Dejé la ciudad de Morelia el primero de febrero. Tenía exactamente 15 días para recorrer los casi 1400 kilómetros que me separaban de la ciudad de Oaxaca, donde ese día a las 16:30 hs. debería estar en el aeropuerto local para recibir a mi amiga Catherine, de Canadá, que venía a sumarse a la pedaleada por un par de semanas.
Tenía dos opciones de caminos: atravesar la parte central del país, pasando por grandes urbes y cruzando los interminables valles de la región, o encarar hacia la costa siguiendo una “pura bajada” hasta el mar, rodando por los planos caminos costeros y por último trepando hacia mi destino final. Opté por la segunda posibilidad, ya que a pesar de ser un poco más extensa, prometía ser más sencilla en cuanto a la dificultad del terreno...si hubiera sabido lo que me esperaba!!!!
Como entrada en calor arranqué con el camino de las Mil Cumbres, o mejor dicho, de las mil curvas!! Una obra de ingeniería espectacular que se adentraba en las serranías de Michoacán brindando unos paisajes impresionantes de los cordones montañosos que me aguardaban hacia el poniente. Los frondosos bosques eran un regalo de la naturaleza a la hora de hacer un alto a descansar y como la mayoría de los vehículos
prefería ir por la autopista, el tránsito no era una preocupación. Esa primera noche alcancé el punto más alto de la travesía hasta el momento. Buscando un mirador me adentré por una huella de tierra y luego de trepar por 6 kilómetros terminé al pie de unas antenas de telefonía y una torre de observación de incendios. La panorámica con los colores del atardecer era cautivante. Encontré unas casas abandonadas y allí me instalé a pasar la noche. Mi única compañía eran unas adormecidas avispas que no entendían muy bien qué hacía en ese lugar. Fue mi primera noche a 3000 metros de altura!
El objetivo a corto plazo era visitar el paraíso de las mariposas Monarca en la reserva de El Rosario. Llegué al poblado de Ocampo y “sólo” me restaban subir 12 kilómetros más. Aún me quedaba una hora y pico de luz, así que encaré la cuesta con determinación. Lo que no sabía era que la pendiente era infernal, al punto de tener la sensación de que me iba hacia atrás! Después de andar 90 kilómetros no era precisamente la
mejor manera de terminar una jornada! El avance se volvió desesperantemente lento. Cada metro de altura que ganaba era un litro de sudor que perdía. A los 5 kilómetros de pedalear por ese camino empedrado me di cuenta de que nunca iba a llegar antes de la noche. Estaba buscando un sitio donde poder tirarme a dormir cuando un cartel apareció como un milagro sobre la carretera: “Cenaduría La Cascada”. Sí!!! Comida asegurada, agua y un sitio para pernoctar! Mi expresión de desahuciado hizo las cosas muy simples y a poco de llegar ya tenía el estómago lleno y me estaba acomodando en una caseta donde guardaban las mesas cuando cerraban el lugar. Excelente!
El domingo por la mañana arranqué bien temprano, aprovechando el frescor matinal, que rozaba el frío con sus escasos 5 °C. Pero la ingente subida no me dio tregua y enseguida estaba transpirando de nuevo, preguntándome cómo habían construido semejante trepada! Atravesé el ejido de El Rosario, que ya bullía de actividad con gente yendo y viniendo, mientras era observado con expresión incrédula. Cordialmente los saludaba, recuperaba el aliento invertido en esas palabras y proseguía con la escalada.
Casi dos horas más tarde estaba en las puertas al santuario, pero aún me quedaba ver dónde dejar la bici. Había mucho movimiento por la zona y no era cuestión de dejar a Maira abandonada por unas horas y listo! Decidí llegar hasta la caseta de entrada para entregarla en custodia pero el sendero que había que subir me demostró que era una tarea imposible. Circulando por un caminito que daba la sensación de estar inclinado 45 grados empujé la bici hasta que unas escaleras me detuvieron en seco. Definitivamente era una locura insuperable trepar eso! Por suerte una amable señora de la Cenaduría Lety me ofreció de cuidármela y confiando en su buena voluntad, la acomodé al fondo del local y me despedí de ella hasta más tarde.
Luego de caminar en subida por casi 40 minutos, por fin llegué a la zona donde se apiñaban las mariposas. De los árboles colgaban unos racimos de color oscuro que a la distancia parecían ser parte de la vegetación, pero que una mirada más atenta revelaba que eran cientos de miles de mariposas, una sobre la otra, en proceso de hibernación. Cuando el sol empezó a calentar el ambiente y dio de lleno en estos ramilletes el espectáculo fue simplemente increíble!
Cientos de miles de mariposas se largaron a volar, revoloteando por todas partes y extendiendo sus vistosas alas al sol. Era parte de un ritual que se repetía cada año: luego de migrar desde las lejanas latitudes boreales en el sur de Canadá y norte de Estados Unidos, encontraban en estas regiones las condiciones de clima y altura ideal para hibernar refugiadas en estos frondosos bosques. En los meses de diciembre a marzo se apareaban para reproducirse y luego regresaban al hemisferio norte para reiniciar el ciclo. Definitivamente había valido la pena el enorme esfuerzo realizado para llegar allí y poder ser testigo de una de las manifestaciones de la naturaleza más bellas que he presenciado.
Por esas casualidades del camino, entre los cientos de personas que ya empezaban a abarrotar el lugar, terminé charlado con un hombre, Alfredo, que resultó ser el primo del director de las Aldeas SOS en Tuxtla Gutiérrez, mi próximo destino! Increíble coincidencia, no?
Mientras descendía el escabroso camino haciendo chirriar mis frenos se me acercaron tres niños a caballo. Estaban curiosos por saber qué estaba haciendo con semejante bici y enseguida surgió el desafío competitivo: “hacemos una carrerita?”, propuso uno de ellos. Y así nos largamos, brindando una postal que seguramente sería de lo más bizarra para los conductores que venían en sentido contrario, al verme bajar a toda máquina por el medio de la carretera seguido por tres jinetes que espoleaban a sus corceles para darme alcance. Como premio se ganaron una de mis posesiones más preciadas: unos caramelos de dulce de leche que me habían mandado mis viejos en un reciente envío de correo. Se los habían ganado con todas las de la ley!
Al pasar por las afueras de Zitácuaro, una camionetita se detuvo enfrente mío y un anónimo benefactor asomó su brazo mostrando una latita de “red bull”. Estaba bien fría y era la dosis energética que precisaba para terminar el día! Un maestro el hombre!
Poco a poco me fui internando en parajes rurales, pasando por pueblitos que no figuraban en mis mapas...y ni siquiera los caminos por los que circulaba estaban allí! Venía siguiendo las directivas de la gente que me iba cruzando, consultando en cada cruce y apuntándole a alguna urbanización más grande y que fuera fácilmente identificable. Entré en el estado de México y la suerte fue propicia en todo momento, ya que de una manera u otra siempre conseguía un sitio donde me dejaban pasar la noche con mi bolsa de dormir y hasta tenía la chance de hacer un fueguito para calentar los ánimos.
En todas partes sonaba la música popular por excelencia, la banda sinaloense, y era muy gracioso ver pasar autos
“tuneados” con sus parlantes al máximo escuchando estas canciones que generalmente clamaban por el amor de una señorita...
La rutas por las que transitaba no daban respiro a las piernas. La topografía estaba marcada por serranías que iban de norte a sur, por lo que al desplazarme de este a oeste no quedaba más opción que trepar y bajar constantemente. La gente me aseguraba a cada rato que lo que seguía era “pura bajada”, pero claro, antes de poder descender, primero debía escalar unos cerros que me dejaban con la lengua afuera y las piernas temblando!
En Donato Guerra fui sorprendido por la calidez y la recepción de la gente. Me había detenido a tomar algo fresco y en pocos minutos estaba rodeado por una masa de curiosos muchachos del pueblo que me ametrallaron a preguntas sobre mi viaje. Hicimos unas fotos, Daniel me regaló una pulserita que sumé a los recuerdos colgantes en Maira y como si fuera parte de ese lugar desde hace mucho tiempo, me despedí y proseguí con mi ruta.
Otra vez escalé lentamente el sinuoso camino que atravesaba el cerro de rigor y en un vertiginoso descenso llegué a Valle de Bravo, una ciudad asentada en las márgenes de un espejo de agua que resultó ser un centro turístico plagado de gente en cuatrimotores, camionetas de lujo todo terreno y un ambiente “fresón” que me impulsó a salir de allí lo más rápido posible. La tarea no fue fácil ya que el calor apretaba mal y el terreno era de lo más irregular, con pendientes abruptas que requerían de toda mi energía para poder treparlas en medio del enloquecido atascamiento de vehículos que circulaban por el lugar.
Texlascaltepec era mi próximo destino y como no podía ser de otra manera, estaba asentada en el corazón de otro valle. En otras palabras, debía trepar una vez más para descolgarme en un vertiginoso descenso por las curvas zigzagueantes del camino. Al preguntarle a un taxista por la ruta que me convenía seguir, me sugirió encarar hacia un pueblo que ni siquiera figuraba en mis mapas, San Simón. Me quedaba poco tiempo antes de que cayera la noche y para no ser la excepción, debía salir del valle en una desgastante trepada. La angosta carretera me dejaba poco espacio para avanzar y en una curva cerrada sentí como un camión de combustible me pasaba excesivamente cerca. A mi derecha tenía unos yuyos que me impedían salirme de la ruta y al tratar de evitar las ruedas del trailer, empecé a rebotar peligrosamente contra la vegetación, casi llegando a rozar el interminable camión que pasaba lentamente a mi lado. Para peor, tenía un doble acoplado, por lo que los segundos que duró esa situación me parecieron eternos! Con los dientes apretados y sujetando el manubrio con toda mi fuerza me mantuve en la delgada línea blanca que flanquea el pavimento y de milagro no acabé aplastado por las ruedas traseras del piche camión! Me acordé de la familia entera del conductor por un buen rato mientras exteriorizaba mi furia e indignación a gritos pelados!
Al día siguiente llegué a San Simón, donde después de desayunar unas exquisitas quesadillas pasé por la agencia municipal y fui recibido con mucha cordialidad. No era común que un ciclista de largo aliento pasara por esos pagos, por lo que el exotismo de mi visita hizo que inmediatamente fuera rodeado por la gente del lugar. Estuvimos charlando un buen rato mientras recibía las instrucciones para llegar a mi próxima escala, Texcaltitlán. Debía seguir una pista de terracería y como era ya una costumbre habitual, iba a tener “pura bajada”...por supuesto, después de flanquear la imponente pared que cerraba el valle!
Fueron 10 kilómetros en los que me preguntaba por dónde seguiría el camino a medida que me internaba en los frondosos bosques de pinos que empezaban a dominar el paisaje. Cuando llegué al entronque en el que empezaría a descender, me tomé un respiro a la sombra de los árboles para recuperar un poco el aliento. Se me había ido toda la mañana en esa escalada! La tranquilidad del ambiente me fue ganando y sin darme cuenta me quedé dormido. Me desperté bruscamente cuando me sorprendieron unas vacas que se habían acercado a pastar por el lugar, sin tener miedo alguno de mi presencia. Una de ellas era particularmente confianzuda y a poco de llegar estaba olisqueando mis alforjas y lengüeteando cuanta cosa tenía expuesta! Con la baba aún chorreando por los costados de la bici emprendí la brusca bajada hasta Texcaltitlán.
Estaba gratamente impresionado por el hecho de que se mantuvieran las tradiciones indígenas originarias de la región y por eso la mayoría de los lugares que me mencionaban a lo largo del camino tenían nombres que me resultaban imposibles de decir de corrido y sin que se me trabara la lengua. Por suerte siempre existía una abreviatura mucho más sencilla de expresar, y así arribé a “Tixca”.
Me detuve en una escuela con el fin de obtener mi tradicional sello con el nombre de la localidad para mi “pasaporte personal”, una costumbre que traía desde los orígenes de mis viajes en bici y que a veces constituía un desafío mayúsculo! Por primera vez me sucedió que la desconfianza reinó ante todo y la directora no quería aflojar a pesar de mis explicaciones. Me pidió una identificación, quiso ver el pasaporte y hasta una documentación mexicana! “Señora, estoy viajando de paso por México, cómo voy a tener un documento local?”. Le expliqué del trabajo social con Aldeas Infantiles, le mostré mi remera de ciclismo y le dije “Usted cree que andaría con una bici cargada hasta el tope y me haría una playera así sólo para robar sellos?!”. Por fin, cuando ya lo daba por perdido, accedió a darme el preciado “botín” y pude proseguir con mi marcha. Tendría tanta pinta de delincuente????
Desemboqué en el “tianguis” semanal, la feria comercial que reunía a los vendedores de los pueblos de los alrededores, en un caótico despliegue de puestitos por las calles en los que se podía conseguir prácticamente cualquier cosa. Dejé a Maira al cuidado de unos policías y me adentré en ese mundo interior plagado de colores, aromas y tolderías que me obligaban a caminar encorvado de lo bajitas que estaban. Me reaprovisioné con algunas “delicatessen” para cargar combustible en el estómago y después de conversar un rato con los oficiales emprendí la retirada.
Esperaba llegar hasta Tetipac, un poblado que figuraba a una incierta distancia en mi mapa, siguiendo una breve e inocente línea recta que parecía ser pan comido. La experiencia me demostró que la escala del mapa no era la correcta y que de haber puesto en el trazado las curvas y subidas ingentes que tuve que superar, debería haber sido más bien un zig-zag similar al electrocardiograma de un paciente con taquicardia!
Obviamente que no llegué a Tetipac hasta el día siguiente. Esa noche terminé un tanto extraviado, atravesando una sucesión de pueblitos que estaban desperdigados a lo largo de una sinuosa pista de tierra. Cada vez que llegaba a un cruce de caminos debía esperar a que pasara alguien para confirmar mi rumbo en ese laberíntico lugar en que me encontraba. Era la bienvenida al estado de Guerrero!
La subida final antes de encontrar la “pura bajada” hasta Tetipac superó mi capacidad de asombro. Era una huella arenosa que escalaba sin piedad la ladera del cerro. Quién había sido el ingeniero civil que había hecho el trazado de esta carretera? Sin dudas en aquella época largaban un burrito o una cabrita e iban atrás haciendo el camino!! Qué locura!!
Superada esa instancia el asunto no aflojaba. Ya se perfilaba el próximo cordón que debía atravesar para llegar a la ciudad de Taxco, famosa por sus artesanías en plata. Al menos cada trepada regalaba unas panorámicas envidiables de los alrededores y uno podía ver cómo se achicaban los poblados que se habían cruzado hasta convertirse en un puntito allá abajo y a lo lejos.
Cuando luego de unas horas de acalorada subida por fin llegué al punto más alto, aproveché un ocasional puestito de abarrotes para tomar algo fresco. La señora me miró con asombro y me dijo: “viene de las sierras de Guerrero??”, “y...si”, le contesté como algo obvio ya que no había muchas alternativas. “Pero allí es peligroso! Está lleno de ladrones y narcotraficantes!”. “En serio? Yo no los vi...o al menos no me prestaron atención!”
Como si fuera un ave descendiendo en picada me fui adentrando en la ciudad de Taxco. Un lugar increíble, edificado totalmente en las escarpadas laderas de los cerros, con una madeja de callejuelas angostas e intrincadas de pendientes extremas y abruptas. No quería ni pensar en tener que desandar lo bajado de llegar a equivocarme en algún cruce! El lugar parecía un hormiguero en plena actividad. La gente caminaba apretujada contra las casas por las casi inexistentes veredas mientras una sucesión interminable de vehículos transitaba alocadamente por las calles. Si bien en México ya me había familiarizado con la presencia de los clásicos VW Escarabajo o “bochos”, nunca había visto tantos juntos en mi vida! Eran los elegidos en la ciudad como taxis y literalmente se los veía por todas partes!
A pesar de lo caótico que parecía el ambiente, tenía un encanto especial. La zona céntrica conservaba un casco colonial muy bonito y se notaba la gran afluencia de turismo en la región. La gente que me crucé en las horas que estuve allí resultó ser muy amigable y cordial y me hubiera gustado poder pasar más tiempo por ahí. Pero deseaba llegar a Iguala, y como me habían dicho que era “pura bajada”, preferí continuar y avanzar un poco más.
Esta vez no me mintieron y en esos adrenalíticos 35 kilómetros descendí 1000 metros de altitud! Con los ojos desorbitados y una gran sonrisa en la cara, hice mi ingreso en Iguala al tiempo que caía la noche. Era la cuna de la bandera mexicana y el centro se asemejaba mucho a la zona comercial de un barrio del gran Buenos Aires. Preguntando en la policía me confirmaron que había Bomberos Voluntarios y me dirigí a su cuartel a ver si me podían dar alojamiento por esa noche. Su solidaridad característica no se hizo esperar y enseguida estaba instalado con ellos viendo las instancias del amistoso de fútbol entre México y Estados Unidos.
La charla se fue extendiendo en las horas de la noche con incontables preguntas sobre los distintos aspectos de mi viaje. En eso me percaté de que uno de los muchachos le decía al otro: “dale, anímate a preguntarle!”. Lo miré y le dije directamente: “no hay problema, preguntá lo que quieras”. Me imaginaba lo que venía! Sonriendo, entrecerrando los ojitos de manera cómplice, el bombero no se anduvo con rodeos y me espetó: “ya casi llevas 9 meses de viaje, no? En ese tiempo, cuántas veces te encamaste?”. En medio de las risotadas generales le contesté: “te referís al número de chicas o a las veces que tuve relaciones con ellas?”. Más risas. “Nunca la cantidad de veces que hubiera deseado!”, fue mi respuesta final. Como conmovidos por mi situación, empezaron a porponer que fuéramos de visita a los “nocturnos” de la ciudad para que me llevara un buen recuerdo de las mujeres mexicanas. Por suerte todo quedó en el amague, porque en mi estado de cansancio extremo después de una jornada tan pesada en la bici, creo que más bien las mexicanas se hubieran desilusionado con los argentinos!!
Estaba a un par de jornadas de llegar a la costa en Acapulco. Dos días marcados por un calor intenso y abrasador, que hizo que las subidas restantes se convirtieran en un desafío físico aún mayor a pesar de que las pendientes ya no eran tan extremas. Al octavo día de mi partida desde Morelia estaba en la antesala de la reconocida ciudad turística. Para mí fue como estar en la antesala al infierno! La ciudad presentaba un contraste notable: la famosa bahía con sus playas tan difundidas en los folletos turísticos estaba resguardada por una serie de cerros en los que la gente había edificado absolutamente todo, en la mayoría de los casos, con un alto grado de precariedad. Allí vivían los verdaderos habitantes de Acapulco.
Si bien había un Maxitúnel que conducía directamente al corazón de la ciudad, me echaron categóricamente cuando traté de ingresar con la bici y no tuve más opción que trepar los cerros por una carretera congestionada con un tránsito absolutamente demencial. Conjugado con un calor aplastante y el cansancio que ya traía acumulado, fue un milagro que no terminara aplastado por uno de los tantos buses que me pasó rozando los pelitos de las piernas. Por lejos fue el acceso más complicado a una ciudad que me había tocado sortear hasta el momento en el viaje.
Desde la cima pude ver la gran barrera de hoteles de lujo, que como una cortina de concreto, cercaban la bahía haciendo que sus atractivas playas sólo fueran accesibles para aquellos que tenían el poder económico de afrontar sus elevados costos. Afortunadamente entre los incontables contactos de Jorge, de Morelia, estaba la gerente de uno de estos establecimientos y así fue como terminé instalado en una habitación del Crowne Plaza Acapulco sin gastar un solo peso. Era como estar en una burbuja ficticia, un mundo reservado para pocos y en el que me sentía un poco fuera de lugar. Pero a caballo regalado no se le miran los dientes! Hice algo de playa, aproveché para darme varios baños con agua caliente (con uno no era suficiente para borrar las huellas de los últimos días de camino) y pude reposar mis cansados huesos en una gigantesca y confortable cama.
La ilusión duró poco y por la mañana ya estaba listo para proseguir por los caminos. Definitivamente no podía gastar 250 dólares por pasar otra noche allí y había que volver a la realidad lo antes posible.
Iba avanzando por la “avenida escénica”, en la que sólo se podían observar locales comerciales y las fachadas de los hoteles, cuando una alcantarilla traicionera me reventó la cámara trasera. Mientras hacía las reparaciones en medio de un copioso sudor, se me acercó una familia de DF que al ver la bandera Argentina comenzó a preguntarme sobre el viaje. Les fui contestando como podía en mi estado lamentable, al tiempo que luchaba con la cubierta rebelde. Al enterarse de mi trabajo con Aldeas Infantiles inmediatamente intentaron darme dinero como donativo. “No, no, por favor, entren en la página web y hagan sus donaciones a través de su sitio de Internet. Yo sólo soy un nexo entre la gente y Aldeas y no recibo plata directamente”. Les pasé una tarjetita con los datos e igualmente no pudieron resistir el impulso de darme unos pesos para “que no tuviera que dormir en cualquier parte”. Cuando vi la cantidad de plata que me habían dado no lo podía creer! Tenía suficiente para alimentarme una semana entera!!! Había sido la pinchadura más fructífera de mi vida!
Comencé a circular por las costas del estado de Guerrero, pero paradójicamente, unos kilómetros después de dejar la urbe de Acapulco, el camino se internó tierra adentro en la densa y frondosa vegetación, con lo que nunca más volví a ver el mar. El verde era intenso, las palmeras cargadas de cocos salpicaban el paisaje y el calor combinado con la humedad y el sol hacían un cóctel mortífero para el pedaleo. A pesar de la belleza que
brindaba la naturaleza, a la que se habían sumado los cantos de aves desconocidas hasta el momento, la acción del hombre era patente en todos lados y la basura abundaba en cuanto espacio libre había al lado de la carretera. Me quedé sorprendido de ver la cantidad de “baby bombs” o pañales descartables que adornaban los laterales del camino. Hasta llegué a ver una pareja que se detuvo con su camioneta delante de mí e impunemente se dedicó a arrojar sus residuos justamente al lado de uno de los tantos carteles que rezaba “Prohibido tirar basura”. Un problema que parecía ser endémico en toda la zona.
No me quedaba otra opción que ir buscando refugio del sol en los pequeños poblados que salpicaban la ruta. Habitualmente eran asentamientos con pocos habitantes y se podían palpar las condiciones de precariedad y subsistencia en las que vivían. Noté que la actitud hacia mi persona era un poco más cerrada y hasta algo hostil en comparación a lo que había experimentado en otras regiones de México. Charlando con la gente me explicaron que los estados del sur eran de los más empobrecidos del país, y por eso muchos hombres emigraban ilegalmente a Estados Unidos en busca de poder ganar el sustento para sus familias. El trato que recibían allá por parte de la gente y de las autoridades estaba lejos de ser cordial y por eso había mucho resentimiento hacia los “gringos”. Y eso era lo que les parecía yo a simple vista. Aclarar que venía de la Argentina no mejoraba mucho las cosas ya que la mayoría de la gente en esta región desconocía dónde quedaba mi país. Ahora tenía que decir “no soy gringo! Soy Argentino, seré güero pero no gabacho!”.
Mientras me preparaba a pasar la noche en una Pemex en San Marcos, se me acercó un grupo de hombres que desde Veracruz venían en su camión vendiendo mesas de madera en los pueblitos del interior. Habitualmente paraban en las gasolineras y se acomodaban entre sus creaciones para pernoctar. Curiosos al ver mi carpa me empezaron a hacer preguntas y, para variar, creían que venía del “norte”. Les expliqué que era argentino y se interesaron aún más. “Y hay trabajo en Argentina?”...”errr, bueno, la situación no es la mejor, vieron?”. “Y queda muy lejos? Se puede cruzar la frontera para ir a chambear?”. “Para que se hagan una idea, si quieren llegar a mi país cruzando fronteras como hacen para ir a Estados Unidos, deben ir para el otro lado y pasar 10 países antes de llegar al mío!”. Abrieron los ojos con asombro y me espetaron: “10 fronteras?? Ah, no, eso es mucho! Con una hacia el norte nos alcanza y sobra!”.
En esos días crucé la marca de los 13.000 kilómetros de camino. Me resultaba cada vez más impactante comentar la distancia que ya había recorrido desde los comienzos de mi travesía...
Llegando a Cuajinicuilapa, poblado cuyo nombre me resultaba imposible de decir de corrido y sin errores, tuve mi primer rechazo al solicitar albergue solidario. Me dirigí a la Cruz Roja local y al ver que tenían un amplio espacio en los fondos de la sala de primeros auxilios, le pregunté al enfermero de turno si no habría inconvenientes en que pusiera la carpa allí para pasar la noche. Ese día había pedaleado 150 kilómetros y ya no podía más. Con una parquedad increíble el hombre me miró con desconfianza y no hubo explicación sobre mi viaje que mediara para convencerlo de que no le iba a generar ninguna molestia. Esgrimió como excusa que tenía que pedirle permiso al médico encargado, pero éste estaba en el pueblo y el teléfono no andaba! Al ver que estaba en un callejón sin salida y que la noche ya era un hecho, decidí probar suerte en otra parte. Una desilusión por parte de una institución que generalmente se caracterizaba por su incondicional hospitalidad.
En el centro le pregunté a un policía si habría un sitio donde pudiera descansar y me dijo que no había problemas si quería dormir en la plaza, ahí enfrente nomás. Miré el nutrido grupo de gente que iba y venía por el lugar y no me pareció muy prudente ponerme a llamar la atención justo en el medio del paso, y por otro lado, lo único que deseaba era desmayarme y dormir! Ahí hubiera sido la atracción del momento y no estaba para hacer sociales. Finalmente terminé en una pensión económica frente al mercado local, donde como era habitual, las habitaciones estaban en el segundo piso! Trepar las escaleras con Maira cargada a tope fue el tiro de gracia para una jornada extenuante.
El lugar tenía una peculiaridad que no había visto en otras partes. Una gran parte de la población era de origen mulato! Aparentemente, hacía muchos años un barco cargado de esclavos provenientes de África había encallado cerca de allí y los sobrevivientes se habían instalado en la zona, mezclándose con la gente local y formando un genotipo poco común en tierras mexicanas.
A la mañana siguiente entré en el estado de Oaxaca. El paisaje continuó siendo verde y frondoso, pero aparecieron unos nuevos protagonistas en la historia. Como marcando la identidad de cada asentamiento de una manera diferente, vi que los medios de transporte de los locales empezaban a ser distintivos de cada sitio. Así, en algunas partes eran combis, en otras camionetas, bicicletas tirando de carritos techados...pero por lejos los más simpáticos eran unos Taximotos que como si fueran pequeños huevos con ruedas pululaban por todas partes con sus estridentes motorcitos que parecían de juguete. Quiero uno!!!
Mi rodilla derecha venía un poco resentida, seguramente por tantos días presionando sin pausa sobre los pedales. Esa noche llegué a un rancherío llamado La Humedad y decidí ponerle fin a la jornada. Preguntando dónde podría comer algo terminé en la humilde casa de doña Herlinda. Como si me hubieran estado esperando, me recibió cordialmente junto con su familia y me convidaron con un rico pescado al tiempo que les contaba un poco de mi viaje. Me dejaron armar la carpa enfrente de su hogar y mientras preparaba mi “casita” me comentaron que hacía unos años había pasado por allí un
compatriota mío. Podría haber sido cualquiera, pensé. Pero al irme dando más detalles me quedé helado. “También era argentino, pero él iba a pie. Tiraba de un carrito con sus cosas y quiso acampar allí, entre esos árboles. Pero como había mucha basura se puso ahí, donde ahora está usted”. Llevaba un carrito? Andaba a pie? No sería “el cacique”? Un marplatense que hacía unos años se había lanzado a dar la vuelta al mundo con su “patamóvil”! Qué increíble coincidencia!!! Parecía cierto eso de que el mundo es un pañuelo!
Finalmente estaba al pie de la cuesta. Sólo me restaban 250 kilómetros hasta Oaxaca, pero para eso tenía que trepar hasta el valle homónimo. Podía encarar la subida desde Río Grande o desde Puerto Escondido. Aparentemente la primera opción era más corta y puse rumbo a Juquila, a 55 km del cruce. Era el mediodía y pensaba que en el resto de la jornada podría llegar hasta allí. La topografía del terreno me dio un cachetazo que hizo bajar mis humos y aspiraciones en pocos kilómetros. No sabía en lo que me estaba metiendo!!
Con un calor insoportable que en la carretera rondaba los 45 °C empecé a subir lentamente. Al pasar por un caserío llamado “Pie del Cerro” me confirmaron que aún no había comenzado lo peor. Tenía por delante unos 12 kilómetros de subida muy fuerte y con muchas curvas. Cada vez que me anunciaban las curvas ya conocía lo que se avecinaba: una tortura para mis piernas! En efecto, la inclinación del camino se volvió absurda y mi andar penosamente lento. Sentía que los metros no pasaban nunca. El velocímetro no superaba los 5 km/h y la agonía se hizo patente. La bici parecía estar anclada en el suelo. Muchas veces revisé que no estuviera pinchada. Su peso se incrementaba minuto a minuto, o al menos yo sentía eso! El esfuerzo extra me resintió aún más el costado de mi rodilla derecha, donde tenía la impresión de que me estaban clavando un cuchillo. Trataba de hacer más fuerza con la otra pierna, pero no mejoraba mucho el panorama. Unos lagrimones de dolor se mezclaron con el copioso sudor que caía sobre mi rostro. Llegó un punto en que no pude más y tuve que empujar la bici por un rato por primera vez en mi viaje. Estaba abatido, vencido, aplastado por las circunstancias.
Luego de tres horas de agonía llegué al poblado de San Marcos Zacatepec. Obviamente que no podía continuar en ese estado, a pesar de que sólo había recorrido 25 kilómetros desde el cruce de caminos en Río Grande. Doña Mariana me recibió con una gran sonrisa y me dio un cuarto para poder recuperar mi vapuleado cuerpo. El lugar tenía su encanto y sus particularidades. Si bien sólo vivían allí unas 300 personas, las cuestiones políticas estaban muy polarizadas y había dos agencias municipales!!! Los antiguos gobernantes no querían dejar el poder y los legítimos vencedores en las elecciones se habían instalado en una casita cercana a las oficinas de los otros. Dónde pedir el sello????
Por unos parlantes que actuaban a modo de radio local sonaba la clásica música de bandas a todo volumen. Lo gracioso era que uno estaba obligado a escucharla, quisiera o no! Se pasaban anuncios comerciales ofreciendo tamalitos en tal casa o tacos en otra y hasta se les recordaba a los estudiantes que debían asistir a clases al día siguiente. La vida tenía otros ritmos en estos lugares...
Si creía que lo peor había pasado, me equivocaba. Como una prolongación de la experiencia del día anterior, el camino hacia Juquila se complicó todavía un poco más al sumarse el hecho de que el asfalto terminaba y seguía su tortuoso ascenso por una pista de tierra y arena. Lo único bueno es que ahora circulaba en medio de un denso bosque y los árboles me daban un poco de protección contra el implacable sol. En esos 25 kilómetros de subida gané más de 1000 metros de altura!!
Sin saberlo estaba llegando al centro de peregrinación más famoso de Oaxaca. Miles de personas acudían desde la ciudad capital y diversas partes del estado a rendirle homenaje a la Virgen de Juquila. Los carros y los buses portaban su imagen con orgullo en las parrillas delanteras de sus vehículos, muchas veces acompañados por ramos de palmas y flores. Inclusive unos cuantos hacían el recorrido en bicicleta! Después de una nueva “pura bajada” llegué al corazón del pueblo, enclavado en un escarpado valle, y arribé al caótico centro donde, obviamente,
todo giraba en torno a la iglesia y los recuerdos que podían adquirir los peregrinos. Ingresé en el templo y pude ser testigo del enorme fervor que profesaba
la gente por la imagen venerada. La mayoría recorría el camino desde la entrada hasta el altar de rodillas y había muchos indígenas entre los devotos. Me impresionó ver acercarse a una señora cuyo rostro estaba más arrugado de una pasa de uva y denotaba tener orígenes muy humildes. De su pecho sacó un pañuelo en el que llevaba su dinero apretadamente envuelto y tomó una buena parte de él para dejarlo como ofrenda a la Virgen. Yo me preguntaba si no debería ser al revés...
Salir de Juquila requirió de otra dosis de dolor. La increíble bajada hasta Juchatengo estaba lejos y antes de poder disfrutarla debía hacer una nueva y empinada trepada. El cielo se fue nublando y como surgidas de la nada, unas nubes amenazantes empezaron a descender desde lo alto de las montañas. A la distancia pude ver caer un rayo y la experiencia vivida antes de llegar a Morelia, sumado a mis deseos de seguir vivo, me hicieron detener a buscar refugio en el poblado de Yolotepec. Resultó ser un lugar poco amistoso, donde la población era netamente indígena y se comunicaban entre ellos en su dialecto, el chatino. Me miraban con desconfianza y me costó un poco conseguir un lugar seguro donde pasar la noche. Cuando llegó el agente municipal hice un gran despliegue de las cartas de recomendación que llevaba conmigo, que hasta ahora prácticamente no había utilizado, y finalmente me dejaron acomodarme al lado de la iglesia. Aprovechando una construcción empleada como habitáculo de los seminaristas, me metí ahí adentro para estar fuera de alcance de las curiosas miradas y por fin pude descansar después de uno de los días más pesados en cuanto a subidas hasta el presente.
Faltaba poco y al mismo tiempo, quedaba mucho! Después de un vertiginoso descenso hasta Juchatengo, que parecía tener dispuestos más baños y cenadurías que cualquier otro lugar para captar a los peregrinos que se dirigían a Juquila, llegó el momento de coronar mis esfuerzos. Debía superar 36 kilómetros de subida hasta unas antenas que se veían a lo lejos y muy alto, antes de poder aprovechar los 17 kilómetros de “pura bajada” hasta Sola de Vega. Le pregunté a un hombre que pasaba por ahí qué tal era lo que me esperaba. Me miró y me dijo: “en bicicleta serán unas 4 horas de subida...pero con su bici, no menos de 5!”. Lapidario y certero. Ese fue exactamente el tiempo que me llevó superar esa cuesta que fue una pesadilla despierto! Con la rodilla a punto de estallar, un cansancio que no reconocía antecedentes y un avance tan lento en el que hasta las hormigas que iban por las márgenes del camino parecían pasarme, sufrí como nunca! Mil veces pensé en hacer dedo, pero mi orgullo era aún mayor. No tanto como para no tener que caminar en algunos tramos. Hasta las pendientes que no eran muy pesadas se habían tornado en imposibles de superar. Insultando bajito, buscando ánimos de donde fuere, avanzando poco a poco, fui ganando terreno hasta que por fin llegué al punto más alto del recorrido. Me desplomé en la silla de un puestito que encontré y devorando varios paquetes de galletitas y bebiendo un exquisito café de olla, me quedé conversando un rato con doña Adela. En esa conversación me contó de la difícil realidad que tenían que sobrellevar en la zona con su economía de subsistencia. “Como con este puestito no me alcanza para mantener a mi familia, a veces compro unos chivitos en las sierras y después los vendo para alguna celebración y así me gano unos 100 pesitos”. Como mucha gente que conocí, ella también tenía dos de sus hijos, uno de 20 y otro de 14 años de edad, trabajando en los campos allá en el “norte”.
Al día siguiente, 15 de febrero de 2008, llegué a la ciudad de Oaxaca. Eran las 15:45 cuando entré al aeropuerto local con Maira y todo mi equipaje a cuestas. Puntualmente aterrizaba el avión de Mexicana y poco tiempo después me encontraba con mi amiga Catherine. Lo había logrado! Misión cumplida!!
Hasta la próxima!
Buena senda,
Damián
Unas imágenes más
Como para dar una idea más acabada del increíble espectáculo que brinda la naturaleza en el paraíso de las mariposas Monarca, este videito intenta transmitir de manera más gráfica la experiencia de estar rodeado por miles de mariposas en vuelo...que lo disfruten!
Agradecimientos
Don Ignacio y su familia, de la Cenaduría La Cascada, El Rosario, por permitirme pernoctar en la caseta de su local.
A la gente de la Cenaduría Lety, en el santuario de las Monarca, por cuidar a Maira mientras recorría y admiraba ese espectáculo de la naturaleza.
Alfredo Ley Palacios, por la camaradería, el convite del almuerzo y los pesitos para no pasar hambre!
Martín Trinidad y Rosalío Mondragón Ortega, por permitirme pasar la noche en la parque de las Monarca en El Capulín.
Daniel Lavares, por regalarme una cintita de recuerdo de mi paso por Donato Guerra y a toda la muchachada local por el interés demostrado en mi travesía.
Luis Jaramillo Aleman, por prestarme una cabañita para pasar la noche en mi camino a San Simón de Guerrero.
Víctor Hugo Albarrán y toda la gente de San Simón de Guerrero que se acercó a dialogar afectuosamente conmigo cuando pasé por su pueblo.
Zafiro Cortes de la Rosa, por dejarme revisar el correo electrónico sin costo alguno en mi paso por Taxco.
Lourdes Estrada y Naialy Martínez, por solicitar unos abrazos gratis en la taquería “Los Taquitos”, en Taxco y por convidarme con un refrigerio al paso.
Edgar Branco, Israel Cleto, Jesús Villalobos, Jorge Ruiz, Héctor Marquina, Toño Aguilar y los demás Bomberos Voluntarios de Iguala que me recibieron con gran cordialidad y hospitalidad.
Alejandro Díaz Nava, por invitarme ese exquisito y abundante desayuno al salir de Iguala y por los pesitos para mantener la pancita llena!
Elvia Zavala, gerente del Crowne Plaza Acapulco, por esa noche de cortesía en las instalaciones de su hotel que me permitieron descansar en medio de un lujo y confort poco habituales en mi vida cotidiana.
Esteban Flores y familia, por el interés demostrado en mi aventura mientras salía de Acapulco y por la generosa contribución económica que me aseguró varios días de comidas a pleno!
Natividad Maldonado Ponce, por esos ricos tacos que me obsequiaste al salir de Acapulco mientras reparaba una cámara pinchada.
Dalia Ramírez Justo, por la buena onda para registrar los 13.000 km de recorrido.
Martín Sánchez Medel, por convidarme un rico pozole en el puesto del mercado de Cuajinicuilapa y porla cordial conversación.
Doña Herlinda Pérez y toda su familia, por acogerme en su humilde hogar en La Humedad como si me hubieran estado aguardando.
Adela y Esmeralda, por esa interesante conversación sobre la dura realidad que se vive en el estado de Oaxaca antes de llegar a Sola de Vega.
Algunas estadísticas
Días en el camino: 256
Días de pedaleo: 159
Kilómetros recorridos: 13.590 km (1.400 en ripio)
Promedio de kilómetros recorridos por día: 85,47 km
Horas sobre la bici: 812h52m (33d20h52m)
Promedio de velocidad: 16,72 km/h
Máxima velocidad: 81,5 km/h, bajando el Sunwapta Pass, Canadá (15-08-2007)
Metros trepados: 124.995 m
Altura máxima: 3032 msnm, Puerto Guernica, Michoacán, México (01-02-2008)
Mariposas Monarca que vi volar en la reserva de El Rosario: cientos de miles!
Lágrimas de dolor derramadas en las interminables trepadas hacia Oaxaca por mi rodilla maltrecha: más de las que hubiese querido!