La salida de Vancouver fue de lo más interesante. Luego de atravesar varios barrios residenciales rebosantes de casas lujosas, llegué al inmenso puente que debía superar para cruzar al distrito de Richmond. Por suerte el acceso a la senda peatonal no fue complicado de encontrar y en unos cuantos minutos ya estaba circulando por el sector industrial de esa zona caracterizada por la gran población de origen asiático.
A poco de andar me esperaba otro cruce, pero esta vez por debajo del agua: un estrecho túnel por donde se concentraba el abundante tráfico y en el que no estaba permitido pasar en bicicleta. La solución igualmente era simple, una camioneta con un trailer se encargaba de llevar de un lado al otro a los ciclistas empecinados en ir por ese lugar. Por suerte llegué a tiempo para enganchar el cruce en la dirección en la que yo iba, ya que ignoraba el cronograma de trabajo existente, bastante espaciado entre uno y otro.
Allí lo conocí a Matt Burrows, un periodista de Vancouver que iba a pasar el fin de semana pedaleando un poco por Victoria. Seguimos juntos los kilómetros que nos separaban de la terminal del Ferry en Tswanseen, luchando contra un fuerte viento que casi logra hacernos perder el servicio que queríamos enganchar.
Llegamos a Sidney (no, no el de Australia!) a eso de las 18 y todavía quedaban unos 30 kilómetros hasta Victoria. Me despedí de Matt y encaré para la ciudad. Tenía dos opciones: ir por la directa aunque muy transitada ruta principal o bien circular por un sendero que alternaba bicisendas y caminos de tierra entre los bosques. La desición fue simple y rápida, la bicisenda!! Lo que no calculé bien fue el tiempo de luz que me quedaba, así que cuando me quise acordar me faltaban más de 20 kilómetros y estaba pedaleando en plena oscuridad. A decir verdad fue de lo más entretenido e interesante! Iba confiado ciegamente (literalmente hablando!) en las buenas condiciones del camino y esperando no cruzarme con nadie! Las sombras de los árboles pasaban como fantasmas a mi lado mientras trataba de percibir las siluetas de los lugares que iba atravesando. Sólo en Canadá haría algo por el estilo con la tranquilidad de no ser asaltado o terminar en un pozo invisible en plena negrura...
Eran pasadas las 21 cuando arrivé a la casa de Natalie y Nathan O'Mara, una pareja de ciclistas que había conocido en las afueras de Prince George y ya por ese entonces me habían invitado a hospedarme con ellos durante mi paso por esta última escala en tierras canadienses antes de pegar el salto a los Estados Unidos.
Nathan resultó ser un excelente mecánico de bicicletas, así que me ayudó a dejar a Maira en mejores condiciones para los caminos que me aguardaban...y también me arregló el shifter que con tanto arte había descoordinado en Prince George! Un ídolo total!! Aunque sin embargo su evaluación de los componentes mecánicos de la bici fue lapidaria: mejor hacer un recambio de partes a fondo antes de adentrarme en tierras Mexicanas, aprovechando el mercado más económico y abundante en los Estados Unidos. Ya me dolía el bolsillo de sólo pensarlo!!
A modo de despedida de este país al cual ya le había tomado un cariño especial por el esplendor de sus paisajes y el calor de su gente, participamos en la Maratón de la Esperanza en honor a Terry Fox, un evento benéfico para recaudar fondos para la lucha contra el cáncer. Después de tanto tiempo sobre la bici se sintió extraño correr un poco...por suerte sólo fueron 5 kilómetros!!
El 17 de Septiembre crucé al "lower 48" de los Estados Unidos, comenzando una nueva etapa en el viaje. El cambio fue inmediato. Apenas llegando a Port Angeles ya quería volverme a Canadá! La presencia policial era abrumadora: oficiales sacando fotos y filmando los vehículos que ingresaban, perros antidrogas olisqueando los equipajes, patrulleros por todas partes, miles de preguntas a cada persona que llegaba. Estaba en una nación dominada por la paranoia de la seguridad y se notaba! Los periódicos abundaban en noticias sobre la guerra y parecían destilar sangre en sus titulares. Definitivamente la atmósfera relajada y tranquila del país vecino del norte había quedado atrás.
También noté un cambio en la actitud de la gente, que pasó a ser más fría e indiferente. En las próximas semanas la interacción sería mínima en relación a lo vivido anteriormente. Las conversaciones ocasionales se remitían a un par de preguntas sobre el viaje (típicamente de dónde venía y hacia dónde iba) y habitualmente me respondían con un "good for you" y seguían su camino. De ofrecerme hospedaje ni hablar!
La fisonomía de la gente fue otro de los grandes cambios que observé. En una sociedad basada en el uso del automóvil, la escasa actividad física y la abundancia de comida chatarra, los cuerpos excedidos de peso pasaron a ser una constante en el paisaje humano. Pero eso sí, prácticamente todas las mujeres cuidaban al máximo la apariencia de sus rostros, que estaban siempre retocados con maquillaje, muchas veces exageradamente!
A pesar de estar en un país con 300 millones de habitantes, 10 veces más que la población de Canadá, de alguna manera me las arreglé para terminar acampando en lugares alejados de las multitudes y hasta en extremo solitarios. Estaba circulando por la ruta que atraviesa la Olympic Peninsula, atravesando grandes zonas protegidas en donde los árboles aún
eran los protagonistas del lugar. Las abundantes lluvias, características de la región, dejaban sus huellas en la exhuberante vegetación que inundaba el lugar, dejando los troncos de los árboles cubiertos totalmente por musgos y líquenes. El contraste al llegar a una zona no protegida era abrupto y cortante: la industria maderera se extendía a sus anchas dejando grandes áreas de bosques talados, una triste imagen de color marrón que brindaban las ramas y troncos secos entreverados en la tierra removida.
Mientras bordeaba el Crescent Lake me encontré con una de las primeras curiosidades tecnológicas de los caminos del "primer mundo". Varios carteles advertían de forma alarmante a los ciclistas que los próximos kilómetros serían por un camino estrecho, sin banquina, con muchas curvas y contracurvas. Eso implicaba sectores ciegos en los que los conductores podían toparse con uno sorpresivamente, con consecuencias poco deseables en especial para el ciclista! Pero había una ayuda extra...pulsando un botón se activaba una luz intermitente que advertía a los conductores que un desubicado se encontraba rodando por esos caminos y así iban más atentos. No se cuán útil sería o cuánta atención le prestarían a esa señal, al menos yo comprobé en persona que a los camiones cargados con troncos les era totalmente indiferente! Para colmo, las vistas del lago con el sol del atardecer eran una invitación a parar en cada recodo del camino a contemplar el paisaje o sacar fotos...toda una conspiración!
Al segundo día de pedalear por fin alcancé la costa del Océano Pacífico, un nombre algo contradictorio considerando la bravura que demostraban sus aguas a simple vista. Las primeras imágenes del océano abierto, el sonido de las olas rompiendo y el aroma del mar me dieron una gran nostalgia por mi querida ciudad de Mar del Plata.
Con la llegada del mar también aparecieron unos carteles que hasta ahora nunca había visto: advertencias sobre Tsunamis y vías de escape en caso de emergencia! De haber un terremoto, estas regiones costeras eran propensas a recibir estas inmensas olas desde el océano y por eso las precauciones del caso. Yo sólo esperaba que no hubiera uno mientras pasaba por ahí! Con el peso de la bici huir hacia zonas altas me hubiera llevado bastante! Por suerte tenía mis antiparras de natación a mano en caso de emergencia...
Rodando por estos pagos apareció una nueva especie animal por las banquinas: serpientes!! Unas culebras de color negro y amarillo que generalmente estaban estampadas contra el asfalto después de algún desafortunado encuentro con un neumático. Pero también las había vivitas y coleando! Serían inofensivas (al menos eso me decían), aunque a mí ya me daba cosita!
De todos modos esa experiencia fue ampliamente superada por otra aún menos deseable. Mientras estaba rodando una de esas tardes apacibles bajo el sol, una urgente necesidad fisiológica me obligó a buscar una salida al costado del camino. Entré al azar en uno de los tantos accesos madereros a la vera de la ruta y al frenar me encontré con una gran masa de pelo negro a escasos 15 metros de donde estaba...sí, tenía un oso negro comiendo frutos de los arbustos ahicito nomás! Un oso??!! Todavía por acá??!! Inconcientemente había abandonado la idea de ver osos en la costa luego de dejar Canadá, pero la realidad me demostraba lo contrario. Obviamente saqué mi cámara de fotos (total, Oliver estaba ahí para protegerme) y luego de la toma de rigor vi que alzó su cabeza, me miró, gruñó un poco (ahí llegué a creer que hubiera sido mejor agarrar el spray de pimienta) y como molesto por la interrupción, desapareció entre las matas de plantas. Suspiré relajado, guardé la cámara y creo que recorrí unos cuantos kilómetros hasta que me animé a parar a desagotar mi presionada vejiga...
Washington resultó ser un estado muy caro y poco recomendable para el ciclista de bajo presupuesto. El camping más económico no bajaba de los 14 dólares (sólo por poner la carpa!) y las duchas se pagaban aparte, a un dólar los tres minutos, de los cuales dos generalmente se perdían esperando a que el agua saliera caliente.
No había muchas alternativas. Tenía que cubrir la mayor distancia posible por día y pasar rápidamente a Oregon. Y además, la amenza latente de las lluvias otoñales indicaban que lo mejor era ir hacia el sur y cuanto antes mejor.
En las cercanías de Willapa Bay crucé la marca de los 6000 kilómetros, justo antes de que ese gris y desapacible día finalizara con una abundante lluvia que me dejó hecho sopa. Al llegar al camping en Cape Disapointment vi que había un drugstore con lavadero y no lo dudé: calado de frío y casi tiritando logré que me dejaran usar las secadoras y a los pocos minutos improvisaba un striptease mientras arrojaba mis empapadas prendas en la máquina salvadora. Al menos a la mañana siguiente podría ponerme ropa seca!
Si bien me había cruzado con algunos ciclistas en estos días, el encuentro más interesante fue el que tuve con Michael Ofele, un alemán que venía con rumbo norte desde Panamá. Su bici era un espectáculo ambulante de recuerdos del camino y se notaba que llevaba la paz interna del viajero de largo aliento. Hacía 15 meses que andaba por los caminos y charlamos un buen rato a la vera del camino hasta que seguimos con nuestros respectivos rumbos. Por ahí nos veríamos de nuevo en Sudamérica, su próximo destino...
El cruce a Oregon prometía ser atractivo. Tenía que cruzar un colosal puente de 7 kilómetros de extensión hasta Astoria, primera ciudad de ese estado en mi camino. Me habían advertido de que debía cruzarlo de noche para evitar el pesado tránsito y hacerlo con mayor seguridad. La lluvia de la noche previa y el sentido común me llevaron a hacerlo al mediodía y con buena visibilidad. No fue tan dramático como me lo habían pintado y fue un cruce espectacular por esa mole arquitectónica de acero y concreto en la que me sentía insignificantemente pequeño!
La bienvenida fue inmediata. En el centro de informes me dieron un mapa especialmente diseñado para ciclistas, señalando los campings con sitios para "hiker-biker", a sólo 4 dólares y con duchas calientes gratuitas e interminables!! Aleluya!!! Hasta estaba marcado el ancho que tenían las banquinas por las que se podía circular y rutas alternativas para evitar los centros urbanos más congestionados por el tráfico. Una joyita! Para festejar me regalé unos buenos panqueques regados con syrup y mermelada que lanzaron mis niveles de azúcar por los cielos!
Mi próximo destino era la ciudad de Portland, donde Rocío Ninos y su marido Keith Kullberg (el hermano de los Kullberg de Anchorage!) me aguardaban con las puertas de su hogar abiertas y a mi disposición. Había conocido a Rocío durante mi viaje en bici por el Camino de Santiago, en España, y desde ese momento me había invitado a visitarlos cuando realizara este periplo. Estando tan cerca, cómo no pasar!
Dejé la costa por la ruta 26 para internarme tierra adentro en un camino que me hizo cruzar tres grandes cuestas, incluyendo el paso del Coastal Range. La ruta, que por momentos se volvía ridículamente angosta, finalmente se convirtió en una autopista
por la que continué rodando casi hasta el centro de la ciudad. A medida que me acercaba al núcleo urbano la cantidad que vehículos que fluian a mi alrededor era mayor hasta alcanzar niveles preocupantes. Los cruces de las salidas de la autopista eran una verdadera ruleta rusa donde cada paso era una lotería que podía terminar muy mal si le calculaba mal los tiempos. La tensión era máxima mientras esperaba un claro para pasar y seguir por el costado de la via de circulación. La última parte ya era una locura total y venía encajonado por las altas murallas de hormigón que hacían las veces de aislamiento acústico para las urbanizaciones lindantes. Para mí eran una caja de resonancia que acentuaban los ruidos de los motores y condensaban los gases tóxicos que desprendían los caños de escape. Era el momento de salir de ahí!
Como por arte de magia al dejar el caos de la autopista pasé a rodar por un camino serpenteante que atravesaba un espeso bosque en el que se escondían las casas residenciales. Luego de atravesar ese laberinto casi indescifrable (gracias al google map no me perdí demasiado!), por fin llegué a la casa de Rocío y Keith donde pude relajarme y pasar unos días disfrutando de su hospitalidad y cordialidad.
Portland resultó ser una hermosa ciudad, muy amigable para el ciclista y con una población deportivamente activa. Las bicisendas se entremezclaban con increíbles redes de puentes y autopistas que comunicaban las distintas partes de la ciudad y los alrededores a través del río Columbia.

Allí conocí a Pablo Zavalla, un argentino que trabajaba con Rocío y que junto con sus amigos del pago argento se encargaron de llevarme a conocer los lugares clásicos de la ciudad. Un asadito en su casa fue la despedida ideal, con una buena dosis de argentinismo que venía extrañando desde hacía rato.
El colmo de la nostalgia fue cuando Rocío me llevó a un negocio latino en donde había yerba, dulce de leche y hasta bizcochitos 9 de oro! Casi se me pianta un lagrimón de la emoción! O habrá sido por los precios en dólares??

El 27 de septiembre, con un nuevo juego de cauchos en Maira, retomé los pedales y regresé a la costa por la mucho menos transitada ruta 6. Por los siguientes nueve días fui rodando siguiendo las huellas de la ruta 101. Fue una etapa con una gran abundancia de atractivos paisajísticos: faros, acantilados abruptos, formaciones rocosas salpicando caprichosamente las playas y costas, dunas...todo en un continuo subir y bajar del camino que pasaba arbitrariamente de tener amplias banquinas a sectores donde desaparecían completamente desafiando el equilibrio para no salirse de la estrecha línea blanca al margen del camino.
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Sin embargo, la componente determinante para el avance fué el clima. En lugar de los promocionados vientos a favor que harían simple el dirigirse con rumbo sur, me encontré con fuertes paredones invisibles que pugnaban por dejarme frenado...y lo lograban! Con una configuración geométrica que era un insulto al concepto de aerodinamia, no era extraño que mi ritmo fuera un poco más lento de lo esperado. La lluvia tampoco me perdonó y estuvo presente casi todos los días. Muchas veces por la
noche, de manera que era seguro que siempre empacaría mis cosas bien húmedas por la mañana. Como normalmante llegaba a los puntos de acampe con el tiempo justo para armar la carpa antes de que oscureciera, o bien el sol desaparecía y era reemplazado por una espesa bruma marina, el equipo nunca terminaba de secarse y al cabo de unos días en esas condiciones todo parecía un criadero de hongos! Hasta se me estaban pelando las manos de tenerlas húmedas tanto tiempo!
Por otro lado, la posibilidad de una ducha caliente al final de cada jornada mitigaba un poco las penurias del día. Paradójicamente el mismo elemento que generaba la incomodidad era el que otorgaba un poco de placer: agua!!
Hubo un día que directamente fue mejor ni salir de la carpa. Ese domingo llovió permanentemente y los vientos azotaban la costa con ráfagas de 70 km/h...en contra!! Mejor esperar a que amainara, no? El lado positivo era que cada vez que el sol salía ocasionalmente, se disfrutaba y apreciaba mucho más!
Por esos días me fui cruzando con cuatro ciclistas de Austin, Texas, que también venían pedaleando por la costa: Jason, Kyburn, Doug y Savanna. Jason y Kyburn no llevaban carpa, por lo que iban arreglándoselas con una lona para improvisar refugios para pasar la noche. Viajarían livianos, pero eso ya era demasiado!!
Como si fuera una recompensa por lo duro de las condiciones del viaje, lo mejor quedó para el final. Se sucedieron un par de jornadas excepcionalmente soleadas y con un hermoso viento a favor que hicieron del avance una experiencia de goce perpetuo. El paisaje era una suceción interminable de imágenes espectaculares con formaciones rocosas que salpicaban las
costas y el mar. La bruma había quedado atrás y la lluvia era parte de un pasado que ya parecía lejano. Por primera vez en muchos días pude armar la carpa para que se secara, disfrutar un poco de la playa (que hasta el momento sólo había visto de lejos) y lagartear al calor del sol.
Era el 6 de octubre y había llegado a Harris Beach, punto de encuentro con Oscar Cañón. El "Sudaca Team" se reunía nuevamente y ahicito nomás nos esperaba la mítica California...

Hasta la próxima!
Buena senda,
Damián
Un par de avisitos
1) Como muchos de ustedes sabrán, durante el 2006 estuve trabajando como científico en la Antártida abordo del velero documentalista Sedna IV, en un proyecto Canadiense-Argentino relacionado con el cambio climático global. Pues bien, finalmente el producto fílmico de dicha aventura está por ser presentado en las carteleras cinematográficas de Quebec y sin esperarlo, he quedado incluído como protagonista (secundario, obviamente!) de esta película. Fueron 8 meses en los hielos, plenos de experiencias de toda clase que se podrán apreciar en breve en la pantalla grande.
Considerando que fue una etapa importante en mi vida y que además generó grandes amistades y oportunidades para la realización de este viaje, quería compartir con ustedes el sitio web en donde pueden ver los detalles del largometraje, con fotos, videos y textos relacionados...espero que lo disfruten! (por ahora sólo en francés)
www.lederniercontinentlefilm.com
Guarden mis autógrafos que pronto se van a cotizar mucho más!!
2) Se acercan las fiestas y unos cuantos me han preguntado por donde voy a andar para las Navidades. Si todo va bien, la idea seria estar por La Paz, en Baja California, Mexico. Asi que para aquellos que esten deseando mandarme algun regalito por la ocasion (siempre bienvenidos!!), aca va una direccion postal que se puede usar con dichos fines. No es necesario acalrar que me porte muy bien todo el año y que me merezco muuuuchos presentes!!
Rafael Camposeco (att. Damian Lopez)
Callejon Topete 3035, int 3 (entre Sonora y Sinaloa)
(2360) La Paz
Baja California
Mexico
Desde ya y por anticipado, MUCHAS GRACIAS!
Agradecimientos
Mattew Burrows, por la compañía hacia Sidney y el café en el Ferry.
Nathan y Natalie O'Mara, por su hospitalidad durante mi paso por Victoria y la gran ayuda con Maira!
Michel Ofele, por ese espíritu de paz y libertad que irradiabas cuando nos cruzamos por los caminos. Hasta la próxima!
Ken Gierke, por esos ilimitados cafés que me devolvieron a la vida y dejarme secar mis empapadas ropas después del temporal en Cape Disapointment.
A la gente del Oney's Restaurant, en Elsie, que me permitieron acampar en su jardín camino a Portland. Y a las anónimas mujeres que a la mañana siguiente me invitaron el desayuno.
Rocío Ninos y Keith Kullberg, por tanta generosidad y amabilidad al alojarme y guiarme en mi visita a Portland.
Pablo Zavalla, Diego Díaz, Roberto Herrera, Elizabeth Vargas y al resto de la barra latina por el inolvidable tour nocturno en Portland y ese cachito de argentinismo que me hizo sentir muy cerca del pago a pesar de las distancias.
Jane Schmidt y Marilyn Howard, por la interersante charla compartida en el camino y la granola que me obsequiaron.
Jason Mulhausen, Kyber Conly, Doug Williams y Savanna Adams por las historias compartidas en nuestros encuentros por los caminos de la costa de Oregon.
Algunas estadísticas
Días en el camino: 126
Días de pedaleo: 80
Kilómetros recorridos: 6964 km (1200 en ripio)
Promedio de kilómetros recorridos por día: 87,1 km
Horas sobre la bici: 416h44m (17d08h44m)
Promedio de velocidad: 16,71 km/h
Máxima velocidad: 81,5 km/h, bajando el Sunwapta Pass (15-08-2007)
Metros trepados: 56.871 m
Altura máxima: 2067 msnm, Bow Pass (16-08-2007)
Cantidad de lluvia recibida: más de la deseable.
Placer al sentir un rayito de sol en la cara luego de esos días de tanta humedad: indescriptible!!