El ferry denotaba un largo tiempo en servicio y si bien en términos generales estaba bien, se veían los pequeños detalles que marcaban su decadencia. Por algo la gente elegía dormir directamente en el suelo y no en las incómodas butacas.
Por la noche tuve ocasión de charlar un poco más con los compañeros camioneros, que me fueron contando historias sobre la vida detrás del gran volante y lo sacrificado de su trabajo. Se pasaban largos períodos de tiempo alejados de sus familias y a diferencia de lo que había visto en Canadá, donde por reglamentación debían ir conduciendo alternadamente entre dos choferes, en estas latitudes iba un solo conductor que en ocasiones hacía trayectos de hasta 26 horas sin parar a dormir, manteniéndose a base de cafeína y anfetaminas. Una locura total, pero era la única opción de hacer un pesito más considerando que cobraban comisión por la carga entregada. Al pensar en el cansancio acumulado que tendrían en semejantes odiseas no me quedaba más que rogar que no me cruzara con alguno de ellos en medio de un bostezo inoportuno que hiciera que mi presencia en la ruta fuera ignorada!
En Mazatlán fui agasajado por la familia de Mario García, uno de los camioneros en cuestión, y después me instalé en la casa de María Murillo, el contacto que tenía para quedarme en dicha ciudad. Recibí el 2008 junto con su familia y pude aprovechar la cercanía con el barrio histórico para deambular largas horas por la hermosa y colonial plazuela Machado. El gran número de familiares que arribaban para estas épocas en lo de María me dio la oportunidad de aceptar la invitación de Virginia Nethe a quedarme un par de noches en la casa de su hijo argentino, que andaba de visita por el terruño argento en esos días. Lo más cómico es que su esposa resultó ser la hermana de la chica que me había pasado el contacto de María y era la misma gente de la que me habían hablado cuando estuve de paso por Ensenada! Definitivamente estaba escrito que tenía que quedarme ahí!
Comenzaba mi séptimo mes de travesía y era hora de retomar los pedales. Con punteras, ya que los zapatos de ciclismo que me habían robado en La Paz eran imposibles de conseguir en mi talla payaseca en esta parte de México y debía esperar a que me llegaran los que había encargado por internet a Guadalajara. Tenía una deuda pendiente, que era cruzar el Trópico de Cáncer con la bicicleta. Sin darme cuenta había atravesado la mítica línea durante el cruce en Ferry y ahora debía retroceder sobre mis pasos para hacerlo sobre tierra. Pero la pregunta del millón era qué tan lejos quedaba de la ciudad? Mis indagaciones habían tenido respuestas de lo más variadas y al momento de empezar a rodar oscilaba entre los 15 y 50 kilómetros de distancia. Considerando que debería desandar por la misma ruta el camino para poner rumbo a Guadalajara, no era deseable que eso me costara medio día de pedaleo o hasta 100 kilómetros!
Igualmente junté coraje y el 4 de enero partí en busca del preciado monumento. Sentía que cada metro que avanzaba era una pérdida de tiempo y esfuerzo, pero quería llegar hasta allí. Iba preguntando a la gente por el camino que, o bien me miraba como si les estuviera consultando sobre el asentamiento de una colonia extraterrestre o me daba directivas del estilo de "no, falta poquito, unos 15 minutos"....claro, 15 minutos en qué? Había que seguir a ciegas...
Finalmente llegué al sitio tan ansiado...e inmediatamente me di cuenta de por qué nadie lo tenía registrado: el hito que marcaba el Trópico estaba en una elevación del terreno, rodeado de maleza y basura, lateralmente a la carretera de manera que al pasar en un carro a mil por hora era imposible verlo. Hasta yo mismo casi me paso de largo! Igualmente hice los honores del caso y ante la mirada incrédula de los vehículos pasantes me saqué las fotos de rigor antes de emprender el regreso por el mismo camino por el que había llegado. En total fueron 24 kilómetros que debía desandar para por fin dar por comenzado el día de pedaleo con rumbo a Guadalajara.
En un puesto policial se quedaron intrigados al verme pasar dos veces en sentidos opuestos y como temiendo que estuviera perdido o que fuera víctima de un golpe de calor, me detuvieron un rato para confirmar que todo estuviera bien. No entendían muy bien eso de ir y venir sólo por una foto en medio de los yuyos, pero se engancharon con la historia de mi viaje y hasta me dieron buenos consejos sobre los caminos que me esperaban. "Puede ir por la Libre hasta Escuinapa de Hidalgo y después le recomiendo ir por la Cuota, que es más segura. Si le dicen algo, usted dígale que la policía lo mandó por allí. La libre es un suicidio con el poco espacio que hay y la cantidad de trailers que circulan". Tenían toda la razón del mundo! Igualmente cada opción tenía sus ventajas y desventajas. Si bien en la Libre era un gran riesgo circular todo el tiempo pegado sobre la línea blanca del costado y en muchas ocasiones los finos de los vehículos hacían tensar todos los nervios del cuerpo, era más escénica y sobre todo, atravesaba cada pequeño poblado de la región. Eso aseguraba agua y comida a disposición en todo momento. La Cuota era un placer para el pedaleo ya que el tránsito era mucho menor y el amplio espacio de la banquina permitía ir relajado y pensando en cualquier cosa, pero uno iba enjaulado entre impenetrables alambradas que impedían el contacto con el mundo externo y se convertía en un desafío saber hasta dónde llegar y cuál sería el punto en el que se podría pernoctar.
La primera noche me agarró a 60 kilómetros de Mazatlán en el medio del campo. Me metí por un camino lateral y después de andar un par de kilómetros llegué al rancho "Los Pequeños Gigantes', donde me dieron permiso para acampar al reparo de un gran árbol. Todo era perfecto: el sol se escondía detrás de los cerros, el color anaranjado de sus rayos bañaba el ambiente con su tenue luz, tenía un lugar espectacular para armar la carpa. Qué más se podía pedir? El idilio
duró hasta que se fueron las luces del día y cayó la oscuridad de la noche. Como activadas por un sensor automático, cientos, miles de orugas empezaron a salir del ancho tronco que me daba reparo y comenzaron a trepar en busca de las hojas del árbol. Se podía percibir el sonido de su avance reptando por las ramas. Casi que las oía masticar las tiernas hojas! Y también pude oír cómo caían de tanto en tanto sobre el techo de mi carpa para luego entretenerse indagando en el interior de la misma. Agh!!! Socorro!!! Sabiendo de lo irritante que era el contacto de su peluda coraza con la piel estaba mirando para todas partes no fuera que accidentalmente alguna me rozara. Cuando su número superó todas mis expectativas y demostraban no tener vergüenza alguna en meterse por todas partes decidí encerrarme por un rato en la carpa. Tarde o temprano tenían que calmarse, no? No, nada de eso. El espectáculo seguía sin pausas y mi estómago reclamaba comida. Decidí asomarme tímidamente para cocinarme algo y lo primero que vi frente a mis ojos fue un pequeño alacrán, de los que ya me habían advertido pero que consideraba parte del folclore local. Pues no era tan así y este tenía su colita en alto como esperando que apoyara mi pie sobre él. Ya era el colmo!!! Regresé a mi pequeño refugio y terminé saciando el hambre con las barritas de cereales que pude rescatar de mis alforjas...que lo parió!
Circulando por la Libre pasé por varios poblados en los que se repetía una escena que se volvería típica y habitual. Cercando la carretera principal abundaban los puestos de comida al paso y la gente revoloteaba alrededor de ellos constantemente. Para encontrar el centro simplemente bastaba buscar el camino hacia la iglesia local, siempre bien visible desde todas partes del
pueblo. Allí se encontraba el "zócalo" o plaza principal, donde también se hallaba el "kiosko", una construcción circular techada que servía como atrio para ceremonias y celebraciones, así como refugio de niños y enamorados. Como un axioma infalible, en casi todas las plazas centrales encontraba una nevería y paletería "La Michoacana", donde podía recargar energías con un "agua fresca" de "horchata", bebida a base de arroz, bien dulce y refrescante, o cualquiera de las otras variedades disponibles. Me volví un catador especializado en aguas frescas, ya que se tornó una actividad frecuente el rastrear estos locales por cada población por la que pasaba y decidía tomarme un respiro.
Siguiendo los consejos oficiales decidí internarme en la Cuota. Debía trepar un poco para llegar a Tepic y era mejor hacerlo en la recién estrenada carretera. Su categoría de autopista me resultaba algo graciosa, ya que básicamente era igual a la Libre, con dos carriles de circulación, pero con una banquina a los lados. Las siguientes noches que pasé atravesando la carretera paga fueron un desafío para conseguir un lugar para dormir. Cruzaba zonas rurales donde se veía a los locales caminar tranquilamente a los costados de la ruta portando los infaltables machetes, pero los asentamientos estaban siempre fuera de mi alcance. Fue así que terminé en la Higuerita Vieja, un pequeño caserío al margen del camino donde aún no se construía el paso elevado y por lo tanto debían tener banderilleros controlando el cruce de los vehículos para impedir accidentes. Chavelo, Jesús y Antonio me dejaron quedarme en una casita a medio construir y compartimos unas horas charlando a la luz del fuego. Me contaban que muchos de los jornaleros habían ido de ilegales al "norte" para juntar un poco de dinero, pero que la migra casi siempre los terminaba deportando. Como me pasaría en muchas ocasiones, la gente no entendía por qué pudiendo estar del "otro lado" yo me había cruzado a México. "Y qué hace por acá? También lo agarró la migra?" Mientras conversábamos, los pibes del lugar se movían en bicis en medio de la negrura de la noche, comunicándose entre ellos con gritos y silbidos de toda clase. "Es que acá no tenemos celulares", me dijo sonriendo don Chavelo.
Mi segunda noche "atrapado" en la carretera me dejó en manos de don Amado Ocampo, un hombre que andaría en los 70 años y que trabajaba de sereno en un corralón perteneciente a la empresa que manejaba la autopista. Le pedí permiso para acampar por ahí y me dijo que esperara a que oscureciera, así no me veían los ingenieros que podían pasar por allí y armarle lío si me descubrían. "No sea cosa que crean que usted está robándose algo". Miré las bolsas de cemento de 50 kilos que se apilaban a lo lejos y le dije: "no se preocupe, ya voy muy cargado!". Amador pasaba la noche debajo de una lona sostenida por unos palos enclenques y dormía sobre unos cartones, tapado con una frazadita y bolsas de arpillera. Todos los días trabajaba de 18 a 6 de la mañana cuidando el lugar y atendiendo la tranquera de entrada. "Así gano unos pesitos para ir tirando". Me conmovió cuando me preguntó si quería algún cartón para poner en mi tienda. Seguramente él creía que era una construcción similar a la suya...
La trepada a Tepic, capital del estado de Nayarit, no fue de las más bravas, pero si de las más calientes. El sol pegaba duro y el sudor brotaba copiosamente por todos mis poros. Me sentía como un radiador recalentado y estaba seguro de que podría cocinar un huevo frito sobre mi piel. Hice una pausa en el zócalo y me aboqué a degustar unas exquisitas fresas heladas con crema al costado de la fuente enfrente de la iglesia. Después del refrigerio continué mi derrotero buscando la salida entre el abarrotado tránsito local. La carretera Cuota que iba desde Tepic a Guadalajara era un tanto diferente a la anterior: tenía dos carriles de cada lado, banquina y separador entre el tránsito que iba en cada sentido. Ahora si parecía una autopista y la sensación de encajonamiento era aún mayor. La opción que encontré para pasar la noche fue sencillamente pedir permiso en la caseta de pago para poner la carpa a un costado del camino. Si bien no hubo problemas en conseguir autorización, el ruido reinante durante toda la noche con el flujo vehicular y las frenadas y arranques de los camiones hizo que no fuera de las más placenteras hasta el momento.
Después de semejante noche y de andar unos 50 kilómetros casi en ayunas precisaba una escala técnica urgente para recargar energías. Llegué a una salida de la autopista y no dudé en recorrer los 5 kilómetros que me separaban del pueblito de Jala. Hasta ese momento para mí no era más que un pequeño punto en el mapa sin mayor relevancia, y sin embargo, se reveló como un precioso lugar, con un ambiente relajado y tranquilo, de fachadas coloridas e impecablemente conservadas que daban la bienvenida a todos los sentidos. Era un regocijo para la vista con la paleta artesanal de sus construcciones, un descanso para el oído con el trinar de las aves, una tentación permanente con el aroma de las comidas que salían de algunas casas. En la Fonda Doña Melva encontré el alimento que precisaba y Fernando, su dueño, no me quiso cobrar cuando terminé de almorzar. Buscando un cyber para revisar el mail me encontré con Francisco y la barra del Pepines Club, unos hinchas a muerte del equipo local de fútbol, los Halcones. Enseguida hicimos migas y al poco de estar allí estábamos intercambiando fotos y conversando animadamente del viaje y las cosas hermosas que tenía para ofrecer Jala. Me obsequiaron el logo de su club para que lo llevara en la bici, y así el rostro del famoso Don Ramón pasó a compartir la ruta conmigo desde el lateral de mi alforja trasera. Un lugar muy especial con gente muy especial.
El paisaje había ido cambiando paulatinamente desde que me había alejado de la costa y unos 
cactus de color verde azulado empezaban a dominar la escena panorámica hacia donde uno mirara. Eran agaves azules, materia prima de la archiconocida bebida mexicana, el tequila. Había cruzado al estado de Jalisco y me iba adentrando en las entrañas del mundo tequilero. Tal es así que llegué al
pueblo de Tequila, cuna de la famosa bebida y que merecía un alto para ver un poco más de cerca de qué se trataba todo esto.
Si bien Tequila no era un lugar muy pintoresco en cuanto a su arquitectura, el hecho de que absolutamente todo girara en torno a la bebida lo hacía atractivo. Se podía comprar tequila en cada esquina, existían varias fábricas para visitar y conocer a fondo su proceso de elaboración, tenía dos museos sobre el tema, había helado de tequila y por supuesto, el café se tomaba con tequila! No quise ser la excepción a la regla y cumplí con la tradición de probar sus diversas variedades: blanco, reposado y añejo. Inclusive probé el tequila doble, que era el primer destilado con algo así como 50 grados de alcohol y que casi me deja KO! Después de degustar ese alcohol puro todos los demás sabían igual!! Ya lo decía el dicho popular del lugar: "si a Tequila vinieron y borrachos no se pusieron, a qué chinga vinieron?"...sabias palabras!
Rosa María fue la encargada de restituir mis energías en el puestito del mercado local donde todas las noches colocaba una mesita en la que se apretujaba la gente a degustar su exquisito pozole, un guisado altamente nutritivo, así como tostadas, tacos y sopes. De lejos, el mejor lugar para comer en todo el pueblo!!
Mientras escribía un poco en el zócalo, tomando un cafecito y observando a la gente pasar, fui testigo de algo muy curioso. A las 21 en punto sonaron las campanas de la iglesia y toda la gente automáticamente dejó de hacer lo que estaba haciendo, se puso de pie y mirando a la sede religiosa se persignó, bajando su cabeza en modo de oración. Segundos después todos regresaron a sus actividades habituales como si no hubiera pasado nada. Obviamente quedé fuera de lugar y no comprendía lo que ocurría. Consultando por ahí me explicaron que todas las noches cuando finalizaba la misa de las 20 el cura salía a dar la bendición al pueblo, una costumbre religiosa que se remontaba a épocas remotas y que aún en estos tiempos modernos y a pocos kilómetros de la segunda metrópolis más grande de México se seguía conservando intacta.
La última etapa antes de llegar a la ciudad de Guadalajara estuvo cargada de tensión y adrenalina. Había regresado a la carretera Libre y me había desacostumbrado a que los camiones me pasaran tan cerca después de varios días por la Cuota. Tenía que reaprender rápido o nunca llegaría entero!
Pasando por El Arenal decidí darle un respiro a mis nervios y busqué refugio del calor en la Michoacana local. Era una tarde tórrida y parecía que el tiempo se había detenido en ese pueblito en la hora de la siesta. La modorra era casi contagiosa! Allí Bertha y Artemio me adoctrinaron sobre la historia de estos locales y me contaron que sus orígenes eran de un pueblito en Michoacán de nombre Tocumbo...quedaría en mi ruta?
Buscando qué comer terminé siendo invitado a degustar una riquísima torta ahogada (un sándwich de carne remojado en salsa) por las simpáticas y hermosas Sofía y Nayeli, madre e hija respectivamente, de las que era difícil saber cuál era cuál. Nayeli formaba parte de un conjunto de mariachis compuesto sólo por mujeres...órale!, se acercaba la cuna de la música mariachi, estaba llegando a Guadalajara!
Entré en la segunda ciudad de México un viernes por la tarde. Diría que algo poco recomendable de hacer con una bici cargada hasta el tope y con miles de personas circulando para regresar a sus hogares o saliendo a tomar algo por la noche. En pocos kilómetros mi ruta de acceso por la avenida Vallarta se convirtió en un viaducto atestado de tránsito donde a cada metro me la jugaba para no ser arrollado. Para colmo tenía que ir cruzándome de un lado al otro para no salirme de la circulación y hasta tuve que pasar un par de pasajes subterráneos y puentes en los que el espacio para mi bici era simplemente nulo!
Mi contacto inicial en la ciudad era Karla, la prima de Esther, de Ensenada. Me iba a esperar en un cruce de avenidas que yo jamás llegué a ver. Enloquecido en el flujo vehicular iba más concentrado en seguir vivo que por dónde iba. La noche había caído y estaba perdido. Pregunté por dónde andaba y cuando le indiqué a la ocasional señora a dónde debía ir me dijo expresivamente: "noooo, ya se pasó!". "Mucho?", pregunté yo. "Huy, si, muchísimo!". Amablemente se ofreció a guiarme así que comencé a desandar camino tratando de mantener los 40 km/h que llevaba su carro. Al ver que nos metíamos de nuevo en el viaducto y que a ese paso nos pasarían por encima, con la lengua afuera y jadeando le agradecí la ayuda y opté por llamar a Karla para que fuera a mi rescate. Me senté en el cordón de la vereda de una Pemex, las gasolineras estatales que abundan por el país, y me dediqué a mirar la gente pasar mientras me tomaba un té que tenía de reserva en el termo. Al ver a Maira me saludaban cordialmente y me sorprendió el número que al reconocer la bandera argentina me sonreían y animaban con sus bocinas.
Al rato de llegar a lo de Karla lo conocí a Yeriel, un amigo que formaba parte de una asociación de ciclistas, "GDL en bici", que se habían ofrecido a recibirme y darme alojamiento durante mi estadía en Guadalajara. Luego de picotear algunas cosas para recargar las pilas partimos con rumbo al centro. Sin darme cuenta y a sólo unas horas de haber llegado a la ciudad, estaba en medio de una fiesta de cumpleaños, rodeado de gente que no conocía pero que sabía de mí...más que nada porque al entrar se topaban con Maira cargada a full en el pasillo de acceso al lugar! Era el festejo de Brenda, hermana de Paola, mi nueva anfitriona y dueña de casa.
Los chicos también formaban parte de una agrupación ciudadana llamada "Ciudad para Todos", y justo ese domingo se iba a llevar a cabo el 3er Festival por la Movilidad, un evento que apuntaba a generar conciencia en la ciudadanía sobre las virtudes de la recuperación del espacio público y de contar con una movilidad urbana incluyente y sustentable. Se apuntaba también a promover las bondades de contar con un transporte público de calidad y el fomento a las formas no motorizadas de transporte, propiciando la integración de los distintos medios de transporte y los peatones.
Me invitaron a participar y no dude en aceptar. Fue muy interesante formar parte del taller sobre bicicletas y contarle un poco a la gente de qué se trataba mi viaje. Armé la carpa, extendí la bolsa de dormir, preparé las ollitas y el calentador y daba la bienvenida diciendo: "esta es mi casa, mi cama, mi cocina...y el baño", señalando con los brazos los alrededores. Me hicieron miles de preguntas entre las cuales las más repetidas eran cuántos kilómetros pedaleaba por día y la gran obsesión
general: cuántos cauchos había gastado hasta el momento! La pregunta más original provino de una chica que casualmente me dijo: "y quién te enseñó a andar en bici?". Debo reconocer que me sorprendió con su cuestionamiento...

Hubo mucha prensa durante mis días en la ciudad y combinado con lo del Festival, el tema de mi viaje apareció en varios medios de televisión, diarios y en la radio. La pasada por el mundo tapatí se había convertido en algo más mediático de lo esperado!
Fui conociendo más gente y poco a poco descubrí los encantos de la ciudad. Hacía bastante que no me detenía en un lugar tan urbanizado por algunos días y me resultaba curioso ver los shoppings y negocios comerciales de marca que hasta ahora eran inexistentes en el México rural por el que había estado circulando.
Guiado por el experto Yeriel fuimos recorriendo la ciudad por zonas algo más amigables para las bicicletas. Los accesos principales eran definitivamente hostiles para los ciclistas. Me llevó hasta lo del "Orate", un mecánico experto en bicis de competición que había conocido en el Festival y me había ofrecido poner a punto a Maira sin cargo. Allí me contó de una práctica nefasta que hablaba de la poca consideración que había por esos pagos por los ciclistas. Se llamaba el "tapetazo" y consistía en que el energúmeno de turno se asomaba de su carro con el tapete del auto para darle un golpe en la espalda o la cola al desprevenido deportista. Generalmente era algo que hacían en las paradas de los semáforos, pero a él se lo habían hecho en plena bajada y a mucha velocidad. Del golpe salió volando varios metros por los aires hasta estamparse en el suelo, tuvo fracturas expuestas en el brazo y se salvó la vida de casualidad. Recién ahora, después de 6 meses de recuperación y terapia, estaba retomando los pedales. "Andá con cuidado y atento…algunos por acá son unos animales!". Y qué decirlo!!
Muchos de los personajes que me cruzaba habían viajado por la Argentina, me saludaban con el clásico "che boludo" y se ponían a charlar de fútbol. En varias ocasiones me mandaron saludos para Maradona, como si fuera tan simple como regresar a la Argentina e ir a verlo al Diego a la casa! También era común que me relacionaran con la película sobre el Che Guevara, Diarios de Motocicleta..."ojalá!", les decía yo, "al Che no le llego ni a los talones!". Había una recepción muy especial en este lugar que hacía que uno se sintiera cómodo y en casa.
Junto con Karla y su prima y mis nuevos amigos ciclistas fuimos recorriendo los lugares típicos y saboreando las infinitas variedades de comidas, una mejor que la otra. Lo único que no pude pasar fueron los dulces con chile...cómo le ponían picante a un caramelo???!!! Eso ya era demasiado!!
Pude ver un show de mariachis, símbolo tapatí por excelencia, y también comprobé en carne propia que lo que decían era cierto: "en Guadalajara debajo de cada baldosa hay un mariachi!". Me sorprendí de ver un número enorme de estos músicos ofreciendo sus servicios por las calles. Por una suma a arreglar, uno podía contar con un show completo a domicilio o bien disfrutar de sus canciones desde la comodidad del auto. Delirante!
El centro histórico era un despliegue de plazas, parques y monumentos que requería de unas cuantas horas de atención. El Mercado era el más grande de México y con sus cuatro pisos abrumaba por al abundancia de cosas que uno podía adquirir allí. Desde comida, pasando por ropa y películas de estreno recién pirateadas, hasta sandalias de cuero, adornos y muebles para la casa. Era un mundo en sí mismo, cargado de aromas, sonidos y colores propios.
Los días pasaban, mis zapatos de ciclismo no llegaban y la pobre de Paola seguía aguantándome estoica en su casa. Era increíble su paciencia considerando que yo me la pasaba quejándome de que dormía en el piso y de que no había agua caliente. Conseguí que pusieran un termotanque nuevo, pero seguí durmiendo en el mismo lugar...
En esa intensa semana urbana me sumé a una de las reuniones de "Ciudad para Todos" y me impresionó ver lo bien organizados que estaban y la manera en que se desarrollaban las juntas, con total orden y tranquilidad. Eran un grupo voluntario y espontáneo de ciudadanos con intereses comunes y se respiraba el espíritu de colaboración y aporte. En esos días estaban preparando una manifestación en contra de unos puentes peatonales construidos en el polémico nuevo viaducto López Mateos y me sumé a la causa colaborando en la confección de los carteles para la protesta. Era vivificante verlos trabajar y sentirse parte de la lucha por una causa noble y justificada a pesar de la indiferencia de los gobernantes de turno. Pero por algún lado había que comenzar y ese tal vez sería uno de los primeros pasos.
Finalmente mis zapatos arribaron y debía retomar el pedaleo. Esa última noche nos reunimos en "La Squina", un restaurante que era de los padres de Valentina, una cantante que había conocido el día anterior en una entrevista radial y que me había invitado a cenar como colaboración para el viaje. Lo que no pensaba era que íbamos a ser una patota invadiendo el lugar!!! Entre la gente de "GDL en bici" y "Ciudad para Todos" invadimos el local en una cena inolvidable que bien podría haber sido la de despedida al comienzo del viaje!
Se me hizo muy difícil seguir con mi camino. Me había encariñado con el lugar y su gente. Yeriel, Paola, Brenda, Juan, Toño, Karenina, Margarita, Etienne...con todos ellos y otros tantos más había compartido buenos momentos y me costaba dejar atrás este nuevo hogar después de lo vivido. Era lo más duro de andar viajando así. Las despedidas siempre costaban y algo de uno se quedaba allí para siempre. Habían dejado huella en mí. Con su amistad, su calidez sin límites, su espíritu...
Con el corazón estrujado, la emoción a flor de piel y la alegría de saber que algún día los vería de nuevo por los caminos comencé mi lento andar la mañana del sábado 19 de enero. Mientras salía de la ciudad era testigo de la manifestación que tenía lugar en los puentes del viaducto López Mateos. Me sentía orgulloso por ellos y esperaba que tanto en ésta como en futuras actividades tuvieran el eco y la respuesta que merecían.
Por la tarde llegué a San Pedro de Tesistán, en las márgenes del lago Chapala. Allí me encontré con Nacho, un contacto que me había pasado Virginia en Mazatlán y donde tendría un lugar para
pasar la noche. Con joviales 70 años profesaba un socialismo a ultranza y una cultura hippie que me hicieron sentir como en los años 60 en California. Era dentista y atendía a la gente del pequeño poblado y los alrededores sin costo, ganándose la vida con lo que les cobraba a los “gringos” que atestaban las márgenes opuestas del lago. Junto con su hijo Ariel pudimos seguir las instancias de un partido de tenis en el que el jugador argentino Nalbandian era eliminado de la competencia, sin que mediara en lo más mínimo la fervorosa hinchada individual que tenía de este lado de la pantalla. Al día siguiente me hizo la gauchada de arreglarme una caries que me venía molestando desde hacía un tiempo y que aún no me había decidido a reparar. Sabía que en algún momento me cruzaría con un especialista que me haría los honores…una vez más, se había cumplido la profética frase: “el camino proveerá!”.
Podría haber tomado una carretera cuota y en escasos tres días llegar a la ciudad de Morelia, pero no tenía gracia sabiendo que los paisajes más hermosos del estado de Michoacán estaban un poco más allá, tierra adentro. Así fue que opté por seguir por caminos secundarios con el objetivo de conocer en persona la mítica cuna de las “Michoacanas”, el pueblo de Tocumbo.
Circular por esas rutas implicaba pasar por muchos pueblitos que nunca aparecían en mis mapas. Leía los nombres en los carteles y me preguntaba si estaría siguiendo la ruta correcta! Por las dudas era siempre mejor corroborar con alguien que pasara por ahí, no fuera cosa de terminar en cualquier parte. Pero no siempre había alguien a quien preguntar y así fue que terminé trepando por cinco pesados kilómetros hasta que empecé a sospechar que no era la “pura bajada” que me habían anticipado en el pueblo anterior. Una señora me confirmó que estaba totalmente equivocado y después de corroborar con otro paisano sus dichos (no sea cosa que ella fuera la perdida!), giré sobre mis ruedas y disfruté de un hermoso descenso en el que en 10 minutos desanduve lo que me había llevado una hora y varios litros de sudor en el sentido contrario.
Esta elección de caminos también significaba que la calidad de las rutas en algunas partes era poco más que un campo minado, donde los pozos y baches no dejaban muy en claro cuál era el camino original. Las bajadas en esas condiciones requerían la destreza y pericia de un experto jugador del clásico “pole possition” con los cochecitos de carrera! Más de una vez no alcancé a esquivar un hueco en el pavimento y del rebote una de mis alforjas trasera saltó por los aires clamando libertad del opresor portaequipajes…pero al menos el tráfico era mucho menos intenso y se podía elegir la mejor parte del camino para avanzar.
El atravesar estas pequeñas urbanizaciones desperdigadas en los valles de cultivos sumaba un nuevo enemigo para el desplazamiento con la bici: los topes! Al acercarse a una zona poblada y atravesar su centro, estas trabas diseñadas para impedir las altas velocidades en los vehículos pasantes podían convertirse en trampas mortales. Especialmente cuando los colocaban al pie de una bajada y sin señalamiento alguno! Embalado como venía era inevitable sentir el golpe seco contra las ruedas al atravesar sorpresivamente una de estas endemoniadas creaciones arquitectónicas…haciendo que mi alforja trasera volara en libertad nuevamente! De la cantidad que vi llegué a pensar que se reproducían independientemente por todas partes!! Los más peligrosos por lejos eran unos hechos con unas semiesferas metálicas que dejaban el espacio justo para pasar las ruedas de la bici…un centímetro mal calculado y chau!
Las subidas eran más empinadas y prolongadas y la topografía de los valles centrales demostró ser intrincada y demandante para las piernas. Después de mi primera trepada llegué a Manzanilla, un lugar en el que a los pocos minutos de entrar me crucé con José Luis del Toro, un hombre que asomado desde la ventanilla de su carro me preguntó si tenía donde pasar la noche y cuando le respondí que no, inmediatamente me condujo a la casa de su hermano que estaba trabajando en “el norte”, dejándome quedar allí. No sólo eso, sino que además me convidó con un exquisito pollo asado que recién había comprado para cenar. La expresión de mi cara delataba la sorpresa y la alegría por la inesperada bienvenida. Esa noche fui hasta la taberna del pueblo y siguiendo los consejos de Nacho probé “la paloma”, una bebida con tequila, ponche y refresco, que al ser servida era efervescente y había que tomarla rápido por una pajilla. El efecto era inmediato y pegaba como un martillazo en la nuca! Un tanto alegre y canturreando bajito me regresé a la casa donde me desplomé sobre la cama…menos mal que lo había ingerido antes de acostarme y no durante una parada en el pedaleo!!
Mi escalada terminó al día siguiente en Mazamitla, el punto más alto de Jalisco, un pintoresco pueblo con gran afluencia turística en la que Álvaro, un ocasional acompañante en la mesa, me invitó unas quesadillas con jamón. En un puestito de jugos y licuados me prepararon un brebaje energético con unos cuantos huevos de codorniz, como para que no me faltaran las fuerzas para lo que seguía por delante. Esa tarde ingresé al estado de Michoacán y la bienvenida vino de la mano de Fernando, de Las Tablas, que además de seguirme con su camioneta para preguntarme por mi viaje, me regaló unas botellas con agua fresca y un buzo de las Chivas, uno de los equipos de fútbol más populares en México, “para que no tengas frío durante las noches”.
Con una sonrisa en mi rostro proseguí mi camino y a poco de cruzar los 12.000 kilómetros de recorrido, llegué a Tocumbo justo al caer la noche. Me había imaginado el zócalo como una sucesión interminable de “Michoacanas” una al lado de la otra, vendiendo las famosas y exquisitas paletas y nieves, acompañadas de sabrosas aguas frescas. Pero no, sólo había tres neverías y paradójicamente, ninguna se llamaba “la Michoacana”!!!! Qué desilusión!!
Definitivamente debería ser el único güero con pinta de gringo dando vueltas por ahí y mi presencia llamaba la atención. Me senté en el puestito de doña Chela para comer unas tostadas con la gente del lugar, pero inicialmente el ambiente era tenso. Estaba como desubicado en ese sitio. Cuando hice mi pedido y comenté “sin chile por favor, en Argentina no estamos acostumbrado a comer picante” la situación dio un giro de 180 grados. Enseguida se distendió la atmósfera y comenzamos a charlar animosamente. El grado de confianza fue creciendo y hasta Chela me hizo un par de insinuaciones atrevidas, unas señoras me invitaron a probar las nieves en su cercano local y un hombre que resultó ser el encargado del parque municipal me permitió pasar la noche en sus instalaciones. La magia de Tocumbo parecía cierta, y no era por sus paletas, era por su gente!
Mientras salía del parque a la mañana siguiente me crucé con un muchacho que iba ingresando al lugar. Me miró mientras caminaba junto a Maira y me preguntó: “de dónde viene así?”. “Desde Alaska”, respondí. “Y voy para casa, en Argentina”. Sin hacer más comentarios se me quedó mirando por largos segundos, sus ojos me escrutaban denotando incredulidad, mientras meneaba levemente la cabeza de lado a lado como diciendo “no, no”…”usted está bien?”, dijo finalmente, “no quiere que le llame un taxi?”. En medio de risas y dejándolo perdido en sus cavilaciones por ese loco salido de un manicomio con el que se había cruzado, atravesé el portón y comencé a pedalear.
Después de pasar por Reyes comenzó una eterna trepada que debía pasar por el poblado de Zacán. Poco antes una camionetita se había parado a mi lado y unos muchachos me habían ofrecido una chelita para aplacar el calor de la mañana que ya estaba empezando a ser notable. “No, gracias! Si tomo cerveza a esta hora después no puedo conducir!”. Sonrieron, me desearon suerte y continuaron con su camino. Yo hice lo propio, pero a un paso mucho más lento que el de ellos. Con el avance a ritmo de tortuga me daba la sensación de que el paisaje pasaba en cámara lenta. Me acercaba de a poco a los poblados y casi me daba tiempo de mantener conversaciones con los ocasionales transeúntes, si no fuera porque me faltaba el aliento hasta para respirar! Tenía la sensación de estar congelado en el espacio y de que todo tenía una inclinación de 45 grados respecto de mí. Probablemente sería un efecto derivado de la insolación machaza que me estaba pegando por lo que en un punto decidí hacer un alto y descansar un poco bajo unos pinos, que ahora brotaban frondosos adornando las márgenes del camino.
Era sobrepasado constantemente por camionetas cargadas con hombres que iban y venían a los campos linderos a cosechar aguacates. La abundancia de estos verdes y deliciosos frutos que observaba daba la pauta de que estaba en pleno corazón del país aguacatero. Los incontables camiones que ofrecían dichos productos a la vera del camino en las entradas a los pueblos eran otra prueba irrefutable de ello.
Finalmente arribé a Zacán con una irrefrenable necesidad de encontrar una Michoacana para tomar un agua fresca. En su lugar encontré un antiguo templo religioso construido en madera de una belleza absoluta que me cautivó por unos instantes y que me permitió charlar con su cuidadora, una anciana señora que amablemente me contó de las tareas de restauración que estaban haciendo en el lugar, mientras su sonrisa brillaba con el reflejo del sol en los numerosos arreglos en plata sobre sus dientes.
Decidí probar suerte en el próximo poblado y así entré en Angahuan. Sin saberlo estaba ingresando en una población de orígenes netamente aborígenes: la cultura purépecha se palpaba en cada esquina. Las miradas de la gente eran de desconfianza. Las mujeres iban envueltas en sus tradicionales mantos, los rebozos. Se veía un poco dejado y como abandonado. Avancé a los tumbos por el escabroso empedrado hasta llegar al zócalo y allí tomé un refrescante jugo mientras observaba a la gente pasar y era observado por los transeúntes. A pesar de ese ambiente algo enrarecido, el lugar tenía su encanto. Era la puerta de entrada al volcán Paricutín, que hiciera erupción hace poco más de medio siglo sepultando un asentamiento cercano dejando expuesta entre la lava únicamente la cúpula de la iglesia local y el altar. Era uno de los sitios emblemáticos de esta región de Michoacán, pero el clima no era propicio, ya era tarde y no daban los tiempos para hacer una excursión. Tal vez en la próxima ocasión…
Estaba en la recta final en mi apronte a la ciudad de Morelia. Pasé por la ciudad de Uruapan, reconicida por el Parque Nacional Eduardo Ruiz, donde nace el río Cupatitzio, hice escala en el lago Zirahuén, de una belleza y una tranquilidad excepcionales y
finalmente me detuve por unas horas en Pátzcuaro, antigua capital colonial de la región que era un espectáculo visual con su centro histórico impecablemente conservado. Me habían dicho que las nieves de garrafa eran la especialidad del lugar y no tardé en comprobar que era cierto…estaban exquisitas!! Estos helados eran fabricados revolviendo manualmente la leche y los ingredientes en unas garrafas metálicas que se mantenían en el hielo y de ahí mismo se servían con una contextura cremosa y “frappé”. Una delicia imperdible!
Luego de visitar un antiguo templo convertido en biblioteca regresé a los pedales para encontrarme con una sorpresiva tormenta que había surgido de la nada. Los gotones empezaron a caer espaciadamente hasta convertirse en un aguacero de proporciones dantescas. En un principio busqué refugio y cuando amainó un poco decidí continuar. No tardó en desatarse otro diluvio y como ya estaba empapado opté por seguir un rato más a ver cómo evolucionaba la cosa. En eso empecé a escuchar el retumbar de los truenos y luego, los rayos. Con chasquidos potentes y estruendosos se los oía caer en las cercanías. Las gotas salpicaban de la fuerza con la que caían. Los autos me bañaban al pasar a mi lado, mojándome sin clemencia ni consideración alguna. Iba concentrado en el camino y a la pesca de algún techito donde guarecerme cuando vi un destello de una blancura cegadora caer a escasos metros míos sobre un árbol. El ruido fue ensordecedor e inmediatamente sentí un cosquilleo sobre mis pulgares, que llevaba apoyados en la parte metálica de mi manubrio. Casi me había partido un rayo!!!! El susto que me pegué no fue menor y enseguida me detuve en el primer lugar que encontré, aún incrédulo de lo que me había pasado y pensando en lo ridículo que hubiera sido que mi travesía llegara a su fin de manera tan insólita!!! El sol regresó a los pocos minutos como si nunca hubiera pasado nada. Pero a partir de ahora ya sabía que este tipo de tormentas no eran para ser desestimadas alegremente por más equipo para lluvia que tuviera!!
Esa tarde llegué a la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán, que me impactó con la arquitectura colonial de su centro histórico perfectamente conservado. No tenía nada que envidiarle a muchas ciudades europeas. Hasta había un viaducto perfectamente restaurado que me hizo recordar la magnífica obra de los romanos en Segovia, España. Iluminada de manera artística por las noches, era un regocijo para la vista que embriagaba con su belleza.
Mi contacto en el lugar era Jorge Reza, hermano del director de las Aldeas SOS Tijuana, que se había ofrecido a alojarme mientras estuviera allí visitando las Aldeas Infantiles locales. Llegué a su casa, me instalé y nos pusimos a charlar un poco sobre el viaje. Para mí era simplemente el hermano de Luis Manuel, hasta que le pregunté en qué trabajaba. Su respuesta sencillamente fue: “soy el Secretario de Seguridad del Estado de Michoacán”…ah, bueno!!! O sea, el jefe de la policía! El responsable de la lucha contra el narcotráfico en una de las regiones con mayores problemas en esa temática! Capi di tutti capi!!! Y yo charlando con él como si fuera el hijo de la vecina!!!
Fueron unos días bastante atípicos y hasta algo bizarros. Me invitaron a comer a restaurantes en los que el valor de una cena podría fácilmente financiar una semana de mi viaje, nos desplazábamos en una camioneta blindada, con chofer y seguidos permanentemente por una custodia de cuatro guardias armados, tenía un asistente al cual le podía solicitar cualquier cosa que precisara…y yo lo molestaba a Jorge llamándolo a cada rato con cuestiones tan triviales como fotocopiar unos mapas, conseguir cinta tape o arreglar la tapita de mi cacerola de campamento! Pensar que mientras tanto había gente que hacía meses que esperaba para tener una audiencia con él!! Sin embargo era un tipo sencillo, humilde y generoso que a simple vista no parecía estar ocupando un cargo de tanta jerarquía y responsabilidad. Su compromiso con la causa de Aldeas Infantiles era total y gracias a él se habían logrado muchos avances para la creación y el mantenimiento de la sede local de la institución.
Mi estadía se prolongó algo más de lo esperado ya que me pesqué una intoxicación alimenticia que me dejó anulado por casi tres días. Inicialmente sospeché de un atentado hacia Jorge y que de rebote la había ligado yo. Pero los narcos eran menos sutiles y cuando atacaban a alguien lo hacían a puros balazos. Pensándolo mejor, podría haber sido obra del mismísimo Jorge para librarse de mi molesta presencia! Sea como fuere, la maldición de Monteczuma me había alcanzado y por primera vez debía guardar reposo por un tiempo. Y eso que no había sido comiendo en los puestitos callejeros donde las condiciones de salubridad eran más que dudosas!! Pero en todo caso, mejor que fuera acá que por los caminos, no?
Luego de una segunda visita a los chicos en las Aldeas SOS Morelia, donde se repitieron las muestras de afecto y cariño por parte de los niños…y de las tías, preparé todo para regresar a las rutas. Oaxaca me esperaba y tenía los días contados para llegar. Pero eso es parte de otro capítulo!
Hasta la próxima!
Buena senda,
Damián
Diccionario Argentino-Mexicano Vol. II
A medida que me fui adentrando en el territorio mexicano continué recogiendo nuevas muestras de las pequeñas diferencias lingüísticas entre nuestros idiomas. Hete aquí algunas pruebas más de ello:
Un “refresco” es una gaseosa y el “agua mineral” es la soda. A “tapa” es cuando viene en botella descartable y de “vidrio”, pues precisamente eso! La “toronja” es el pomelo y la “Fresca” es el equivalente del Quatro en Argentina. Si se quiere beber al natural se pide “al tiempo”. Una “caguama” es una botella de litro de cerveza y una “ballena” es la correspondiente a la marca Pacífico.
Un “chilango” es un individuo de la capital, como nuestros porteños, y el “Chivas” y el “América” son los equipos de fútbol análogos del Boca y el River, que curiosamente tienen los colores intercambiados. El “Chivas”, que es el más popular, lleva los tonos blancos y rojos, mientras que el “América” viste los colores azul y oro.
Comer unas “botanas” es hacer una picadita, al dulce de leche le llaman “cajeta”, aunque por acá está hecho con leche de cabra. Si está picante es “picoso” y en vez de calentito es “calientito”. De mucho comer uno tiene “lonjas” en vez de rollitos.
Un “tope” es un lomo de burro, los “chinos” son los rulos, en lugar de cuidado! se dice “aguas, aguas!”, “simón” es si y “adiós, que le vaya bien” es como decir chau, hasta luego. Al viento le llaman “aire”, los abogados son “licenciados” en vez de doctores y la “jefa” es la madre. Y “pinche”…es una expresión muy común que en el subtitulado de una película seguramente diría “maldito”.
Un regalito extra
Antes de partir de Guadalajara, Toño y los demás amigos de la barra de GDL en bici me regalaron este videíto esperando que al igual que Freddy, yo también pueda alcanzar algún día mi equilibrio espiritual…terminaré como el autor de este clip??
Dedicatoria
A Pablo Giménez Simison, que con sus jóvenes 21 años partió prematuramente dejando un vacío emocional imposible de llenar. Para vos, Pablito, van dedicados estos kilómetros recorridos…
Buena senda!
Agradecimientos
Oscar Pérez López, Mario Camacho y Nicolás Quirós, los camioneros que me dieron una mano en el cruce en ferry a Mazatlán y por el interés demostrado en mi travesía. Y especialmente a Miguel García, apasionado de la vida del Che, que además me llevó a su casa y me brindó la hospitalidad de su familia.
Maria Murillo y su familia, gracias por su recibimiento y por permitirme darle la bienvenida al 2008 en familia.
Virginia Nethe Johnston, por ofrecerme un lugar para pasar un par de noches en Mazatlán, que aparentemente estaba predestinado en mi camino!
Jesús Zamudio, Jesús Edgardo González y Eric Alonso Heredia, Policías de Tránsito y Federal, por los consejos para circular por las carreteras de México y la gorrita de la SCT.
Noe Morales y Valente, del rancho Los Pequeños Gigantes, por dejarme pernoctar en su establecimiento.
Jesús Dolores Altamirano y familia, por el interés demostrado en mi viaje y la colaboración económica que invertí rápidamente en un buen almuerzo.
Jesús Gomez Quintero, Antonio Hernández, Isabel López López y Chavelo Viena, por las horas de charla al calor del fuego junto a la carretera hacia Tepic y por dejarme pasar la noche en su casa en construcción en La Higuerita Vieja.
Laurentino González López y Jorge Alfredo Parra Bernal, por convidarme con el almuerzo en Rosamorada.
Don Amado Ocampo, por la interesante conversación y por darme permiso para pernoctar en el campamento de Autopistas Pacifico.
Alba Ortiz Montes y Javier Antonio Palomares, de la Cruz Roja de Ixtlán del Río, por permitirme acampar en la caseta de cobro de la autopista Tepic-Guadalajara.
Fernando Carrillo Sánchez, por convidarme el almuerzo en la Fonda Doña Melva, en Jala, Nayarit.
Francisco Javier Cambero y el resto de la barra de Los Pepines Club, por la buena onda, los regalos y la amistad espontánea que me brindaron en mi paso por Jala, Nayarit.
Sirahuen Palomera Sandoval, de Tequila, por hacerme una calcomanía artesanal de México para Maira y por la interesante charla mantenida en esa tarde de enero.
Rosa Maria Cardona Hernández y Guillermina Vázquez Elarde, de la cenaduría La Chatita, Tequila, por las exquisitas comidas que me hicieron degustar y el ambiente familiar que me permitieron vivir,
Nayeli de la Cruz y Sofía, de El Arenal, por la invitación con las tortas ahogadas y esas sonrisas y miradas seductoras que no olvidaré fácilmente.
Artemio Andrade Cárdenas y Bertha Elena Cárdenas, de “La Michoacana” en El Arenal, por develarme los secretos de Tocumbo y convidarme unas nieves.
Jorge Gutiérrez Velásquez, Gerardo Guerrero, Waldo Pérez Chávez, Efraín Vázquez Fuentes y Omar Hernández de la Garza, por esa parada espontánea en medio de la carretera para tomarse una foto conmigo.
Karla Amezcua, por tanta dedicación y amistad que me brindaste en mi estadía en la ciudad de Guadalajara. Sin tu ayuda nunca habría sido lo mismo! Y a tu prima por el apoyo logístico y la compañía!
Ana Paola Solís Gutiérrez, sin tu hospitalidad y paciencia mis días en Guadalajara no serían tan memorables! Gracias por tu desinteresada amistad y cariño.
Yeriel Salcedo, un amigazo de fierro, apasionado de la bici y futuro viajero que fue mi guía por las intrincadas calles de Guadalajara! A rodar la vida!!
Brenda Solís y Juan, Patricia Karenina, Toño Vaca y Margarita Marín, los demás integrantes de la barra de “GDL en bici” que me recibieron como a un hermano en su ciudad y me conmovieron con su cordialidad y calor humano.
Etienne von Bertrab, César, Cecy Mendoza y todos los demás integrantes de “Ciudad para Todos”, con quienes compartí momentos inolvidables de camaradería y fraternidad.
Patricia Martinez, por la excelente nota que hiciste sobre mi viaje en el Diario Público.
Eduardo Escalante, alias Tobías el payaso Maravillas, por tu trabajo altruista con las Aldeas Infantiles SOS.
Cristian Briseño, del grupo de música Esperantho (www.myspace.com/esperantho) y el Zaicocirco, por el interés expresado por mi viaje y la buena onda.
Horacio Valdez, el “Orate”, por tu desinteresada colaboración haciéndole un service gratuito a Maira con tus manos expertas.
Mario Covarrubias, “Mowgli”, tu familia y tus amigos, por la confianza depositada en mí para darles consejo sobre su futura travesía en bici desde Alaska hasta Guadalajara. Buena senda muchachos!
Nora Patricia, locutora del programa radial “El Detonador” y “Micro” por el interés en mi travesía y la entrevista que me realizaron en mi paso por Guadalajara.
Valentina González, por la música, la invitación a cenar y la buena onda hacia mi persona y mis nuevos amigos. Éxitos con tu nuevo disco!
Víctor Valdos, por convidarme unas exquisitas tortas ahogadas en mi salida de Guadalajara.
Alberto Cárdenas González y Jaime, por abrirme las puertas de su hogar en Guadalajara.
Ignacio Hernández González, por tu filosofía de vida, por recibirme en tu hogar junto con tu hijo Ariel y por sacarme esa molestia que tenía en la muela!
José Luis del Toro, por el espontáneo ofrecimiento de alojamiento y la cena en La Manzanilla, Jalisco.
Julio Martínez Torres, del videoclub en La Manzanilla, por permitirme desinteresadamente utilizar tu máquina para poder revisar mis mails.
Alvaro, gracias por el desayuno en Mazamitla!
Fernando Galván Medina, de Las Tablas, por el agua fresca y el buzo de las Chivas!
Doña Chela, gracias por esas ricas tostadas en Tocumbo y por sacarte la foto de los 12.000 km conmigo!
Raúl Arteaga, por el permiso para pernoctar en el Parque Ojo de Agua, en Tocumbo.
Mariano y Alma, por esa inolvidable cena en la casa de Jorge, en Morelia, en la que vanamente trataron de embriagarme con Mezcal.
Yuri Pérez Barrientos, Salvador Luna y Aline Avakian, Carlos Valdés Glover y Juan Ramón Pérez Barrientos, por la buena onda y los momentos compartidos en mi segunda pasada por Uruapan.
José Antonio Macouzet Guerrero, por ese almuerzo de lujo que me regalaste en Morelia.
Delfino Martinez Soliz, gracias por la gorrita para el sol y tus palabras de apoyo y aliento!
Sealtiel Rivera Najera, por haber hecho tantas cosas para mi viaje y compartir tus aventuras en bici conmigo…y por la compra del supermercado!
Adrián Romero Ramos y Maricruz, las tías y todos los niños y niñas de las Aldeas Infantiles SOS Morelia, que se quedaron con un pedacito de mi corazón en sus manos…
Jorge Reza Maqueo, gracias por brindarme tu hogar, tu amistad y por las experiencias vividas en los días que pasé en Morelia. Tus contactos, aportes y el sincero interés hacia mi proyecto de viaje serán siempre un gran impulso para mis pedales.
A los periodistas de los medios que se acercaron en Guadalajara y en Morelia a cubrir las instancias de mi viaje. Su difusión colabora para que el proyecto social con Aldeas Infantiles SOS tenga más llegada con la gente. Gracias!
Y a todas aquellas personas que anónimamente me dieron una mano convidándome con algo de beber o comer en estos días de camino…
Algunas estadísticas
Días en el camino: 234
Días de pedaleo: 144
Kilómetros recorridos: 12.247 km (1300 en ripio)
Promedio de kilómetros recorridos por día: 85,0 km
Horas sobre la bici: 718h28m (29d22h28m)
Promedio de velocidad: 17,05 km/h
Máxima velocidad: 81,5 km/h, bajando el Sunwapta Pass, Canadá (15-08-2007)
Metros trepados: 106.641 m
Altura máxima: 3023 msnm, Tioga Pass, Estados Unidos (03-11-2007)
Cantidad de paletas y litros de aguas frescas consumidas en negocios “La Michoacana”: cientos!
Susto que me pegué cuando casi me parte un rayo: mayúsculo!!