Había llegado a Oaxaca justo a tiempo para recibir a mi amiga Catherine Allard, recién arribada desde Montrea
l, Canadá, con quien íbamos a rodar juntos hasta Tuxtla Gutiérrez, capital de Chiapas. Apenas recogimos el equipaje nos abocamos a la tarea de montar la flamante bicicleta bautizada Mathias. Mientras ensamblaba las partes me percaté de que faltaba algo: el cierre rápido para el asiento! Se lo habían olvidado en alguna parte! Con unas abrazaderas metálicas improvisé un sostén temporal y “voilá”, ya estábamos listos para adentrarnos en la ciudad. Pensando en lo pesado que había sido el camino hasta Oaxaca la miré a Cath y a modo de chiste le dije: “te prometo que en estos días vas a tener sangre, sudor y lágrimas!”. Nunca creí que mis palabras pudieran ser tan proféticas!
El Hostel Magic, en el que caímos inicialmente, resultó ser nefasto. El dueño parecía estar en perpetuo estado de ebriedad y tenía una agresiva fijación con los argentinos...o conmigo nomás! No duramos mucho en ese ruidoso lugar y por suerte encontramos el sitio ideal para reposar un poco en el Hostel Paulina, al mismo costo y años luz de diferencia en calidad con el anterior. Precisaba urgentemente unos días de descanso ya que sino iba a tener que conseguirme una prótesis para mi rodilla!
Nos quedamos deambulando un tiempo por la histórica y cultural ciudad de Oaxaca. El centro histórico era de una gran belleza, con fachadas conservadas con el antiguo estilo arquitectónico de la región, templos imponentes como el convento de Santo Domingo y un zócalo en el que permanentemente había
exhibiciones musicales o de danzas. Coincidimos con la “noche de las luces”, un multievento cultural con un gran surtido de opciones musicales y artísticas para disfrutar gratuitamente. Así fue que llegamos a conocer el trabajo de Sarah Carrere M’Bodj, una artista africana que hacía una preciosa integración entre música y poesía empleando un instrumento del siglo XII, el baobab. Luego del recital nos quedamos charlando un rato con ella y resultó ser una persona muy cálida y afectuosa.
Visitamos el centro arqueológico de Monte Albán, un conjunto de ruinas Mixtecas imponente y colosal que se encontraba a escasos 10 kilómetros de la ciudad, que de tanto avanzar hacia las laderas de los cerros ya estaba cerca de superponerse con él. Si bien uno dependía de contratar un guía
para tener una detallada información sobre el lugar, las grandiosas construcciones hablaban por sí mismas dando una idea de lo avanzada que había sido esta civilización. Lo único que resultaba algo triste era ver a los vendedores que, pululando por las ruinas, ofrecían tallas y esculturas encontradas en la región, sin que pareciere existir ninguna política de conservación artística. Con suerte serían simples imitaciones para engañar a los turistas...
Considerando lo difícil que había sido el camino hacia la costa y que recorrerlo en sentido inverso implicaba las mismas condiciones y esfuerzos titánicos, consideré que sería mejor bajar a la costa en bus y retomar el camino en Puerto Escondido. Cath tenía ganas de conocer las playas y así nos asegurábamos de que los tiempos dieran bien para llegar hasta Tuxtla antes de la fecha de su vuelo de regreso.
Nos despedimos de Oaxaca probando los tradicionales chapulines en el mercado, que de tanto chile que tenían sólo sabían a eso, y nos dirigimos a la Central Camionera. El trámite para cargar las bicis en el bus fue simple: lo único que hacía falta era pagarle una “propina” al chofer y listo! Una propina que él mismo se encargaba de fijar y por la que obviamente no había recibo alguno. A pesar de saberlo, me entretenía el hecho de incomodarlos un poco reclamando un comprobante por mis pagos...
Recorrer en 7 horas lo que me había llevado 3 días y medio resultó un poco impactante. Más al darme cuenta de la cantidad de subidas y bajadas que había hecho en ese tiempo! Definitivamente estaba justificado el dolor de mi rodilla!
Llegamos a Puerto Escondido y sus playas nos cautivaron. Desde la zona donde se apiñaban los surfers sacándole el jugo a los impresionantes tubos que hacían las olas, hasta las calmas aguas de la bahía central, era una invitación a quedarse u
n poco más...y eso hicimos! Nos pasamos todo un día lagarteando al sol y quedamos como unos camarones al rojo vivo. Me sentía un turista porteño recién arribado en las playas de Mar del Plata después de su primer día de sol. Si bien tenía los brazos, la cara y las piernas curtidas de andar en la bici, el torso y la espalda sufrieron como pocos! Y ni que decir de Cath, que venía pálida como un fantasma del crudo invierno canadiense! Pero, quién nos quitaba lo bailado?
Las camas del hostal tenían una nueva peculiaridad: la red mosquitera. No me había tocado dormir previamente en esas condiciones, así que me sentía como metido en una media de mujer! Una experiencia muy particular no apta para claustrofóbicos!
El viernes 22 de Febrero llegó el gran momento! Finalmente nos largábamos a rodar juntos por las carreteras de Oaxaca. Después de la foto de rigor y con el frescor de la mañana, pusimos rumbo hacia Puerto Ángel. La experiencia de viajar en bici era relativamente nueva para Cath, por lo que aún estaba en proceso de doma de la bicicleta que con el equipaje se hacía algo inestable. Pero ella tenía una determinación a prueba de balas y no le temía a nada. Ni al peligroso tránsito que circulaba por la angosta carretera. Para asegurarme de que todo fuera bien y de paso actuar un poco de escudo marcando terreno desde la retaguardia, me quedé detrás de ella mientras hacíamos los primeros kilómetros.
Al pasar por el poblado de Tomatal nos detuvimos a tomar unas aguas de coco y después retomamos la marcha. Avanzábamos bien, el día estaba espléndido y el viento nos venía acompañando a nuestras espaldas. Si seguíamos así llegaríamos temprano a nuestro destino como para poder aprovechar la tarde descansando en esas playas.
Pero el destino nos tenía reservada otra realidad. Llevábamos 30 kilómetros recorridos cuando encaramos la bajada hacia el puente Zapote. De repente vi que Cath se abría hacia el centro del camino. Qué pasaba? Comenzó a hacer un riesgoso zigzagueo y de manera inesperada PAF!, perdió el control y vi
como se desparramaba sobre el asfalto. Clavé mis frenos para no pasarle por encima, dejé a Maira a un lado e inmediatamente le pregunté si estaba bien. Se sentó a un lado de la carretera y rápidamente saqué las cosas que estaban desperdigadas por el camino antes de que se las llevara puesta un auto. “Estás bien? Estás bien?? Qué pasó?”. Se veía sangre por todas partes y lo peor parecía ser el agujero impresionante que tenía en la rodilla izquierda. Enseguida revisamos que no hubiera lesiones en otras partes del cuerpo. Por suerte no se había golpeado la cabeza y el resto eran raspones. Me dijo que el viento la había desestabilizado un poco y al sentirse expuesta al tránsito en el medio de la carretera quiso corregir su posición pero perdió el control y de un momento al otro estaba tirada en el piso.
Limpié la herida con lo que teníamos a mano, pero había que buscar una atención más especializada. Preguntando a una señora que pasaba por ahí
nos enteramos de que la sala de primeros auxilios más próxima quedaba a tres kilómetros de allí. Una vez convencido de que Cath podía caminar empezamos a recorrer el trecho que nos separaba de Santa Elena, en una acción temeraria que por lejos era mucho más riesgosa que ir andando en la bici! Estábamos a punto de llegar cuando vimos que desde una camioneta nos hacían señas. Resultaron ser Misael y su familia, casi todos médicos de Guadalajara y Oaxaca que estaban pasando ocasionalmente por ahí de vacaciones y sospecharon que algo andaba mal al vernos en la ruta. Una rápida inspección determinó el rumbo a seguir a continuación: “hay que coser la rodilla y drenar el líquido que se acumuló por el hematoma”. Ouch! Y eso dónde?
Cargamos las bicis, apretujamos nuestro equipo en la camioneta y salimos velozmente hacia el poblado de Pochutla, muy cerquita de nuestro destino original, donde nos llevaron al servicio de urgencias del hospital regional. El informe de los médicos era un poco escalofriante:
“A su llegada presenta herida cortocontundente a nivel del borde superior de rótula izquierda, de aproximadamente 3 cm de longitud, transversal a la pierna, con sangrado activo, presenta también hematoma subcutáneo a nivel de cuerpo rotuliano ipsilateral. Bajo técnica estéril se realiza drenaje de hematoma a través de la herida, limpieza del área afectada y colocación de drenaje transdérmico (penrose), se fija drenaje con sutura de polipropileno y se cierra herida principal con polipropileno 3-0, se colocan gasas para protección y vendaje”.
Después de leer eso pensé que iba a salir con una sola pierna, pero afortunadamente estaba entera! Más allá de todo, el bajón era que obviamente no iba a poder pedalear por el tiempo que le quedaba en México, así que hubo que recurrir al plan B! En este caso fue buscar un lugar adecuado para que pudiera reposar tranquilamente mientras veíamos cómo hacer para coordinar la logística de su regreso. Estando tan cerca de la costa era un pecado quedarse en Pochutla, a 10 kilómetros del mar y sin demasiados atractivos. No fue fácil convencer a una camioneta para que nos hiciera el raite con las bicis, pero explicando un poco lo del accidente, poniendo cara de desesperados y obviamente, pagando una “propina”, pudimos llegar hasta el poblado de Mazunte.
La tarde avanzaba y no conseguíamos un lugar decente donde quedarnos. La mayoría de las opciones eran habitaciones sin ventanas y que apenas si tenían camas! Era un sitio con un ambiente hippie que
daba más para acampar o estar en una hamaca que para las circunstancias en las que estábamos nosotros. Por suerte se cruzaron en nuestro camino Mark y Susan, una simpática pareja de California, que nos comentó que del otro lado del morro había otra playa llamada San Agustinillo bien tranquila e ideal para encontrar el reposo que estábamos buscando. Susan se llevó a Cath en taxi y Mark se hizo cargo de su bici hasta que llegamos a la posada México Lindo, donde intercedieron para que consiguiéramos lugar. Y como si todo eso fuera poco, nos invitaron la primera noche de alojamiento!!! Unos ángeles!!
Efectivamente habíamos llegado al lugar ideal. Estábamos a escasos metros del mar, la atmósfera era muy relajada y la gente nos atendía como reyes. Además, la posada tenía un restaurante que por las noches servía unas pizzas a la piedra de rechupete! Fue así que siguió una semana de “vacaciones forzadas” donde cambié mi rol de ciclista por el de enfermero. El ánimo de Cath era inquebrantable y siempre encontraba la forma de ver el lado positivo de la situación. A pesar de todo, ella estaba feliz y disfrutando de sus días de descanso en la playa. No podía evitar recordar al personaje de los dibujos animados Ren & Stimpy con su canción “Happy, happy, joy, joy”!!
Mientras estábamos allí Cath pudo cambiar su vuelo desde Tuxtla hasta la más cercana ciudad de Huatulco, por lo que poco a poco las cosas se iban encaminado. En Mazunte pudimos visitar el Centro de las Tortugas y allí conocimos a Cuauhtemoc, un biólogo que era amigo de uno de mis amigos en
Morelia y que se ofreció a darnos una mano con lo que necesitáramos. Fue precisamente él quién nos hizo la gauchada de llevarnos de regreso hasta Pochutla, donde nos basamos el último fin de semana de Cath en México para organizar las cosas de su partida.
Milagrosamente conseguimos una caja para su bici en la única bicicletería del pueblo y según nos dijeron, no sería problema transportarla en el bus hasta el aeropuerto. Pochutla no era precisamente una destinación turística, por lo que había poco o nada para hacer allí. El ruido habitual de los centros urbanos, como los camiones del gas, los recolectores de basura o los vendedores de agua, se veía intensificado por el escándalo que generaban los taxis con sus constantes bocinazos. No se podía andar más de dos metros sin que un taxi pasara y tocara bocina insistentemente ofreciendo sus servicios. Era habitual que el conductor hiciera un gesto elevando su mano palma hacia arriba, con los dedos índice y pulgar extendidos, al tiempo que levantaba la cabeza como diciendo: “y? q
ué esperás?”. Bastante agresivo por cierto...
Varados allí durante el fin de semana bromeábamos diciendo que Pochutla tenía un “no se qué..no se qué estoy haciendo acá!”.
El lunes 3 de marzo llegó la hora de la despedida. Después de un vertiginoso viaje en bus en el que el conductor parecía tener un grave complejo de conductor de fórmula uno, llegamos al curioso aeropuerto de Huatulco. Curioso porque era una gran palapa!! Los techos eran de palma y daba la sensación de estar en Hawai en lugar de México! Con el firme objetivo de tener otra oportunidad con la bici en el futuro, nos dijimos hasta luego y regresé a prepararme para retornar a los pedales.
El plan era llegar a Tuxtla lo antes posible. Tenía que atravesar la zona del Istmo de Tehuantepec, famosa por los intensos vientos que solían alcanzar velocidades suficientes como para voltear los trailers que circulaban por allí. No era precisamente lo que yo deseaba pasando en bici!!
Al día siguiente y festejando los 9 meses en el camino pedaleé 120 kilómetros por un ondulante camino que, cercano al mar, iba subiendo y bajando los morros costeros. Llegué al pueblo de Santiago Astata, donde la hora y el cansancio impusieron un alto. La gente me miraba como si hubiera descendido de un platillo volador y se sorprendían un poco cuando las saludaba en castellano. Ya había aprendido que una buena manera de romper el hielo y hasta de conseguir una sonrisa por parte de los parroquianos era encarar con un saludo claro y fuerte. Aquí no fue la excepción.
Si bien la presencia armada por parte de las fuerzas policiales era un poco más relajada y menos intensa que en otros estados donde se los veía siempre atentos y con el dedo en el gatillo, tuve que pasar por varios retenes militares que custodiaban las carreteras. En lugar de revisar mi equipaje en busca de drogas o vaya uno a saber qué, los muchachos tenían curiosidad por saber de donde venía y hacia dónde iba. Y al descubrir que no era gringo y que hablaba español se enganchaban aún más haciéndome una pregunta tras la otra. Llegué a pasar largos momentos charlando con los soldados del ejército mexicano.
Antes de llegar a Salina Cruz descubrí una carretera cuota que prácticamente no tenía tráfico. Las condiciones del camino eran óptimas y parecía que recién la habían inaugurado de lo prolijito, limpio y lisito que estaba. No dudé en adentrarme en ella, a pesar de saber que no tendría posibilidades de reaprovisionarme de agua o comida hasta llegar a la caseta de pago en el otro extremo de la ruta, a unos 55 kilómetros de allí. El calor, como ya era habitual, era intenso y el sol pegaba duro. Tuve que hacer un alto debajo de uno de los puentes que atravesaban la carretera para poder descansar un poco bajo la sombra antes de proseguir pedaleando.
Ya llevaba casi 120 kilómetros recorridos cuando en el horizonte apareció como un milagroso espejismo la caseta de cobro. A esa altura venía delirando por un poco de agua fresca! Tal es así que me pareció que estaba imaginándome cosas al ver a un hombre que iba entrenando, con sus zapatillas y shorts de corredor, trotando por el acotamiento delante de mí. Estaba perdido? Estaba loco? Era real?
Cuando lo alcancé me preguntó hacia dónde iba y le dije señalando hacia las casetas: “ahí nomás! Si no tomo agua pronto me muero! Espero que me dejen acampar aquí para pasar la noche”. Me miró sonriente y me dijo: “no se preocupe, soy el jefe del lugar y le voy a dar un sitio para que pueda descansar”. En efecto, Ramiro era el Ingeniero Civil encargado del mantenimiento de la autopista. Me dejó instalarme en el cuarto de usos múltiples, pude darme una buena ducha, tomar cuanta agua fría pude tragar y después me invitó a cenar a la cercana ciudad de Ixtepec, donde me deleité con la especialidad gastronómica de Oaxaca, las tlayudas. Charlando con Ramiro me comentó que el día anterior el viento había soplado fuerte y que la semana anterior había superado los 150 km/h!!! Justo cuando pensábamos pasar por ahí con Cath!! Brrrrr....
Pero la suerte estaba de mi lado. El pronóstico para la jornada siguiente era tranquilo y por eso tenía que aprovechar para atravesar la zona crítica del Istmo de un tirón. Por tercera jornada me esperaban 120 kilómetros de recorrido!
Después de avanzar un par de horas llegué a La Ventosa, un pueblo cuyo nombre se ajustaba perfectamente a las condiciones climáticas que eran habituales allí. Las numerosas bolsas de plástico que pendían de los arbustos como adornos navideños eran un claro ejemplo de desidia humana combinada con la furia de los elementos naturales. Los postes de electricidad estaban anclados con cables de acero empotrados en tambores de concreto. Al parecer no era broma lo que se decía de los vientos por la región!
A 15 kilómetros de allí pasé por La Venta, un lugar cuyo sello distintivo eran unas impresionantes turbinas eólicas que salpicaban el paisaje con un toque de modernidad y tecnología, contrastante con la sencillez y humildad de los poblados de la zona. Si había sobrevivido este tramo, lo peor había pasado. Igualmente no me detuve demasiado y proseguí sin pausas hasta llegar a Tapanatepec. Había cruzado el Istmo sin mayores dificultades y estaba a tan sólo 160 km de Tuxtla!
Luego de trepar los cerros que seguían paralelos el devenir de la costa, hice mi ingreso al estado de Chiapas, mi última escala en tierras mexicanas antes de cruzar a Guatemala. En Rizo de Oro hice una pausa para comer algo y fui recibido con una amabilidad y cordialidad sorprendentes. Mientras comía unos ricos huevos con jamón, don Benemérito se sentó a charlar conmigo:
“Tienen guerrilleros allá donde vive usted?”
“errr, bueno, no tenemos ahora, pero no se si usted oyó hablar del Che Guevara...pues él era argentino”.
“Ah, y dónde queda Argentina?”.
“En el extremo sur del continente americano, lejos de aquí”.
“Como Brasil?”.
“Si, si, abajito nomás!”
“Y cómo es la economía en su pais? Vió que acá quieren privatizar el petróleo?”
“En argentina tuvimos un presidente nefasto que privatizó todo: petróleo, agua, luz, gas, teléfonos...hasta la Patagonia es de los extranjeros!”
“Ah, entonces ustedes están mucho peor que nosotros!!”
Un poco más adelante vi que un par de chicos recién salidos de la escuela me hacían señas de que parara. Para su sorpresa lo hice y les pregunté qué precisaban. Al verme habían pensado que era un gringo y no se esperaban que me detuviera y me pusiera a charlar con ellos. “Vemos pasar varios como usted en bicicleta, pero casi nunca se detienen”. “Es que los gringos tienen miedo de la gente, pero yo no soy gringo y no tengo problemas”, les respondí. “Hacen bien...en Chiapas no queremos a los pinches gringos”. Otra vez era testigo de la triste y compleja realidad en cuanto a las “relaciones bilaterales”. Me regalaron una medallita de la virgen y juntos nos sacamos la foto de los 14.000 kilómetros, que había alcanzado hacía poco.
Un par de días después llegaba a la capital chiapaneca, Tuxtla Gutiérrez. Allí me esperaba la gente de Aldeas Infantiles SOS para una nueva visita a los niños y niñas de la Institución...
Hasta la próxima!
Buena senda,
Damián
Un largo camino de regreso a casa
Hasta hace poco para mí el Tíbet era simplemente un lugar perdido en el medio de las montañas del Himalaya. En mi invernada en la Antártida en el año 2006 conocí a Francois Prevost, el médico de la expedición, que resultó ser un experto en el tema. Nos mostró un documental que había realizado sobre la conflictiva situación política de sus habitantes por la opresión de China y el desarraigo espiritual que sufrían debido al exilio del Dalai Lama.
Junto con Amelie Breton, editora y compañera de Francois, fui aprendiendo un poco más de esta fascinante cultura. Durante los largos meses que pasamos en el extremo sur del planeta, las tradicionales banderas tibetanas para oraciones flamearon al capricho de los vientos de la región. Antes de emprender esta travesía en bicicleta me obsequiaron una de cada color para que llevara conmigo y las dejara ondear en los distintos lugares del continente Americano, y así lo he hecho desde las primeras pedaleadas.
Recientemente me enteré a través de ellos que los tibetanos están empleando este año en que China pasará al escenario internacional por la realización de los Juegos Olímpicos, para hacer un llamado de atención a la sociedad sobre su situación política y lograr un cambio.
Un grupo de 100 tibetanos seguidos de 1000 hindúes están caminando pacíficamente de regreso al Tíbet desde Dharamsala, India. Comenzaron su marcha el 10 de marzo de 2008, cuando en la misma fecha, hace 49 años, el Dalai Lama tuvo que dejar el Tíbet.
Es una lucha pacífica por los derechos humanos, por la libertad, por recuperar el hogar.
Conocer la realidad en que vivimos es parte de mi viaje. Es por eso que los invito a conocer un poco más sobre esta realidad que puede parecer lejana, pero que nos afecta a todos.
Si lo desean, pueden ingresar al sitio web correspondiente y también leer la carta de invitación de uno de los participantes de la marcha, Tenzin Tsundue.
Gracias!
Agradecimientos
Sarah Carrere M´Bodj, por la buena onda y tu cordialidad...y por ese precioso arte que realizás!
Misael Barragán y toda tu familia, por tu ayuda incondicional qué llegó cuando más la necesitábamos. Sin tu intervención no sabemos qué hubiera sido de la pobre rodilla de Catherine!
Mark Levin & Susan Erb, por llevarnos al sitio que sería nuestro refugio durante el proceso de recuperación de Cath. Gracias por su amabilidad y generosidad sin límites.
Cuauhtemoc Peñaflores, por darnos una mano con la logística de desplazamiento para llegar a Pochutla desde San Agustinillo.
Ramiro Martínez Segura, por darme un lugar para pernoctar la autopista Salina Cruz-La Ventosa, tu generosidad y la exquisita cena que me invitaste en Ixtepec.
Víctor Aguilar y José Miguel Pérez, de Rosendo Salazar, Chiapas, por prestarme sus dedos para la foto de los 14000 km.
A la gente de “Ryders”, por haber confiado en mi viaje y en los proyectos asociados, auspiciándome desinteresadamente con un nuevo par de lentes y repuestos que me trajo Catherine desde Canadá.
Roberto Schottlaender, por el interés y el apoyo brindado a través de tu colaboración económica. Y por la difusión de este viaje por medio de tu sitio web
Isabelle Savard, porque además de invertir desinteresadamente una enorme cantidad de tiempo en la traducción del sitio web al francés, me enviaste un generoso donativo económico para que no pase hambre por los caminos. No dudes que será bien invertido!
Marco Fania, mi gran amigo y hermano del Sedna IV, que se ocupó de conseguirme todos los repuestos que necesitaba para Maira en Canadá y con quien tendré una deuda de gratitud eterna...además de la económica!
Y muy especialmente a Catherine Allard, por haber tenido el valor y el coraje de largarte a realizar semejante aventura, por tantos regalos, por gestionarme el auspicio de mis lentes de sol, por el dinero que te dejaste “olvidado”, por tu inquebrantable espíritu positivo, por la compañía, por tu amistad, por los buenos recuerdos.
Algunas estadísticas
Días en el camino: 279
Días de pedaleo: 166
Kilómetros recorridos: 14.163 km (1.400 en ripio)
Promedio de kilómetros recorridos por día: 85,32 km
Horas sobre la bici: 842h56m (35d12h56m)
Promedio de velocidad: 16,8 km/h
Máxima velocidad: 81,5 km/h, bajando el Sunwapta Pass, Canadá (15-08-2007)
Metros trepados: 130.283 m
Altura máxima: 3032 msnm, Puerto Guernica, Michoacán, México (01-02-2008)
Susto que me pegué cuando la vi estamparse a Cath en el piso: mayúsculo!
Potencial para convertirme en enfermero en un futuro cercano: altísimo!