
Estábamos a escasos kilómetros de la frontera con el mítico estado de California. Un lugar que la mayoría de la gente, inclusive nosotros, asociábamos con abundante sol y extensas playas de arenas doradas rebosantes de rubias en bikinis con cuerpos espléndidos. Esa postal tomada de un capítulo de Baywatch poco tenía que ver con nuestra reaidad. Cada vez que preguntaba dónde estaban esos componentes del paisaje la respueta era la misma: al sur del Estado...sería cierto o una vez allí me dirían otra cosa?
Por lo pronto California nos había dado la bienvenida con otra maravilla natural: los fabulosos bosques de “redwoods”. Parientes cercanos de las gigantescas sequoias, sus enormes y texturados troncos se elevaban majestuosos hacia alturas vertiginosas de hasta 70 metros y los más antiguos ostentaban gruesos cuerpos de varios metros de diámetro. Nuestro primer encuentro con estos colosos de la naturaleza había sido de pura casualidad por una equivocación mía al buscar un camino
altenativo a la ruidosa y transitada ruta 101. Fué el lugar ideal para celebrar el cruce de los 7000 km!
La noche anterior a dejar Oregon habíamos conocido a un par de americanos en el camping de Harris Beach: eran Matt Baumeisster y Scott Colburn. Venían pedaleando desde el extremo norte de Alaska e iban con rumbo a la Argentina! Eran los ciclistas 5to y 6to que conocía en persona de los alrededor de 20 que sabía hasta el momento que íbamos en viajes similares con ese destino. Nos iríamos cruzando cada día por el camino, compartiendo tramos y algunos campings por las noches. Esa tarde veníamos rodando con Matt, del que todavía no terminaba de comprender cómo iba a recorrer todo el continente con tan poco equipo!!
Si bien California también contaba con un sistema de sitios económicos para Hiker-Bikers, los campings de los Parques Estatales estaban más dispersos y distanciados que en la costa de Oregon. El costo era de 3 dólares, pero las duchas se cobraban aparte, a 50 centavos los 5 minutos...nada mal por cierto.

Ese día teníamos que recorrer casi 120 kilómetros para llegar al primer sitio de acampe en el medio del Redwood National Park. Con el acortamiento de las horas de luz disponibles ante la cercanía inevitable del invierno se hacía difícil avanzar grandes distancias sin arriesgarse a tener una llegada en penumbras. Con las largas subidas que habíamos tenido que sortear después de pasar Crescent City, la noche se fue cerniendo sobre nosotros hasta tragarnos en su oscuridad. Por suerte estábamos circulando por un camino secundario que se adentraba en un espeso bosque de redwoods y con la escasa luz que emitían nuestras
linternas de cabeza fuimos buscando el campamento mientras avanzábamos entre fantasmales siluetas gigantescas que custodiaban la ruta. Llegamos en medio de una bruma que impedía ver más allá de nuestras narices y allí nos encontramos con Scot, que hacía un par de horas que había arribado.
El clima no tuvo clemencia y al día siguiente se desató un temporal impresionante de lluvia sobre nosotros. Por suerte habíamos decidido pasar la jornada recorriendo un poco los impresionantes bosques de redwoods que nos rodeaban y pudimos refugiarnos en nuestras carpas cuando el diluvio arreciaba.
El 10 de octubre resultó ser un día de esos para recordar. Si bien en general la interacción con la gente era mínima en comparación con lo vivido anteriormente en Canadá, esta vez sería la excepción. Tuvimos una partida tardía con Oscar ya que guardar todo el equipo empapado siempre era un poco más lento de lo habitual. Nos habíamos detenido unos momentos a contemplar el mar en un parador al costado de la ruta cuando una simpática señora, Nancy, se acercó a nosotros y nos ofreció dos porciones de torta de frambuesas que de sólo verlas se nos hizo agua la boca! Qué espectáculo!!! No pasaron dos minutos hasta que las hicimos desaparecer por completo!
Esa tarde veníamos cansados de recorrer un tedioso tramo por autopista y nos habíamos internardo en un sinuoso camino que circulaba junto al mar en busca de nuestro camping. Pero los kilómetros pasaban más de lo calculado así que decidimos que sería mejor preguntar dónde quedaba. Nos enteramos de que nos habíamos pasado por un buen trecho y la sola idea de desandar ese camino de subidas y bajadas intermitentes cuando ya caía el sol nos desanimó por completo. Nuestro abatimiento debe de haber sido más que evidente porque nuestro interlocutor, Matthew, nos invitó a colocar nuestras carpas en los jardines de su café Larrupin. Y no sólo eso, después de una reconfortante ducha caliente nos agasajó con una cena abundante en proteínas que cerramos con unos exquisitos cafés expresso!! Qué más se podía pedir?

Una vez más nos esperaba un día de pedaleo largo y pesado. La 101 era una gran autopista infestada de vehículos que rugían con sus motores constantemente haciendo que el rodar por allí no fuera de lo más placentero. Teníamos unas cuantas subidas por delante y el clima aún no se decidía entre las nubes, el sol o la lluvia. Pero el objetivo final valía la pena: nos aguardaba la Avenida de los Gigantes, el último gran reducto de redwoods por el que circulaba el antiguo camino local, inmerso en un mar de centenarios árboles. Llegamos cuando la tarde venía bajando las cortinas y la luz empezaba a escasear. La noche nos tomaría por rehenes una vez más, pero ya estábamos fuera del demencial tráfico de la ruta y ahora la senda era casi exclusivamente para nosotros. La penumbra se fue tornando noche cerrada y al igual que hacía un par de días, las pálidas luces de nuestras linternas fueron nuestro faro entre los enormes troncos que disponían la caprichosa dirección de la ruta.
Ver semejante espectáculo con la luz de la mañana fue aún más impresionante. Nuestro ritmo de avance se volvió tan lento por la cantidad de paradas que hacíamos para sacar fotos que tuvimos que optar por acampar en el siguiente parque que no estaba muy lejos de donde habíamos partido. Era una pena saber que sólo un escaso 4 % del total de los bosques originales de redwoods aún se mantenía en pie. Y la acción desenfrenada de los primeros colonos era evidente en la ausencia de los ejemplares más antiguos, de los cuales sólo quedaban presentes las enormes bases de sus troncos milenarios, talados hace ya unas cuantas décadas.
Esa tarde entramos en Garberville con el fin de incrementar un poco nuestras alicaídas reservas de alimentos. De repente fue como si hubiéramos retrocedido a los años 60, en el auge del "flower power". Los hippies abundaban por todas partes; dreadlocks, colgantes, aros, ropas holgadas y coloridas, mochilas desgreñadas y guitarras a cuestas, los personajes que deambulaban por sus calles parecían estar camino a un nuevo Woodstock. Las veredas estaban pobladas por personajes que pedían una colaboración para su subsistencia a cambio de una sonrisa y un "peace man". La atmósfera que reinaba era de parsimonia y relajación...estaba todo bien! Por fin éramos testigos presenciales de uno de los estereotipos clásicos de esta región...
Veníamos ansiosos ya que se acercaba la hora de dejar atrás la congestionada autopista 101 para empezar a circular por la más tranquila ruta 1 que serpenteaba junto al mar. Pero antes debíamos sortear la cuesta de Leggett, una trepada lenta y sinuosa que si bien no era excesivamente larga o empinada, requirió de todo nuestro aliento para ser superada. Y como todo lo que sube tiene que bajar, el descenso prometía ser de lo más adrenalítico y delirante: el camino se zambullía en picada a través de bosques tupidos en un zig-zag demencial con curvas cerradísimas que ponían a prueba el agarre de los cauchos a cada minuto. Me lancé en una bajada desenfrenada, sacando la pierna que quedaba hacia el sentido de giro y asentando la otra con fuerza sobre el pedal para afirmar la bici en el pavimento mientras tomaba esas curvas con velocidades poco recomendables. Tenía que evitar pasarme del otro lado del carril para no estamparme en algún vehículo que viniera subiendo y al mismo tiempo controlar de no salirme del camino, ya que los troncos de los árboles eran la única barrera de contención que tenía...estaba fantástico! Iba viendo cómo los carteles anunciaban las velocidades máximas para los autos: 25 millas por hora, 15...10!!!! Ahí si era mejor tocar un poco los frenos para no terminar trazando una línea recta a través de la vegetación lindante. Oscar, con un poco más de sentido común, venía algo más retrasado, esperando encontrar mis restos desparramados por el lugar en cualquier momento...
En la costa nos esperaba otro espectáculo natural: los acantilados caían abruptamente en un mar que mezclaba colores azules intensos con tonalidades verde esmeralda y en el cielo se veía avanzar desde el horizonte una franja de nubes algodonadas que parecían formar parte de una inmensa ola que amenazaba con devorarse la costa. No pasó mucho tiempo hasta que quedamos inmersos en una tupida y húmeda neblina que ganó el terreno dándole un toque fantasmagórico al paisaje. De a ratos el sol volvía a brillar y las paradas a contemplar el mar se volvían una obligación. Esa noche nos reencontramos con Matt y Scot en el MacKerricher State Park. Una familia vecina nos ofreció un poco de carne y como no era algo para despreciar, nos hicimos un festín proteico que nos venía haciendo buena falta!

Después de reaprovisionarnos en Fort Bragg continuamos nuestro derrotero por la ruta 1. El sol decidió aparecer por la tarde, calentando un poco nuestros espíritus y cargándonos las pilas para seguir rodando. Fuimos atravesando una serie de pequeños poblados donde se respiraba un ambiente liberal y pacifista. Frente a Casper nos cruzamos con una manifestación muy particular: tres veteranos de guerra de Vietman y uno de Korea enarbolaban banderas con el símbolo la paz y saludaban a los automovilistas con la clásica señal en V. Nos detuvimos a charlar un rato con ellos y nos obsequieron una buena colección de prendedores y calcos para colocar en nuestras bicis. Desde hacía años que venían realizando cada domingo y sin interrupciones esa pequeña demostración en pro de la paz . Definitivamente algo inspirador...
Proseguimos pedaleando por una ruta que alternaba secciones junto al mar, con imponentes vistas de acantilados que caían al mar donde abundaban formaciones rocosas que asomaban como esqueletos de un naufragio. Los bosques de eucaliptus habían comenzado a ser una constante en la vegetación y su aroma penetrante revitalizaba el aire de mis pulmones al pasar junto a ellos. No podía evitar sentir un poco de nostalgia por mis pagos al percibir esos olores caracterísicos de la Laguna de los Padres, donde pasé muchas horas de mi vida cuando praticaba remo con el Club Atlantis.
Por momentos el camino se internaba tierra adentro y reinaban los pastizales de color ocre, en donde vacas y ovejas saciaban sus apetitos eternos. La exigencia del recorrido era alta, ya que las subidas y bajadas se sucedían cada vez con más frecuencia. Cada cruce de un afluente que llegaba al mar implicaba descolgarse en bajadas vertiginosas con curvas y contracurvas sucesivas hasta llegar al cauce del curso de agua. Allí, un cerrado giro de 180 grados detenía prácticamente por completo el andar de la bici y volvía a ganar altura en una subida corta y empinada hasta recuperar lo bajado ya del otro lado de la vertiente. Un verdadero quebradero de piernas!!!
Esa noche llegamos al Manchester State Park y para un observador externo hubiera parecido una gran de reunión de ciclistas: el sitio de Hiker-Bikers estaba plagado de viajeros como nosotros. Allí conocimos a Liz y Laurie, de Inglaterra, Matt y Shelly, de Estados Unidos y Thom, de Nueva Zelandia. En total éramos 9 delirantes compartiendo ese pequeño recinto en el que intercambiamos experiencias de viaje y anécdotas varias.
Nuestros ambiciosos planes de avance se vieron truncados por las condiciones climáticas del día siguiente. La noche estrellada y límpida había dado lugar a un gris y ventoso día que nos recibió con una buena dosis de lluvia fría. Cada uno iba a su ritmo particular y nos fuimos cruzando sucesivamente con las nuevas parejas que habíamos conocido la noche anterior. Thom por su parte tenía un cronograma más ajustado y con su minúscula bici "Friday" había partido más temprano con el objetivo de realizar algo más de 150 km...se lo notaba capaz y con fuerza suficiente para cumplir con su objetivo.
Pero para nosotros eso era un poco mucho y ya cansados del clima gris hicimos una parada más tempranera en el Stillwater State Park. Junto con Matt y Scot nos desayunamos que en este lugar los precios eran más caros: 5 dólares por la carpa y 1,5 por la ducha! Eramos los únicos habitantes del lugar a excepción del encargado que claramente expresaba sus pocas ganas de interactuar con un inmenso cartel que decía "No molestar, fuera de servicio". Y ahora de dónde sacábamos 6 monedas de 25 centavos para la ducha? Veníamos calados de frío y a duras penas
si teníamos los 50 centavos habituales. Fue entonces que Oscar descubrió la pileta para lavar los platos con una canilla de la que salía la preciada agua caliente que buscábamos! No hubo vacilaciones: primero Oscar, después Matt y por último yo (Scot descansaba en su carpa ignorando la situación), nos fuimos turnando para treparnos en la pileta y darmos un buen baño revitalizador. El problema fue cuando vi pasar la camioneta del guardaparques! Como impulsado por un resorte salté de la pileta y me metí en uno de los baños esperando a que no me hubiera visto. Luego de un rato escuché que se retiraba y al regresar al campamento los muchachos estaban matándose de risa. El oficial había sido bastante estricto y después de cobrarles rigurosamente el costo del hospedaje dijo como al pasar: "ah, y diganle a su amigo que si lo encuentro desnudo una vez más bañándose en la pileta lo llevo preso por exhibición impúdica. No sería la primera vez que arrestamos a alguien allí"...digo yo, no sería porque nadie espera tener tantas monedas encima para una ducha?
El clima no mejoró en lo absoluto y por la mañana una densa bruma cubría nuestras cabezas. A poco de empacar las bicis ya comenzaba a chispear. En teoría esperábamos recorrer unos 100 kilómetros que rápidamente se convirtieron en una utopía irrealizable. La llovizna se convirtió en lluvia y una vez ensopados el viento calaba los huesos. Para colmo la ruta no daba tregua y comenzó una trepada por una zona en construcción que nos dejó inmersos en una niebla que nos hacía invisibles al margen de unos acantilados que caían en forma abrupta hacia el mar. La bajada con el zig-zag habitual y el terreno mojado complicó aún más el panorama. Apretando los dientes y tratando de no temblar del frío iba intentando controlar la bici que ya no frenaba por más que yo insistiera en ello...las zapatas de goma resbalaban alegremente por las mojadas llantas de aluminio y no había manera de detener el avance en ese peligroso descenso. De puro milagro no terminé estampado contra un guardarail o expulsado de la ruta en una curva. En semejantes condiciones no era sensato seguir pedaleando y parece que todos habíamos coincidido en ello. Apenas llegamos al primer poblado nos detuvimos en busca del ansiado refugio.
En Jenner encontramos un segundo hogar en el Emma's Cafe, donde Lorraine nos resucitó con unos buenos tazones de café humeante. Estábamos chorreando agua por todas partes y en pocos minutos invadimos el lugar con nuestras mojadas pertenencias. Ahí conocimos a Mike, que junto con sus amigos nos dio buena conversación y hasta nos regaló bolsitas ziplock para guardar las máquinas de fotos y evitar que siguieran absorbiendo humedad. Sin darnos cuenta el tiempo fue pasando y cuando nos quisimos acordar habían pasado 3 horas en ese cálido pedacito de paraíso.
Viendo que las condiciones mejoraban paulatinamente emprendimos retirada y llegamos al cercano camping en Bodega Bay. El sol regresó y fue un placer poder acampar en el terreno arenoso y secar parcialmente la carpa que venía húmeda desde hacía semanas y ya empezaba a oler mal! De andar tanto tiempo bajo el agua me habían salido hongos en los pies y se me estaban pelando las manos! No veía la hora de llegar a la zona de desiertos para tener un poco de sol y sequedad garantizados!
Quedaban un par de jornadas más hasta llegar a la ciudad de San Francisco, un punto emblemático en el viaje por la costa de los Estados Unidos. El último tramo fue vital contar con el libro que llevaba como guía para esa parte del viaje ya que sino hubiera sido casi imposible adentrarse en esa jungla urbanizada, evitando la prohibida autopista 101 y sin perderse en el laberinto de caminos secundarios. Nos habíamos despedido de Matt y Scot que tenían un contacto en San Rafael y seguíamos junto con Oscar en busca del famoso Golden Gate. Parecía una búsqueda del tesoro, rastreando los nombres de las calles, atravesando infinidad de poblaciones, una pegada a la otra.
Cerca del mediodía por fin llegamos al clásico coloso de acero de color rojo que cruzaba la bahía desembocando en la impresionante ciudad de San Francisco. Esta se desplegaba inmensa y abrumadora frente a nuestros ojos y la histórica cárcel de Alcatraz completaba el conjunto de construcciones de fama mundial.
Del otro lado nos esperaba Shirley Johnson, una mujer que se había venido pedaleando desde Alaska hasta San Francisco y que Oscar había conocido en las cercanías de Skagway. Posteriormente yo también me había cruzado con ella en la costa de Oregon y nos había invitado a ambos a quedarnos en su casa una vez arribados a San Francisco. Nos condujo hasta su departamento en el barrio Misión Dolores y ahí comencé una nueva odisea.
Mientras estaba en Portland me había puesto en contacto con Guybe Slangen a través de Kristen, que yo conocía de mi paso por la estación Palmer en la Antártida. Guybe trabajaba como docente en una escuela en Oakland, enfrente de San Francisco, y me había propuesto dar una charla sobre mi viaje a los alumnos...si, claro, por qué no? La cuestión es que yo pensaba que sería algo informal, cuando estuviera dejando la ciudad de paso hacia Yosemite y sólo para su curso de alumnos...pues resulta que la cosa pasó a mayores y en realidad la idea era que diera una disertación para toda la escuela!!! Y no una, dos!!!
Primero con los chicos de primaria y luego con los de la secundaria...300 alumnos cada vez!! Y eso implicaba tener fecha y hora asignadas, con lo que no podía retrasarme con la bici. La cita era el viernes 19 de octubre por la mañana y yo había llegado a San Francisco el 18 por la tarde! Así que dejé parte de mi equipo en lo de Shirley y me encontré con Ilan, un contacto que me había pasado la prima de mi amigo Marco Fania, Deanna. Ilan y su amigo Peter me alojaron en su casa en Oakland de manera de poder estar cerca de la escuela ya que el cruce de la bahía requería de un buen rato y no era posible hacerlo con la bici.
Esa noche, tres meses después de mi cumpleaños, me pude reunir con los paquetes que me habían mandado a Canadá para esa ocasión y que se habían extraviado en una oficina de correos en la Universidad. Fue muy emotivo ver las notas, presentes, golosinas y demás artículos que encontré en esas cajas cargadas de afecto y cariño...
Por la mañana me pasó a buscar Guybe y fuimos hasta la Head Royce School. Resultó ser una escuela privada con abundantes recursos económicos, por lo que el espíritu de la charla cobró aun más relevancia como para mostrarles a estos chicos otra cara de la realidad. A pesar de lo improvisado del asunto ambas presentaciones fueron muy interesantes dada la interacción con los estudiantes, que me acribillaron a preguntas. Había armado la carpa con la bolsa de dormir y el equipo de cocina y la bici estaba presente como para que tuvieran un acercamiento a lo que por estos días se había convertido en mi casa ambulante...
Fue una experiencia muy gratificante y el entusiasmo de los chicos, contagioso y revitalizante. Valieron la pena el esfuerzo y las corridas para poder organizar todo desde el camino sin tener un acceso asiduo al mail para coordinar la movida. Demás está decir que cuando regresé junto con Oscar y Shirley a San Francisco prácticamente me desmayé del cansancio! Era tiempo de recuperarse un poco!
La estadía en esta gran metrópoli se extendió más de lo
planeado. Shirley se encargó de mostrarnos los lugares típicos de esta ciudad con un carácter liberal único en los Estados Unidos. A pesar de las increíbles cuestas que abundaban por la ciudad, era posible desplazarse por bicisendas prácticamente por todo el ejido urbano. Los grandes edificios del centro contrastaban con las casas de los barrios con una arquitectura muy particular y distintiva de la ciudad. Los tranvías tirados por un original sistema de cables recorrían las calles más empinadas del centro, contantemente abarrotados de turistas. Por el barrio de la Misión se podían apreciar incontables edificios decorados con murales de una calidad artística impecable y con diversos motivos temáticos. Por esa zona también se podían ver personajes de toda calaña: gente mendigando en la calle, traficantes vendiendo drogas, otros consumiéndolas, prostitutas ofreciendo sus servicios, latinos con pinta de pandilleros, otros que reflejaban su nueva posición económica ostentando gigantescos y caros camiones 4x4, laburantes tratando de ganarse el pan del día...la región bullía de actividad constantemente y definitivamente no era el sitio más adecuado para circular por la noche.
El contraste con el distrito Castro era fenomenal. Era la zona gay por excelencia y abundaban los restaurantes y cafés de estilo donde se podía apreciar por completo la liberalidad sexual de la ciudad. Por su parte, el barrio Chino era un despliege fenomenal de sitios para comer y mercados de venta de productos alimenticios totalmente extravagantes y sabrosos. La calle Lombard, con sus 7 curvas en zig-zag en tan sólo una cuadra completaban uno de los puntos emblemáticos de la ciudad. Y por supuesto, la mítica cárcel de Alcatraz de fondo en la bahía, con una historia mucho más rica y diversa de lo que se conoce normalmante a través de las producciones de Hollywood. En resumen, una ciudad abundante en atractivos paisajísticos urbanos y humanos.
En San Francisco también me tocó hacer algunos cambios en la bici ya que luego de 15 mil kilómetros de rodar (sumando los viajes anteriores), la transmisión de la pobre Maira reclamaba partes nuevas. Así fue que recibió nuevos platos, cadena, piñones y hasta un descarrilador delantero! Una dolorosa inversión económica que no podía evitar por mucho más tiempo...
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El broche de oro de nuestra estadía en esta ciudad fue participar del evento
conocido como "Critical Mass", nacido en esta urbe allá por el año 1992 con un grupo de pioneros que reclamaban más derechos para los ciclistas y un menor consumo de combustibles fósiles en una sociedad basada en el uso de los automóviles. El último viernes de cada mes se congregaban cientos de ciclistas tomando control del tránsito de la ciudad en su recorrido por las calles, un ceremonial que ha prendido fuerte en muchas ciudades grandes del mundo. Inicialmente la policía trató de evitar estas manifestaciones sin éxito alguno, por lo que ahora colaboraban para evitar incidentes entre los ciclistas y los a veces irritados conductores de autos. Esta vez era especial porque coincidía con las fechas de Halloween o Día de Brujas, así que la gran mayoría de los participantes estaba disfrazado de alguna manera. Sin un lider determinado, la masa recorría arbitrariamente los diferentes sectores del lugar, haciendo ocasionales altos en los que se giraba en círculos elevando las bicis sobre las cabezas. Fue una experiencia muy interesante que de paso nos permitió recorrer los sitios más emblemáticos de la ciudad durante la noche como dueños absolutos de las calles. Simplemente espectacular!
Era hora de partir y encarar los caminos con rumbo Este...nos aguardaba el Yosemirte National Park y las desoladas extensiones del desierto californiano...
Hasta la próxima!
Buena senda,
Damián
Agradecimientos
Matt Baumeisster y Scot Colburn, por esa camaradería tácita entre ciclistas de largo aliento y los buenos recuerdos cosechados en los momentos que compartimos por los caminos.
Nancy Reimer y Uwe Jens, por esa inolvidable porción de torta de frambuesas que llegó en el momento justo!
Matthew Aldineger, por rescatarnos del camino y darnos una excelente muestra de hospitalidad espontánea en el Larrupin's Cafe.
Matt Sala, Shelly Goodin, Liz & Laurie Thompson y Thom Dodd, por esa noche plagada de historias y anécdotas de viajes de ciclistas y los intercambios posteriores que tuvimos más adelante por los caminos.
Michael Trask y Lorraine Rasmassen, el albergue que encontramos junto a ustedes en el Emma's Cafe en Jenner no sólo nos hizo recuperar de las adversidades climáticas sino que elevó nuestros espíritus con su candidez y hospialidad.
Jim, del Roadhouse Cafe, en Bodega Bay, por la buena onda al prestarme la computadora para mirar el mail, el almuerzo gratuito y por compartir la pasión por el mate!
Ilan Vitemberg y Peter, por abrir las puertas de su hogar y tratarme como a uno más de la familia en mi breve paso por Oakland.
Guybe Slangen, por darme la oportunidad de vivir una experiencia tan gratificante como fue la de interactuar con los estudiantes de la escuela Head Royce School.
Kash y Ted, su ayuda desinteresada en la instalación de los nuevos componentes en Maira fue crucial para que pudiera seguir rodando por los caminos.
Shirley Johnson, sin tu increíble hospitalidad y cordialidad jamás hubiéramos podido disfrutar tan a fondo de la visita a San Francisco. Simplemente, gracias de corazón!!
A todos aquellos que me hicieron emocionar y derramar algunas lágrimas con las muestras de amor y afecto que recibí en los paquetes enviados para mi cumpleaños. Guardo los mejores recuerdos de todos ustedes conmigo y siguen viajando a mi lado por las rutas de las Américas...
Algunas estadísticas
Días en el camino: 145
Días de pedaleo: 90
Kilómetros recorridos: 7718 km (1200 en ripio)
Promedio de kilómetros recorridos por día: 85,8 km
Horas sobre la bici: 462h29m (19d06h44m)
Promedio de velocidad: 16,69 km/h
Máxima velocidad: 81,5 km/h, bajando el Sunwapta Pass (15-08-2007)
Metros trepados: 64.652 m
Altura máxima: 2067 msnm, Bow Pass (16-08-2007)
Sensación al recorrer los caminos a través de los bosques de redwoods en la noche: maravillosa e indescriptible!
Nervios que tenía antes de hablar frente a 300 chicos en la escuela de Oakland: muuuuuchos...