades culturales bien marcadas y diferenciadas. Las vestimentas eran un indicativo inmediato del origen de los pueblos y se mantenía intacta la identidad de las lenguas originales. Para nosotros era un verdadero trabalenguas pero igualmente siempre preguntábamos como se saludaba en el dialecto del caso para poder interactuar con la gente. Pero el problema era que las etnias variaban de un valle a otro y de repente una frase que generaba respuestas y sonrisas de un lado del cerro, caía en la indiferencia total al cruzar del otro. Al preguntar nos enterábamos de que nuestro saludo ya era obsoleto y debíamos utilizar otro! Los más aceptados eran “quanchic” y “usawatch” (como sea que se escribieran) y en un momento empezamos a utilizar nuestro propios saludos. Inventamos algunos, usamos el tradicional “namaste” de Nepal y sea como fuere, casi siempre recibíamos alguna respuesta, por más que fuera un incomprensible gruñido como dicho hacia adentro. Confiábamos en que era una respuesta cortés y no un insulto. Les causaba una gracia especial ver a unos “gringos” en bicicleta hablando, o al menos tratando, en su dialecto indígena.
La comunión que tenían con la naturaleza, en la que vivían inmersos y respetándola, era evidente en la limpieza de las carreteras. Hacia mucho que no veíamos caminos tan libres de basura en nuestro derrotero. Asimismo, se convirtió en algo habitual y cotidiano ver a las mujeres y niños cargando vasijas con agua o grandes pilas de leña en sus cabezas. Nunca comprendimos cómo hacían para mantener el equilibrio o evitar reventarse la columna con semejantes cargas!!! Desde pequeños de escasa edad hasta personas arrugadas como pasas de uva, todos realizaban las mismas tareas en un desfile similar de las hormigas obreras.
Los chicos seguían teniendo una fascinación particular hacia nosotros y no dejaban de llamarnos “gringo!” a nuestro paso. Como andar explicando nuestro origen no tenía mucho sentido, optamos por retrucar con un “guatemalteco!” que en general producía un desconcierto que a veces tenía finales risibles.
“Gringo!”
“Guatemalteco!”
“Guatemalteco?”
“Si, si, Guatemalteco!”
“Viva Guatemala!! Ehhhhh!!!!”
y mientras nos alejábamos nunca faltaba el pibe que retrucaba una vez más “gringo!” haciéndonos descostillar de risa.
Cuando pasaba mucho tiempo sin que nos gritaran algo nos empezábamos a decir cosas entre nosotros: “gringo!”, “argentino!”, “nepalés!”, “sudaca!”, “bajadur!” (el equivalente a sudaca para Japhy) y así íbamos matizando el tiempo ante la mirada de asombro de la gente que nos oía en semejantes entreveros.
En una ocasión paramos en un abarrotes a tomar algo que no fuera nuestra agua recalentada por el sol y los muchachos del lugar, al vernos en un estado de calamitoso agotamiento, nos preguntaron:
“Y por qué van en bicicleta? No es muy cansado? Mejor en microbus!”
“Errr, es que vamos para Argentina”
“Ah, y no hay microbus hasta allá?”
“Errr, no, no hay. Y si lo hubiera sería muy caro. Por eso vamos en bici!”
Llegamos a Cobán totalmente exhaustos, después de haber trepado más de 2000 metros de desnivel con el mayor promedio de pendiente hasta el momento en el viaje, pero felices de haber superado tan dura prueba. Y eso porque no sabíamos lo que nos esperaba en los próximos días hasta llegar a Quetzaltenango!!!
Mirando el mapa las distancias no parecían ser demasiado largas como para llegar en unos tres días a la segunda ciudad más grande de Guatemala. Sin embargo, las interminables subidas y bajadas que nos esperaban convertirían todas nuestras estimaciones y proyecciones en fantasías imposibles de concretar. Cada día nos poníamos una meta que a medida que avanzábamos se iba volviendo más irreal e inalcanzable. Nuestro avance parecía una cuenta regresiva en la que cada jornada disminuía 10 o 15 kilómetros con respecto a la anterior.
Como bienvenida a este desgastante tramo del camino, nos topamos con una larga bajada que estaba en proceso de pavimentación, por lo que era un caos total de maquinaria pesada, camiones de carga, polvo cegador en el aire y rocas del tamaño de un auto que desafiaron al máximo nuestra pericia de manejo. Estábamos haciendo cicloturismo extremo!!! En un tramo directamente nos dijeron que no se podía pasar ya que estaban removiendo piedras y estaba el tránsito cerrado por un par de horas más. Si esperábamos nunca íbamos a poder trepar la cuesta que nos esperaba del otro lado del río para llegar a Chicamás. Así que después de negociar un rato y asegurarle al obrero que nos hacíamos cargo de cualquier cosa que nos pudiera pasar (algo que hubiera sido impensable en otros países más al norte), nos mandamos por una pista que parecía un circuito de competencia de montaña! Nuestro primer obstáculo no fue trivial y nos tocó portear las bicis cargadas sobre una pila de rocas impresionantes! El operario de la topadora que estaba removiendo el terreno nos miraba con una mezcla de diversión y asombro al vernos trepar y bajar del otro lado con nuestras pesadas amigas.
Superada esa parte retomamos en asfalto que por ser nuevo era impecable y comenzamos los lentos y perezosos 20 kilómetros que nos restaban trepar para cerrar el día. Íbamos ascendiendo siguiendo el cauce de un río, escalando poco a poco por la ladera del cañón, dejando atrás unas vistas panorámicas que quitaban el aliento aún más que la propia subida. El tránsito era escaso y nos permitía utilizar todo el camino para poder subir en zig-zag, reduciendo un poco el grado de la pendiente que debíamos trepar. Veníamos con ese errático avance mientras nos acercábamos a un hombre que nos miraba impasible desde el camino. “Falta mucho para Chicamás?”, “Una media hora en bicicleta, pero como van ustedes, al menos una hora!”. Definitivamente habrá creído que estábamos borrachos…
En eso escuchamos un sonido inconfundible y estimulante: las típicas campanitas del camión vendedor de helados! Dejamos de pedalear e inmediatamente nos detuvimos en seco haciendo señas al vehículo para que nos atendiera. Al paso nomás nos vendieron nuestros conos a un quetzalito y proseguimos nuestro lento andar, ahora más refrescados y animados.
Como un castigo divino, el camino al día siguiente se reveló demencialmente duro. Nuestra idea era recorrer los 50 kilómetros hasta Sacapulas durante la mañana y proseguir con rumbo a Chichicastenango por la tarde. Obviamente, apenas si llegamos a Sacapulas! Las subidas se hicieron interminables y tan empinadas que no alcanzaba la multiplicación de los cambios para mantener la bici en movimiento. Eric, un ciclista amigo de Japhy que ya había recorrido estos mismos caminos había bautizado acertadamente “cambio Guatemala” al uso del plato más chico con el piñón más grande. El “1-1” se convirtió en el cambio fijo y pasar a un par de piñones más abajo era un acontecimiento que merecía un festejo!
Lo más traumático de estos caminos, además de las pendientes ingentes que estaban clavadas todo el tiempo por encima del 15 %, era el sadismo increíble que parecía haber inspirado a los ingenieros civiles para hacer las rutas lo más tortuosas y complicadas posible. Una vez alcanzada la cima y creyendo estar en la altura de destino del día, la carretera se zambullía frenéticamente en la primera quebrada que encontraba y mientras bajábamos ya podíamos ver la ingente subida que nos esperaba del otro lado. Y no era una vez, sino que varias! Llegamos a odiar a los ingenieros guatemaltecos con todo nuestro corazón! Nunca un puente? Un rodeo a un cerro? Siempre había que subir y bajar en un laberinto de curvas que descomponía hasta a la persona con el estómago más fuerte? No había opción y no quedaba otra más que seguir pedaleándola poco a poco, descargando nuestras frustraciones con insultos de todo tipo y color…aghhhh!!!!
Mientras tanto seguíamos atravesando poblados indígenas en donde la gente nos miraba con incredulidad al tiempo que avanzaban con sus habituales cargas de leña, agua, llevando sus cabritas a pastar, con gallinas y cerdos recorriendo la ruta como en un corral sin límites, movilizándose de un lado a otro a caballo. Afortunadamente los vehículos aún eran escasos como para dejarnos disfrutar de ese espectáculo en el que la simpleza de la vida rural se entremezclaba con la modernidad del asfalto.
Las vistas de los valles que íbamos atravesando complementaban el andar con paisajes de un gran verdor en el que parecía no quedar un solo espacio sin cultivar. Seguíamos siendo un circo en movimiento y cada vez que nos avistaba un niño ya nos resultaba normal verlo salir corriendo a su casa llamando a los gritos a sus hermanitos y familiares para que no se perdieran el show. “Tlaque poque teque gringo!” solíamos oír. Sólo la palabra gringo o ciclista nos resultaba familiar y ya sabíamos lo que nos aguardaba. Agolpados sobre las cercas e inclusive a la distancia, sonaba el grito de “gringo, gringo!” del que todos esperaban que respondiéramos con un saludo efusivo agitando nuestras manos. Pasar frente a una escuela era generar una pequeña revolución en la que todos dejaban lo que estaban haciendo para estallar en un griterío increíble donde la palabra “gringo” era la que se imponía sobre todas las demás. Al principio era una experiencia interesante y simpática, pero con el correr de los kilómetros y la excesiva reiteración del escenario ya nos estaba agotando un poco…cuándo pasaríamos por algún lugar donde no nos gritaran cosas?
En Sacapulas no encontramos un ambiente muy receptivo que digamos. Conseguimos un cuartucho donde pasar la noche y se percibía un alto grado de hostilidad, en particular hacia mi persona. De nuevo el “gringo” en el lugar poco indicado. Por suerte Japhy se podía entremezclar con los locales con mayor facilidad y encargarse de comprar algo de comer o averiguar cómo salir de allí a la mañana siguiente. Fue una noche terrible ya que habíamos quedado frente a la calle en la que se montaba el mercado dominical y desde las 3 de la mañana el fluir de gente y el nivel de ruido era increíble. Una camioneta bloqueaba la puerta de nuestro hospedaje y fue toda una odisea poder escabullirse entre el caos comercial que se estaba gestando a nuestro alrededor. Qué locura!
Llegamos a Santa Cruz del Quiché totalmente arruinados. Yo traía una descompostura que me estaba drenando las fuerzas al punto de casi no poder pedalear y Japhy estaba incubando unas buenas anginas como solidarizándose con mi patético estado. Pero teníamos que seguir. Había que llegar a Quetzaltenango, donde teníamos un hogar donde refugiarnos y recuperarnos de semejante trayecto.
Nos quedaba el último envión pasando por la tradicional y turística ciudad de Chichicastenango, el lugar por excelencia para visitar un mercado de artesanías típico. Lamentablemente llegamos un día tarde para ver el despliegue de puestos de venta, pero igualmente la plaza central daba una idea certera de lo que sería eso en los días de mayor actividad.
La gente nos advertía que debíamos enfrentar una subida más de características inhumanas: la trepada de la Fortuna. Esta vez no habían exagerado y cuando vimos lo que se avecinaba no sabíamos si reír o llorar! La ruta desaparecía abruptamente en una quebrada hasta llegar a un río
y luego trepaba como una cinta vertical por la ladera opuesta. El chillido de los motores de los incontables buses escolares reciclados de Estados Unidos que circulaban por la ruta nos dejaba bien en claro que no iba a ser fácil superar esta cresta. Por si fuera poco, a lo angosto del camino y lo empinado de sus trepadas, había que sumar el factor tóxico, ya que absolutamente todo vehículo que andaba por Guatemala parecía estar compitiendo por el galardón a la peor combustión interna y el mayor grado de expulsión de humos negros. En una combinación macabra de factores, nuestro lento avance era aún más complicado por tener a estos imprudentes conductores que disfrutaban de pasarnos demasiado cerca y acelerando justo sobre nuestras caras, dejándonos de recuerdo una fumarola que nos llenaba los pulmones haciéndonos sentir como si hubiéramos fumado 40 cigarrillos de una!
Después de la ingente trepada que se extendió eternamente por unos cuantos kilómetros más, por fin llegamos al cruce con la ruta Panamericana. Pensábamos hacer noche ahí, pero el caos y el desorden que reinaban en el lugar nos hizo cambiar de idea rápidamente. Optamos por seguir hasta el próximo poblado con alojamiento disponible y nos internamos en la carretera. Nuestra sorpresa fue inmediata: no era una autopista moderna y con amplios carriles. Llegamos en pleno proceso de ampliación y obras así que nos internamos en un camino en el que se alternaban tramos de impecable asfalto con sectores de tierra que parecían recientemente bombardeados. El tránsito ahora sí era pesado y la combinación de humos, tierra y bocinazos nos dejó con los nervios a la miseria. Nos metimos literalmente en una nube que redujo nuestra visibilidad a cero y la noche cayó sin previo aviso, haciendo que nuestros últimos kilómetros estuvieran cargados de
adrenalina y tensión. Cuando llegamos a Nahualá ya no podíamos más y sin darnos cuenta nos metimos en un pueblo netamente indígena en el que éramos observados con cierta desconfianza. Éramos unos “gringos” fuera de lugar…y se notaba!
Por la mañana pudimos apreciar mejor el epicentro cultural indígena en el que estábamos inmersos. Absolutamente todos iban vestidos con ropas tradicionales y se encaminaban a realizar sus tareas cotidianas en los campos. Si bien ya nos habíamos habituado a ver este tipo de cosas, acá se palpaba bien fuerte en el aire la identidad cultural de la gente.
Estábamos a un paso de nuestro objetivo. Sólo teníamos que superar una subida más hasta…Alaska!!! Tal era el nombre del punto más alto de la carretera, que también resultó ser el más alto en mi viaje hasta el momento con 3033 msnm. La bajada nos presentó el valle de Quetzaltenango con todo su esplendor, coronado por el imponente volcán Santa María que nos daba la bienvenida. Igualmente cordial fue la recepción de Miriam Bartlett y su familia, que nos ofrecieron su hogar para que pudiéramos reposar por primera vez en mucho tiempo con calor de familia.
Hasta la próxima!
Buena senda,
Damián
Se vienen los 35!
Salí con 33 años, en el sudeste de Alaska cumplí 34 y este próximo 18 de Julio se vienen los 35 en algún lugar de Venezuela, con los que espero llegar de regreso a la Argentina. Así que para satisfacer la enorme demanda de envíos de regalitos para la ocasión (al menos eso me gustaría creer!), he conseguido dos direcciones postales a las cuales según la fecha y tiempos de correos pueden hacerme llegar toooodos los presentes que gusten!
Mérida, Venezuela (arribo estimado el 10 de Julio)
Luis Daniel Llambí C. (Att. Damián López)
Instituto de Ciencias Ambientales y Ecológicas
Facultad de Ciencias, 3er Piso, Universidad de los Andes
La Hechicera
Mérida (5101)
VENEZUELA
Manaos, Brasil (arribo estimado el 20 de Septiembre)
Fabiola Valdez (Att. Damián López)
Av. Efigenio Salles 2222
Bloco 1B, Ap. 304
69060-020
Manaus - Amazonas
BRASIL
Desde ya, muchas gracias por adelantado!
Agradecimientos
Oscar Isaack y Jolguer Martínez, por el interés en mi viaje y el convite con una refrescante botella de agua camino a San Cristóbal de las Casas.
A doña Trinidad, don Tito y toda su familia, por darme un hogar donde sentirme a gusto y como uno más de la casa en mis días en San Cristóbal de las Casas. Y a Maricruz, por haberme confiado a sus padres y hermanos.
Manuel Pérez Ruiz, por la interesante charla sobre la cultura Tzotzil camino a San Juan Chamula.
Raúl Balam Pérez Velazquez, gracias por el espontáneo y desinteresado raite en moto en San Cristóbal de las Casas.
Juan Manuel Jiménez Santiz y su familia, de Oxchuc, por los momentos compartidos en el mirador a Ocosingo.
A toda la barra de Protección Civil en Ocosingo: Raúl Valdemar Molina González, Juan Núñez Cansino, Efraín Gañez González, Samuel Pérez Sánchez, Rodolfo Rodríguez Bollinas, Miguel Gómez López, Manuel Moreno Sánchez, Antonio Girón Luna, Saúl Lizcaino Hernández y Benjamin Guillen Moreno. Gracias por la camaradería y la desinteresada hospitalidad con que nos recibieron.
Emiliano Nicolás Perrella y Enoc Jhamerrsson, por las charlas entre cervezas y las inolvidables hamburguesas que compartimos en Palenque junto con su familia y amigos.
A María, por compartir conmigo la visita a las ruinas de Palenque y los chapuzones en las cascadas.
Israel González, por darnos un sitio donde pasar la noche en nuestro camino hacia la frontera con Guatemala.
Kerim Obed Batres Aldama y Alexis Nehemias Galdamez Salgero, por la buena onda y regalarnos una más que oportuna botella de agua fresca cuando el sol nos calcinaba en los primeros kilómetros por Guatemala.
Walter Chiu y Carlos Emilio Ortiz, por las cervezas heladas que compartimos en Flores.
A Luis Miguel, otro “aventurero” de la vida. Buena senda en tu camino querido amigo!
Patricia Garzona, por habernos hecho el contacto con la familia de Miriam, que nos recibió en Quetzaltenango.
Miriam Bartlett, Marta Escobar y el resto de la familia que abrió su hogar para que pudiéramos disfrutar de unos días de paz y tranquilidad en Quetzaltenango.
A mi hermano Japhy, por tu espíritu libre, tu mente voraz y esa amistad sin reparos con la que recorrimos juntos los caminos del sur de Chiapas y Guatemala. Se que habrá más kilómetros por rodar juntos en otros caminos…
Algunas estadísticas
Días en el camino: 309
Días de pedaleo: 183
Kilómetros recorridos: 15.551 km (1.500 en ripio)
Promedio de kilómetros recorridos por día: 84,98 km
Horas sobre la bici: 935h42m (38d20h42m)
Promedio de velocidad: 16,62 km/h
Máxima velocidad: 81,5 km/h, bajando el Sunwapta Pass, Canadá (15-08-2007)
Metros trepados: 149.682 m
Altura máxima: 3033 msnm, Alaska, camino a Quetzaltenango, Guatemala (08-04-2008)
Adrenalina que fluyó por nuestros cuerpos por la tensión del ambiente entre Ocosingo y Palenque: demasiada!
Veces que me llamaron gringo en estos días: 1.573 (tal vez más!)