Apenas dejamos la jungla urbana de San Francisco y sus ciudades satélites nos adentramos en un nuevo entorno en el que primaban los tonos ocres y amarillos de tierras secas y áridas. Sin embargo abundaban los sembradíos y viñedos alimentados con un complejo y eficiente sistema de canales que proveían del agua necesaria e indispensable para la vida en esa región desértica y reseca por el sol.
Estábamos estrenando un nuevo recurso de navegación para poder llegar a los parques estatales que quedaban entre San Francisco y el Yosemite National Park: los mapas del popular buscador de internet, el Google Maps. Habíamos seleccionado nuestro destino con la opción de evitar las autopistas y como por arte de magia ahora contábamos con un detallado recorrido que nos iba llevando por una intrincada red de caminos secundarios que de otra manera jamás hubiéramos podido encontrar. Es más, íbamos tan alejados de las rutas principales que ni siquiera pasamos por los pueblos de la zona, con lo que se nos complicó un poco conseguir provisiones! Igualmente era un placer discurrir por esos caminos que atravesaban granjas y carecían en lo absoluto del atestado tráfico de las autopistas principales.
Una de esas tardes veníamos con Oscar descendiendo una cuesta a toda velocidad, muy cerca uno del otro, cuando tuve mi primer accidente en bici en años! Estábamos rodando a unos 40 y tantos kilómetros por hora cuando vi que Oscar se daba vuelta y me señalaba algo en el camino. Miré a ver de qué se trataba y al girar de nuevo mi cabeza observé con horror que Oscar estaba frenando de golpe de manera imprevista. No pude evitarlo y segundos después estaba encajando mi rueda delantera en sus alforjas traseras...traté de frenar como pude y después del rebote inicial se me desbalanceó el manubrio y haciendo zig-zags traté de no estamparme muy fuerte en el pavimento mientras caía desparramado en medio de la ruta. Lo primero que atiné a hacer fue salir del medio del paso de los autos, ya que estábamos justo en una curva y era carne de cañón para el primer vehículo que me sorprendiera ahí. A los tumbos levanté a Maira y como pude me hice a un lado tratando de comprender qué había pasado. La bici estaba bien, Oscar no
se había caído y yo sólo tenía unos raspones en las manos y el recuerdo del golpe con mis rodillas en el piso. Le pregunté por qué diablos había parado así de repente en medio de un descenso y me dijo que había visto una tarántula en la ruta y quería sacarla del medio para que no la pisara un auto! En ese instante no supe a quién debía patear primero, si a la pobre tarántula que caminaba indiferente a todo lo sucedido por el asfalto o a Oscar por su precipitada acción conservacionista que casi nos cuesta un accidente serio...a partir de ese momento traté de mantener una distancia más prudente con Oscar...o simplemente ir adelante en las bajadas!!
Después de una trepada breve pero muy empinada, llegamos al pequeño poblado de Greeley Hill cuando finalizábamos nuestro tercer día de pedaleo. Habíamos agotado nuestras últimas reservas de energía y las luces ya nos iban abandonando. Era hora de buscar un sitio para acampar. El cartel de entrada decía: "Population: Friendly; Altitude: just right". Nos resultó simpático y quisimos comprobar si era cierto. Y en efecto, así era! En el supermercado nos atendieron con una gran sonrisa en el rostro, nos recomendaron un sitio para acampar y poco después nos dejaron revisar el correo electrónico en una agencia de viajes que encontramos al paso. Ahí me enteré que en las recientes elecciones presidenciales que habían tenido lugar en la Argentina había ganado por amplia mayoría la esposa del actual presidente. En poco tiempo Cristina Fernández de Kirchner pasaría a la historia como la primera mujer presidente de mi país elegida democráticamente...qué me encontraría en mi patria cuando regresara en unos cuantos meses más?
Esa noche estábamos acampando en el camping del pueblo cuando se desató una impresionante tormenta eléctrica poco habitual para la región. El agua caía a baldazos, el viento soplaba salvajemente y los rayos impactaban en los árboles a escasos metros de nosotros. Era un espectáculo dantesco y metía un poco de miedo estando en nuestras pequeñas y expuestas carpas. Por suerte Malcom, el dueño del camping, se acercó a nosotros y sin que lo pidiéramos nos dio las llaves de una de las cabañas de alquiler para que nos resguareciéramos del temporal. Gracias a su gesto pudimos descansar calentitos y secos mientras afuera se venía el mundo abajo.
Al día siguiente amaneció totalmente despejado y con un sol espectacular, como si la tempestad hubiera sido parte de una alucinación pasajera. Emprendimos el camino y encaramos el tramo final hacia el Yosemite National Park. Tuvimos que sortear más subidas de las esperadas y en esos kilómetros pasé la marca de los 8000! Poco a poco seguía avanzando y acumulando camino recorrido bajo mis ruedas...
La recompensa a tanta subida fueron 16 kilómetros de bajada violenta hacia las entrañas del Yosemite Valley. Nos íbamos adentrando poco a poco en el lugar que merecidamente era considerado uno de los más bellos de los Estados Unidos. Las formaciones de granito quitaban el aliento con su majestuosidad, los árboles estaban teñidos de alegres tonalidades rojizas y amarillas, marcando el cambio estacional del otoño
y a cada paso se veían postales inolvidables. Parecía un lugar de ensueño...y al llegar a la imponente mole de granito llamada el Capitán, la más grande del mundo con sus 1300 metros de altura, el impacto visual fue completo. Ese lugar parecía salido de la ficción. El estallido de colores acentuado por los rayos del sol del atardecer llamaba a la contemplación constantemente. El otro gran coloso de granito de fama mundial, el Half Dome, se llevaba los laureles en el extremo oriental del valle. El corazón se encogía ante el espectáculo que brindaba la naturaleza en ese escondido rincón del planeta y nos hacía sentir ínfimos ante tanta grandeza. El cuello dolía de tanto mirar hacia arriba esas escarpadas paredes que constituían el desafío supremo de muchos escaladores...esos sí que estaban locos!!!!
Mientras comprábamos algunas provisiones en la despensa local conocimos a Cathy, que al vernos con nuestras cargadas bicis no dudó en invitarnos a pasar la noche en su casa. Ella también había realizado algunos viajes con su marido Jeff y sabía lo que era andar así! Coincidimos con el popular Halloween o día de brujas, así que fuimos testigos del constante flujo de niños disfrazados que pasaron por la casa durante la noche en busca de su preciado botín: los dulces! Me dejarían ir de ronda vestido de ciclista?

Al día siguiente nos tomamos un día de "descanso" con Oscar y aprovechamos para ver un poco más de cerca las bellezas naturales que ofrecía el parque. En otra jornada espléndida y a pleno sol nos trepamos un empinado sendero hasta el Glacier Point, desde donde pudimos tener la mejor panorámica del valle, con vistas impresionantes de El Capitán y el Half Dome. En total anduvimos casi 25 kilómetros en los que ascendimos y luego bajamos alrededor de 1300 metros de desnivel...eso era descansar!!! El paseo bien valió la pena, dejando improntas inolvidables en nuestras retinas, imposibles de captar en toda su magnitud con ninguna foto.
Una vez más era la hora de la despedida. Oscar quería seguir rumbo sur hacia el Sequoia National Park y a mi me atraía cruzar el Tioga Pass hacia el Death Valley. En la gélida pero brillante mañana del 2 de Noviembre nos dijimos simplemente hasta luego y encaré la ardua subida que me esperaba. Lo malo era que sabía exactamente cómo serían esos 16 kilómetros de ascenso, porque eran los mismos que habíamos descendido vertiginosamente en nuestro arribo al valle. Agaché la cabeza y lentamente fui ganando altura hasta llegar al cruce con la ruta que se adentraba en las montañas con rumbo este.
El lento ascenso me daba la oportunidad de apreciar con lujo de detalles el hermoso paisaje que discurría en cámara lenta frente a mis ojos. Los bosques se iban haciendo más bajos y menos densos, intercalados con formaciones rocosas en donde algunos ejemplares daban un estoico ejemplo de tenacidad y perseverancia arraigándose en las estrechas grietas que quedaban expuestas en el duro suelo. Era una imagen surrealista donde los testarudos árboles parecían surgir de las mismas entrañas de la montaña.
Esa noche llegué hasta unos de los camping del Parque, que por estar ya fuera de temporada, estaba cerrado. Si bien la cantidad de sitios en los que podría haber acampado era inagotable, la presencia de osos negros por la región no era desdeñable y era mejor estar en un lugar donde se pudiera guardar la comida con seguridad. El Yosemite era famoso por los conflictos con osos que se habían malacostumbrado a alimentarse de la basura que dejaba la gente, volviéndose agresivos y peligrosos. Obviamente el camping estaba completamente desierto daba un poco de impresión eso de plantar mi carpa en el medio de la
nada, más considerando las circunstancias anteriormente expuestas. Se venía la noche y en esos 2500 metros de altura el frío no se hacía esperar. Tenía que decidir qué hacer y pronto! Fue ahí cuando se me ocurrió mirar dentro de los baños. Eran espaciosos y podía cerrar la puerta desde adentro, con lo cual se convertían en una especie de apart hotel de lujo...a prueba de osos! Por suerte habían limpiado los pozos sépticos para el invierno que se avecinaba y por lo tanto no tenían el característico olor que hubiera resultado poco agradable para una estancia prolongada. No lo dudé un instante más y desparramé mis cosas en una de las casetas que ahora se había convertido en mi suite privada con baño incluido!! Fue una decisión acertada, ya que a la noche pude escuchar el rasguido de las uñas de un animal por el cemento de la entrada y sonido de su respiración mientras olisqueaba debajo de la puerta. Me hice aún más pequeño dentro de mi bolsa de dormir y rogué por que la puerta aguantara una eventual embestida, que por suerte nunca se dio.
Con el termómetro indicando 5 grados bajo cero comencé una nueva jornada para terminar de recorrer los 30 kilómetros que me restaban hasta la cumbre del paso. En el camino pude observar unas cuantas zonas en las que la nieve recientemente caída aún perduraba a los lados del camino. Tenía mucha suerte de poder estar cruzando esta ruta tan tarde en la temporada, ya que habitualmente para estas épocas del año las nevadas obligaban a cerrar el tránsito vehicular. Poco a poco fui superando las cuestas que me restaban, atravesando puntos panorámicos con vistas que quitaban el aliento (aún mas que las subidas!), lagos de azul profundo y llanuras de pastos amarillentos que se extendían hasta el horizonte, donde irremediablemente chocaban con los macizos montañosos.
Por fin llegué al punto más alto del camino: 3000 metros sobre el nivel del mar, la cota más alta alcanzada hasta el momento desde que arranqué en Alaska. Si bien esperaba encontrar un cartel anunciando pomposamente la cumbre del Tioga Pass, ideal para inmortalizar la hazaña, la realidad fue muy diferente a lo esperado. En una pequeña explanada barrida por un helado y fuerte viento en contra se hallaba la caseta de acceso al Parque Nacional, donde un simpático guardaparques llamado Jeff daba la bienvenida a los visitantes y cobraba el obligado acceso. En un minúsculo cartelito adosado a la estación de cobro estaba un sencillo cartelito que simplemente decía "Tioga Pass, 9945 ft".
Igualmente tomé una foto y me lancé en busca de la escarpada bajada hacia terrenos de menor altura. Me quedaba poco tiempo para encontrar un sitio donde acampar y el frío ya se empezaba a notar con una crudeza impasible. Las cosas eran bien diferentes de este lado del paso: la altura que había ganado en 70 kilómetros se perdía en tan sólo 15! En otras palabras, la ruta se descolgaba en un a abrupta pendiente bordeando la ladera de las montañas, con un sucesivo ida y vuelta de curvas cerradas que desembocaban abiertamente en un vertiginoso precipicio. Si bien el camino presentaba todas las condiciones para superar un nuevo récord de velocidad, el fuerte viento en contra y el agarrotamiento que iban adquiriendo mis entumecidos miembros con el paulatino descenso de la temperatura aconsejaban dejar esas locuras para otra ocasión...así y todo, pasé los 77 km/h! Brrrrr...
La mañana del 4 de Noviembre me recibió con un récord térmico: -8 C!! Ese helado amanecer cumplía 5 meses en el camino! Cómo se pasa el tiempo!!! Esa tarde conocí a Omar Spina, un ciclista que junto con su amigo Tom estaban entrenando con sus veloces bicis de ruta. Omar me invitó a pasar la noche en el departamento que tenía en la cercana localidad de Mammoth Lake y hacia allí me dirigí. Sin imaginármelo terminé disfrutando de la hospitalidad de Omar y su esposa Sandra en un hermoso pueblito cabecera de un centro de esquí, cenando como invitado en un restaurante de lujo y completando la jornada con un baño en unas cercanas aguas termales naturales perdidas en medio del desierto. Qué más se podía pedir?
Al día siguiente retomé la amplia autopista que circulaba por las interminables y extensas planicies del Owens Valley que poco a poco iban descendiendo hacia terrenos más cálidos. Un ocasional desvío por un camino secundario me llevó por un ondulante terreno por el que bajé en un adrenalítico zig-zag que dejó una enorme sonrisa estampada en mi rostro...sabía que me esperaba una trepada infernal al día siguiente así que era mejor disfrutar del presente!
Como enviciado por el baño termal de la noche anterior, ese día planté mi carpa al lado de unos pozones naturales en las termas Keough. Los carteles indicaban que allí no se podía acampar, pero no era el único que estaba dispuesto a pernoctar en ese lugar. Es más, el flujo de gente era tanto que se había vuelto un tanto ruidoso. Con el cansancio acumulado de los días previos me quedé frito antes de poder encontrar un lugarcito donde remojar los huesos.
Por la mañana siguiente, mientras enjuagaba las ollas en las cálidas aguas termales, no pude resistir la tentación y antes de comenzar a pedalear aproveché la tranquilidad y soledad del lugar para pegarme un relajante y reconfortante remojón. Aún no sabía que me esperaba una de las jornadas más exigentes del viaje!
Había decidido seguir los pasos de mi amigo Jonas y entrar al Death Valley por el acceso norte, un camino que tenía un buen tramo de ripio y que ni figuraba en muchos de los mapas turísticos. Muy pocos osados se aventuraban por esa ruta y cuando la gente me escuchaba decir que iba a ir por ahí con la bici la reacción era inmediata: "es imposible! Te vas a morir!!". Sería tan así? Había que comprobarlo en persona...
A poco de adentrarme en la ruta me encontré completamente solo. El camino trepaba implacable internándose como una serpiente entre cerros ocres, carentes de más vegetación que unos arbustos ralos y espinosos. Se oía el paso lento de la cadena con un leve quejido. La bolsa de agua donde llevaba el preciado líquido para sobrevivir chasqueaba con el movimiento de la bici. Mi respiración forzada se oía claramente en el abrumador y opresivo silencio que reinaba. No soplaba la más mínima brisa. El sol brillaba implacable en un cielo perfectamente azul y el calor exprimía el sudor de mi frente que caía copiosamente sobre mi cara. La transpiración formaba gotitas en mis brazos que se evaporaban rápidamente en la extrema sequedad del ambiente. Poco a poco iba entrando en el Death Valley. Por los próximos 120 kilómetros sabía que sería muy raro cruzarme con otros seres humanos; estaba librado a mi propia suerte y eso tenía un encanto especial.
De repente un gran estruendo me sacó del sopor en el que venía. Detrás del cerro más cercano apareció de la nada un avión de combate F-14 que al mejor estilo "Top Gun" venía haciendo un vuelo rasante siguiendo la escarpada fisonomía del terreno. Parecía que lo podía tocar! Elevé mi brazo en señal de saludo y pude ver como el piloto me contestaba haciendo girar el avión de lado a lado mientras se esfumaba rápidamente en el horizonte dejando una estela blanca detrás de sus motores...el silencio absoluto me rodeó nuevamente y el chirrido de la cadena volvió a hacerse notar mientras seguía mi lento avance y me secaba las gotas que caían sobre mi rostro. Había sucedido en realidad o estaba teniendo alucinaciones por el calor??
La trepada fue ardua y exigente, alcanzando 2500 metros de altitud, pero la recompensa valió la pena. Un gradual y preciado descenso me hizo internar entre cerros y montañas de colores rojizos y amarillos, hasta que algo llamó mi atención. Poco a poco fueron apareciendo unas plantas que desconocía por completo. Tenían un áspero y rugoso tronco que se ramificaba varias veces y culminaba con unos aglomerados cilíndricos de hojas puntiagudas que apuntaban hacia los cielos como en una plegaria. Se destacaban en contraste con la casi nula vegetación reinante y me preguntaba qué serían. La respuesta vino de la mano del mapa, que sabiamente decía "Joshua Road". Eran los primeros ejemplares de Joshua Tree que veía en mi vida y eran un espectáculo para los ojos, con sus intrincadas formas que parecían seguir los caprichos del viento.
Rápidamente dejé atrás estos exóticos árboles y se abrió ante mis ojos la soberana belleza del Eureka Valley, una extensa y amplia llanura que se perdía en el horizonte custodiada por altas montañas a ambos lados. El camino circulaba como una raya ajena al paisaje, cortando abruptamente en dos la armonía de las líneas de un lugar que parecía vacío de atractivos y sin embargo era cautivante en todos sus aspectos. Allí crucé la entrada oficial al Death Valley, circulando por una pista de ripio en pésimo estado y que a poco de andar me hizo acordar a los temibles caminos rompehuesos de la Puna Boliviana o la famosa Ruta 40 en la Patagonia Argentina. Los serruchitos se sucedían uno tras otro, sacudiendo la bici en un traqueteo difícil de controlar y parecía que las alforjas iban a salir disparadas hacia los lados en cualquier momento. Las piedras grandes como un puño poblaban el terreno y los bancos de arena ponían a prueba toda mi pericia para mantener el equilibrio en el penoso avance por ese camino hostil para los pedales.
Por suerte sólo duró unos 10 kilómetros que sin embargo a mí me parecieron eternos. Un rudimentario asfalto volvía a ganar terreno al tiempo que encaraba una nueva subida hacia las ruinas de una mina abandonada, el lugar que había elegido para pasar la noche. Lo que no esperaba era que la trepada fuera tan empinada y prolongada! Después de semejante jornada fue el remate de gracia para mis agotadas piernas. Con los remanentes de penumbra del día y una oscuridad que avanzaba rápidamente, planté mi carpa en un playón de borax que encontré junto al inclinado camino y que me ofrecía una de las pocas superficies planas de los alrededores. El silencio volvió a ganar la escena y una noche tapizada de estrellas me hizo compañía en la extrema soledad de ese aislado lugar. Se podía respirar la paz y tranquilidad en el ambiente. Me sentía en plenitud!
El próximo lugar con presencia humana era el puesto de acceso al Parque Nacional, del que estaba a unos 70 kilómetros y de los cuales 50 eran por un camino de ripio tan espantoso como el que me había tocado circular el día anterior. La bajada desde la mina hasta el valle que se extendía del otro lado de las montañas fue un penoso y lento andar. No podía superar los 5 km/h a menos que quisiera destruir a la pobre Maira. El calor sofocante del sol hizo que se acentuara aún más la sequedad de mi garganta que reclamaba un poco de agua fresca. Cuando por fin regresé al asfalto me senté un rato para recuperar el aliento bajo la precaria sombra de la bici y por mera casualidad descubrí que la llanta trasera tenía dos hermosas grietas a los lados de un par de rayos. La rueda trasera tenía las horas contadas y era cuestión de ver hasta dónde me aguantaba!
Al llegar al camping Mesquite Spring pude dar rienda suelta a mi sed y me tomé la vida! El tener agua para beber fluyendo sin restricciones era un lujo que había aprendido a apreciar mucho en los días pasados.
El 8 de Noviembre amanecí muy temprano, cuando la noche aún no se retiraba. Tenía que cumplir con un compromiso un tanto particular: mi amiga Kathy había utilizado mi sitio web para hacer un trabajo con sus estudiantes de inglés y habíamos quedado en hacer una salida vía telefónica para que los chicos me pudieran hacer preguntas sobre la travesía. Había llegado el día en cuestión, pero no sabía que el teléfono más próximo estaría a 5 km del camping...cuesta arriba! Y sumado a la diferencia horaria con Québec, no me quedó otra opción que madrugar para estar a las 7 en punto realizando la llamada. La experiencia bien valió la pena y fue genial poder contestar las inquietudes de los chicos e interactuar con ellos...y más considerando que estaba en el medio del desierto y ellos en su salón de clases a miles de kilómetros de distancia! Cuando colgué el tubo me quedé un buen rato contemplando la vastedad del paisaje que se extendía ante mis ojos y pensando en lo loco de las situaciones que se iban dando a partir de este viaje, que hacía rato había dejado de ser un paseo turístico para convertirse en un estilo de vida, que por cierto me encantaba!
Luego de una breve visita al insólito Scotty's Castle, una mansión enclavada en medio de la nada y que tenía una rica historia humana detrás de sus imponentes paredes, emprendí la marcha por el Death Valley propiamente dicho hasta llegar a Furnace Creek, el centro urbano del Parque Nacional. En contraste con la soledad extrema que había experimentado hacía un par de noches, este sector era un hervidero de gente en proporciones insólitas! Más de mil RVs atestaban los tres camping que lucían como un gigantesco estacionamiento para estos vehículos y alrededor de 3000 personas pululaban por el reducido oasis donde se encontraban los cuarteles generales de los guardaparques y el centro de informes. No entendía nada!
Cuando pregunté que hacía toda esa gente ahí me explicaron que se trataba de un evento anual que se venía realizando desde hace décadas. Eran los 49s, una agrupación mayoritariamente compuesta por personas jubiladas que se reunía religiosamente cada segunda semana de Noviembre para conmemorar a los desafortunados pioneros que en 1849 casi perdieron sus vidas al internarse en el Death Valley, en busca de un atajo hacia las costas del Pacífico urgidos por la fiebre del oro. Daba la impresión de estar en un congreso de gerontología de dimensiones desporporcionadas, ya que la mayoría parecía ser descendiente directo de los 49s originales!! Había exposiciones de arte, remates, desfiles de carretas, torneos de tiro de herraduras, conciertos de música country...y por supuesto, el infaltable campeonato de golf en un campo que desentonaba totalmente con el entorno desértico, exhibiendo unas obscenas praderas de verdes pastos que se mantenían a base de riego forzado.
Más allá de lo pintoresco de la situación, el gran dilema para mi era dónde armar la carpa en un lugar tan saturado de gente! Me estaba encaminando hacia uno de los tres camping para ver si podía garronear un lugarcito para instalarme cuando escuché que alguien decía: "Damián??!!" Me di vuelta y observé incrédulo cómo una sonriente pareja se acercaba en un sofisticado tándem: eran Stefan y Julia!!! Mis amigos ciclistas alemanes que había conocido en Alaska y con quienes me había reencontrado en Whitehorse! Ellos venían de Las Vegas y yo iba hacia allá...sin planificarlo habíamos coincidido en ese lugar, un timming perfecto e insólito! Puse mi carpa junto a la de ellos en el atestado camping y nos colgamos charlando por horas sobre las experiencias de nuestros viajes. Parecía mentira que nos encontráramos así por tercera vez...y casi nos habíamos cruzado en Prince George y en Portland! El mundo era un pañuelo, ya no me quedaban dudas!

Decidí quedarme un día extra y acompañar a los chicos en su partida por la ruta que iba hacia el sur, pasando por el punto más bajo de Norteamérica, el Badwater Basin, con 80 metros por debajo del nivel del mar. Era una salina que se extendía hacia el horizonte con una blancura cegadora y que me trajo recuerdos del increíble Salar de Uyuni, en Bolivia. Después de las fotos de rigor y saludarnos hasta el próximo encuentro (seguro que lo habría!), emprendí el regreso a Furnace Creek, inmerso en un atardecer que me regaló un espectáculo de luces y colores inolvidables. Con la luz rasante los relieves de las montañas se revelaron impactantes en una explosión cromática verdaderamente espectacular.
La generosidad de George, un neurobiólogo apasionado del ciclismo que tenía por vecino del sitio en el que me estaba quedando, me permitió conservar el lugar de acampe ya que la demanda por un espacio para pasar la noche era excesiva. Igualmente la tozudez del encargado del camping me obligó a desplazar mi carpa un par de metros y, como si no fuera suficiente, me mandó un guardaparques prepotente para comprobar que había hecho lo que me había solicitado con una cierta mala actitud. Por no generar un conflicto mayor y reconociendo que este oficial andaba a la pesca de conflictos, decidí no llevar el asunto a mayores y le seguí la corriente. No era muy sabio de mi parte polemizar con la autoridad local, por más que estuviera haciendo abuso de su poder y que internamente quisiera mandarlo a freír churros (por no decir otra cosa!). Hasta George se sintió un poco avergonzado por la actitud de su compatriota, y con justa razón!
Luego de dos días de pedaleo subiendo y bajando montañas a través del desierto llegué a la mundialmente famosa ciudad de Las Vegas. Kevin O'Leary, un contacto surgido a través del sitio “Warmshowers”, me brindó la oportunidad de conocer esa particular ciudad dándome un lugar donde quedarme. Cómo describir un sitio del que se ha visto tanto en películas y que es la meca de los apostadores?
Llegando por la ruta Las Vegas se veía como un gran conglomerado de urbanizaciones privadas en las que se apiñaban las casas de valores exorbitantes. Todo parecía girar en torno a los gigantescos Hoteles-Casino que se concentraban en la famosa "Strip". Esos kilómetros del "Las Vegas Boulevard" que durante el día no decían mucho que digamos, se transformaban apenas bajaba el sol con un impactante espectáculo de luces lo invadía todo. Caminar en esa zona era algo abrumador, con pantallas enormes promocionando los diversos
espectáculos de alto nivel e invitando a la gente a adentrarse en los casinos. Los casinos eran estructuras colosales que coexistían una al lado de la otra compitiendo en originalidad por captar la atención y el dinero de los ocasionales visitantes. Los colosos comerciales no parecían tener descanso y el flujo de gente era incesante. El "Treasure Island" ofrecía un duelo de bellas piratas escasas en ropas; el "Mirage" explotaba su volcán artificial con fuego, agua y luces cada una hora; el "Bellagio" cautivaba al público con una gigantesca fuente de aguas danzantes que cada 15 minutos realizaba un show en el que potentes chorros de agua llegaban a casi 100 metros de altura con estruendosas detonaciones; el "Venetian" reproducía los canales venecianos ofreciendo paseos en góndola; el
"París" tenía su réplica a escala de la Torre Eiffel; el "Caesar Palace" deslumbraba con una impresionante aglomeración de edificaciones de estilo romano y una galería comercial plagada de fuentes y estatuas que hacían creer que se estaba en los tiempos dorados del gran imperio; el "Luxor" disparaba un enorme chorro de luz que se adentraba en los cielos desde la punta de su estructura piramidal...y el "New York, New York", que parecía haber transplantado a ese lugar una parte de Manhatan y la estatua de la libertad, era atravesado por una adrenalítica y retorcida montaña rusa. Y eso por sólo mencionar algunos de los más impactantes y sin tener en cuenta los nuevos emprendimientos que iban barriendo con los hoteles más antiguos para construir estructuras aún más grandes e impactantes.
Recorrer los casinos por dentro era un espectáculo aparte. Con alguna que otra diferencia en sus decoraciones o ambientaciones, en el fondo todos eran similares. Había cientos de maquinitas en donde muchos jubilados jugaban sin pausa como autómatas, abundaban las mesas de juego de cartas, las ruletas, las camareras pasaban ofreciendo bebidas gratis a los apostadores...era un asalto a los sentidos con las luces de colores, los sonidos que emanaban las máquinas de juego y los aromas que inundaban el ambiente invitando a la gente a relajarse...y a gastar más!
Por las calles circulaban limousines en igual número que taxis. Para cruzar en las intersecciones más congestionadas existían unos enormes puentes peatonales que invariablemente obligaban a pasar por algún salón de juegos. Las veredas estaban pobladas por decenas de latinos que se encargaban de promocionar el otro gran negocio de la ciudad: la prostitución. Con un característico chasquido llamaban la atención de los transeúntes y haciendo sonar las gráficas tarjetitas entre sus dedos ofrecían publicidad para quien quisiera tener una noche de placer con costos que variaban entre los 37 y 150 dólares el servicio. Y prometían el arribo de las señoritas a la habitación del hotel en tan sólo 20 minutos! Harían descuento por ir a una carpa??
No faltaban las famosas capillas para casarse de manera express, donde seguramente más de uno habrá terminado con una esposa de garrón luego de una noche de excesos y alcohol desmedido.
Andar por esa ciudad en la que el dinero era algo indispensable para poder hacer algo era aún peor considerando mi ridículamente bajo presupuesto para los estándares locales. Debo reconocer que sucumbí a la tentación y decidí tratar de conseguir los fondos para poder ir a la montaña rusa del "New York, New York", que costaba la friolera de 14 dólares la vuelta! Opté por probar suerte con la ruleta. Que por cierto era muy sofisticada ya que las apuestas se hacían en una pantalla digital individual sensible al tacto. Uno tenía escasos 30 segundos para efectuar las apuestas antes de que la bola empezara a girar. Una pantalla al costado de la zona de juego brindaba todas las estadísticas imaginables que se podían precisar para hacer un pronóstico adecuado. Arriesgué el mínimo que se podía, que eran $ 2,50 y me puse el firme propósito de no cebarme y retirarme apenas llegara a mi objetivo. En una tensa sesión de juego en la que fui paulatinamente aumentando mis ganancias, al llegar a los ansiados 15 dólares a mi favor me retiré orgulloso y feliz por haberme ganado el vertiginoso paseo gratis y encima tener un dólar extra en el bolsillo...qué fácil que me contentaba!!
Por un lado Las Vegas era algo fascinante de ver y embotaba los sentidos. Pero por otra parte, el consumo energético sin sentido, ver tanta agua correr alegremente en las fuentes, el dinero que se esfumaba en las hiperfilmadas salas de juego, todo ese lujo ostentoso y tanta apología al consumo y al gasto sin sentido me hacían sentir fuera de lugar. Me resultaba difícil creer que estaba en medio del desierto con tanto derroche de recursos a flor de piel. Era demasiado, el colmo de una sociedad que parecía privilegiar el gasto descontrolado por sobre todas las cosas. Un extremo que era digno de verse, pero que costaba digerir.
Ya había tenido suficiente y era hora de continuar con mi camino. Emprendí la retirada y me interné una vez más en los desiertos. Como hito limítrofe entre los estados de Nevada y California pasé por Primm, un poblado que básicamente era un par de Hoteles-Casino que servían de bienvenida al estado del juego. Hasta en el minimarket de la estación de servicio había maquinolas para jugar!!!
Me adentré en la soledad del desierto de Mojave, donde recuperé la tranquilidad y la paz interna en comunión con la naturaleza. Una vez más el punto crítico de cada día era ver dónde conseguiría agua para el resto de la jornada. El calor pegaba fuerte y el sol parecía ser una constante inevitable. Contrariamente a lo que hubiera esperado, el desierto no era plano y el camino transcurría en un continuo subir y bajar a medida que atravesaba los diversos valles que me conducían lentamente hacia la costa. Largas y paulatinas subidas de 30-40 kilómetros me llevaban a los 1200 metros de altura, para luego caer del mismo modo al nivel del mar y volver a comenzar. Era un terreno desgastante.
Entre el desierto de Mojave y el célebre Joshua Tree National Park cumplí los 9000 km de camino. Sin saberlo me encontraba circulando por una parte de la mítica ruta 66, pero al menos en esa zona no tenía nada de romántico o particular. Más bien era un páramo desolado y áspero en el que el viento en contra me estaba haciendo las cosas más difíciles de lo habitual. En esa zona tuve una demostración en extremo de la indiferencia general con la que me sentí tratado por esos días de pedaleo. El tránsito por esas rutas era bastante elevado, pero el número de personas que me saludaba desde sus vehículos era más bien escaso. En ningún momento nadie me preguntó si estaba bien o si necesitaba agua en esas tórridas latitudes. El colmo se dio una tarde mientras descansaba luego de una agotadora trepada en una pequeña explanada al costado de la ruta, sentado al reparo de la sombra que me daba Maira. Un auto se detuvo y estacionó a escasos metros de mí. Por fin alguien me iba a preguntar si estaba todo bien! Pero no, estaba equivocado. Una pareja se bajó del vehículo, comieron rápidamente unos bocados y sin mediar palabra alguna conmigo, se regresaron a sus asientos y partieron sin siquiera saludarme!! Mientras tanto mantuvieron a sus hijitos dentro del auto, no fuera que se contagiaran de ese espécimen peligroso que había ahí cerca! No lo podía creer!!! Me sentí muy solo a pesar de la cantidad de gente que circulaba por los caminos...
La entrada al Joshua Tree NP no podía estar exenta de ir musicalizada con el clásico álbum homónimo de U2. Me parecía
irreal estar rodando por esos lugares de los que tanto había oído hablar. Los característicos árboles fueron sólo una parte del atractivo natural de este lugar, que además se lució con una exhibición de unos llamativos cactus llamados cholla y con los ocotillos. Los primeros eran una profusión de finas espinas que pintaban el paisaje de verde claro al quedar expuestos a contraluz con los rayos del sol. Su capacidad de prenderse en toda superficie que hiciera contacto con ellas los hacía famosos y peligrosos. Los gritos desesperados de un chico que accidentalmente los había tocado con sus manos daba pruebas cabales de lo doloroso y complicado que era quitar las puntiagudas espinas que se anclaban en la piel como un anzuelo. Por su parte, los ocotillos tenían unas ramas estilizadas y largas plagadas de gruesas espinas y estaban rematados con unas flores de un vivo color rojo que contrastaba con la monotonía cromática del desierto.
La quinta noche por el desierto llegué a un parque de recreación para vehículos 4x4 que fue como revivir una mini Las Vegas, pero de despilfarro motorizado. Por supuesto que era el único extraterrestre desplazándome con tracción a sangre. Allí todo el mundo estaba "acampando" en los habituales enormes RVs y cada miembro de la familia parecía tener una moto enduro o un cuatrimotor a cada cual más ruidoso, con los que se desplazaban sin pausas por las dunas del sector. Era alienante y estaban todos concentrados allí! Por suerte ya me quedaba poco por llegar a San Diego!
La última noche ya me encontraba muy cerca de la ciudad y la urbanización se había vuelto una constante que hacía difícil encontrar un sitio donde acampar. Venía atravesando las zonas afectadas por los recientes incendios y las huellas eran notables en la gran cantidad de pastizales quemados y los carbonizados postes de los alambrados. Había visto que existía un camping del condado en las cercanías y hacia allí me dirigí. Cuando llegué descubrí que estaba cerrado ya que estaban repavimentando el lugar. Como ya era casi de noche decidí pedir permiso para plantar mi carpa allí, pero el guardaparques que me atendió no resultó ser de lo más amigable. Después de mirarme feo por interrumpirlo fuera del horario de atención, me quiso cobrar 15 dólares por colocar la carpa en un lugar que carecía de servicios por estar cerrado al público! No hubo lugar al regateo y como no estaba dispuesto a gastar esa pequeña fortuna ahí, salí a la búsqueda de algún sitio para pernoctar. Luego de andar un rato en medio de la noche cerrada y ver que era inútil tratar de encontrar un sitio que no tuviera los clásicos carteles de "No pasar", llegué por mera casualidad a un establecimiento de cría de caballos. Allí conocí a Bernardino, el capataz del lugar, que era de inconfundible origen mexicano como la mayoría de los demás trabajadores. En pocos minutos estaba instalado en una casa que tenían libre y me encontraba cenando una rica cena casera junto con su esposa. Sería un anticipo de la hospitalidad que me esperaba del otro lado de la frontera? Por lo pronto me fui haciendo a la idea de que me tendría que acostumbrar a comer picante...
El 21 de Noviembre llegué a la ciudad de San Diego, donde ya me esperaba la familia de la prima de mi amigo Marco. Gina, Raymund y su hija Mara me acogieron en su hogar y por una semana me atendieron como a un duque, ayudándome con todas las cosas que tenía que resolver antes de dejar los Estados Unidos.
Hasta fui partícipe de una espectacular e inolvidable cena por el día de Acción de Gracias en la casa de los padres de Gina, Ronnie y Anna, en Los Ángeles. En medio de una muchedumbre familiar y con lo mejor del caótico espíritu tradicional italiano, devoramos un pavo de 15 kg acompañado de tantas otras delicias que tal despliegue gastronómico me parecía una fantasía más que realidad! El calor humano que reinaba fue un bálsamo bienvenido después de la impersonal travesía que había experimentado cruzando los desiertos para llegar hasta allí.
De regreso en San Diego la prioridad fue conseguir una nueva rueda para Maira, que por suerte había aguantado estoicamente hasta allí sin dejarme a pata. Dan Callahan, de la bicicletería Action Cyclery fue mi salvación. Comprendiendo exactamente lo que necesitaba y atento a mi recelo ante la idea de dejar a mi compañera en manos desconocidas, se empeñó por completo y con una gran pasión para que mi bici quedara en impecables condiciones y soportara los embates de los numerosos kilómetros que aún nos quedaban por recorrer. Un lugar para recomendar a otros ciclistas con los ojos cerrados!
Se acercaba la hora de cruzar "la línea". Empezaba una nueva etapa. Me esperaba Latinoamérica con todas sus virtudes y defectos...cómo me iría?
Hasta la próxima!
Buena senda,
Damián
Un extra!
Después de la charla telefónica con los alumnos de Kathy desde el Death Valley, recibí un hermoso regalo en forma de un videíto donde pude conocer en persona a esos encantadores chicos con los que había dialogado. Quería compartir con ustedes ese momento especial...
Agradecimientos
Barry Robertson, guardaparques en el Turlok Recreational Area, por el interés demostrado en nuestros viajes y el descuento por la noche de acampe!
Malcom Hiett y Joshua, por rescatarnos denuestras carpas en medio del temporal en Greeley Hill y permitirnos pasar la noche calentitos y al resguardo de las lluvias en esa cálida cabaña del camping "Yosemite West Lake".
Cathy De Cecco & Jeff Crow, por la hospitalidad brindada en el Yosemite Village alojándonos en su acogedora casa durante nuestra estadía en el Yosemite Valley.
Joe & Bev Still y Derek & Leslie Vann, por la animada conversación en el Olmstead Point en el camino al Tioga Pass, las naranjas de regalo y por solicitar el primer abrazo gratis!!
Omar Spina y Sandra, por albergarme en su hogar en Mammoth Lake y por ese festejo inolvidable de mis 5 meses en la rutas de América en un restaurante de lujo, coronado con un baño en unas reparadoras aguas termales.
Gary Laurie, por ese espíritu rebelde hacia el sistema tradicional de vida, la información sobre el Death Valley y el mapa de la región.
Mark Hull y esposa, por darme un poco de agua en los tórridos caminos del Death Valley cuando más lo necesitaba.
Julia & Stefan, por ese sorpresivo encuentro cargado de amistad y camaradería que seguramente se repetirá en un futuro no muy lejano por los caminos de Latioamérica.
George Lawlegg, mi vecino científico-ciclista en Furnace Creek, por la compañía, la exquisita cena, la mano al dejarme acampar en tu sitio, los power gel y el lubricante extra que me salvaron en más de una ocasión!
Kevin O'Leary, por darme la oportunidad de conocer la extravagante ciudad de Las Vegas dándome un lugar dónde quedarme y asegurarte de que nunca tuviera hambre!
Sev, Alex y Raffi, tres armenios que conocí en el pueblo-casino de Primm, en la frontera entre Nevada y California, que se engancharon muchísimo con mi viaje y me regalaron una bandera americana para que llevara conmigo en los días que me quedaban de recorrido por su país de adopción.
Bernardino Muñoz y Dina López, por darme un lugar donde pasar la noche en las cercanías de San Diego en la "Golden Eagle Farm" y darme una muestra de la exquisita y picante comida mexicana.
Dan Callahan, de Action Cyclery, por la excelente atención y el servicio de lujo que le diste a Maira reparando su rueda trasera y dejándola impecable para recorrer miles de kilómetros sin mayores inconvenientes.
Gina Mónaco, Raymund Miranda y Mara, por ese calor de hogar y el sentimiento de familia que me brindaron en los días que pasé junto a ustedes en San Diego. Gracias de corazón!!
David Smith, por el interés demostrado en mi travesía y la contribución a la causa para que mantenga bien surtidos mis suministros alimenticios.
Steve Robbins, por la desinteresada invitación a su casa de la costa y la sincera atención dedicada a las historias de mi viaje.
A Ronnie & Anna y el resto del clan Mónaco, con quienes disfruté de una jornada plena de emociones y afecto en Simi Valley mientras degustábamos ese festín gastronómico en el día de Acción de Gracias...
Y a Marco, Emma y Tonny Fania por contactarme con sus familiares de San Diego, permitiéndome vivir una experiencia humana tan rica e inolvidable como la que tuve con ellos cuando me recibieron en su hogar de Montreal como a un hermano/hijo más.
Algunas estadísticas
Días en el camino: 170
Días de pedaleo: 111
Kilómetros recorridos: 9428 km (1260 en ripio)
Promedio de kilómetros recorridos por día: 84,9 km
Horas sobre la bici: 551h38m (22d23h38m)
Promedio de velocidad: 17,09 km/h
Máxima velocidad: 81,5 km/h, bajando el Sunwapta Pass (15-08-2007)
Metros trepados: 82.835 m
Altura máxima: 3023 msnm, Tioga Pass (03-11-2007)
Cantidad de veces que exclamé "wow", "faaaa" y "qué loco" en mi primera incursión a la "Strip" en Las Vegas: muchísimos!
Ingesta de alimentos en la cena de Acción de Gracias con la familia Mónaco en Simi Valley: pantagruélica!